Es un incansable hacedor de espectáculos. Desde que ganó popularidad con su participación en el programa Bailando por un sueño, hace de esto más de una década y media, Flavio Mendoza no para de generar shows y, con ellos, marcar tendencia. Primero impuso en el teatro los espectáculos con pileta y cuadros acuáticos, luego el circo sin animales y más tarde los shows de Navidad con acrobacias y música en vivo.
Además de bailarín, coreógrafo, director y acróbata, de origen circense, es un hombre sensible con un alma dolida, a la que trata de sanar a través del arte. Como ahora, que estrena un espectáculo sobre un cuento infantil (El príncipe feliz, de Oscar Wilde) que hacía llorar a su mamá, al que le buscó un final diferente: más bien esperanzador y ejemplar. El estreno de El príncipe feliz, corazón dorado marca también otro debut: el de La Cúpula, un domo construido en Italia y China de acuerdo a sus sueños, ubicado en plena Dársena Sur, en el predio del Casino Buenos Aires, en Puerto Madero.
-¿Qué es La Cúpula? ¿En qué difiere de una carpa de circo habitual?
-Si uno la ve simplemente como una carpa, dice: “Y, sí, es un circo”. La diferencia es que yo no le quise poner la palabra circo. Porque en un circo tiene que haber payaso. Y no lo hay. Yo no quise tener ese límite. Yo ya tengo un circo, tengo el Circo Ánima, que la está rompiendo en el Norte, donde acaba de convocar a 60.000 espectadores en Salta. Al hacer un espectáculo nuevo se me hacía más fácil hacerlo en una carpa, el tema es que yo no quería una común, yo quise una diferente. Quería que fuera 360°, inmersiva y colgante, un invento completamente nuestro, ya que no existe otra así en el mundo, con un escenario giratorio y móvil que hace millones de cosas. Y con la posibilidad de un mapping completo en todo el techo.

-¿Dónde fue fabricada?
-Fue hecha a pedido en Italia (la parte de adentro) y en China (la parte de afuera), según mi diseño. También quería tener la posibilidad de contar lo que yo quiera sin el freno de la palabra circo. Porque, te repito, acá no habrá payasos ni habrá una rutina de cuadros. Tendrá otra estructura diferente a la de los espectáculos circenses. La Cúpula va a dar para todo. Si mañana quiero cambiar el show y que sea solo musical, va a poder serlo porque no tiene adelante la palabra circo. Para eso nació La Cúpula, para poder hacer y contar lo que se me ocurra. Y lo que hoy quiero contar es una historia, la de El príncipe feliz.
-¿De qué va El príncipe feliz, corazón dorado?
– Es la historia de un cuento que me contó una vez mi mamá. Mi mamá no me leía cuentos, ella más bien era de leer el Corín Tellado. Pero un día me leyó uno que estaba en un libro amarillo muy voluminoso, y fue un momento tan emocionante que al final se largó a llorar. Yo le pregunté: “¿Por qué llorás, mamá?”. Y ella me lo explicó como pudo. En ese momento no entendí demasiado el cuento, pero me acompañó el resto de mi vida. Y hoy se lo leo a mi hijo Dionisio. Ahora, con 54 años, te puedo decir que no sé por qué, pero todos mis espectáculos tienen que ver con algo que me marcó en algún momento de mi vida. Con algo que me quedó guardado, doliendo o qué sé yo. Este, posiblemente, sea el que más tenga relación con una herida que no cierra.
-¿Por qué tu mamá terminó llorando?
-Porque el cuento es hermoso pero termina mal. Y se ve que mi mamá lo vivió como algo muy personal. Lo que pasa es que ella, pobre, tuvo una vida muy triste, con abusos y un montón de cosas horribles más. Y para ella todo fue puro esfuerzo y sacrificios. Y el cuento habla un poco de todo eso. Por eso hay una historia que tengo ahí, en espera, que algún día deseo concretar: en la que yo nazco en la época de mi mamá para sanarle todos sus padecimientos y brindarle otro tipo de vida. Por lo pronto, este nuevo espectáculo es un homenaje a ella, mi madre.

