Un semicírculo de vecinos curiosos rodeaba la puerta de la prisión de Versalles. Unas pocas vallas preparaban la zona que se convertiría en el escenario perfecto para un espectáculo. En el centro destacaba la estructura de madera maciza, la hoja de la cuchilla en alto y un cajón abierto, listo para el desenlace. Allá, en Francia, apodaban a ese objeto Madame la Guillotine.

Era la madrugada del 17 de junio de 1939. Los espectadores vitorearon cuando, de golpe, vieron aparecer a dos hombres que custodiaban —arreaban— a un tercero. Este caminaba esposado con las manos a la espalda y la vista fija en los adoquines de la calzada. Eugen Weidmann era dirigido hacia la plataforma, un ritual funerario que marcaba sus últimos minutos.
Un imán para las mujeres
“Eugen Weidmann era perfecto para completar un cóctel explosivo”, consignó el medio español El Confidencial. Nacido en febrero de 1908 en Frankfurt, Alemania, creció en el seno de una familia de exportadores de clase media. Ante el avance de la Primera Guerra Mundial, sus padres lo enviaron con sus abuelos a Saarbrücken, al suroeste del país, a casi 200 kilómetros de su hogar.
Buscaban protegerlo de los bombardeos y el caos, pero, contrario a lo que esperaban, se volcó a los hurtos menores. A raíz de reiteradas denuncias, terminó con una condena a cinco años de prisión. En el penal mostró una conducta ejemplar, de hecho, los directores de las cárceles alemanas lo consideraban inteligente y culto, un rasgo del que él mismo era consciente y que usaría, más adelante, a su favor.

En ese entorno conoció al francés Jean Blanc y al británico Roger Million. Juntos diseñaron un plan para conseguir dinero rápido y fácil: una vez en libertad, iban a trasladarse a Francia con el objetivo de secuestrar turistas y robarles. Establecidos en Saint-Cloud, una localidad en las afueras de París, llevaron a cabo su primer intento en 1937. Aprovecharon la Exposición Internacional de Artes y Técnicas Aplicadas a la Vida Moderna que atraía a miles de extranjeros.
Eligieron a su primera víctima, pero esta logró escapar. El fracaso no los detuvo, todo lo contrario: lo usaron como aprendizaje para perfeccionar la logística de los siguientes golpes. Aprovecharon el carisma y buen porte del alemán. Según describió el diario ABC, Weidmann explotaba “sus suaves facciones y su indiscutible elegancia”. El grupo sabía que su socio era “un imán para las mujeres”, aunque sus presas no se limitaron al público femenino.
“Un alemán encantador de aguda inteligencia”

“La difunta señorita Jean De Koven era una turista estadounidense promedio en París, salvo por dos excepciones. Nunca puso un pie en la Ópera y fue asesinada. Durante los primeros cuatro días de julio de su primera visita a la capital de Francia, su rutina había sido la clásica: […] había comprado una entrada, irónicamente, para Ariadna y Barba Azul, de Dukas. Pero cuando se alzó el telón rojo y dorado de la ópera, su asiento estaba vacío, porque ella estaba muerta y probablemente ya enterrada bajo el porche delantero de una casita en Saint-Cloud”, narraba la edición de The New York Times (NYT) del 29 de enero de 1938.
“La sociabilidad con desconocidos era la debilidad de ella y el recurso profesional de él”, añadía. El primer encuentro se dio en el Hôtel Ambassador, donde él se presentó ante De Koven y su tía, la señora Sackheim, y se ofreció como intérprete. “Acabo de conocer a un alemán encantador de aguda inteligencia que se hace llamar Siegfried”, escribió la turista de 22 años a una amiga en Estados Unidos. “Mañana voy a visitarlo a su villa, en un hermoso lugar cerca de una famosa mansión que Napoleón le regaló a Josefina”, detallaba. Los delincuentes habían alquilado el lugar.
La cita se concretó. Charlaron de cultura, fumaron, bebieron algo. Estuvieron 15 minutos juntos, en los que ella le tomó fotografías con su nueva cámara. Y no volvió más al hotel. Horas después, su tía recibió una carta: le decían que Jean estaba “sana y salva” y exigían un rescate de 500 dólares de la época (equivalentes a unos 12.000 dólares actuales). Sackheim corrió al consulado norteamericano y a la policía.

