Interpretó a villanos y a inescrupulosos empresarios, pero también a personajes disruptivos y padres de familia, a veces complejos y otras, más amorosos. Comedias, dramas y clásicos, Mario Pasik tiene una amplia trayectoria. “Estoy orgulloso de mi recorrido y ahora también de Adán y Eva, ¡un amor de aquellos!”, le dice a LA NACION sobre la obra que lo tiene ocupado por estos días. Pide un café y se dispone a hablar de su vida, de la relación con sus hijos y del amor que encontró hace unos años y del personaje que sueña interpretar.
Comparte escenario con Patricia Palmer, que además hizo la adaptación de esta comedia sobre textos de Mark Twain, con dirección de Diego Ramos. Y no es la primera vez que trabaja con ellos. “Con Diego hicimos Casa Valentina y también Verano del ’98, donde lo he bañado en ácido [risas]… Mi personaje era malísimo y hacía cosas muy bizarras. Y con Patricia no hemos trabajado tanto; hicimos algo que nunca salió al aire porque no se desarrolló. Y hace 15 años nos encontramos en la novela Cuando me sonreís; ella hacía de la madre de Lali Espósito y yo era el padre de Facundo Arana. Y entonces nos enganchábamos y jugábamos una cantidad de escenas de comedia que nos encantó“.
—¿De quién fue la idea de juntarlos?
—Del Chino Carreras, que es nuestro productor. Teníamos ganas de hacer una comedia, pero lo que leíamos no nos convencía. Insistíamos porque me gusta laburar con él, ya desde una experiencia que tuvimos juntos hace muchos años en Esperando a Godot. Le contó a Patricia esta idea sobre la que estábamos trabajando y ella la redondeó porque pensó que podía mejorarla, y cuando le presentó el material, nos gustó. Y luego abrochamos a Diego Ramos y fue perfecto.
—Es una historia de amor…
—Sí, es una historia de amor que invita a los codazos en la platea porque recuerda muchas situaciones que nos suceden a todos. La verdad es que le encontró una vuelta muy humana, real y vigente de gente de nuestra edad. No es una historia de amor de los 20 ni de los 30 ni de los 40… En este caso, los protagonistas pasaron ya por un montón de experiencias.
Parar y dar de nuevo
—La última obra que hiciste fue Legalmente rubia en 2024 y luego ¿qué hiciste?
—Hubo algunas propuestas que no cerraron y la verdad que elijo cada vez más cosas que me hacen feliz. Antes decía: “¿Qué necesita una obra? Agarrarme de las solapas”. Y ahora necesito que me den ganas de salir de casa. Y con Patricia estamos jugando al ping pong y tenemos la sensación de que esto recién empieza…
—Entonces…
—En estos años descansé, leí, entrené, viajé y me mudé. Y esta vuelta al trabajo me entusiasma. Hay mucha oferta teatral, como en todas las crisis, porque el teatro es un lugar de resistencia. Necesitamos volcarnos al teatro, encontrarnos con la gente que sale satisfecha. Y la historia la resumo así: Adán y Eva, la manzana, el pecado, el paraíso, la expulsión. Todo eso se conoce, aunque no todos saben de la poética de Mark Twain. Y Patricia, como autora, lo ha envuelto dentro de una historia muy atractiva: matrimonio de más de 40 años de casados, 5 años separados, 3 años sin verse ni hablarse… hasta que se ven obligados a ensayar El diario de Adán y Eva, de Twain.
—¿Es el reencuentro después de tres años sin verse?
—Y suceden cosas [risas]. En realidad, el texto es un pretexto. Tiene una poética preciosa, pero le hemos encontrado mucho humor, ayudados por Diego Ramos, que es muy lúcido porque tiene un sentido muy particular del escenario, del equilibrio escénico, y con una profundidad y una sensibilidad muy hermosas.
—¿Un actor nunca se jubila?
—No, pero ya estoy componiendo gente mayor… Esa es la única diferencia. No es que no tengo más ganas de actuar, sino que tengo otras ganas. Quiero que valga la pena.
