Aquello no fue el Mayo francés, pero también fue en mayo y tuvo lo suyo. Ocho años después de que estudiantes y obreros parisinos imaginaran la playa debajo del empedrado, la prensa española vivía su propia revuelta: nacía El País, diario independiente de la mañana cuya aparición ayudaba a iluminar la primavera -la transición- de la sociedad ibérica. El cambio de época se palpaba en el aire y el periódico supo interpretar y condensar esos anhelos.
Había una audiencia que pugnaba por dejar atrás la larga noche franquista y engolfarse en Europa. El comienzo fue vertiginoso y el resultado, explosivo. De acuerdo con Juan Luis Cebrián, su joven primer director -“Yo tenía 31 años y era uno de los más viejos del staff”, recordó hace poco-, ese primer día, martes 4 de mayo de 1976, los directivos esperaban vender 60 mil unidades. Vendieron 150 mil. Aquel primer ejemplar costaba 10 pesetas y su título de portada, hoy toda una pieza de arqueología, era una declaración de principios: “El reconocimiento de los partidos políticos, condición esencial para la integración en Europa”.

El diario se montaba al apetito popular por alcanzar la tierra prometida de la democracia y por abrazar, política y socialmente, al continente. El impacto fue instantáneo. En palabras del escritor Francisco Umbral (1932-2007), su éxito inmediato se debió a que Cebrián, el director, “no tuvo sino que recoger una bandera que estaba tirada en mitad de la calle y por encima de la cual habían pasado, sin verla, las multitudes del funeral franquista: era la bandera de las libertades, la democracia, el progresismo y el futuro». Y completaba el poeta: “Cebrián tuvo dos talentos: recoger esa bandera antes que nadie y hacer con ella un periódico pulcro, europeo, objetivo, imparcial, democrático”.
Cincuenta años después, y luego de atravesar peripecias de todo tipo —incluidas, por supuesto, las dificultades inherentes a cualquier medio gráfico en tiempos de competencia digital, fake news y, ahora, I.A.— El País sigue siendo, además de uno de los mejores escritos, el diario más leído de habla hispana, tanto en sus ediciones de papel como en la digital. En relación con este aniversario redondo, LA NACION conversó con Jan Martínez Ahrens (60), director del periódico desde junio de 2025.
—Si bien cualquier comienzo, y sobre todo uno tan exitoso, tiene algo de mito fundante, ¿cuánto hay de cierto de aquello que mencionaba Umbral sobre que El País no tuvo más que recoger las banderas que otros no se animaban a levantar?
—A ver, sí. El otro día Javier Cercas, hablando de Umbral justamente, decía que había dos almas en el periódico: el alma más gamberra, que venía del mundo de la cultura, que era mucho más ecléctica y que representaba de algún modo el mismo Francisco Umbral, y luego otra mucho más seria, que jugaba más al periódico anglosajón. Dicho esto, hay que recordar que El País nace cuando el dictador ha muerto, pero la dictadura existe, y es un periódico que desde el primer día defiende la causa de la democracia y de la Unión Europea, de la comunidad europea, que por entonces era una asociación de países democráticos. La propuesta por la democracia es clara y diáfana desde el día uno, en un entorno en el que todavía había muchos periódicos que estaban quitándose las costras de la dictadura, pero que habían sido conniventes evidentemente con la dictadura. Durante diferentes etapas, El País sufre el acoso de la derecha, sufre incluso un atentado con bomba que mata a un empleado, una bomba enviada por la ultraderecha en 1978, y ya el momento culminante de nuestra defensa de la democracia, en esos momentos convulsos de la transición, se da en 1981, el 23 de febrero, cuando hay un golpe de estado en España y El País es el único periódico que sale a la calle con una portada histórica que dice “Golpe de estado”, defiende clarísimamente en un editorial la Constitución y la Democracia y toma un gesto de valentía que es sacar una edición cuando los golpistas habían tomado el Congreso en Valencia y en algunas zonas de España incluso había tanques en la calle. El País, por eso la frase de Umbral, recogió algo que otros habían pisoteado durante el franquismo y lo hizo suyo. En el corpus periodístico de El País, la defensa de la democracia es algo genético, no nos cabe otra cosa. Son dos los valores fundamentales que coexisten con nosotros: uno, como ya he dicho, es el de la democracia con todo lo que implica; la tolerancia, la pluralidad. Y el otro es el del periodismo de calidad. Por otro lado, aunque en su composición original del accionariado no fuera un periódico de izquierdas, y no se podía definir como de izquierdas, sí se puede definir como demócrata. Eso tiene que ver con la labor de los primeros que estuvieron ahí, que le dan voz a la gente de izquierdas. En el primer número escribió Rafael Alberti, que había sido perseguido por el fascismo, que vivió un larguísimo exilio, uno de los grandes poetas vivos en lengua española, y se le dio espacio en el diario. Todo lo cual configura eso a lo que se refiere Umbral, de que el periódico recogió esa bandera. La llevó desde el primer momento hasta el punto de convertirla en un signo de identidad.