-Más allá del final, ¿cómo es la trama de El príncipe feliz, corazón dorado?
-La historia cuenta la vida de un príncipe que muere muy joven, que luego es sucedido por otro que se convierte en un rey déspota. Desde su estatua (el príncipe muerto) observa el padecimiento de todo su pueblo. Es entonces cuando aparece una golondrina a la que le pide ayuda. Como él (o mejor dicho su estatua) está cubierto de oro, brillantes y rubíes, le suplica que reparta todos esos tesoros por la gente que realmente la está pasando mal. Es una historia de sacrificio y, en algún punto, dramática. Cuando se la conté a mi tío, que es uno de los productores, me dijo: “Ay, no, yo lloro, no quiero”. Y yo le dije: “No, quedate tranquilo, va a tener un final feliz porque yo le quiero dar un final feliz”. Lo que yo rescato de la historia es la cuestión del despojo, del dar al otro lo que tenés o, incluso, que no tenés, con tal de ayudar. Después, no quiero spoilear mucho, sucede que la golondrina se va debilitando con el tiempo y bueno, es todo muy emocionante. Por algo mi mamá terminó llorando. Pero, repito, en mi versión el cuento termina bien.
-¿Este es tu espectáculo más teatral y musical?
-Sí. Yo no soy un tipo muy de la comedia musical. Respeto mucho el género y me gusta cuando se hace bien, pero no quería hacer solamente eso. Quería contar la historia con un poco de todo: con texto, actuación, música, acrobacia, danza y humor. Quería que fuera lo más integral y diferente que se pudiese, porque creo que hoy el público está esperando eso. Vivimos una época de scrolleo permanente, donde la atención dura poco y hay que competir por ella. A diferencia de otros espectáculos donde sólo había un cantante, aquí todos cantan en vivo. ¡Y cómo cantan! Los protagonistas son Alan Lez (el finalista de La Voz, candidato de Lali), como El príncipe feliz; Nacho Pérez Cortez (de importante trayectoria en musicales), como Dedalo; y Valen Podio (la villana de la serie juvenil de Disney Sé tú misma), como la golondrina.
-¿Cuánto tiempo demandó la concreción del espectáculo desde que lo proyectaste? ¿Y cuánta gente participa en él?
-Nosotros hace tres años que venimos con todo este proyecto. Y cuando digo nosotros me refiero a mi familia, porque la producción es de mis tíos y mis hermanas. Con ellos llevo adelante el Circo Ánima y todo lo que vendrá. Hoy, en este preciso momento, en pleno armado de la carpa y del espectáculo, somos en total 180 personas trabajando. Después, cuando esto ya esté funcionando, se retirarán la mayoría de los técnicos y quedaremos alrededor de 80. Del total del personal, 30 son artistas, que el público podrá ver noche tras noche sobre el escenario de La Cúpula, una maravilla que se abre, gira y eleva en distintos niveles.

-¿Este es tu proyecto más ambicioso hasta el momento?
– A nivel costos y puesta, sí, sin dudas. También por los tiempos que llevó su armado. Por eso no pudimos debutar en las vacaciones de invierno, como hubiera sido lógico para empezar a recuperar algo de dinero en un momento del año con tanto público en la calle. Pero no pudo ser. Preferí postergarlo hasta que estuviera todo como yo lo soñé. Así que, más que hablar de costos, hoy te diría que todo son deudas (risas), porque tengo mil cosas que pagar y cubrir. Pero le tengo tanta fe a este espectáculo que sé que me voy a recuperar rápido. Y no le tengo miedo a lo que está pasando en el país porque sé que cuando el espectador se siente y vea el espectáculo, lo primero que le va a decir a un amigo es: “Che, andá a verlo, no te lo podés perder”.
-En El príncipe feliz, corazón dorado sos el autor y director, pero no te subís al escenario. ¿Te costó delegar el protagonismo del espectáculo?
