El poeta inglés John Keats (1795-1821), en su bello poema “Oda a un ruiseñor”, se dirige al pájaro que canta en su jardín y le dice: “No naciste para la muerte, ave inmortal. El canto que escucho esta noche fue oído en días antiguos por emperador y bufón”. Keats percibe al ruiseñor no como el ave concreta que canta, sino como una presencia duradera: una cadena de generaciones que ha atravesado los siglos y que incluye al ruiseñor de ese jardín. Para Keats, el individuo es al mismo tiempo la especie. Plantea, además, la mortalidad del individuo y la permanencia de la especie.
La biología moderna habla de un conjunto de genes que conectan a la generación actual con todas las anteriores. El ginkgo (Ginkgo biloba) posee un linaje mucho más antiguo que el del ruiseñor y es, además, el último superviviente de un grupo de plantas que, en un pasado lejanísimo, producían semillas, pero carecían de flores y de frutos. Por otro lado, es uno de los árboles más fascinantes y bellos del mundo, con sus hojas en abanico, cuyas nervaduras se bifurcan como un delicado trazo de tinta. Es un árbol dioico: los órganos reproductivos masculinos y femeninos se encuentran en individuos separados. Hoy solo se lo considera verdaderamente silvestre en algunas zonas muy limitadas del este y centro de China.
En China, Japón y Corea, fue durante mucho tiempo apreciado como semilla –tiene una cubierta carnosa– comestible y planta medicinal. También es venerado en varias religiones orientales. El ginkgo es además uno de los árboles urbanos más utilizados en el mundo; se ha convertido en una planta ornamental muy popular y ha ocupado un lugar destacado en todo tipo de expresiones artísticas. El asombro se apodera de quien aplica al ginkgo la idea de Keats y se remonta a su pasado como especie: el linaje del ginkgo apareció hace unos 240 millones de años. Eso lo transforma en un testigo de eventos significativos de la historia. Por mencionar unos pocos: la fragmentación del supercontinente Pangea, la aparición de los dinosaurios, la aparición de las aves, la aparición de las plantas con flores, la extinción de los dinosaurios y, muy recientemente en términos geológicos, la aparición del Homo sapiens. Quizás por eso pueda pensarse como el árbol que ha “visto” demasiado y que, como el ruiseñor de Keats, está todavía con nosotros.
El linaje se diversificó en variantes que se distribuyeron por casi todo el planeta
Hace unos 150 millones de años, el linaje se diversificó en variantes que se distribuyeron por casi todo el planeta. Tuvieron un declive hace 100 millones de años y el último registro del linaje de ginkgo en el hemisferio sur es de alrededor de 60 millones de años atrás. En cambio, permaneció ampliamente distribuido en el hemisferio norte. En América del Norte, el último registro es de hace unos 15 millones de años y en Europa, alrededor de 5 millones de años. Hace unos 2 millones de años, el ginkgo apenas subsistía en ubicaciones dispersas del este y centro-sur de China. Para cuando el Homo sapiens llegó por primera vez a esa región de Asia, hace unos 50.000 años, el ginkgo ya era una única especie y un relicto geográfico.
El linaje del ginkgo mostró una notable resiliencia durante más de 200 millones de años. Las causas de su declinación aún no han sido esclarecidas; quizás obedezcan a cambios climáticos y a la extinción de los animales que dispersaban sus semillas. El ginkgo fue también testigo de la aciaga capacidad destructiva del ser humano: varios ejemplares se alzaban en Hiroshima, Japón, el 6 de agosto de 1945, cuando estalló la primera bomba nuclear sobre una ciudad. Uno de ellos estaba a menos de dos kilómetros del centro de la explosión. Ese ejemplar brotó nuevamente en la primavera siguiente y se transformó en un símbolo mundial de la persistencia de la vida frente a la devastación y, por lo tanto, de la obstinada esperanza. La profusa presencia del ginkgo en calles y parques de todo el mundo sugiere una alianza silenciosa entre la naturaleza y el Homo sapiens. Una alianza que se funda en la afinidad innata del ser humano por lo viviente y en la belleza y el ejemplo de resiliencia que encarna el ginkgo.