—El diario se engarza con un clima de época, un tiempo de mucha efervescencia. En ese sentido, aun con las muchas diferencias, hay una definición ya clásica que da Bob Dylan cuando le preguntan qué tiene que tener una canción para ser un gran éxito y él responde que tiene que tener una buena melodía, una buena interpretación, una buena letra, pero tiene que tener un algo más que nadie sabe qué es, pero es lo más importante. Quizás se puede adecuar eso a algo de lo que pasó aquí, ¿no?
—Yo creo que los periódicos tienen que coincidir con el espíritu del tiempo. Esto es un término muy hegeliano y pesado, pero es verdad que tienen que coincidir con sus lectores. En España, por hablar del origen, la gente estaba harta del franquismo. Nadie apoyaba el franquismo, ya ni los propios franquistas. Era evidente que eso estaba muerto, que había habido una guerra civil terrible, que había nacido, además, apoyado por regímenes como el de Hitler, que había pertenecido a la historia del horror. Ya nadie lo quería y, en cambio, en Europa, en aquellos años de mediados y finales de los 70 avanzaban las democracias, se generaban los Estados de Bienestar ya en una forma avanzada, y España lo que quería era ser democrática. Además, eso coincidía con otro impulso de la sociedad española, que quería información de calidad. Durante muchos años, bajo la dictadura, la información era una pantomima, era una farsa. Había que leer entre líneas en determinados medios o pequeños medios muy valientes que duraban hasta que el censor los cazaba. Entonces apareció un periódico sólido, bien armado, bien diseñado, con buenos periodistas, con grandes firmas que, además, daba una información clara, contrastada, separando la opinión de la información, que acudía a los sitios, que tenía corresponsales, que sus primeras páginas fuesen las de Internacional, que eso es lo que hemos mantenido siempre. O sea, un diario que miraba al mundo, que ya no solo miraba hacia dentro, a la pobreza, a la autarquía franquista. Siempre digo que el éxito de El País se debe a dos cosas: que los lectores saben lo que pueden esperar de nosotros y que los periodistas sabemos lo que los lectores esperan de nosotros.
—¿Por ejemplo?
—Pasó en abril, con el último atentado a Trump. Tuvimos a más de 10 o 12 personas trabajando en los Estados Unidos, seis o siete de ellas firmando continuamente información. Abrimos una transmisión en vivo. Tal vez me equivoco, pero creo que dimos más información que ningún periódico en español. ¿Por qué hacemos ese esfuerzo? Porque creemos que hay una demanda de información sobre un acontecimiento que es importante, sobre un presidente que es importante y hay circunstancias, como las que están ocurriendo en los Estados Unidos, que lo hacen extraordinariamente interesante. Nosotros volcamos ahí nuestro esfuerzo. Evidentemente esto no es clickbait. Esto no es la información fácil de las esposas de los futbolistas, como hacen otros, que te llenan páginas y páginas de eso y en verdad que consiguen muchos clics. Nosotros buscamos lectura, buscamos que la gente entre y se entere de lo que ha pasado y nos dedique tiempo. Y que recircule, que lea otros artículos, en esta lógica digital que ahora tenemos. Tenemos la suerte de tener muy buenas audiencias y de tener un buen número de suscriptores.
