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Crece el público que asiste a la vigilia en honor a los Romanov

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Llueve. La fina y persistente llovizna envuelve el bosque de Ganina Yama como lo hacen los cantos de los monjes ortodoxos que se filtran desde una sencilla capilla de troncos. Estamos lejos de Moscú y cerca de Ekaterinburgo, en el corazón de los Urales, y la espesura de este bosque de pinos, alerces y abedules es la que durante 70 años cubrió con un manto de piedad al último zar ruso, Nicolás II Romanov, y a su familia.

La familia Romanov fue asesinada después de meses de cautiverio

Con espartana sobriedad y en medio de claros en el verde boscoso, dos bustos recuerdan al zar y a la zarina, y un monumento aparte a sus cinco hijos, asesinados todos en 1918, tres meses antes de que la Revolución de Octubre cumpliera su primer año. Aquí trasladaron sus cadáveres poco después de la masacre en el sótano de la casa de Ekaterinburgo en la que estaban confinados, para luego desenterrarlos y ocultarlos en otra parte del bosque.

Hoy, las gotas de lluvia parecen lágrimas sobre las mejillas del zarevich Alexei –el heredero al trono– y sus cuatro hermanas, inmortalizados en un conjunto escultórico de bronce. Con sus cabezas coronadas, y ellas con los cabellos cubiertos como lo dicta la fe, alzan la cruz ortodoxa, símbolo de su profunda devoción y, también, de la comunión entre la Iglesia y la monarquía.

Busto de bronce en honor al zar Nicolás II.

Más allá, el busto del zar Nicolás, también en bronce, con su uniforme de gala y medallas sobre el pecho, asentado en el pórfido púrpura que corresponde a su linaje. Junto al pilar que lo eleva, una lámpara votiva y dos macetas con campanitas blancas, símbolo de mansedumbre ante el trágico final y también una metáfora sobre la resurrección. Muy cerca, Alejandra, la zarina de sangre angloalemana, con su corona y pendientes, erguida, la cabeza en alto y con la mirada triste que siempre la acompañó.

La procesión llega al amanecer al monasterio de los Santos Mártires Reales, en Ganina Yama, donde una galería de madera rodea el pozo de la Mina Nº 7, el sitio en el que fueron arrojados los cuerpos de los Romanov después del fusilamiento.

En el suelo hay una hondonada. Está rodeada por una pasarela rústica de madera en la que se exhiben fotos en gran tamaño de los fusilados. Allí se arrojaron los restos del zar y la zarina, sus cinco hijos, el médico y tres colaboradores que los acompañaron hasta el fin. Fue en la espesura de Ganina Yama que junto con Nicolás II y su familia se sepultaron 300 años de monarquía rusa. Y fue con la complicidad de la noche, para que no surgiera allí un improvisado santuario que los devolviera a la vida en aquellos momentos inestables de los comienzos de la revolución bolchevique.

Rusia, 1918

El gobierno revolucionario había cambiado su sede de Petrogrado (actual San Petersburgo) a Moscú. Se afianzaba, pero había focos monárquicos en el Ejército y entre muchos campesinos que todavía honraban a su zar en el extenso territorio ruso. Por eso, no podían arriesgarse.

Las hijas del zar Nicolás II y la zarina Alejandra

El zar debía morir sin lugar a dudas. Era el enemigo del pueblo y la Revolución. Pero había cuestionamientos sobre el destino de la familia. El paso de los meses fue consolidando la idea de que su supervivencia dentro o fuera de Rusia no era viable. Uno solo de los hijos que quedara vivo lo legitimaba en el trono y minaba el futuro del proyecto.

Lo que demoraba la decisión era que tampoco se los podía ejecutar oficialmente. En abril de 1918, luego de más de un año de exilio interno en Tobolsk, Siberia, la familia fue trasladada nuevamente. Esta vez a Ekaterinburgo, un bastión revolucionario furibundamente antimonárquico al pie de los montes Urales.

Habitación de la casa Ipatiev, en la que estuvo cautivo el zar en Ekaterinburgo

Desde que los bolcheviques la habían tomado, la ciudad evolucionaba del colapso de la infraestructura al caos, mientras llegaban noticias desde el Pacífico de que unidades del Ejército Blanco, leales del zar, avanzaban a paso firme. Ese avance volvía más dramática la situación de los cautivos.