—Decías antes que habías viajado en estos años, ¿fuiste a visitar a tus hijos a España?
—Sí, fui a visitar a mis hijos que viven en Madrid. Manuel es fotógrafo y está cubriendo las giras de [Pablo] Alborán y otra cantidad de gente. Hasta le ha sacado fotos a Paul McCartney porque trabaja para el Movistar Arena de Madrid. Y Nicolás es músico y estudió música para cine en la UCA. Trabaja en una empresa y también hace música en los videos que genera el hermano, por ejemplo. Se acompañan. Y también allá vive la mamá [la actriz y autora Marta Betoldi]
—¿Nunca pensaste en seguirlos y mudarte a España?
—No, yo tengo mi vida acá, mi lugar está acá, pero siento a mis hijos más cerca que nunca. Hablamos casi a diario y sé que son felices, creciendo en lo que les gusta, y sé de eso porque he sido un tipo que a partir de los 15 años empezó a defender este oficio que me ganaba. Es hermoso trabajar en lo que uno quiere. Y los percibo muy felices, muy crecidos, y cada uno con su pareja, una es cubana y la otra, argentina. En octubre vienen los cuatro, de visita, y me imagino uno de esos abrazos largos. Estamos cerca también por una cuestión de edades y de procesos.
Un amor de madurez
—¿Y sigue tu historia de amor con Ana Bilsky?
—Hace casi quince años que estamos juntos, bárbaro. Muy bien. En ese sentido estoy también tranquilo, acompañado. Seguimos creciendo. Hay algo que leí hace poco en algún lugar que reflexionaba sobre el amor a los 20, a los 30 y el enamoramiento. A nuestra edad es diferente, ya pasamos por la maternidad y la paternidad, pasaron cosas… El amor no es el mismo que a esa edad porque se transforma. Es distinto en cada etapa. Y nosotros nos encontramos ya con chicos grandes, con balances hechos, y hemos logrado una sincronía y una facilidad para estar juntos que nos sale muy bien [risas].
—Y era tu astróloga…
—Sí, me enamoré de mi astróloga.

—Alguna vez contaste que a los 15 años te interesó la actuación. ¿Qué fue lo que te llamó la atención? Porque la tuya no era una familia de artistas.
—No tuve demasiada conciencia en ese momento de que estaba eligiendo una profesión que, además, no conocía. A mis 13 años, empecé a hacer obritas en el club, pero a los 15 hice El pedido de mano, de Chéjov; es una de sus comedias cortas. Y ahí sentí cosas. Fue muy fuerte…
—¿Qué sentiste?
—Yo digo que levité porque no sentí los pies en el piso; estaba flotando. Algo me pasó en el cuerpo… Recuerdo que tenía una salida del escenario y esperaba a un costado y me trepaba por las paredes. Mi cuerpo estaba eufórico porque me había ido con risas plenas. Era súper tímido y muchos me decían que no pensaban que pudiera llegar a hacer eso en el teatro. Me lo decían de buena fe. Yo tampoco sabía. Son esas llaves que se abren. Y a partir de ahí empecé a estudiar con Héctor Alterio, Alejandra Boero y Enrique Pinti, a quienes se conocía como el grupo de teatristas. Enrique era profesor de foniatría e historia del teatro. La vida era en blanco y negro en aquella época. [Risas] Fue el último reducto de lo que se llamó teatro independiente, algo así como el off Corrientes.
—¿Y dónde daban las clases?
—En lo que hoy es el Teatro Apolo, un lugar al que ellos habían accedido después de grandes éxitos en el off, supieron que había una sala que se había construido en una galería y pudieron comprarlo. Yo hacía un infantil y fue la primera vez que hice teatro en temporada. Era Mi bello dragón y Pinti no sólo era el autor y el director, sino también el dragón [risas]. Grandote como era, con la cara pintada de verde, con su barba candado y una cola. No ganaba un peso porque era una cooperativa y a veces también me tocaba ser el acomodador en obras de Héctor Alterio, como La Valija, con Elsa Berenguer y Rubens Correa. Mucha historia y me encanta.