“Los periódicos tienen que coincidir con el espíritu del tiempo. Esto es un término muy hegeliano y pesado, pero es verdad que tienen que coincidir con sus lectores. En España, por hablar del origen, la gente estaba harta del franquismo. Nadie apoyaba el franquismo, ya ni los propios franquistas”.
—Volviendo al comienzo, dicha calidad no solo estaba dada en los nombres, sino también en cierta audacia estilística. Hubo contratapas del periodista Feliciano Fidalgo; eran entrevistas que, en verdad, parecían tetris poéticos. Eran de vanguardia.
—Era una delicia y seguirían siendo de vanguardia hoy mismo. Las he leído tiempo después y digo: “Dios mío, es de un valor, de una estilística tan avanzada”. Feliciano era una personalidad extraordinaria, con una cultura enorme, amadísimo por los lectores y amadísimo en el periódico, un personaje excepcional. O Manuel Vicent, que sigue escribiendo para nosotros sus daguerrotipos en la última página, que eran perfiles de personajes totalmente insólitos y además hechos con una libertad lingüística, una falta de prejuicios a la hora de acercarse al objeto de la información… Una maravilla. Es cierto que siempre ha habido una apuesta. Gente que se atrevía a hacer reportajes que nadie se atrevía a hacer, como hizo Maruja Torres, que fue a vivir como una gitana durante una semana para demostrar que en España viven discriminados, que hay racismo, cosas que en aquella época eran muy chocantes. Esas rupturas con los modelos clásicos del periodismo caducos, este periódico las ha hecho siempre y sigue habiendo ese aliento y ese espíritu de ruptura. Necesitas muchas veces también las personalidades excepcionales, pues Feliciano Fidalgo, al que yo he llegado a conocer, era único, alguien que destilaba una capacidad de escritura asombrosa.
—Hubo una crónica exquisita del casamiento de Carolina de Mónaco, escrita desde el lugar de los hechos y publicada al día siguiente. “Los periodistas -escribió- no fueron admitidos en el recinto de los regocijos, pero estaba presente la imaginación de las comadres, el desenfado de los lenguaraces, el chorreo intermitente de los chismosos y las almas tiernas, que todo lo han sabido o soñado”. Realismo mágico monegasco…
—Era brutal. Además, era capaz de destilar una radiografía social a partir de una boda del corazón, como en ese caso, y al mismo tiempo luego era capaz de irse a hacer una maravillosa entrevista a un gran intelectual, como también era capaz de tomarse una botella de vino con Julio Iglesias y que los dos acabaran hablando del cielo y la tierra. Hacía interesante todo lo que traía. Son tipos excepcionales y geniales.
—Sucede a veces que se logra reunir excepcionalmente a un puñado de ellos en una redacción y eso es lo que también genera una mística, supongo.
—Eso ocurrió, claro. Se produjo una constelación maravillosa de grandes periodistas. El otro día justo estuve en una comida a la que fueron los periodistas de la primera camada, los que quedan del 76, y hay algo cierto: un factor importante para que sucediera lo que sucedió fue que, curiosamente, muchos periodistas consagrados no quisieron venir a trabajar a El País.
—No se animaron.
—Lo contaban en la comida: hubo que fichar a gente muy joven a la que le veían un cierto brillo, no quedó otra. Pues acertaron, y ficharon a gente muy joven, con muchas ganas y que de pronto en un entorno como el que se creó en el periódico, pudieron brillar. Posiblemente, si hubieran escogido a los grandes dinosaurios de la época, pues habría salido un periódico mucho más parecido a lo que hacían los otros. Así se hizo un periódico con una personalidad mucho más fuerte, mucho más joven y competente.

—Un viejo editor madrileño que trabajó en El País decía que, hacia fines de los 70 y comienzos de los 80, ir caminando por la mañana por el centro de Madrid con El País bajo el brazo era un signo de cierto estatus, de pertenecer a cierta comunidad europeizada.