La familia real llegó en dos tandas y con su entorno reducido a cuatro personas: el médico Evgeni Botkin, atento a la frágil salud del zarevich, el cocinero y dos asistentes. En Ekaterinburgo se acabó la vida amable de su anterior cautiverio. Aquí el ambiente era hostil. Las condiciones de vida se agravaron, llegó el maltrato y el confinamiento se hizo sentir. La casa incautada al ingeniero Nikolai Ipatiev –ubicada en el centro de la ciudad− fue vallada y sus ventanas pintadas para que nadie pudiera mirar hacia afuera ni hacia adentro.

La casa Ipatiev, una vez vallada

Luego de consultas frenéticas con Moscú ante el avance de los Blancos, en julio llegó la instrucción: fusilamiento y desaparición de los cadáveres. El encargado de ejecutarla era Yakov Yurovsky, miembro de la temible Cheka, la policía secreta soviética; un hombre endurecido por la pobreza, la cárcel, el exilio y la guerra, que aceptó la orden como su deber revolucionario, casi desapegado de la barbarie que iba a cometer.

Balazos por doquier

El 17 de julio, en medio de la noche, despertó a los cautivos y los hizo bajar al sótano de la casa. Les dijo que había disturbios en la ciudad y era peligroso que estuvieran en la planta alta. Nadie sospechó y todo fue vertiginoso. Los hicieron entrar en un cuarto vacío con la excusa de sacarles una foto para que “en Moscú” vieran que no se habían escapado. Los acomodó en dos filas e inmediatamente ingresó el pelotón, integrado por nueve personas, cada uno con la instrucción de a quién tenía que matar. Otros dos convocados se rehusaron a último momento a ser parte de la carnicería.

La habitación en la que fue asesinada la familia imperial. Las balas destrozaron las paredes

La muerte más piadosa fue la del zar Nicolás, con los balazos que le dio Yurovsky en el pecho. Los asesinatos de tres de las hijas y la asistente de la zarina fueron más crueles. Las balas rebotaban en sus corsés, así que, en medio del griterío, fueron ultimadas a bayonetazos y finalmente a balazos en la cabeza.

En el sótano quedaron los testimonios: orificios de balas en el entelado de una pared y la sangre que lo inundaba todo.

Esa primera parte fue rápida, tal como estaba planeado. Lo que seguía era deshacerse de los cadáveres sin que quedaran rastros. Había que apurarse; en el verano ruso las noches son muy cortas.

Yakov Yurovsky, responsable de acabar con la vida de los Romanov y ocultar sus cuerpos

Los cuerpos fueron cargados en un camión y trasladados unos pocos kilómetros hasta una zona del bosque donde la extracción de carbón había dejado pozos inundados y una mina abandonada.

Con poco tiempo antes de que fuera totalmente de día, Yurovsky ordenó que desvistieran a los muertos, quemaran sus ropas y también los cuerpos. Ahí se dieron cuenta por qué las balas no penetraban en las mujeres: en los corsés estaban cosidas las joyas que la familia llevaba ocultas para garantizarse la supervivencia en el exilio. Fueron esas gemas las que les sirvieron de blindaje y alargaron la agonía de las hijas mayores y la dama de compañía.

La zarina Alejandra Fiódorovna, nacida Alix de Hesse, era nieta de la reina Victoria y se convirtió a la ortodoxia al casarse con Nicolás II

A las apuradas por la llegada del día, los cuerpos desnudos y semiquemados fueron arrojados en el pozo de la mina. Pero a Yurovsky no le convenció el resultado de la operación. Había lugareños que habían visto el movimiento en el bosque y el sitio no parecía adecuado para ocultar los cadáveres de la manera segura que había ordenado Moscú.

A la noche siguiente volvió al bosque. Según su detallado relato, sus hombres sacaron los cuerpos y los trasladaron a otro lugar. Ya los habían rociado con ácido para que sus rostros no fueran reconocibles; ahora terminaron de desmembrarlos y los arrojaron a una fosa común. Salvo a Alexei y su hermana María, que enterraron a una distancia de 70 metros.

La investigación

Una semana más tarde, Ekaterinburgo caía ante el Ejército Blanco, leal al zar, que venía de atravesar 7000 kilómetros desde el Pacífico. Los militares zaristas tomaron el control de la ciudad el 25 de julio, apenas una semana después de los asesinatos. Los revolucionarios que pudieron aprovecharon para escapar, entre ellos Yurovsky, que huyó con su familia a Moscú.