-No, para nada. No participo en este show porque tenía ganas de verlo desde afuera, ser el creador y disfrutarlo abajo del escenario. Además estoy muy tranquilo porque sé que cuento con un elenco maravilloso. Además, yo soy de los artistas con sentido común, de esos que dicen: “Yo eso no lo sé hacer, yo eso no lo puedo hacer”. Y me corro y le dejo el lugar a otro. Acá todos los protagonistas tienen que cantar en vivo, y yo no nací precisamente para cantar, no heredé ese don.
Su hijo Dionisio
-Tu hijo Dionisio supo tener una breve participación en tus últimos espectáculos. ¿Aquí también aparecerá?
– No. Está más grande, ya tiene ocho años. Antes subía conmigo a decir “chau, chau, chau” cuando tenía ganas. Este verano ya no quiso subir más. Prefería quedarse jugando con sus amigos.

-¿Es verdad que, de todos modos, estás pensando producir una versión de El Principito con él?
-Sí. Me encantaría hacer El Principito con él, pero antes quisiera tener los derechos para poder hacer mi propia versión del libro. Y a mí me gustaría interpretar al aviador. Hoy Dionisio estudia canto porque tiene un pequeño don para cantar. Yo dije: “Lo voy a preparar, después que haga lo que quiera hacer”. También va a acrobacia y a fútbol. Le quería sumar danza, pero pensé: “No, lo voy a volver loco”. Lo que quiero es darle herramientas. Todavía tenemos tiempo para hacer El Principito, podría ser a sus 10 ó 12 años. Yo quiero hacerlo cuando entienda lo que es la responsabilidad, tener que ir todos los días a los ensayos y después a la escuela. Y sólo si él quiere. Me parecen pequeños monstruitos los nenes a los que los padres les despiertan ciertas cosas que no tienen que ver con sus deseos ni su edad.
-¿Te referís a no incentivarle la competencia?
-No sé si la competencia. Yo me di cuenta de todo después de mi abuso. Me di cuenta de todo. No me preguntes qué, pero me di cuenta de todo. Me di cuenta de que los regalos que mi mamá escondía en Navidad estaban escondidos. Yo me di cuenta de todo y tenía ocho años. De golpe crecí. Dejé de ser niño y me convertí casi en un adulto. Una lástima.
-Decís que tu abuso fue a los ochos años, la misma edad que hoy tiene tu hijo. ¿Temés que le pueda suceder algo así?
-Ya cuando él cumplió cinco años empecé con ataques de pánico. Yo siempre decía que esas cosas eran puro invento hasta que me empezaron a pasar a mí, me despertaba de golpe en medio de la noche, ahogándome. Sentía que le podía pasar cualquier cosa. Fue horrible. Tenía que ir al baño y mojarme la cara una y mil veces, de la desesperación que me agarraba. Tuve que hacer terapia como tres años para sacarme de encima esa angustia. Pero, habiendo sido un niño abusado, nunca te sacás del todo ese temor.

-¿Tomás recaudos especiales?
-Soy súper rompe pelotas. No lo dejo con nadie. A mí me pasó con alguien del circo, no con un familiar, pero sí con alguien muy cercano. En aquella época nosotros estábamos muy sueltos. Mi mamá o mi viejo no tenían conciencia. Antes ni se pensaba en que alguien podía abusar de un niño. Eso no estaba en la cabeza de nadie. Hoy mi hijo tiene un campamento en la escuela y ya van dos años que no quiere ir. Yo no lo obligo porque tampoco estoy seguro. No estaría tranquilo que él esté en un campamento. Estoy tranquilo cuando está con mi hermana o con la gente que trabaja conmigo.
– ¿Pensás que pudiste haberle transmitido tu temor?
-No. Se lo evito constantemente. Lo que sí le transmití es el temor a la sangre. Desde chico soy muy impresionable a la sangre, y ahora él también lo es. De todos modos traté de que eso no sucediera, pero… Una vez se cayó de la bicicleta, se raspó la rodilla contra el asfalto y vino todo ensangrentado. Yo casi me desmayo, imaginate. En ese momento Dionisio me dijo: “Papá, papá, ¿qué hago? No te preocupes por mí, yo sé que a vos no te gusta la sangre”. No sé cómo pero le respondí: “Tu sangre sí, tu sangre sí” (risas). Después, como pude, me repuse y lo curé. Pero sin mirar la sangre.