—Totalmente. Llevar El País bajo el brazo significaba que tú defendías la democracia, defendías un tipo de cultura y una forma de vivir y una apertura en un país donde no había aborto, donde no había divorcio, donde las mujeres tenían muchísimos derechos totalmente coartados, incluso el de la independencia económica. Llevarlo bajo el brazo era un símbolo. Era, además, un momento de reivindicación política. El periódico acertó totalmente, se convirtió en un éxito muy por encima de lo que sus propios fundadores esperaban.
“El otro día justo estuve en una comida a la que fueron los periodistas de la primera camada, los que quedan del 76, y hay algo cierto: un factor importante para que sucediera lo que sucedió fue que, curiosamente, muchos periodistas consagrados no quisieron venir a trabajar a El País”.
—Pasado el tiempo, la prensa, y sobre todo la gráfica, se fue encontrando con nuevos desafíos. El lector actual es mucho más escéptico, e incluso puede ingresar al diario ya no para enterarse de algo, sino para discutirlo. ¿Cómo se manejan con esa nueva audiencia que está más preparada e incluso es díscola?
—Una característica de El País siempre ha sido que nosotros no buscamos confirmar los prejuicios de nuestros lectores y nuestros lectores son muy críticos con nosotros. Y nosotros intentamos ser plurales, intentamos traer firmas de otros sitios, voces de otros sitios. Lo bueno y lo malo ocurre en todas partes, y hay que contarlo. Intentamos evitar la clausura mental. Evidentemente tenemos una personalidad, somos un periódico progresista, pero somos un periódico también plural. Es cierto: muchas veces nos hemos encontrado que tenemos un lector muy crítico con nosotros, pero es un lector al que le gusta, porque nosotros le ofrecemos lo que consideramos que es la verdad de un hecho, y ello nos acercamos con todas las cautelas que impone, todas las garantías que impone el periodismo de calidad. Hoy tenemos más lectores que nunca. En la edición de papel tenemos un liderazgo absoluto, al punto de tener cuotas de mercado superiores al 50 por ciento. Vivimos en un mundo en el que hay mucha desinformación, hay campañas, en el que la mentira corre con mucha velocidad, corre la media verdad, que muchas veces es más peligrosa que la mentira, porque unas gotitas de verdad dan credibilidad a una mentira y funcionan vertiginosamente. Todo eso afecta al ecosistema.

—¿Es optimista en relación con esa batalla contra la desinformación?
—Soy optimista en la medida en que creo que los lectores buscan la verdad. Lo que el lector espera de un periódico de calidad es que le cuentes una información contrastada. Es verdad que ese lector llega muchas veces mediatizado por mentiras que ha oído, ruido y demás, pero al final del día, al final de los meses, al final de los años prevalece el que da una información rigurosa y que, sobre todo, es incluso capaz de reconocer que se ha equivocado. Nosotros tenemos muchos mecanismos de reconocimiento de la información y eso genera confianza. Cuando tú te equivocas, cuenta que te has equivocado, cuenta cómo te has equivocado y explícalo, porque muchas veces es perfectamente entendible, o sea nadie actúa de mala fe.
—En ese sentido, ustedes tuvieron un error histórico, del que luego se disculparon, con la tapa del 11M (atentado en Atocha de 2004), cuando titularon que ETA había perpetrado el ataque.
—Con el 11M hubo un error, claro. Incluso el director de entonces, Jesús Ceberio (80), un periodista de pies a cabeza y un tipo magnífico, ha contado en un libro qué pasó, qué le llevó a tomar una decisión errónea. Se cometió un error, pero se cometió un error de buena fe: si el presidente de Gobierno (José María Aznar) a esa ahora crítica, y mientras estás preparando una edición especial, te llama para decirte que han sido esos (ETA) los que han puesto la bomba, tú le crees, porque ¿cómo va a mentir el Presidente? Yo estaba en esa edición especial, vine aquí, yo preparé páginas de esa primera edición, éramos muchos los que participamos, pero vinimos aquí y en dos horas tuvimos que hacer un periódico entero en unas condiciones complicadísimas, y ocurrió eso. Ahora bien, luego se dijo lo que había pasado y a partir de entonces se empezó a investigar con toda la fuerza que tiene este periódico para hallar la verdad. Poco a poco fueron saltando todas las mentiras que el gobierno iba contando, y al final lo que conseguimos fue acabar con mucha más credibilidad. Uno, porque reconocimos el error, y dos, porque luchamos y de verdad investigamos.
