Hay historias de amor que parecen escritas por un guionista empeñado en demostrar que los sentimientos pueden desafiar al tiempo. Historias que atraviesan la fama, los éxitos, las dificultades y la enfermedad sin perder nunca su esencia. La de Violeta Rivas y Néstor Fabián pertenece a esa categoría. Fueron novios durante tres años, estuvieron casados durante cincuenta y uno, compartieron escenarios, aplausos, una hija, una nieta y una vida entera. Y cuando llegó el momento de la despedida, ella encontró fuerzas para mirarlo a los ojos y pronunciar dos palabras que él jamás olvidaría. “Me muero”.
Néstor estaba allí, como siempre, a su lado, tomándole la mano. La escena quedó grabada para siempre en su memoria. Mucho antes de ese instante doloroso, cuando ambos eran jóvenes figuras en ascenso de la música popular argentina, el destino había comenzado a tejer una historia que parecía improbable. Corría 1964 y los dos trabajaban en Canal 13. Participaban en programas diferentes, pero compartían director. Aquella circunstancia hizo que se cruzaran más de una vez en los pasillos del canal.

Él recuerda perfectamente la primera vez que la vio. Violeta caminaba concentrada, aferrada a un libreto. Tenía fama de profesional y perfeccionista. Néstor reunió coraje y se presentó con toda la formalidad de la época.
—Encantado.
La respuesta nunca llegó. Ella siguió caminando como si no hubiera escuchado nada. Décadas después, el cantante seguía riéndose de aquel fracaso inicial. Nunca supo si realmente no lo oyó o si simplemente estaba demasiado concentrada en su trabajo. Lo cierto es que el primer intento terminó allí. Pero el destino insistió. Poco tiempo después, Jorge “Cacho” Fontana lo convocó para participar en un programa de Radio El Mundo. Al llegar, descubrió que Violeta también estaba invitada. Esta vez fue diferente. Ella se mostró amable, conversadora y cercana. El hielo se rompió de inmediato. Aquella mañana cambió todo.
A partir de entonces comenzaron a verse con frecuencia. No eran todavía una pareja. Eran dos artistas que se estaban conociendo. Sin embargo, la relación avanzó con rapidez. Violeta lo presentó a su familia, una familia numerosa, cálida y muy unida. Néstor empezó a asistir a almuerzos, cenas y reuniones familiares hasta convertirse prácticamente en uno más. La integración fue tan natural que, cuando quiso darse cuenta, ya estaba profundamente enamorado. Años después admitiría sin rodeos que había sido amor a primera vista.
Lo conquistaron la sencillez de Violeta, su naturalidad, su simpatía y una forma de ser que contrastaba con la popularidad que ya comenzaba a rodearla. La relación se fortaleció todavía más cuando ella pasó a Canal 9 para incorporarse a El Club del Clan. Néstor ya trabajaba allí, de modo que las oportunidades para encontrarse se multiplicaron. Los ensayos, las grabaciones y las presentaciones compartidas hicieron el resto.
Una vida soñada
El noviazgo avanzaba con paso firme cuando apareció una amenaza inesperada. Violeta sufrió una severa disfonía después de una serie de actuaciones en Paraná. La situación era preocupante. No se trataba de una simple afonía pasajera. Los médicos no podían asegurar que recuperaría completamente su voz. Para una cantante, la noticia era devastadora. La música era su vida. También era la vida que ambos soñaban construir juntos.
En medio de esa angustia ocurrió un episodio que Néstor siempre interpretó como un hecho extraordinario. En 1966 se encontraba trabajando en Santa Fe. Al salir de una presentación, observó una multitud que caminaba en dirección a la Iglesia de Guadalupe. Sin saber exactamente por qué, decidió acompañarlos. Al llegar al templo, se arrodilló para persignarse.

