“¿Por qué cuento algo tan íntimo como una cirugía en una red social profesional? Porque la endometriosis tiene un diagnóstico tardío promedio de 10 años a nivel global, las mujeres no somos escuchadas cuando hablamos de nuestro dolor. Algo que vengo reflexionando es que la vulnerabilidad nos hace humanos. En tiempos de IA, donde no sabemos qué es real y qué no lo es, mostrarnos reales no nos hace menos profesionales. Al contrario, yo creo que es una forma de liderar honesta y transparente. Y yo, en estas semanas de vulnerabilidad física y emocional, pude volver a trabajar, a mis tiempos, con un cansancio extremo, pero de a poco hasta recuperar el ritmo habitual”.
Así se expresaba Candela Burruchaga al recibir el galardón otorgado por el Consejo Profesional de Relaciones Públicas, un momento cargado de emoción y significado, con palabras que evidenciaban lo que había vivido. Lo que seguía viviendo.
Candela llegó al diagnóstico después de un año de convivir con una inflamación abdominal que, por su historia clínica, había asociado primero a su patología intestinal de base y no a una cuestión ginecológica. Durante ese período se hizo “estudios, estudios, estudios”, pero los hallazgos seguían siendo inciertos hasta que, en su control anual, apareció “solo un puntito” en el ovario izquierdo. En un primer momento le indicaron repetir el control a los dos meses; cuando volvió a hacerse el estudio, el hallazgo seguía sin verse con claridad y fue derivada a una especialista en imágenes que finalmente logró identificar el cuadro completo. Allí apareció no solo un endometrioma, sino también compromiso ovárico e intestinal, además de numerosos nódulos y adherencias. La confirmación llegó luego con una resonancia con protocolo para endometriosis, un estudio que ella define como invasivo pero muy preciso para ubicar cada foco.

“Para mí, vos tenés todas”
“Una de las cosas que más me sorprendió fue descubrir que la endometriosis no es una sola enfermedad, sino que tiene distintos tipos”. Candela recuerda que la médica que la diagnosticó le dijo: “para mí, vos tenés todas”, en referencia a la endometriosis superficial, la profunda y el endometrioma. Esa observación terminó de ordenar un cuadro que hasta entonces aparecía disperso entre síntomas abdominales, molestias ginecológicas y estudios poco concluyentes. A partir de allí, el panorama cambió rápido: la sospecha dejó de ser ambulatoria y pasó a requerir una intervención quirúrgica.
La decisión de operar no fue inmediata, pero sí firme una vez que la resonancia mostró que la medicación no iba a alcanzar las adherencias. En la preparación prequirúrgica se armó un equipo amplio: un ginecólogo operante, un cirujano de abdomen y, como posibilidad, un neurólogo, que podrían haber sido llamados si hacía falta. La consigna era clara: “entrar y ver”, en su caso, se confirmó que había que sacar nódulos, liberar adherencias y resolver el compromiso intestinal.

¿Cómo fue la operación?
La cirugía fue compleja. Finalmente participaron tres cirujanos, aunque podían haber sido cuatro. El equipo de abdomen separó los ureteres y también intervino personal del equipo ginecológico en el trabajo sobre los tejidos comprometidos. La operación fue el 6 de enero de 2026, fecha que ella recuerda especialmente porque la asoció con Reyes: “Ustedes son mis reyes”, les dijo al entrar al quirófano.
En la previa estaba muy asustada, pero contenida por su familia, sus amigas y la terapia. Candela es del interior, de Puerto Madryn, y ese día su familia viajó para acompañarla y ayudarla en todo lo que vino después.
“El diagnóstico final fue endometriosis profunda infiltrante, confirmado luego por anatomía patológica. A eso se sumó la complicación intestinal, que fue lo que volvió todo más serio. La patología había comprometido alrededor del 50% de la superficie de la última parte del intestino, por lo que tuvieron que resecar un pequeño tramo. Ese detalle cambió por completo la magnitud del procedimiento: sumó horas de quirófano, días de internación y semanas de recuperación. Aunque al principio me habían dicho que, tal vez, me iría a mi casa al día siguiente, finalmente estuve internada algunos días y el sábado ya recibí el alta. Sin embargo, la recuperación real recién empezaba”, cuenta Candela.

“Estaba una hora y me volvía a la cama”
El postoperatorio fue duro. Candela cuenta que la primera noche pudo dormir, pero la segunda y la tercera no, porque tenía mucho dolor de panza, de cuello por la tensión y de cabeza. Le explicaban que era esperable en una cirugía tan compleja. Ella misma lo resume con una imagen muy gráfica: “me abrieron toda”, le dijo después su médico, porque la habían cocido por fuera y por dentro.
Al principio tuvo dieta líquida y luego pasó a comidas blandas, muy parecidas a la dieta de hospital, como ella recalca: purés, suflés y alimentos fáciles de digerir. “Recién cuando el cuerpo empezó a responder bien me dieron el alta, pero el dolor siguió durante semanas y necesité analgésicos por bastante tiempo. Soltar esos medicamentos también me costó, porque el dolor persistía”.
La fatiga fue otro de los grandes efectos de la cirugía. Candela señala que en el intento de volver a trabajar, semanas después, descubrió que no le daba la cabeza: “estaba una hora y me volvía a la cama”. El cansancio fue tan fuerte que incluso actividades cotidianas como tomar dos colectivos le resultaban demasiado. Cuando le preguntó al cirujano cuánto tiempo podía durar esa sensación, le dijeron dos o tres meses. Y efectivamente, alrededor de los tres meses empezó a sentirse mejor. Antes de eso, salía por dos horas y ya quería regresar a su casa. Esa etapa la obligó a reorganizar sus tiempos y aceptar que el cuerpo necesitaba otra velocidad.

