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Messi lloró: solo es momento de sentir y hablar en carne viva

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ATLANTA.- Mejor, en carne viva. Porque las palabras saldrán más fáciles bajando por una escalera a la par del “por la última de Leo”. O sin ganas de dejar un estadio en el que el público se parece mucho al de cada domingo. Mejor ahora, sin esperar la frialdad para un análisis racional. En frío se piensa, ahora se siente. Ya se analizará el rival, ya diremos que la selección argentina todavía tiene que ajustar cuestiones para seguir adelante. En todo caso, quedará la gratitud, el vínculo, la identificación. Cualquier equipo puede ganar. Pero el gancho con la gente es para pocos. Para los que perduran.

Hay algo escondido. Una fibra dispuesta a ser activada en caso de que valga la pena. Un cuerpo entregado a que suceda. El argentino es futbolero porque: y salen tres opciones. Porque está en las raíces: sí. Somos lo que nos promovieron ser. Porque juega bien: claro. A nadie le gusta lo que no sabe hacer. Porque sin saber cuándo, un resultado puede hacernos explotar: obvio. El fútbol cotidiano es lo que dura el paréntesis entre un éxtasis y el siguiente. Un resultado épico en un Mundial sublima el sentimiento. No existe lo superior. Si la tristeza masiva duele peor, la emoción colectiva suelta el llanto todavía más.

Lo mejor de Argentina vs. Egipto

Egipto vs Argentina – Mundial 2026

Esta selección genera recuerdos. Qatar fue eso, no sólo un Mundial ganado. Con lo difícil que resulta. El gol de Messi a México de la liberación, el final contra Australia con el temor de caer ante el inferior, los penales contra Países Bajos como redención, el subibaja emocional del 18 de diciembre de 2022. Este Mundial ratifica que hay algo más difícil que ganar después de haber ganado: jugar bien después de haberlo hecho. Pero la lista de recuerdos sigue ampliándose. Tal vez porque una victoria está al alcance de cualquiera y una de esta forma esté destinada a elegidos. No es demagogia sino el repaso de los rasgos distintivos. En el germen del triunfo se ve la idiosincrasia general. El 3-2 al bravo Egipto puede explicarse en tener poder de adaptación, nacer abajo para tratar de llegar arriba y acomodarse en la hostilidad. Se juega como se vive, cada uno y alrededor.

Toda misión necesita de un líder. Aquí hay dos. El técnico no enloquece, confía. Lionel Scaloni y sus ayudantes planifican, se fijan en el rival y cambian si hay que cambiar, pero fundamentalmente creen en el corazón. Y el capitán no se resigna, empuja pese a que todo salga al revés. Ganó todo lo que pudo haber soñado y hace tres años había dicho que ya estaba. Ahora parece haberlo meditado más y mejor. Primero se paró a patear un penal y dejó una sensación extraña, la de alguien que genera más optimismo a 25 metros del arco con doble barrera que a doce pasos sólo frente al arquero. Falló. Trató de reponerse. Y los centros no le salían, los pases tampoco y las gambetas, menos. Entonces volvió al pasado. Se fue a la derecha. Cuestión de densidad de población: allá había menos gente, podía encontrar un mano a mano. Estaba a punto de despedirse de los mundiales. Si era el final, que fuera donde partió.

La charla entre los dos grandes líderes de la selección argentina: el entrenador Lionel Scaloni y el capitán Lionel Messi

Generó un córner, un centro picante, otro que sirvió para el gol del descuento y el estímulo. Empató. También le dijo a un compañero que a él no, que abriera más la cancha. Así se dio la jugada que valió la explosión. Lloró. Lo moviliza lo mismo que le brotaba en Grandoli y en Newell’s antes del exilio privilegiado: las ganas de jugar, de ganar, de volver a hacerlo. No está claro cómo compensaremos su ausencia. Dónde encontraremos la motivación que significa verlo entrar en una cancha. ¿Pero cómo hará él para aliviar la falta? El fútbol sin Lionel Messi será peor. A Messi sin el fútbol cuesta imaginarlo también.

A los rivales menores, los equipos importantes les ganan con comodidad. Así sucede en la normalidad. Parecería que no es el caso. El seleccionado rompió el lugar común. Perforó el techo de la repetida idea de que, sin sufrimiento, no vale. El escalón siguiente es que, sin emoción, no vale. Sin emoción, sólo sería un deporte. Y ya existe un montón. Claro, sin lo visceral no se puede y sólo con lo visceral, no alcanza. Se entiende por jerarquía la virtud de hacer algo distinto cuando más cuesta. Técnica y personalidad. El centro de Lautaro Martínez fue de la mano con la perfección. El cabezazo de Enzo Fernández lo igualó. Pasó a tener el valor que debió haber tenido en ese momento el quite imperial de Leandro Paredes. O el cabezazo de Cristian Romero rumbo a la ilusión. El equipo había lucido vulnerable como pocas veces. Algunos de los que no pueden fallar estuvieron bajos. Sin embargo, Argentina había atacado mejor que en partidos anteriores. Se sentía muy temprana la eliminación.

La celebración argentina con Lionel Messi como eje; la angustia le cedió paso al desahogo tras la victoria contra Egipto por 3-2, por los octavos de final del Mundial 2026

Para los que tuvimos la dicha de recién ahora retirarnos del estadio. Para los que tuvieron la dicha de verlo, padecerlo y disfrutarlo con seres queridos. Para todos habrá un purista que mañana recordará que depositamos demasiado en el fútbol. Tal vez tenga razón. Pero ahora, dejando atrás ese murmullo de “ya ganamos la tercera” algunos o despidiendo a los compañeros de sufrimiento otros, a casi nadie le importa. Mañana, cuando de esta jornada queden solamente los recuerdos, tampoco importará.

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