Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, las consecuencias se siguen midiendo más allá del frente de batalla. La guerra reconfiguró la economía, la política, la demografía y la vida cotidiana de millones de rusos cansados de un conflicto que ya se prolongó más que la Primera Guerra Mundial.
El estancamiento militar está generando una creciente presión interna sobre el gobierno ruso. La aprobación de Vladimir Putin está en su nivel más bajo desde el inicio del conflicto, el gasto militar impacta en la economía y los cortes de internet móvil, dirigidos a impedir ataques de drones ucranianos, generan enorme malestar en la población.
La sociedad rusa quedó partida en tres: quienes apoyan activamente la operación militar, quienes se oponen y emigraron o callan, y una mayoría que adoptó una forzada estrategia de adaptación. Encuestas recientes muestran fatiga y preocupación por el futuro económico. A comienzos de julio, la Fundación de Opinión Pública (FOM), una encuestadora cercana al Kremlin, informó de que el 55% afirmó que sus compañeros y familiares se sentían ansiosos, frente al 40% del año anterior.
La escasez de combustible es un nuevo desafío político para el presidente Putin, ya que la implacable campaña de drones ucranianos contra numerosas refinerías de petróleo de Rusia ha hecho que la guerra se convierta en un asunto de interés para la mayoría de los rusos de a pie. Las colas en las estaciones de servicio son cada vez más largas, al igual que la frustración y la incertidumbre social.
Rusia debió importar en junio la cifra récord de 141.000 toneladas de nafta en medio de una aguda crisis signada por la escasez de combustible debido a los letales ataques ucranianos que han llevado la guerra al corazón del territorio ruso. Por otro lado, prohibió las exportaciones de diésel con vigencia hasta el 31 de julio y adoptó medidas de emergencia para contener una crisis de abastecimiento que se ha extendido a 78 de las 83 regiones de la Federación Rusa.
El gasto en Defensa se lleva el 8% del Producto Bruto Interno (PBI). La reconversión de la industria hacia la producción militar sostuvo el empleo y el PBI en 2023 y 2024. Fábricas en el Volga y en los Urales pasaron a producir munición, drones y vehículos blindados las 24 horas. El Estado inyectó subsidios y salarios más altos al sector de defensa.
Si bien Rusia no publica cifras oficiales de muertes, las estimaciones de inteligencia, institutos y medios independientes señalan que entre muertos y heridos el número oscilaría entre 1.200.000 y 1.350.000 personas. Además, desde febrero de 2022 se produjeron importantes olas migratorias: entre 800.000 y 1.100.000 rusos emigraron. Profesionales de IT, periodistas, académicos y jóvenes se fueron a Kazajistán, Georgia, Armenia y Serbia, entre otros destinos.
No está claro si la creciente insatisfacción pública con la guerra se puede traducir en un gran desafío político para Putin, dado que ha erigido un sistema autoritario y ha aumentado drásticamente la censura y la represión en tiempos de guerra. Toda forma de oposición es criminalizada y las autoridades recurren a causas penales, largas condenas, intimidación, torturas y maltratos para silenciar cualquier crítica a la guerra o al régimen.
La continuidad de la guerra sin una victoria clara como preveían empieza a corroer el principal activo de Putin: el contrato con su sociedad a la que le ofreció estabilidad a cambio de obediencia. El Kremlin ya no vende futuro, vende resistencia y, cuando un líder sólo puede reclamar resiliencia, empieza a debilitarse.


