De chico, lo que era normal para mí no lo era para otros. Era normal que fuera un desafío salir de casa los días de lluvia. Embarrarse. Arruinar el único par de zapatillas reservado para ir al colegio.
Crecí en Lomas de Mariló, un barrio de casas humildes y calles de tierra de Moreno, en provincia de Buenos Aires. Si tenía que salir, lo normal era caminar 15 cuadras hasta la parada más cercana de colectivo. Ninguna línea entraba al barrio.
Era normal que a la hora de la cena, mamá nos dijera a mí y a mis hermanos: “Coman ustedes, yo no tengo hambre”. Ella tomaba un mate cocido.
Con el tiempo, puedo decir que ella se aguantaba el hambre. Mamá se ocupaba de nosotros: de mí, mi hermano mayor y mis tres hermanas. Desde que había cerrado la imprenta en la que tenía un buen trabajo, mi papá vivía de las changas.
Con todas sus carencias, mi barrio, Mariló, fue un lugar de esperanza y oportunidades. Puedo dar fe de eso porque muchas personas quisieron que así sea.
Primero fue un grupito de jóvenes que tenía ganas de ayudar; después formaron una fundación y se instalaron a la vuelta de mi casa. Ellos me dieron la contención necesaria para creer en mí, para terminar la secundaria y soñar con entrar en una carrera universitaria.

De adolescente fui voluntario de ese equipo de gente y años después empezamos a trabajar juntos, como colegas. Pero antes, pasaron otras cosas.
Me llamo Adrián Valdez y quiero contar qué fue lo que me ayudó a ser el primer universitario de mi familia.
“Vos estudiá, vos podés”
Mis padres siempre nos apoyaron para que siguiéramos nuestros sueños. Ellos no tuvieron la oportunidad de acceder a estudios formales. Mi papá no hizo la primaria y mi mamá no llegó a hacer la secundaria. Empezaron a trabajar de muy jóvenes.
“Vos estudiá, vos podés”, era lo que mi madre nos decía. Siempre hizo lo posible para que tuviéramos lo que ella y mi papá no tuvieron. En esa búsqueda, escuchó de un lugar donde le daban una mano a las familias del barrio y ofrecían apoyo escolar gratuito: era la Fundación Franciscana.

Nos anotó a mis hermanos y a mí. Yo tenía 6 años y puedo decir que, desde ese momento, la fundación se convirtió en una parte central de nuestras vidas.
Si bien yo no necesitaba tanto ese apoyo escolar, me gustaba ir porque tenían talleres de alfabetización, dibujo, teatro, literatura y un espacio donde jugábamos a la pelota. Empecé a hacerme más amigos y sentía que los adultos me escuchaban. No era “un hermano más” de una familia numerosa. Podía ser yo mismo.
Ahí aprendí el valor del respeto y el compañerismo. Además, en la fundación viví experiencias que jamás podría haber vivido de otra manera. Hacíamos campamentos en lugares como Tigre y San Antonio de Areco. Conocí la Feria del Libro, monté a caballo y, lo más increíble, fui parte de un “vuelo de bautismo” en un avión de LAN hacia Córdoba. Hicimos ida y vuelta en el mismo día.
Recuerdo que sentí muchos nervios. Para mí fue de verdad “tocar el cielo con las manos”. No tuve miedo, sentí la protección de las maestras que nos acompañaban.
El primero en terminar el secundario
A mis 14 años mudamos a La Reja, otro barrio de Moreno. Cursaba la secundaria en una escuela técnica con orientación en informática. Ya no iba a la fundación, pero extrañaba. A los 16 me sumé como voluntario; quería devolverles todo lo que me habían dado.
Empecé ayudando en el programa Campamentos, los sábados. Los chicos me decían ´profe’, yo los miraba y me veía a mí de chiquito. Con ellos conocí el mar cuando fuimos a Mar del Plata. No podíamos dejar de mirarlo.

