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Mendiolaza: el destino serrano donde la gastronomía se disfruta sin reloj

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A pocos kilómetros de la ciudad de Córdoba, el paisaje se llena de montañas, aire serrano y arroyos. Pero algunos destinos, además de su riqueza natural, sumaron propuestas que amplían la experiencia del visitante.

Mendiolaza, a unos 40 minutos, fue una zona de descanso y veraneo de familias cordobesas en el siglo XX. Muchos la elegían para construir sus casas de fin de semana por su tranquilidad y su cercanía. Con el paso del tiempo empezó a crecer exponencialmente y pasó de ser un pueblo rural a una ciudad.

Hoy se estima que la población supera los 20.000 habitantes siendo uno de los lugares de las Sierras Chicas más elegidos por los cordobeses para vivir. Junto a eso también comenzó a consolidarse como un destino gastronómico. En algunas cuadras conviven casas de té, cocinas de fuegos, restaurantes tradicionales y nuevos proyectos que invitan a escaparse un mediodía o una noche sin alejarse demasiado de Córdoba.

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A pesar de su crecimiento exponencial, Mendiolaza tiene algo especial: caminar por sus calles sigue transmitiendo la sensación de estar en medio de las sierras. “Yo creo que mantenemos un poco esa alma de pueblo y que nos gusta esto de que acá las distancias son cortas”, cuenta Paloma Santillan, el alma detrás de Moma, una pastelería y casa de té que funciona en el centro histórico.

Todo es artesanal en la pastelería y casa de té Moma

Entrar a este lugar es como llegar a casa después de varias horas en pleno julio: los ventanales enormes que dejan entrar el sol, las paredes blancas de ladrillos, la cocina a la vista y un aroma a horno prendido que te abraza. En Moma todo es artesanal: desde las reducciones que van en las tortas hasta las mermeladas que acompañan el pan casero. Las croissants crujen al primer mordisco, los rolls de canela se deshacen en la boca y los sándwiches llegan a la mesa con el tostado justo.

“Estaba en el colegio cuando surgió este proyecto. Tenía mucho tiempo libre y mi hobby siempre había sido cocinar”, explica. Algunas de las recetas las tiene escritas en cursiva de puño y letra de su abuela, otras se inspiraron en el primer libro de cocina que le regaló su papá a los 8 años y varias más deben haber resultado de las miles de preparaciones que probó Ramiro Grunwaldt, su novio y socio. Él lleva todo el detrás de escena de la pastelería: desde cerrar con proveedores para mejorar la materia prima hasta encontrar nuevos clientes mayoristas.

La historia de Paloma es especial al igual que la del lugar en donde funciona su proyecto. Se trata de una casona de 1923 que fue remodelada por su mamá con el objetivo de crear un lugar de encuentro para Mendiolaza. “Cuando nos pusimos manos a la obra, la premisa fue resguardar el techo, los muros y transformar el patio en un lugar de encuentro”, explica Laura Aguilar y detalla que la higuera que está en ese sitio es la que le dio el nombre al lugar. En Espacio La Higuera no solo funciona Moma, sino también un almacén natural y una tienda de ropa de diseño.

Paloma junto a Ramiro Grunwaldt, su socio y pareja

Un lugar con cocina de fuegos y noches de karaoke

A unos 700 metros de este lugar, caminando por callecitas de tierra, se puede llegar a Pedernal Estancia de Fuegos, otro de los proyectos que están revitalizando Mendiolaza. Se trata de un restaurante de fuegos que ofrece platos abundantes con un toque gourmet y que funciona en una casa antigua que solía pertenecer a una de las familias más importantes de la provincia.

“La primera vez que pasé por el frente fue en 2024 y desde ahí imaginé ese lugar para poder cumplir mi sueño de emprender con un restaurante”, cuenta Carlos Reina, más conocido como Charli, quien decidió dejar su trabajo estable en un banco a los 40 años para embarcarse en el desafío de tener su negocio propio.