El Circo, La Revista y el Bailando
-Volviendo a La Cúpula y tu nuevo espectáculo, vo te criaste bajo una carpa y después saltaste a la fama realmente en teatro y televisión. ¿Por qué volver a la carpa?
-Porque fue mi gran escuela. Si yo no hubiera pasado por el circo, no hubiera sido quien fui. Creo que lo que a mí me diferenció del bailarín raso fue que empecé a colgar a todo el mundo y a mezclar la coreografía con la acrobacia. Cuando yo era chico, Argentina tenía algunos de los mejores circos del mundo. Después, cuando dejaron de tener animales, decayeron. Hace unos años, cuando mi tío vio el suceso que yo tenía con Stravaganza y otros espectáculos, me dijo: “Che, tendríamos que volver a tener un mega circo en Argentina”. Yo le respondí: “Ay, no, tío, circo no”. Y él me retrucó: “Bueno, pero podríamos hacer el circo que no hay”. Eso me gustó, pero se la hice difícil: “Ah, bueno, pero yo quiero que tenga esto, más eso y todo aquello”. Y así fue. Logramos tener una empresa que ahora en realidad son dos y en breve serán tres, y hacemos algunos de los espectáculos más grandes de Argentina.

– ¿Qué recuerdos te quedaron de tu paso por la revista?
-Me encanta la revista. Creo que no me va a alcanzar el tiempo de vida para hacer todos los espectáculos que quiero hacer, pero entre ellos quiero concretar sí o sí una gran revista.
-¿A quiénes convocarías?
-Yo pondría toda gente nueva, pero una persona que no puede faltar para mí es Moria. Trabajando junto a ella aprendí mucho. Creo que no hay tantos artistas como Moria que sean todo terreno y se banquen todas. Es una obrera del espectáculo. La vi pasar situaciones y situaciones. Una vez se cortó la luz y se quedó en la oscuridad comiendo una ensaladita entre todos nosotros, esperando y esperando y poniéndose el espectáculo al hombro. Aunque no protagonice un cuadro musical, ella debería estar como la gran personalidad que es. Moria es la revista.
– ¿Cómo juzgás tu etapa en el Bailando? ¿Aquellos fueron necesariamente buenos años?
-Allí empezó mi popularidad, fue lo que hizo que la gente me conociera. Por eso le estaré agradecido de por vida, al programa y a Marcelo Tinelli. Si bien hay partes del Bailando que no me gustaron, trato de quedarme con lo mejor. Aunque, en honor a la verdad, también soy de esas personas que opinan que hay que decir lo malo que te pasó, porque lo malo también te forma como ser humano. Viéndolo así, te digo que la parte más mediática del Bailando, la de las peleas, a mí me hacía re mal.

-¿Aunque no pareciera?
-Exacto. Aunque no pareciera. Yo era el que ponía el pecho y peleaba, pero a mí me decías tres veces algo que me dolía y lloraba. No es que me quería hacer el pobrecito, sino que realmente me afectaba. Tampoco me gustaba ni me gusta defenderme haciendo doler. Hace poco me pasó algo así. Como soy muy amigo de Marcelo Polino, en confianza dije al aire (en el programa Caras Glam que conduce el periodista) que para mí “la peor persona que existe” era Mariano Iúdica. Y no estuvo bueno, porque así pude haber hecho sufrir a su mujer (a Romina Propato, exsocia creativa de Mendoza) y a su hijo. Mi intención fue expresar lo que sentía, no lastimar a otro u otros por lo que me pasa con él. Bueno, ese tipo de cosas es lo que sucedía todo el tiempo en el Bailando.
Otros proyectos, el retiro y el amor
-Se habló mucho de tu internacionalización. Sin embargo, siempre terminás generando nuevos espectáculos aquí, en Argentina. ¿Por qué?
