CÓRDOBA.- A “La Negra”, a “la monja Theresa”, todavía se la puede ver cada tanto pateando alguna pelota en el norte cordobés. “El fútbol me encanta, es muy fuerte”, dice Theresa Varela a LA NACION. Nacida en Cabo Verde hace “casi” 89 años, ya lleva 55 en la Argentina. Este viernes no verá el partido del Mundial que enfrentará a los que considera sus dos países. “Soy argentina y caboverdiana. No puedo desear que ninguno pierda. Al que gane lo voy a aplaudir”, cuenta.
Quinta entre 13 hermanos, Varela nació en Fundura, una localidad rural en el noroeste de la isla de Santiago, en el municipio de Santa Catarina. De esa misma isla –una decena son las principales de Cabo Verde– es Hélio Sandro Oliveira Alves Varela, jugador de la selección.
“Somos parientes lejanos, ya averigüé. Él es joven, nació en Portugal, pero tiene familia allá”, comenta a este diario con esa cadencia portuguesa que nunca perdió para hablar.
En los últimos días, cuando habló con su hermana y con sus sobrinos, el tema obligado fue el partido del viernes a las 19, cuando la Argentina y Cabo Verde pelearán para seguir en el Mundial. “Quieren jugar contra ‘el león’, como le dicen a Messi. Están entusiasmados”, se ríe, y ya planea conseguir una foto con los jugadores caboverdianos cuando viaje a su “otro” país en unos meses. “La voy a imprimir bien grande y la voy a poner en casa”, subraya.

Claro que también se cuela en las charlas Vozinha (“que quiere decir abuelita”), como se lo conoce a Josimar Dias, el arquero de 40 años que anticipó el cruce con la Argentina y que sueña con atajarle un penal a Messi. “Enloquecidos –asegura Theresa que están en su familia con él–. Lo quieren, lo aplauden, dicen que vuela como un pájaro. Como Cabo Verde es chico, también tengo familiares que conocen a su gente”.
Hincha de River, en su casa de San Marcos Sierras hay fotos del Monumental, pelotas y camisetas. El clima árido del norte cordobés le recuerda al de Cabo Verde, “mucho calor y muy seco”.
Admite que su amor por esta provincia y por la Argentina, no le impiden “extrañar” y “sentir nostalgia” por su tierra, de la que salió a los 18 años para entrar a un convento en Portugal.
“De chica jugaba mucho al fútbol. Era muy muchachona, salía del colegio y me iba a patear la pelota –recuerda con entusiasmo–. Era arquera, gritaba, ordenaba y, si me hacían un gol, los otros me metían en un pozo seco como castigo. Por suerte, me hacían pocos”. Si la pasaba mal, no se le ocurría llegar a su casa llorando porque quería volver a la cancha (“que era un poco de tierra, un baldío, una esquina”) al otro día.
Era tal su pasión que reconoce: “No quería entrar al convento porque iba a tener que dejar el fútbol. Se lo dije al cura de mi pueblo y, como el vio que tenía vocación, me mostró fotos de novicias jugando. ‘Eso es lo mío’, pensé y me decidí”.

Comenzó el noviciado en Portugal y siguió su formación en Roma. Ya como religiosa, en una de sus salidas se puso a jugar al fútbol. Recibió un fuerte pelotazo en el vientre. “Se me hinchó, me dolía mucho. Fui al médico y, al final, me tuvieron que operar. Nunca dije exactamente qué había pasado. Ya era monja, no debía andar jugando al fútbol”, describe con picardía.
El archipiélago volcánico de Cabo Verde tiene medio millón de habitantes; está frente a la costa noreste de África. En su liga de fútbol hay solo una docena de clubes. Sin embargo, la mayoría de los caboverdianos son fanáticos del deporte.
“En cada esquina están jugando a la pelota –relata Varela–. Les encanta, lo disfrutan. Los chicos salen de la escuela y, antes de llegar a su casa, se quedan un rato haciendo fútbol. La pelota es su amiga”.
Como si fuera una niña traviesa, confiesa a LA NACION que hace unos días fue por unos trámites a Villa Cura Brochero: “Había unos chicos pateando y, cuando me di cuenta, ya estaba yo también con ellos jugando. Algo hay en mi corazón que me mueve cuando veo jugar al fútbol”.
En este Mundial, en los partidos difíciles de Cabo Verde salió “a caminar” para no ponerse muy nerviosa. Este viernes irá a la ciudad de Córdoba y a la hora del partido, seguramente estará en viaje de regreso a San Marcos Sierra. “No lo voy a poder ver porque no quiero, ni lo voy a escuchar”, enfatiza con su ancha sonrisa.
Trabajo para la niñez
La vitalidad es el sello de Theresa. Sus días arrancan a las 4.30. Reza en su pequeño oratorio, desayuna unos “inventos” que ella misma hace mezclando frutas y semillas, y sale a hacer visitas, buscar donaciones, tramitar ayudas o dar una charla. Por estos días unos 500 chicos comen en los siete comedores que su fundación, María de la Esperanza, tiene en Cruz del Eje y su zona rural. En la crisis del 2001 llegaron a ser casi 2000.

En la aldea “La esperanza”, en San Marcos Sierras, suelen dictarse talleres y hacerse reuniones; allí se preparan las misiones del hospital móvil que va a distintos puntos del país y también hay médicos que periódicamente atienden a los chicos.
El exDT de Boca Carlos Bianchi, junto con el fallecido Jorge Guinzburg, la ayudaron a construir la aldea. El día que recibió un llamado de Bianchi, ella respondió: “¿El de Boca? Yo soy de River”. La monja recuerda que el entrenador le respondió “para Dios no hay River ni Boca, sino hacer cosas buenas”.
Varela sostiene que, cuando de pequeña leyó la vida de Santa Teresa, se dio cuenta de que quería ayudar a los más pobres. No pensó en ser religiosa. De adolescente disfrutaba de la moda y tuvo un novio que abandonó cuando entró al convento. Ingresó a la orden San Pedro Claver y, después de su paso por Portugal e Italia, estuvo en Estados Unidos, Colombia y Brasil.
De su orden la mandaron a la Argentina, a Buenos Aires, donde les enseñaba la Biblia a los más chicos. En esos años empezó a pensar en dejar la orden, aunque no los hábitos, y misionar. En Oncativo (Córdoba) decidió que no regresaría al convento.
Se mudó a San Marcos Sierras después de conseguir el permiso del obispo Raúl Primatesta y el 9 de septiembre de 1996 renovó sus votos perpetuos y su compromiso de servir a los más pobres.
Sus primeros comedores fueron debajo de los árboles. La gente llevaba lo que tenía, se sumaban donaciones y cocinaban con leña (hace unos años que todos tienen cocina con garrafa). Repartían la comida. Unos plásticos eran el techo.
Theresa es una monja sin orden. Su hábito es un jumper de jean y una cofia de tela celeste. No deja de hacer. No se cansa. Ni de ayudar ni de jugar al fútbol.