Cuando terminé la secundaria, fui la primera generación de la familia en tener un título. Ese día mi mamá lloró mucho, de orgullo.
Tuve la suerte de coincidir con un programa de becas de la asociación Conciencia durante la secundaria. Te ayudaban a bancar tus estudios y asignaban un tutor que te visitaba o te escribía cartas para saber con qué soñabas. Ellos y los profesionales de la fundación me hicieron ver que había personas que nos dedicaban su tiempo. Eso me inspiró y quise seguir una carrera universitaria.
Mi tutora era Tatiana. Cuando terminé la secundaria seguimos en contacto. Un día le comenté que me había interesado una carrera de Artes Audiovisuales, en la Universidad Nacional de La Matanza, pero que era arancelada.
Para mí era imposible. Por esa época pasábamos tiempos difíciles en casa. Mi papá, que era diabético, había perdido la vista. Así que los hermanos ya mayores trabajábamos y aportábamos en casa. Había pasado medio año de mi graduación del secundario y yo me sentía en el limbo.

El último día de inscripción de la carrera, mi tutora me llamó y me dijo: “Te conseguí la plata. ¡Anotate ya mismo!”. Para mí fue un milagro. Nunca voy a olvidar la alegría que tenía. Me había conseguido una beca que daba Disney a través de la asociación Conciencia.
El primer año y medio lo cursé por Zoom. Estábamos en pandemia. Era muy emocionante. Leía textos increíbles.
Lo mejor fue cuando empezó la presencialidad. Me dio vértigo entrar en la facultad. El primer día me puse mi mejor ropa, como para estar a la altura, porque ahí había personas que no eran como yo. Pero me di cuenta de que la educación, de alguna manera, nos iguala.
La facultad me abrió la cabeza. No solo por lo académico, sino por la gente que conocí: desde mi novia hasta un amigo de 55 años que se convirtió en una figura paterna.
A los dos años y medio, me gradué de la tecnicatura. Fui el primero en tener una carrera universitaria en mi familia. Y sí, hice llorar de nuevo a mi mamá.
“Espacios que transforman”
Buscar trabajo de lo que uno ama puede ser muy difícil. Más cuando uno es joven y no tenés experiencia. Así que mientras buscaba algo relacionado con lo mío, hacía changas y trabajaba en limpieza. Por eso, ya no tenía tiempo de ir a la Fundación.
Un día, mi tutora Tatiana me envió una búsqueda laboral para un puesto de comunicación en la sede que la Fundación tiene en Lomas de Mariló, a la vuelta de la que fue mi casa. Me postulé con mucha emoción. Me entrevistó una chica que no conocía y quedé seleccionado.
Ahora soy parte del equipo de comunicación. Las personas que me ayudaron de chico son mis colegas. Y para estar cerca del trabajo, volví a vivir en Lomas de Mariló.
El barrio sigue igual. Pasaron diferentes gobiernos y las carencias siguen siendo las mismas. Hay muchos chicos que no van a la escuela o que les falta reforzar conocimientos básicos. La alfabetización es algo que transforma, porque cuando a un chico le empieza a ir bien en el colegio, después de que le fue mal mucho tiempo, se siente aceptado.

Los chicos no piensan “quiero ser aceptado por la sociedad”, quieren ser aceptados por el nene o la nena que tienen al lado y que sabe leer bien y le salen las cuentas. Entonces, cuando ese chico empieza a leer bien o es abanderado, se permite soñar. Siente que puede superar lo que sea. Pero muchas veces, tiene que existir esa ayuda que solo se genera con el encuentro y las oportunidades.
Hoy, en la fundación veo cómo aprenden a leer. Cuando al tercer intento les sale, festejan como si hicieran un gol.
Por eso, para mí, trabajar en la fundación es un sueño cumplido. Siento que generar estos espacios realmente transforma. Lo viví en carne propia: pasé de ser un chico del barrio que buscaba una oportunidad a ser un profesional que trabaja para dar oportunidades. Hoy puedo decir que realmente el encuentro nos transforma.
Más información
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Este texto tiene la edición y el acompañamiento de la periodista Paula Soler.