Entonces, según contó durante toda su vida, la imagen de Violeta apareció con claridad en su mente. Lo interpretó como una señal. Allí mismo hizo una promesa: si la cantante recuperaba la voz, se casarían en esa iglesia. El tiempo pasó. La recuperación llegó. Y Néstor tuvo que cumplir.
La decisión provocó una verdadera revolución logística. Familiares y amigos debieron viajar hasta Santa Fe para asistir a una boda que se convirtió en un acontecimiento nacional. El casamiento se celebró en marzo de 1967. La popularidad de ambos era enorme y la ceremonia fue transmitida en vivo por Nicolás “Pipo” Mancera en el mítico Sábados Circulares, uno de los programas más vistos del país. Apenas unas semanas antes había televisado otra boda célebre: la de Palito Ortega y Evangelina Salazar.
Los argentinos sentían que Violeta y Néstor les pertenecían un poco. Por eso siguieron su historia con entusiasmo. La pareja confirmó rápidamente las expectativas. No solo construyó una familia sólida, sino que además compartió escenarios. Cuando cantaban juntos, el resultado era notable.
Violeta había estudiado canto lírico y poseía una técnica impecable. Néstor aportaba la sensibilidad tanguera y la experiencia de quien había crecido escuchando serenatas en los patios de San Telmo. El amor y la música convivían naturalmente. Con el tiempo llegó Analía Verónica, la hija que se convertiría en el gran orgullo de ambos. Más adelante aparecería Zoe, la nieta que llenaría de alegría los últimos años de la pareja. Para entonces, Néstor ya acumulaba una historia personal tan conmovedora como su carrera artística.
Había nacido como José Cotelo en un conventillo de Humberto Primo al 900. Perdió a su madre a los seis años y a su padre a los diez. Su destino pudo haber sido muy diferente de no haber aparecido Rosita, una mujer solidaria de Avellaneda que lo recibió en su hogar y prácticamente lo adoptó. “Me salvó la vida”, suele decir. Vivió con ella durante diecisiete años. Fue Rosita quien lo acompañó mientras construía su carrera y quien terminó convirtiéndose en madrina de la boda con Violeta.
Aquella infancia difícil no le impidió transformarse en una de las voces más reconocidas de la Argentina. Primero llegaron las serenatas barriales. Después, las oportunidades junto a figuras como Mariano Mores, Aníbal Troilo, Armando Pontier, Julio Sosa, Edmundo Rivero y Argentino Ledesma. Todos dejaron enseñanzas. Todos contribuyeron a formar al artista. Pero ninguna presencia resultó tan determinante como la de Violeta. Durante décadas compartieron una vida marcada por el compañerismo.
No fueron ajenos a los problemas ni a las dificultades. Como cualquier matrimonio, atravesaron momentos complejos. Sin embargo, el vínculo nunca se quebró. La prueba más dura apareció cuando Violeta enfermó de alzhéimer. La enfermedad fue apagando lentamente recuerdos, rostros y nombres. Néstor tomó entonces una decisión inquebrantable. Mientras pudiera hacerlo, la cuidaría en su casa.
Amigos vinculados a geriátricos especializados le ofrecieron ayuda. Incluso le propusieron instituciones de primer nivel. Él agradeció, pero eligió otro camino. Quería que permaneciera rodeada de afecto. Y así fue. Analía y Zoe se sumaron a esa tarea cotidiana. Entre todos construyeron una red de contención basada en una convicción sencilla.

“Amor, amor y más amor”.
Cuando Violeta atravesaba momentos de lucidez, compartían reuniones con amigos para que se sintiera acompañada. En otras ocasiones ya no reconocía a quienes la rodeaban. Los observaba con desconcierto. Pero el cariño seguía llegando igual. Con el paso de los años, la enfermedad avanzó de manera irreversible. Llegó un momento en que los cuidados necesarios superaron las posibilidades del hogar. Fue entonces cuando debieron internarla.
La atención recibida en el Sanatorio Güemes, a través de SADAIC, fue impecable. Néstor siempre destacó el trato humano que recibió su esposa. Sin embargo, el final estaba cerca. Ella ya casi no podía respirar. Hasta que un día, mientras una enfermera intentaba asistirla, Violeta lo miró fijamente. Y pronunció las palabras que marcaron para siempre el recuerdo de su despedida.
—Me muero.
Néstor alcanzó a besarla. Fue el último. Hoy, años después, la sigue extrañando con la misma intensidad. En su dormitorio conserva fotografías, retratos y recuerdos de la mujer que compartió su vida. Cada noche repite un ritual íntimo. Antes de acostarse, observa sus imágenes y le habla en silencio. “Hasta mañana, querida”. A veces todavía cree escuchar sus pasos. O imagina que se levantó para buscar un vaso de agua, como tantas veces.
La ausencia sigue allí. También el amor. Porque algunas historias no terminan cuando uno de los dos se va. Permanecen en los gestos, en los recuerdos y en las pequeñas ceremonias cotidianas que ayudan a mantener viva una presencia. Quizás por eso, cuando le preguntan qué significó Violeta Rivas en su vida, Néstor Fabián no necesita buscar demasiadas palabras.
Le alcanza con una certeza. La misma que lo acompaña desde aquel lejano encuentro en un pasillo de televisión. Que la mujer que ignoró su primer saludo terminó convirtiéndose en el gran amor de su vida. Y que ni siquiera la muerte logró romper un vínculo que sobrevivió durante más de medio siglo y sigue intacto cada noche, cuando apaga la luz y vuelve a decirle, como siempre: “Hasta mañana, querida”.