Pero la denuncia fue recibida con escepticismo. De Koven era mayor de edad, una hermosa bailarina, y había ido a encontrarse con un hombre por voluntad propia. Todo llevó a que los investigadores conjeturaran que se trataba de una maniobra para darle publicidad. La sospecha policial cambió cuando empezaron a circular los cheques de viaje de la víctima con la firma falsificada. En una ocasión, los empleados bancarios aportaron descripciones de quiénes eran los que se acercaban a cobrar: dos hombres y dos mujeres (las novias). Así, 15 días después del primer mensaje de rescate, el caso se hizo público.
La saga de asesinatos y una gran historia de detectives

Pocos meses después empezó una saga de asesinatos. A Joseph Couffy, propietario de una limusina de alquiler, que trabajaba en la zona de la Ópera, lo contrataron en septiembre de 1937 para un viaje a Cannes. El cliente hablaba inglés fluido. Días más tarde, un campesino de Touraine descubrió el cadáver en un bosque. Le habían disparado en la nuca y robado el vehículo y 2500 francos.
El 3 de octubre, Jasmine Keller, una cocinera de Estrasburgo que había ido a París respondiendo a una oferta de empleo, tuvo un destino (un final) similar en el bosque de Fontainebleau. Además de ser asesinada, le robaron 1400 francos y un anillo de diamantes.
El 16 de octubre, frente al cementerio de Neuilly, encontraron el cadáver del productor teatral Roger Leblond en un auto estacionado. Le habían pegado un tiro en la nuca y robado 5000 francos. Después lo envolvieron en una cortina verde y marrón. Su esposa llegó a contar que iba a reunirse con un corresponsal llamado Pradier, y que este había respondido a un anuncio comercial relacionado con una nueva agencia cinematográfica. La policía interrogó a las setecientas familias de apellido Pradier en Francia, pero por supuesto, no tuvo éxito.

El 22 de noviembre asesinaron y robaron a un joven judío alemán, Fritz Frommer, que había estado preso en la cárcel de Saarbrücken por sus opiniones políticas contra Hitler. Le robaron 300 francos y le dispararon en la nuca. Cinco días más tarde, el 27 de noviembre, también en Saint-Cloud, la historia se repitió, solo cambiaba el personaje, la víctima. En este caso se trataba de un agente inmobiliario, Raymond Lesobre, a quien le robaron 5000 francos.
“Fue en ese momento cuando lo que había comenzado, y terminaría siendo el caso De Koven, entró en la periferia de una gran historia de detectives, trasladada, por una vez, de la insensatez de la ficción a la sombría vida real. Fue entonces cuando un criminal inusualmente inteligente y afortunado comenzó a ser perseguido por un detective igualmente inteligente y afortunado”, narraba NYT.
La tarjeta ensangrentada
En la escena del crimen de Lesobre los peritos encontraron una tarjeta de presentación con manchas de sangre a nombre de Arthur Schott. El inspector Primborgne, que llevaba el caso, citó al comerciante en la Prisión de Versalles. Schott aclaró que mucha gente tenía sus tarjetas y mencionó que Frommer, su sobrino, se había llevado unas cuantas. Tenían que dar con él: el detective fue al hotel donde se alojaba, pero le dijeron que se había ido el 22 de noviembre y no había vuelto. Sus pertenencias seguían ahí. Contactaron a otro tío de Frommer, quien agregó que hacía días no sabía nada de él, que estaba preocupado.

El NYT sigue: “Más inquieto aún lo tenía el hecho de que su sobrino almorzara de vez en cuando con un compatriota delincuente que, al parecer, se llamaba Sauerbrei, a quien Frommer había conocido en la prisión de Saarbrücken. Él creía que Sauerbrei vivía bajo el nombre de Karrer, en los bosques de los alrededores de Saint-Cloud”.
El panorama se iba completando. Entonces Primborgne localizó a la casera del supuesto Karrer. Habló con ella y un detalle le llamó la atención: la mujer le mencionó que su inquilino se atrasó con el alquiler de octubre, que recién pagó el 29 de noviembre. Ella no lo sabía, pero dos días antes, Weidmann había robado y asesinado a Lesobre.
Primborgne se acercó a la casa de Karrer, es decir, Weidmann, junto a un compañero. Lo encontraron jugando con el perro del vecino. Le mostraron sus placas y él los invitó a entrar. Pero los investigadores fueron precavidos: se acordaban de los muertos por disparos en la nuca. Se negaron a pasar, el asesino sacó un arma del bolsillo, disparó tres veces y los hirió. En el forcejeo posterior, uno de ellos tomó un martillo de la mesa y lo golpeó en la cabeza hasta dejarlo inconsciente.

Despertó en la comisaría. La policía, mientras tanto, había encontrado los autos de Couffy y de Lesobre estacionados en el patio y cubiertos por una ligera capa de nieve. Weidmann confesó al día siguiente.
“Nunca miento”
El NYT siguió: “Dijo que había una cosa que no podía expresar de palabra, pero sí por escrito, y escribió el nombre de Jean De Koven. Fue por ella por quien derramó sus únicas lágrimas de arrepentimiento. ‘Era dulce y confiada’, dijo. ‘Disfrutaba hablar inglés con ella, idioma que aprendí en Canadá. Cuando extendí la mano hacia su garganta, cayó como una muñeca’”.
“Nunca miento”, le dijo a la policía, y relató el asesinato de Leblond. “Acá está la prueba”, agregó mientras se abría el saco y mostraba los tiradores de su víctima. También había conservado su reloj y su portaminas de oro, así como las pelucas rubias de la casi calva Keller, y los zapatos de Lesobre.
De los seis asesinatos obtuvieron un total de 22.000 francos, es decir, poco menos de 50.000 dólares actuales. “Solo un alemán típico de la posguerra como Weidmann, poco familiarizado con el valor del dinero tal como lo conoce el resto del mundo más libre, habría matado a tantas personas por tan poco”, opinaba el NYT. Weidmann no entregó a ninguno de sus cómplices a la policía: al principio negó que lo hubieran ayudado y solo lo admitió después de que la policía los arrestara.