-Bueno, yo trabajo mucho con China. Voy a crear allí partes de espectáculos, no todo un espectáculo, sino partes. Ellos quieren mi cabeza, no mis espectáculos. Ellos son muy astutos. Quieren que vaya y les arme algo. Yo trabajo para ellos y ese dinero me sirve, porque luego lo invierto acá. Muchas veces se me dio por querer empezar con un espectáculo en Europa o en el continente asiático, pero nosotros no conocemos realmente el sistema europeo y el asiático. Son diferentes. Mi tía siempre me dice: “Vos sos gallo en tu gallinero”. Y me agrega: “¿Por qué entonces vamos a estrenar un espectáculo tuyo afuera?” Yo le contesto: “Lo podemos estrenar en Europa, lo ponemos a full allí y después lo traemos a Argentina”. Y ella me dice: “Cuando lo pongamos a full en Argentina recién lo llevaremos afuera”. Y así estamos, vamos y venimos. Digamos que acá nos sentimos más seguros. Siento que mi país me acobija.
-¿Y después de El príncipe feliz, corazón dorado, qué sigue?
-Con este espectáculo estaremos aquí por dos meses. Luego pasearemos con él por distintas provincias, como ahora lo está haciendo el Circo Ánima, la otra compañía de la empresa. Y para el verano estoy preparando otro gran espectáculo, que vamos a producir con Ariel Diwan (el productor histórico de Stravaganza) en un lugar que se está construyendo en Mar del Plata. El espectáculo se llama Siete auras, será una ensalada rusa, como un enorme collage con un poco de agua y un montón de otras cosas. Marcará mi retorno a un escenario, pero posiblemente por última vez, al menos para hacer lo que la gente está acostumbrada a ver que hago.

-¿Por qué?
-Porque mi cuerpo está muy lastimado. No da más. Nadie lo sabe pero tengo ocho hernias de disco y me han operado de todos lados. De hecho, después del estreno de prensa me volveré a operar una rodilla. Soy como Robocop, tengo metal en todo el cuerpo. El otro día Susana Giménez me decía: “¡Pero vos sos inmortal!” No creo, todos tenemos fecha de extinción.
– ¿Te imaginás el retiro? ¿Cómo sería tu vida?
-Creo que retirarme no me voy a retirar nunca porque voy a seguir siendo director, creador y empresario. Pero sí pienso que a cierta edad, digamos que a los 60, quisiera, si Dios me da vida y tranquilidad económica, poder viajar con mi hijo y disfrutar más de la vida. Aflojar un poco con el trabajo, ¡bah! De todos modos creo que me voy a morir cerca de un escenario, si no es arriba será abajo o al costado.
-En ese período de semi retiro o como lo quieras llamar, ¿creés que habrá espacio y tiempo suficiente para el amor?
– Ay, el amor, el amor, algo tan difícil en mi vida. Hoy me priorizo a mí y a mi hijo. Porque la he pasado mal por amor. A veces porque me sentí incomprendido. Otras porque compraban la cajita feliz y después no se bancaban el combo completo. Muchas veces sentí que tenía que esconder al que salía conmigo, tratar de que nadie se enterara de su existencia. Otras tuve que bancarme que no quisieran la exposición. Yo hoy ya no tranzo con eso. Me cansé de ocultar mi vida. Yo no quiero que nadie se sienta avergonzado al lado mío ni tampoco sentirme el trofeo de nadie. Me he sentido amado, pero creo que siempre he amado más yo. Estoy en una edad en la que todo tiene que ser a favor. Si es con problemas, no lo quiero. A esta altura quiero un compañero, alguien con quien disfrutar la vida en pareja. Esto no tiene que ver con lo sexual, porque yo nunca fui muy sexual. Llega un momento en que decís: quiero alguien para abrazar y que me abrace, para ver una película y después comentarla. ¿Es mucho pedir?
Para agendar
El príncipe feliz, corazón dorado. Una creación de Flavio Mendoza. En La Cúpula, carpa ubicada dentro del predio del Casino Buenos Aires, en Av. Elvira Rawson de Dellepiane 1, Puerto Madero. Funciones: jueves y viernes a las 20, sábados a las 17 y 20 y domingos a las 17. Entradas en www.lacupulaarena.com.ar



