La Argentina mantiene un déficit comercial persistente con China que constituye uno de los grandes desafíos de su agenda económica. Los números ilustran la magnitud del problema: en 2025 el país exportó cerca de US$9000 millones en agroalimentos al gigante asiático, mientras Brasil alcanzó US$55.300 millones y Chile llegó a US$4000 millones solo en cerezas. La brecha no es meramente comercial: es estratégica.
El maíz refleja el tenor del desafío. La Argentina es el tercer exportador mundial del cereal y uno de los países con mayor desarrollo tecnológico agrícola, pero hoy participa en el mercado chino con apenas el 0,004%. Brasil, que realizó su primer embarque significativo de maíz a China en noviembre de 2022, capturó alrededor del 40% de ese mercado en menos de un año. La demanda china, además, se contrae: China produjo más de 290 millones de toneladas de maíz en 2024 y el USDA proyecta importaciones de solo 7 a 8 millones de toneladas para 2025/26, muy por debajo del promedio reciente de 23 millones.
El sorgo presenta una dinámica diferente y más urgente. El 95% de las exportaciones argentinas de este cereal van a China, en un mercado de entre 5 y 7 millones de toneladas anuales destinadas a la alimentación porcina y a la elaboración de baijiu. Hasta hace poco, Estados Unidos dominaba ese mercado, pero, durante los primeros siete meses de 2025, sus exportaciones a China cayeron un 97% interanual, dejando a la Argentina casi sin competencia regional. Sin embargo, esa ventana puede cerrarse pronto: el acuerdo Trump-Xi de mayo de 2026 compromete a China a adquirir al menos US$ 17.000 millones anuales en productos agrícolas estadounidenses hasta 2028, incluyendo el sorgo. El proveedor que salió puede volver.

Más del 99% del maíz argentino es genéticamente modificado. La Argentina modernizó su sistema regulatorio y desde marzo de 2026 la aprobación local de un evento biotecnológico demanda menos de ocho meses. China opera con otra velocidad: una aprobación puede llevar entre ocho y diez años. Esa brecha condiciona directamente qué tecnologías pueden adoptar los productores argentinos. Desde 2015 rige el mecanismo de “aprobación condicionada”: una tecnología puede superar todas las evaluaciones científicas locales y aun así no llegar al campo hasta obtener el visto bueno de Beijing. Tecnologías ya aprobadas en la Argentina para el control del gusano cogollero en maíz siguen sin llegar a los productores porque esperan autorización china.
A esto se suma una exigencia creciente de trazabilidad completa desde el lote de producción hasta el puerto de exportación. El protocolo implementado por el INASE y la Secretaría de Agricultura para la verificación de identidad varietal desde el primer punto de entrega de granos apunta a responder esa demanda. La trazabilidad ya no es una ventaja competitiva, es una condición de acceso.

La Argentina tiene activos valiosos: sistema científico reconocido, organismos regulatorios prestigiosos, capacidad exportadora y una ventaja única en producción de semillas en contraestación que permite acelerar ciclos de investigación biotecnológica para ambos hemisferios. Las autoridades chinas reconocen esa capacidad técnica. Lo que falta es convertir esa confianza en mecanismos operativos concretos. Un acuerdo bilateral de cooperación regulatoria y reconocimiento mutuo de evaluaciones de riesgo reduciría significativamente los tiempos de aprobación.
El año pasado, la Argentina logró un récord de 23 aprobaciones comerciales de eventos biotecnológicos. Existe capacidad técnica y capacidad institucional para avanzar. También existe una Comisión Bilateral de Biotecnología con China. En septiembre de 2025, una misión encabezada por el subsecretario de Agricultura presentó ante las autoridades chinas un listado de eventos pendientes de aprobación y propuso mecanismos para acelerar los procesos regulatorios. Sin embargo, hasta ahora, no hubo avances significativos para los eventos de maíz.
Mientras, las oportunidades comerciales siguen moviéndose. La ventana del sorgo está abierta hoy. La del maíz se achica cada año. Los competidores avanzan. La pregunta es si la Argentina será capaz de actuar con la velocidad necesaria para aprovechar la oportunidad antes de que otros la ocupen. China no espera.
Director de la Asociación de Semilleros Argentinos


