La psiquiatra suizo-norteamericana Elizabeth Kübler-Ross nos enseñó que el duelo tiene varias etapas y que la primera de ellas es la negación. Una teoría que viene como anillo al dedo para el caso de la final perdida contra España. Nosotros, como potencia futbolera, no podíamos perder. Pero perdimos. Porque la realidad es que sí podíamos perder, como cualquier otro equipo. Y, más allá de toda teoría conspirativa, perdimos por una razón muy sencilla: España jugó mejor, ni más ni menos, tal como lo remarcó el hoy increíblemente criticado Lionel Scaloni. “Perdimos y está bien; se puede aprender de la derrota y hay que saber perder con nobleza”, fue la frase “racista” de nuestro DT. Qué decir.
De toda esta narrativa loca lo que sí es cierto es que nos cuesta perder. Que la Argentina tiene una mala cultura del fracaso porque lo minimiza, lo niega o lo esconde, cuando debería ser parte de un ciclo de aprendizaje. Y también es cierto que el rival nos superó, más allá de cualquier teoría “conspiranoica” incomprobable, que diseminaron los rocambolescos Pablo Carrozza, amigo del opaco “Chiqui” Tapia, o Andrés Ducatenzeiler. Como dice Gabo Ferro en “Soltá”: “Las cosas son sinceras; nos miente el argumento”.
Porque, sobre la campaña antiargentina, disparada desde el exterior, se montó la campaña de la “conspireta”, como respuesta desde el interior. La teoría de que la Argentina “entregó” la Copa por vaya a saber qué disparatados intereses, que prende fuerte en un pueblo muy propenso a creer que Yabrán, en realidad, no se suicidó o que a Néstor Kirchner lo mataron de un tiro en la cara.

Lo cierto es que tanto la selección como la sociedad quedaron en shock, fruto de un duelo inesperado. Es que nos habíamos ilusionado mucho. Y esa profunda decepción, esa emoción violenta, puede explicar, en parte (explicar, no justificar), que mientras España recibía su trofeo, los jugadores argentinos le dieran la espalda al podio.
Porque una cosa es estar en shock y no tener la mejor reacción y otra muy distinta es atribuirle a una selección con valores ejemplares –humildad, juego en equipo, garra, coraje– “comportamientos zafíos y sucios”, como lo hizo el escritor español Arturo Pérez-Reverte, sin una pizca de autocrítica hacia la historia de su propio país.
Quien puso las cosas en su lugar en este duelo –y aquí hablamos de duelos de narrativas, no del de duelar– fue el escritor argentino Martín Caparrós, quien pareció responderle a Pérez-Reverte, su ya habitual rival lingüístico en las redes. Aunque Caparrós respondió, en verdad, ante una frase del actor norteamericano Samuel L. Jackson, tan viralizada como ridícula, quien afirmó que la Argentina es “uno de los países más racistas del mundo”, cuando está claro que en nuestra sociedad la población afroargentina es ínfima por una razón muy obvia: aquí no llegó la enorme cantidad de esclavos que sí poblaron otras colonias.
“Entre 1550 y 1800 España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas”
Desde ese ángulo disparó Caparrós: “El primer racismo rioplatense registrado fue el de aquellos soldados (españoles) que llegaron para tratar de ocupar aquellas pampas –habitadas por seres inferiores a los que había que ordenar, educar, catequizar y explotar todo lo posible para salvar sus almas, pobrecitos”. Y remató: “Entre 1550 y 1800 España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas”. Letal.
Pero, separemos los tantos. La campaña antiargentina surgió, en primera instancia, de conversaciones en X disparadas desde cuentas rusas, verificadas y apoyadas por casas de apuestas, tales como como 1xBet y varias otras. También partieron de otras cuentas pequeñas, aparentemente vinculadas con sectores del wokismo norteamericano anti-Trump. Y para el mundo Trump es Milei. Esa dinámica está muy bien explicada y medida por Agustín Giménez, especialista en marketing deportivo y negocios digitales.
Para los libertarios no se trata solamente de una campaña antiargentina sino anti-Occidente. Como fuere, ¿qué interés puede tener para las plataformas rusas instalar un tema, a nivel global, como el odio hacia la Argentina? Habría que tirar de ese hilo. Porque, además de geopolítica, obviamente detrás de muchos likes, menciones y retuits, hay monetización. Y donde hay monetización, hay negocios.
El odio hacia la Argentina y su selección, acusada ahora de violenta, racista, progenocida, nido de nazis, xenófoba, practicante de artes oscuras, emocionalmente inmadura y corrupta pasó de las redes a editoriales en diarios o medios tradicionales, como CNN, The New York Post, Daily Mail, O Globo, Marca, The Telegraph, Le Parisien o RMC Sport, entre otros. En una palabra: no fue solo una conversación de redes, sino que logró instalarse como narrativa global.
En medio de esta sorprendente ola de odio, surgieron las voces de actores y cantantes reconocidos, no solo la de Jackson. También la de Javier Bardem, quien se alegró públicamente por la derrota argentina por el apoyo de Milei a Israel. O el retuiteo de una hater de la cantante española Rosalía, quien luego ensayó una disculpa inverosímil.
Parafraseando a Goyeneche, cómo cambian las cosas los años. Fuera de la Argentina, las lágrimas de Messi hoy solo parecen emocionar a los niños de Bangladesh.