—Hoy la prensa gráfica está jaqueada por varios frentes -merma de circulación, retiro de anunciantes, crisis de credibilidad- en un mercado en el que proliferan medios que prácticamente son sostenidos por lo que aquí llamamos la pauta oficial, lo cual conspira, naturalmente, contra la independencia del periodismo. Mantener la independencia ya no solo pasa por conservar principios éticos, sino que es una decisión empresarial. ¿Cómo manejan esas presiones?
—La independencia económica asegura la independencia periodística, de eso no hay duda, y es un criterio que tenemos aquí desde el principio. Tú no puedes depender demasiado de un anunciante, no puedes depender del gobierno, no puedes depender… En el periódico tenemos, por un lado, desde el punto de vista de la salvaguardia de la información, unas enormes garantías. Hay un estatuto de redacción, hay un libro de estilo, hay un comité de redacción, hay una defensora del lector, está nuestra propia tradición; lo último que hemos incorporado es una representante elegida por la redacción en el consejo de administración, es decir, todo eso permea. Luego hay un mix de ingresos que nosotros siempre hemos intentado que fuera lo más variado posible. Es verdad que en la época de papel, los ingresos, en el caso de El País como de tantos otros, eran enormes; una época pues francamente de vacas gordas. Eso se vino abajo. Nos metimos en el mundo digital con la esperanza de reproducir aquello que hacíamos en el papel e hicimos un plan de 100 millones de lectores digitales, y cuando lo conseguimos nos dimos cuenta de que no teníamos mucho retorno económico. No teníamos tanta publicidad como creíamos. Se paga muy poco por el clic, con lo cual al final nosotros lo que hemos buscado es un mix de muchas cosas que nos permiten tener resultados que, en el caso de El País, están muy saneados. Hubo un momento en que decías: “Oye, que la parte digital no nos va a dar el retorno económico que necesitamos para mantener redacciones como las que queremos”, y es verdad que durante mucho tiempo pisamos en una zona muy fangosa. Ahora la suscripción ha dado un salto. Estamos por encima de los 450.000 suscriptores. El segundo competidor en España tiene 170.000. La diferencia es muy grande y nuestra idea es seguir construyendo comunidad. Es verdad que las suscripciones todavía no pagan el cien por ciento de la factura, pero cada vez pagan una parte más importante. Eso, junto con la publicidad programática y la publicidad en papel, y la venta de ejemplares y los eventos, da una solvencia y una mirada al futuro tranquila, porque no dependes de la generosidad de los gobiernos. Y esa es la independencia real. O sea, el modelo de suscripción es el nuevo kiosco.
—La última: lleva muchos años en El País y llegó al puesto máximo hace no mucho, por votación de sus propios compañeros. ¿Qué ventajas y qué desventajas tiene el hecho de ser un integrante casi orgánico de la empresa, conocer sus entrañas?
—Llevo casi 30 años en el periódico, y eso me da una ventaja: conozco la maquinaria. Sé dónde rinde mejor cada periodista, sé cómo funciona el cierre, sé qué tecla tocar. Pero también tiene un riesgo, que es la ‘clausura’, el pensar que ya lo sabes todo. Por eso yo cada mañana me obligo a leer los otros periódicos con mucha atención, a ver qué han hecho ellos mejor que nosotros, cómo han titulado, qué foto han elegido… La competencia te hace mejor. Este es un oficio de mirar y contar. Y siempre estamos abiertos a incorporar talento de fuera, gente que nos rompa un poco los esquemas y nos ayude a no ser tan endogámicos. El objetivo final es que cuando alguien abra El País sienta que está leyendo algo que ha pasado por un filtro de calidad y de honestidad que no encuentra en el ruido de las redes sociales.