La recuperación física fue más rápida que la mental y emocional. Candela dice que hubo mucha niebla mental, algo que asocia a la patología: olvidos, dificultad para recordar conversaciones y una sensación general de confusión que se extendió, sobre todo, en las primeras semanas.
Cambio de hábitos
También empezó a procesar algo más profundo: que se trata de una enfermedad crónica, que no tiene cura, aunque sí tratamiento. Ese descubrimiento la impactó porque el diagnóstico y la cirugía llegaron tan rápido que no tuvo demasiado margen para elaborar lo que implicaba vivir con algo que la va a acompañar siempre. Por eso habla de un proceso de adaptación a cuidados y cambios de hábito que todavía sigue transitando.
Dentro de esos cambios, Candela destaca la alimentación antiinflamatoria, el ejercicio físico y, sobre todo, el descanso. También señala que la endometriosis produce mucha fatiga, por lo que tuvo que aprender a priorizar pausas que antes no se permitía.
Durante años había seguido trabajando y sosteniendo ritmos intensos porque le habían dicho que ese dolor era normal, algo que “le pasa a todas las mujeres” con esta patología. Hoy cuestiona con fuerza esa naturalización. “No hay que acostumbrarse a vivir con dolor”, dice, porque no es sano ni para el cuerpo ni para la cabeza.
Candela señala que, a nivel global, el diagnóstico de endometriosis suele demorarse entre 10 y 15 años, justamente porque muchas veces se minimizan los síntomas y se responde con analgésicos en lugar de investigar. También menciona que el acceso a un estudio específico no siempre surge de manera espontánea, sino que las pacientes deben insistir mucho para que las escuchen. En su caso, el acceso a una especialista en imágenes y a una resonancia con protocolo fue clave para llegar a tiempo. Sin embargo, sabe que muchas otras mujeres pasan por varios ginecólogos sin obtener respuestas. “No se queden calladas, que insistan, insistan, insistan”, recomienda.
La experiencia también modificó su manera de verse a sí misma. Candela dice que hubo un duelo por el cuerpo, no solo por la función de los órganos intervenidos, sino también por la imagen corporal y las cicatrices que dejó la operación. Reconoce que todavía está procesando ese cambio. Al mismo tiempo, hubo algo importante: el tratamiento preservó su sistema reproductivo y, además, ella ya había congelado óvulos dos años antes, algo que hizo por deseo propio y que hoy valora muchísimo. “Menos mal que hice eso”, sintió cuando conoció el cuadro completo, porque le dio tranquilidad frente a un escenario donde el ovario izquierdo estaba comprometido.

¿Cómo fue la obtención del premio?
La ceremonia de entrega la sorprendió en medio de una recuperación todavía reciente. Cuando escuchó que había ganado, sintió “taquicardia absoluta”. Tenía que bajar escalones, había cámaras por todos lados y apenas disponía de un minuto para hablar. Subió al escenario, recibió el premio y trató de decir lo poco que recordaba.

Más allá del premio, lo que Candela valoró fue la reacción de los demás. Su madre la llamó llorando, emocionada, y sus amigas celebraron la noticia desde Buenos Aires, Rosario y Puerto Madryn, compartiendo y reposteando el video de agradecimiento. Esa red de afecto le confirmó que no había transitado sola el proceso. Incluso su hermana, menos demostrativa, acompañó la alegría aunque se enteró un poco después. Para ella, ese apoyo fue tan importante como el reconocimiento profesional, porque le recordó que el trabajo y la vulnerabilidad no se excluyen.
“No hay que bancarse el dolor”
Candela plantea que la endometriosis no recibe suficiente investigación ni presupuesto y que eso forma parte de una desigualdad más amplia: el dolor femenino se subestima. Se pregunta por qué hay más estudios sobre la calvicie masculina que sobre el dolor de la mujer, y critica que todavía haya pacientes que deban rogar por un estudio específico. En su caso, fue necesario llegar a un profesional y a una tecnología capaces de ver lo que antes no se veía. Por eso insiste tanto en que las mujeres no se conformen con explicaciones vagas ni con la idea de que “hay que bancarse” el dolor.

Para Candela, lo vivido fue un antes y un después. La cirugía, el diagnóstico, la recuperación, el cansancio, el premio y el reconocimiento no aparecieron como hechos aislados sino como parte de un mismo recorrido en el que tuvo que aprender a escucharse. “Hay que insistir hasta encontrar un profesional que escuche de verdad, no hay que naturalizar el dolor y hay que confiar en que buscar respuestas no es exagerar, sino cuidar la propia salud”.