—¿Ahí sí pensaste que podía ser tu profesión?
—Ahí ya estaba más decidido. Tuve laburos alternativos… Siempre me sacan a la luz que fui tachero, pero es una falta de respeto a los tacheros porque manejé un taxi un año y medio. Hice tareas administrativas también, pero siempre con el objetivo de ser actor.
Un camino compartido

—¿Y fuiste vos el que contagió a Salo? Porque, aunque era mayor, empezó a hacer teatro unos años después que vos…
—No sé si fui yo. Él intentó con arquitectura, después estuvo un par de años en psicología, y luego entró en publicidad como creativo. Hasta que Augusto Boal, un director de teatro brasileño, lo eligió para una obra. Salo también hizo algunas obras en el club, de chico. Entonces no era sorpresivo que se volcase también al teatro. Lo raro era que veníamos de una familia que nada tenía que ver con el teatro: papá comerciante y mamá ama de casa…
—Pero, ¿iban al teatro?
—Quizá íbamos al teatro a ver comedias de Tincho Zavala o cosas por el estilo. Alguna vez fui al Teatro San Martín y vi una obra con Pedro López Lagar y me quedó muy grabada. Ahí hubo otro impulso además de la obra El pedido de mano y fue cuando lo vi a Alfredo Alcón en Israfel, una pieza de Abelardo Castillo sobre la vida de Edgar Allan Poe.
—¿Cuántos años tenías?
—Yo tenía 16 años y me hipnotizó el espectáculo dirigido por Inda Ledesma… Al poco tiempo, con Inda hice El zoo de cristal y después La muerte de un viajante con Alfredo. Estoy bastante orgulloso del recorrido que hice y sigo estando orgulloso con Adán y Eva... Me causa gracia que se acuerden de los villanos de televisión porque me he dado muchos gustos.
—¿Qué te queda en el tintero?
-Me gustaría protagonizar El violinista sobre el tejado y, sinceramente, cuando vi a Raúl Lavié componiendo a ese judío y cantando como los dioses, me apichoné un poco porque tiene una voz impresionante. Yo hice esa obra con Raúl Rossi, pero otro personaje… Por ahí se da.
—Tu hermano Salo murió hace 9 años, ¿qué recuerdos guardás de él?
—Tantos… Hemos trabajado juntos en muchas cosas. En La vuelta manzana, un clásico de Hugo Midón, un infantil que hicimos en 1978 con Ricky Pashkus, Ana María Cores y Cristina Banegas. Y también en La muerte de un viajante. Y en televisión hicimos de hermanos en Poliladron, donde Salo era el malo de la primera temporada, y se les ocurrió traer a un tipo que entraba para perseguirlo y después se descubría que era un infiltrado y era el hermano. Y la verdad es que si de algo me gusta hablar es de lo que pasó a partir de su muerte…
—¿Y qué pasó?
—La cantidad de gente que se acercó a hablarme de Salo… Uno se va dejando algunas cosas y él dejó un millón de amigos. Su velatorio fue un bordereau envidiable. Era envidiable que viniera a despedirlo tanta gente… Y a muchos no los conocía porque él tocaba distintos ámbitos, no solo el actoral. Y se me acercaban con lágrimas en los ojos tratando de encontrar algo de Salo en mí. En la última etapa nos estábamos encontrando más porque mi mamá estaba grande y nos necesitaba. Nunca nos habíamos enfrentado, pero no teníamos una vida en común. Sin embargo, estaba ese cariño absolutamente especial. Y nuestros encuentros se hicieron más cotidianos cuando nuestra vieja estaba necesitada. Y nos vino bien porque él falleció dos años después de mi mamá.
Para agendar
Adán y Eva, ¡un amor de aquellos!, jueves y viernes, a las 20, en el Teatro Picadilly (Av. Corrientes 1524). Entradas desde $35.000. Y los sábados y domingos salen de gira por distintas ciudades del país.


