Hay películas que no envejecen. Blade Runner es una de ellas. La vi por tercera vez el lunes, en el teatro Colón, mientras el ensamble Nexus-7, integrado por 14 destacados músicos, interpretaba sobre el escenario la música original de Vangelis. La presencia física de la música en la sala, ejecutada en perfecta sincro con las imágenes, elevó la fuerza de los planos concebidos por el director Ridley Scott, tan pictóricos y sugerentes, capaces de destilar poesía en medio de la claustrofóbica atmósfera de una ciudad futura (Los Ángeles) donde la gente pulula por calles oscuras y caóticas bajo una lluvia incesante, como hormigas perdidas tras el embate de una patada feroz en el hormiguero. Por encima de ellas, grandes carteles luminosos con publicidades que nadie atiende hablan de un capitalismo que parece haber llegado a un callejón sin salida. Uno deduce que todo lo que podía salir mal salió aun peor. En su grisura, la multitud errante se confunde con los restos de una urbe condenada, reflejo de una Tierra maldita que los privilegiados han abandonado en sus naves espaciales para colonizar y habitar otros planetas.
Al margen del valor estético de la película y de su música, me impresionó el modo en que Blade Runner, estrenada en 1982, le habla al presente. En ese futuro distópico, la tecnología confronta a los personajes, y por extensión al espectador, con preguntas esenciales acerca de la vida y la muerte, el amor, la memoria y aquello que nos hace humanos.

La historia narra la cacería de un expolicía, Rick Deckard (un joven Harrison Ford), sobre un grupo de replicantes (androides de exacta fisonomía humana) que se han rebelado y buscan llegar por todos los medios, asesinato incluido, hasta el excéntrico científico que los ha creado para que les extienda el plazo de su vida útil, a punto de caducar. El hallazgo más inquietante de la trama (basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick) es el hecho de que los humanos y los replicantes se confunden a simple vista. Nada permite distinguirlos, salvo un test que se hace a través de un aparato capaz de revelar, tras una serie de preguntas, la falta de emociones y la carencia de empatía. Los replicantes, sin embargo, cuentan con una memoria falsa implantada y son de una terminación tan avanzada que, junto con acciones crueles ejecutadas con frialdad de autómatas, empiezan a manifestar sentimientos. En ese mundo desquiciado, algunos de ellos tienen gestos más humanos que los de muchos humanos. La línea divisoria entre unos y otros se difumina, como si lo humano y lo artificial se entrelazaran en una simbiosis. La pregunta cae sola: ¿estamos lejos de eso, en estos tiempos de inteligencia artificial, simulación tecnológica, robots humanoides y dispositivos implantados en el cuerpo?
En la película, los androides comparten con los seres humanos la conciencia de la finitud
Acaso de modo no tan distinto al que muchos humanizan los chatbots, uno se identifica con los replicantes y los ve como seres humanos. Tal vez porque expresan dolor y angustia ante la inminencia de la muerte. No quieren dejar de ser. ¿De ser? Como sea, eso es lo que en definitiva los hace humanos ante los ojos del espectador, el hecho de compartir con nosotros la conciencia de la finitud, unida al anhelo de postergar el instante en que se abre la puerta que nos conduce al otro lado.

“He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir”. El monólogo del androide de combate Roy Batty (Rutger Hauer) al aceptar la muerte, después de una encarnizada lucha con Deckard en la que termina salvándolo de una caída al vacío, expresa el amor a una vida que se le escapa junto con todos sus recuerdos.
Deckard volverá con Rachel (Sean Young) la bella replicante que ha decidido proteger y de la que al final se enamora. En la novela de Dick, después de que el expolicía devenido blade runner le da un primer beso sin obtener la más mínima reacción, ella dice, entre perpleja y confundida: “Somos máquinas. Es una ilusión esto de que existo realmente, personalmente. Soy solo un modelo de una serie”. La paradoja de esa admisión es que expresa al mismo tiempo una clara conciencia de sí.
Tanto en la novela como en la película, otro que se va humanizando es Deckard. Empieza exterminando replicantes sin miramientos, como si eliminara simples máquinas ambulantes que simulan ser lo que no son, abordando la tarea como si no existiera más alternativa que elegir entre “nosotros o ellos”, humanos o robots, el bien o el mal. Esa insensibilidad cede y él se va llenando de dudas.

En su biografía de Philip K. Dick, Pablo Capanna sugiere que la dialéctica de la historia no se cifra en “humano vs. androide”, sino entre “humano e inhumano”, y lo que define entre lo uno y lo otro es la empatía. En esta lógica, ciertos líderes actuales parecen salidos del laboratorio.
Tras los títulos y después de que el ensamble cerrara con “Blade Runner”, tema que fue cortina musical de Fútbol de Primera, la sala aplaudió de pie. Muchos habrán dejado el teatro preguntándose si el propio Deckard no sería también un replicante. Todo es posible y nada es lo que parece en la sociedad del futuro. La película sitúa la acción de 2019, pero acaso recién ahora estemos entrando en ella.



