En la odiosa calma de su encierro domiciliario, Cristina Kirchner tiene más tiempo para revisar noticias que evocan sueños perdidos. A un costado de la definición del Mundial en los Estados Unidos, estos títulos mostraron la deriva final de tres viejos amigos del kirchnerismo: Venezuela, Cuba y Nicaragua.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, anunció para las próximas semanas el comienzo de las conversaciones para la transición democrática en Venezuela. Rubio, uno de los dos principales aspirantes republicanos para suceder a Donald Trump en la Casa Blanca, fijó Washington como escenario de esas conversaciones.
Venezuela funciona dirigido a control remoto por los Estados Unidos desde que el 3 de enero, en una operación militar concertada por miembros del régimen venezolano, Nicolás Maduro fue apresado en Caracas y trasladado a Nueva York para ser juzgado. El terremoto del 24 de junio mostró que para lo único que funcionaba el régimen iniciado por Hugo Chávez en 1999 era para reprimir y enriquecerse.
Sobre la ruinas materiales e institucionales de Venezuela, el gobierno de Trump se propone fabricar un sistema político ajustado a sus propios intereses, que son sinónimo de petróleo
Sobre esas ruinas materiales e institucionales, el gobierno de Trump se propone fabricar un sistema político ajustado a sus propios intereses, que en Venezuela son sinónimo de petróleo.
Expresado en términos brutales por el trumpismo, el giro hacia la región de los Estados Unidos se parece más a una maniobra de preservación y dominio de lo que puede controlar frente a la consolidación de China como gran protagonista.
La detención de Maduro no liquidó la dictadura; sus secuaces ahora obedecen a Estados Unidos a cambio de alguna garantía de impunidad si algún día regresa la democracia a Venezuela.
El efecto colateral inmediato es la aceleración de la fase final de los últimos vestigios de la revolución cubana. Por la falta de combustible, los vuelos con turistas dejaron de llegar y los hoteles terminaron de cerrarse. Meliá canceló su operación en la isla, una muestra más del final del experimento de atraer visitantes a una burbuja inaccesible para los propios cubanos.
Tanto Venezuela como Cuba son objetivos de Rubio en tanto le pueden servir para consolidarse como aspirante presidencial.
Aquí y allá solo quedan ruinas de aquel populismo que gobernó casi toda Sudamérica, con algunas excepciones y matices diversos, reconocibles aun dentro de una generalización
En cambio, no parece tener un interés inmediato en Nicaragua, un país de menor importancia estratégica en relación con los anteriores. Ahí se terminó de afianzar una dictadura al estilo de la familia Somoza, a quien el mismo Daniel Ortega, líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, logró derrocar a mediados de 1979. Ortega, que gobierna ininterrumpidamente desde 2007, comunicó esta semana que decidió anular de ahora en adelante todo tipo de elecciones. Con él y su mujer alcanza.
Con todo derecho, Cristina Kirchner puede preguntarse cómo es que finalmente se produjo tal desbande. Aquí y allá solo quedan ruinas de aquel populismo que gobernó casi toda Sudamérica, con algunas excepciones y matices diversos, reconocibles aun dentro de una generalización.
Es más difícil, en cambio, que el peronismo alguna vez se pregunte y se responda cómo el kirchnerismo lo llevó a desviarse hacia los márgenes del sistema político internacional, rompiendo viejos equilibrios que otras versiones del propio peronismo no se había atrevido a quebrar aun en nombre de aquel viejo esquema de los Países No Alineados.
Siempre resultó llamativa la simpatía que despertó el régimen cubano en vastos sectores de la política argentina que, soslayando la matriz férreamente autoritaria, repitieron por años la propaganda de los logros en salud y educación de Fidel Castro sin hacer alusión a las violaciones a los derechos humanos y la falta de libertad política.
Milei tiene ahora un tiempo parecido a los Kirchner, pero en el otro extremo, y espera que el hijo de Bolsonaro jubile a Lula
La seducción castrista siempre fue efectiva. Funcionó también con Cristina, al extremo de confiar a su hija al régimen para un tratamiento médico que también fue refugio frente al peligro de una posible detención.
Más contante y sonante resultó el vínculo con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro. Por intermedio de ellos se construyeron negocios financieros con retornos millonarios y, como si eso no bastara, a instancias de Chávez se consolidaron vínculos tanto con el régimen ruso y como con el iraní, responsable del peor atentado terrorista de nuestra historia.
En la pandemia, se activaron esos viejos vínculos cristinistas para privilegiar la compra de vacunas rusas por sobre las norteamericanas. Y antes, en el último mandato presidencial de la ahora detenida líder peronista, la firma del acuerdo con Irán que iba a garantizar la impunidad del atentado contra la AMIA, 32 años atrás.
De aquello no queda casi nada; apenas el desenlace pendiente en Venezuela y Cuba bajo la vigilancia de los Estados Unidos. Brasil desde siempre mantuvo cierta distancia y alguna proximidad según su circunstancial conveniencia para consolidar su aspiración de ser una potencia global.
De Fernando Henrique Cardoso a Lula y de Lula a Bolsonaro y viceversa, Brasil ha mantenido un rumbo invariable dirigido a consolidar su peso productivo y su capacidad de exportación. Aliado a China, India y Rusia, en los Brics, nunca rompió el equilibrio en su vieja relación con los Estados Unidos.
A la vez preservó el vínculo con la Argentina, construido al compás del restablecimiento de la democracia en ambos países en los años 80. Fue parte del trabajo para el liderazgo regional que los distintos presidentes brasileños siempre mostraron, con más paciencia que distancia respecto de los vaivenes de la Casa Rosada.
Los Kirchner sobreactuaron una amistad con Lula, pero se pasaron varias estaciones y terminaron tributando ideológicamente al chavismo. Por el contrario, Brasil nunca dejó de ser Brasil más allá de sus cambios políticos.
Javier Milei tiene ahora un tiempo parecido a los Kirchner, pero en el otro extremo, y espera que el hijo de Bolsonaro jubile a Lula. Hoy irá a hacer campaña, un error que ya cometió el propio Lula haciendo campaña electoral en la Argentina por el kirchnerismo.
Las afinidades no siempre reflejan lo mismo ni dan ventajas a los países que representan los presidentes que celebran sus ideas en común. Cristina contempla estas ruinas de aquellos esplendores mientras Milei se asoma a la ilusión de un liderazgo regional que nunca será tal. En algún momento, Trump le hará notar quién es el verdadero jefe.


