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Continúan los cierres parciales del parque nacional por la aparición de un yaguareté en los senderos públicos

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Con las vacaciones de invierno a pocos días de comenzar, la Cámara de Turismo del Iberá y la Asociación de Guías de Carlos Pellegrini enviaron una carta al presidente de la Administración de Parques Nacionales, Sergio Álvarez. El motivo: el Parque Nacional Iberá permanece cerrado -o con acceso mínimo- desde que en mayo se detectó a Ombú, el joven yaguareté nacido libre en los esteros, frecuentando la zona de uso público. Los firmantes, Estrella Losada y Gastón Boccalandro, ya habían enviado una nota anterior a las autoridades del parque, pero aún no recibieron respuesta.

Ombú, un joven yaguareté, fue visto por residente de San Alonso, en los esteros del Iberé

El texto es preciso sobre las consecuencias económicas: el turismo representa casi el 90% del empleo local en Carlos Pellegrini, y el cierre casi permanente del parque nacional al inicio de la temporada alta impacta directamente en el ingreso de los pobladores. “La gente que llegó se queja por no poder ingresar y mucha gente toma la decisión anticipada de no venir porque sale en la prensa que el parque está cerrado”, dice la nota. “Esto trae aparejado grandes pérdidas económicas para la población”, añade.

Una reapertura a medias

Poco antes del cierre de este artículo, el Parque Nacional habilitó nuevamente el acceso. Pero la apertura es parcial: solo el mirador del ingreso, con un horario de 9 a 16. Los senderos siguen cerrados. Hay días en que se cierra todo por completo. La incertidumbre reina entre los prestadores.

Para Gastón Boccalandro, la medida es insuficiente y difícil de explicar. “Ahora abrieron de 9 a 16. ¿Por qué a las 16? No lo sabemos, y ni ellos saben qué decirte”, dice. El Parque Provincial, en comparación, permanece abierto hasta las 18. “No es tan peligroso como lo están poniendo. No entiendo por qué toman estas medidas”, asegura.

Boccalandro es cuidadoso en un punto que considera crítico para la temporada: no quiere que la cobertura periodística amplifique una imagen equivocada. “Se puede visitar el Iberá tranquilamente. Se realizan todas las excursiones. Los senderos del Parque Nacional son lo único que está cerrado. El Parque Provincial tiene abiertos los senderos con normalidad; el único cambio es que el circuito donde está el yaguareté se hace únicamente con guía”, advierte. El riesgo, dice, es que los turistas lean que el “parque está cerrado” y directamente no vengan. “Eso nos afectaría muchísimo más”, indica.

Esteros del Iberá. Colonia Carlos Pellegrini, Corrientes.

Cr: Santiago Greene

Consultada por LA NACION, la Administración de Parques Nacionales respondió que el parque continúa desarrollando una estrategia de manejo adaptable a la situación diaria. La metodología funciona así: si Ombú es detectado en las cercanías del camino de entrada, se habilita el ingreso exclusivamente en vehículo hasta el Centro de Visitantes Douglas Tompkins. Si el animal es registrado hacia el final del sendero Lobo Cuá, se habilita el ingreso vehicular, en bicicleta o caminando hasta el sector del mirador, y se permite también el sendero Monte de Los Lapachos, de corta duración y ubicado cerca del ingreso. El parque reforzó su dotación con guardaparques de otras áreas protegidas de la región, instaló cartelería específica en zonas de uso público y desarrolló material audiovisual en español, inglés y portugués con recomendaciones ante encuentros con el felino. “La máxima prioridad institucional es garantizar la seguridad tanto de los visitantes como de la biodiversidad al resguardo de cada una de estas unidades de conservación”, señalaron.

Dos parques, dos criterios

La diferencia de manejo entre el Parque Nacional y el Parque Provincial -que comparten territorio en Carlos Pellegrini y que el visitante difícilmente distingue- es uno de los puntos más irritantes del conflicto.

Sendero La Cañada en el portal San Nicolás del Parque Nacional Iberá.

Mientras el Parque Nacional optó por cerrar el área de uso público cada vez que Ombú es detectado en la zona, el Parque Provincial adoptó un criterio más quirúrgico. Cada mañana, los guardaparques rastrean la ubicación del animal con antenas de monitoreo. Según dónde esté, se cierran uno o dos senderos específicos y el resto del área permanece abierta. El acceso a los sectores donde Ombú fue localizado requiere guía capacitado. Alejandra Eliciri, directora de Parques y Reservas de Corrientes, fue enfática desde el principio: “El parque provincial nunca se ha cerrado”.

La carta de los prestadores señala esta asimetría de forma directa. Argumenta que en otras áreas protegidas del país y de América la presencia de yaguaretés y otros grandes felinos no implica el cierre de los espacios de visita, sino la aplicación de protocolos para una visita segura. El pedido al presidente Álvarez es que el Parque Nacional adopte el mismo criterio que ya aplica el provincial.

La omisión que quedó al descubierto

La carta incluye también un señalamiento más estructural: en todos estos años de implementación del proyecto de reintroducción, no se realizaron actividades de concientización dirigidas a los pobladores ni capacitación para los actores del sector turístico en materia de convivencia con la especie. Cuando Ombú apareció en zona de acceso público, nadie estaba preparado. “Su aparición supuso una sorpresa, generando respuestas y medidas dispares por parte de las distintas instituciones”, dice el documento.

Yaguareté con serpiente curiyú

Para Claudio Bertonatti, naturalista e investigador de la Fundación Azara, los avistajes pusieron en evidencia dos situaciones que deben atenderse en paralelo: “Los yaguaretés no le temen a las personas y las personas no le temen a los yaguaretés”. La solución, dice, pasa por implementar protocolos claros. “Ante un avistaje, lo que suele aconsejarse es no huir -porque podría incentivar el instinto de caza del animal, que lo asocia con una presa-, retroceder lentamente sin darle la espalda, no acorralarlo, asegurar que el yaguareté tenga una vía de escape y simular ser más grande levantando los brazos”. Pero la capacitación, advierte, es solo el primer escalón.

Bertonatti señala problemas de fondo que exceden el conflicto inmediato. Las localidades turísticas del Iberá, en su opinión, no están equipadas para atender una contingencia de ataque grave, y las rutas tampoco garantizan una evacuación rápida. A más largo plazo, cuando los ejemplares actuales envejezcan, los riesgos de depredación de animales domésticos se agudizarán: para un animal geronte será más fácil cazar perros, corderos o terneros. “Y, esperemos que no, pero también está el riesgo de ataque a personas, sobre todo menores”, agrega. La pregunta que plantea no tiene respuesta todavía: si un yaguareté empieza a matar el ganado de una familia con economía de subsistencia, ¿quién se hará cargo de indemnizarla para evitar que lo cace? “Estos son temas complejos, con muchos aspectos que parecieran haberse subestimado, pero que deben resolverse cuanto antes”, dice.

Portal Carambola

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