En esa época el caso se convirtió en el más importante de Francia. Y no pasó mucho tiempo para que publicaran las novedades: Eugen fue condenado a morir en la guillotina. Ni él ni las autoridades francesas lo sabían, pero iba a convertirse en la última persona en ser decapitada con este método públicamente.
“Cómo se comporta la gente, cómo les gusta ver sangre”
Madame la Guillotine se había convertido en un castigo-espectáculo, como analizó Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar. En 1939, después de su caso, se abolió la parte pública de este castigo, el show, y Weidmann pasó a la historia como el último en morir en esa especie de espectáculo.

Había estado detenido en la prisión Saint-Pierre de Versalles. Esa mañana del 17 de junio de 1939, alrededor de las 4.30, salió por las puertas acompañado de sus verdugos. Los vecinos esperaban, algunos en las veredas, muchos otros en los tejados o balcones. Uno de estos observadores fue el actor británico Christopher Lee, reconocido por sus papeles de Drácula o de Saruman, en la saga de El señor de los anillos.
Lee acababa de cumplir 17 años. Había ido de vacaciones a París, donde se encontró con Webb Miller, un corresponsal de guerra amigo de la familia. Muchos años después, narró esa experiencia en un pasaje de su autobiografía Lord of misrule (El señor del desorden): “[Miller] Escuchó mis historias sobre la disciplina universitaria mientras hablábamos bastante sobre el crimen y el castigo. Bebió mucho vino y me dijo que ya era hora de que creciera y aprendiera sobre la vida y la muerte”.

Un día, el periodista lo despertó muy temprano. Le tenía preparada una sorpresa, pero para verla tendrían que cruzar la ciudad: “Tomamos un tranvía con destino a Versalles. […] [Miller] Dijo poco hasta que bajamos y, con el amanecer despuntando, llegamos a una plaza abierta donde había una multitud y, alrededor, en todas las ventanas, grupos de personas que observaban hacia abajo”. Muchos habían alquilado las habitaciones para ver el espectáculo de cerca.
NYT describía: “Con cuatro horas de antelación, 600 personas se agolpaban en la plaza Louis-Barthou. Hubo silbidos y bromas con los guardias y, ocasionalmente, una oleada de vítores y silbidos. En dos cafés bien iluminados, los camareros bromeaban y transpiraban, mientras montones de bocadillos de salchicha, preparados con antelación, desaparecían sin cesar”.
Pero Lee no disfrutaba. “No intento asustarte —le dijo Miller—, pero te aconsejo que lo soportes. Nunca olvidarás cómo se comporta la gente. Cómo le gusta ver sangre. ¡Qué crueles pueden ser!”. Cuando se abrieron las puertas de la prisión, recuerda el actor, todos los sonidos fueron tapados por aullidos y gritos. Para ellos era un show.

Los dos hombres lo condujeron hacia “la estructura extraordinaria”. Cumplieron el ritual paso a paso: “Lo colocaron boca abajo, sujetándolo con una tabla, y le dieron un golpe en el estómago para que cayera hacia adelante sobre ella; pasaron una correa por encima de su espalda, la tabla se inclinó hacia adelante y el hombre al que llamaban ‘el Fotógrafo’ le acomodó la cabeza. En ese instante cayó la cuchilla y pensé que yo mismo iba a morir”, recordaba Lee.
“No dijo nada y los únicos sonidos fueron el golpe sordo de su pesado cuerpo cuando dos hombres lo arrojaron sobre la cuna, y el crujido de la pesada hoja”, agregó el NYT. Lee contó en una entrevista de 1998 que, en ese momento, llegó a darse vuelta antes de que cayera la cuchilla. No vio nada, pero lo oyó. También llegó a observar la reacción de los espectadores: se acercaban al cuerpo, gritaban, hombres y mujeres mojaban sus pañuelos y bufandas en la sangre derramada, una recuerdo macabro.

“[Miller] Había tenido razón sobre la manera en que se comportaban las multitudes. Leí que algunas personas habían empapado sus pañuelos y bufandas en la sangre del pavimento, como recuerdo […]. No éramos los únicos a quienes aquella escena les había causado una mala impresión. Fue la última ejecución pública en Francia”, concluyó.
Así, y basándose en un informe del jefe de gobierno Edouard Daladier, que señalaba que las ejecuciones públicas no habían tenido el “efecto moralizador” esperado, el presidente Albert Lebrun decidió abolir la “publicidad de las ejecuciones capitales”. Weidmann pasó de ser conocido como un asesino serial, a ser el último guillotinado público de Francia.