La casa Ipatiev a principios del siglo XX

Los militares zaristas llegan en busca de la familia real. Se había publicado en Moscú y Ekaterinburgo que habían matado al zar, pero no a la familia entera. En la casa Ipatiev, descubrieron el sótano acribillado y sangre mal limpiada, lo que daba la idea de más de una muerte. Pero imposible determinar cuántas y si había sobrevivientes.

Se buscan testimonios, se interroga a los pobladores, pero prevalece la idea de que seguramente estaban vivos.

El bosque comenzó a hablar

Pocas personas –más allá del grupo de Yurovsky– sabían lo que había pasado en el monte, pero era claro que algo había sucedido y, ante la información que circulaba, no era difícil de conjeturar. En febrero, varios meses más tarde, el Ejército zarista le encomendó la investigación a un abogado.

Nikolai Sokolov era metódico y lo acompañaron en su tarea los dos tutores europeos del zarevich, Pierre Gilliard y Sydney Gibbes. En cuanto comenzaron el rastreo, el bosque comenzó a hablar. Cerca de la mina, estaba sembrado de evidencias que Gilliard y Gibbes comenzaron a identificar: restos de imágenes religiosas, marcos de anteojos, hebillas, botones, pedazos de corsés, restos de calzado y de tela, piedras preciosas sueltas (que se supone estaban engarzadas en joyas), un par de pendientes identificados como de la zarina, un dedo y hasta el perro de Anastasia, la hija menor. Había restos de fogatas también, pero no había huesos.

Nikolai Sokolov investigó el asesinato de la familia imperial y custodió los hallazgos que encontró en el bosque de Ganina Yama hasta que murió en 1924

En julio de 1919, exactamente un año más tarde, el Ejército Rojo recuperó la ciudad. Los Blancos se retiraron. Sokolov cruzó Siberia, escapó por China y de allí a Europa en un dramático viaje en el que nunca se separó de los cuatro cajones de madera con lo que había encontrado en sus investigaciones en el bosque. Miembros de la familia Romanov en el exilio financiaron su extenso informe. Pero la crudeza era tal y la evidencia tan clara que nadie aceptó recibir las cajas; ni siquiera la madre ni una hermana del zar. Nadie quería sepultar las esperanzas. Recibir esos bultos era aceptar la matanza.

El informe se publicó en 1924 y Sokolov murió pocos meses después. Las cajas quedaron bajo custodia de militares y exiliados rusos leales a la monarquía, que temían que cayeran en manos que las destruyeran. Decidieron entonces construir una iglesia en Bruselas y esconderlas en sus paredes para resguardarlas, donde aún se encuentran hoy.

Con respecto a las fosas, Yurovsky estaba en lo cierto. El lugar era secreto para quienes no querían encontrarlo, pues cada tanto los bolcheviques de los Urales llevaban a algún visitante ilustre a la tumba no marcada del zar. El propio Vladimir Mayakovski, insigne escritor de la Revolución, fue uno de los que visitó el lugar, una década después de la masacre.

Una imagen del archivo Sokolov: el lugar donde hallaron los cuerpos de los zares

E increíblemente, en su poema El Emperador, dio pautas para ubicarlo. “Más allá del río Iset/ donde aulló el viento / el hombre del comité ejecutivo se quedó en silencio/ y se detuvo en la novena versta (una versta = 1.067 metros)”, escribió Mayakovski. “Aquí, el cedro fue talado con un hacha/ muescas quedaron en la raíz del tocón/ en la raíz, bajo el cedro, hay un sendero /y en él yace sepultado el emperador”.

Glasnost y perestroika

El gobierno bolchevique durante décadas rechazó haber dado la orden del fusilamiento y le endilgó la responsabilidad a los soviets de los Urales. También negó la existencia de las “notas de Yurovski”, el informe que escribió, pero estaban. La burocracia soviética las conservó.

En julio de 1977, casi 60 años más tarde, Boris Yeltsin, primer secretario del Comité Regional de Sverdlovsk (la región de Ekaterinburgo) del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), recibió una nueva orden de Moscú: demoler la casa del magnicidio.

Boris Yeltsin mandó demoler la casa Ipatiev en 1977

Los fantasmas de los Romanov no terminaban de desaparecer del Kremlin. Así, en una noche, las topadoras arrasaron con la casa Ipatiev. Molestaba al gobierno que siempre aparecieran flores o cruces en su cercanía. Pero… la Unión Soviética no era la misma y ya comenzaba a sentirse la brisa del cambio.

Una década después, dos conceptos nuevos coparon la política soviética. Se los conoció como glasnost (apertura) y perestroika (reestructuración), y surgieron de la imposibilidad de Mijail Gorbachov de manejar el país tras décadas de cerrazón y descalabro económico.

La brisa se convirtió en viento y se habilitó oficialmente la búsqueda de la familia real ejecutada. En julio de 1991, un equipo de arqueólogos, juristas y científicos desenterró los restos de una fosa común (con la información de dos particulares que la habían descubierto en 1979, pero temieron darla a conocer). Era a pocos kilómetros de donde trabajó Sokolov. Allí encontraron huesos y nueve calaveras. Faltaban dos, pero el mismo documento del propio Yurovsky señalaba que dos de los cuerpos habían sido enterrados por separado, para despistar.

La iglesia Sobre la Sangre Derramada de Ekaterinburgo, construida en el lugar que estaba la casa Ipatiev

Tras una compleja tarea de investigación forense, el ADN de parientes europeos confirmó las identidades. El rompecabezas se fue armando en laboratorios de tres países con análisis de sangre de familiares dispersos por Europa y otros lugares. La corona rusa estaba emparentada con muchas de las casas reales europeas. Nicolás II Romanov era de plena estirpe rusa por parte paterna, pero su madre era una princesa danesa, y su esposa, la zarina Alejandra, alemana de nacimiento, pero nieta de la reina Victoria de Inglaterra; uno de sus familiares en línea directa era Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II.

Del martirologio a la santidad

Paralelamente, con el fin del ateísmo soviético y la llegada de la democracia, comenzó la batalla por la canonización dentro de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Mucho se discutió si la familia real Romanov realmente había muerto en defensa de la fe. Pero de lo que no había dudas era de la devoción y profunda religiosidad del matrimonio y sus hijos. Se los consideró entonces portadores de la pasión de Cristo, mártires, y hoy todos ellos aparecen con sus halos de santidad convertidos en íconos y estampitas.

En Rusia, crece la devoción hacia la familia real

A partir de 1998, la historia se acelera. Ese año, en el aniversario de los fusilamientos, los restos reales fueron trasladados al panteón de los zares en la catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo. No se incluyó al zarevich ni a su hermana María, encontrados en 2007. La Iglesia Ortodoxa, que no participó en la investigación, no respaldó la confirmación científica de sus identidades; por eso aún esperan cristiana sepultura.

Catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo

La ceremonia, curiosamente, fue presidida por Yeltsin, entonces presidente de una democrática Federación de Rusia y quien once años antes intentó sepultar la memoria del asesinato de los Romanov al demoler la casa del magnicidio.

En el año 2001, el patriarca Alexei se trasladó desde Moscú a Ganina Yama, bendijo una cruz de roble y consagró el lugar para que se construyera el Monasterio de los Santos Mártires. Allí se levantaron siete capillas, una por cada uno de los miembros de la familia real ejecutados, construidas en la clásica arquitectura rusa antigua, con techos verdes y troncos a la vista, con sus cúpulas doradas asomando entre el follaje. También un monasterio para propagar la fe ortodoxa a partir de su martirologio.

El monasterio de Ganina Yama fue fundado en 2000 y levantado a partir de 2001. Dentro del complejo se construyeron siete capillas de madera, una por cada miembro de la familia imperial

En el solar de la casa Ipatiev, donde los peregrinos siempre dejaron flores y velas aún en épocas difíciles de la Unión Soviética, se construyó una iglesia que fue consagrada en 2003. Se la llamó Sobre la Sangre Derramada. En ella se realiza todos los años la vigilia y de allí parte la procesión que recorre los 16 kilómetros hasta el monasterio enclavado en el bosque.

En la Capilla Santa Catalina dentro de la Catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo están enterrados cinco de los siete miembros de la familia Romanov

Hoy, hasta San Pedro y San Pablo llegan los turistas en busca de las tumbas reales y a Ekaterinburgo y Ganina Yama los peregrinos para rezar una plegaria y recordar al zar y su familia.

En el bosque, acompaña al silencio el susurro de la lluvia sobre las hojas de los árboles.

Si a las 5 de la tarde algún visitante camina por este monte alto de pinos y abedules, escuchará los cantos conmovedores de los monjes vestidos de negro. Surgen de la capilla erigida en recuerdo del último zar, Nicolás II Romanov.

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