Pedernal, antes de ser restaurante, se llamó “Verde esperanza” y fue la casa de una familia donde se celebraban grandes reuniones entre artistas, juntadas familiares y hasta encuentros de polistas de todo el país. Ese espíritu de convocar y reunir es el mismo que hoy se mantiene en el restaurante que los mediodías se llena de familias que disfrutan el parque y de los juegos para niños. El fuego está siempre presente. Hay carnes a la estaca, pescados, vegetales y pastas que pasan por el horno de barro, el disco o la parrilla.

En una casa antigua funciona el restaurante Pedernal

Por las noches, parejas y grupos de amigos disfrutan de una propuesta que va mucho más allá de los sabores. “Tenemos muchas ideas como bandas en vivo, cenas show, cenas temáticas, desayunos y meriendas con actividades recreativas que queremos ir incorporando”, cuenta. Una vez por mes invitan a La Ducha, una banda que combina música en vivo y karaoke donde el público se convierte en parte del espectáculo.

El proyecto lleva siete meses y ya se convirtió en un lugar muy elegido para almorzar o cenar en las Sierras Chicas. “Creo que nosotros no elegimos Mendiolaza para este emprendimiento, Mendiolaza nos eligió a nosotros. Es una ciudad, pero sigue manteniendo la calidez y hermosura de un pueblo. Es el lugar perfecto para escaparte a dar un paseo los fines de semana, apreciar el aire de sus sierras, muy cerquita de Córdoba”, finaliza.

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El clásico que abrió el camino y hoy sigue vigente

Mucho antes de que Mendiolaza empezara a sonar como un destino gastronómico, había un lugar que ya reunía familias alrededor del horno de barro y la parrilla. Calasanz, ubicado en una de las esquinas más conocidas del centro histórico, lleva más de 23 años con las puertas abiertas de manera ininterrumpida y forma parte de la esencia gastronómica.

Se trata de un lugar de cocina criolla que abrió sus puertas en una casona que antes fue almacén de ramos generales y casa de familia. También es una nueva etapa de un proyecto gastronómico que ya funcionaba en ese mismo lugar llamado Raíz. “Cuando esta casa comenzó a funcionar como restaurante, la gastronomía de la zona era todavía algo inexplorado”, explica Milagros Agüero, quien está hoy detrás del proyecto junto a su pareja Gonzalo Castellanos.

En sus inicios, los protagonistas de la cocina eran el horno de barro, la parrilla y los sabores tradicionales argentinos. También las papas a la crema, un clásico de esta esquina de Mendiolaza, servidas en una fuente de barro bien caliente: el pan casero recién horneado, las empanadas y los panqueques gratinados. Hoy siguen siendo los mismos, pero con un plus: un vínculo con la gente que se pudo mantener y cuidar por más de 20 años.

Calasanz lleva más de 23 años con las puertas abiertas

“En estos años vimos crecer muchísimo la propuesta gastronómica de la zona. Cada vez hay más calidad, más variedad y más gente que elige venir a las Sierras Chicas a disfrutar de un buen restaurante. Nosotros tratamos de aportar a ese crecimiento manteniendo una propuesta basada en el fuego, el horno de barro y una cocina que respeta la tradición, pero que también busca seguir evolucionando”, agrega Milagros.

Quizás una de las razones por las que cada vez más personas eligen Mendiolaza para una escapada gastronómica sea el ritmo que propone el destino. Quienes llegan hasta acá tienen un solo objetivo: elegir un lugar para comer y dejar que el tiempo pase. Disfrutar cada plato, estirar la sobremesa y, una vez terminado el ritual, volver a casa.

“Creo que el gran diferencial es que todavía es un lugar donde uno puede venir a disfrutar sin las apuradas de la ciudad, con un entorno serrano muy cuidado y una sensación de tranquilidad que se percibe apenas llegás. Eso también influye en la gastronomía. La gente viene con otra predisposición: se toma el tiempo para compartir una mesa, conversar y disfrutar de una comida sin mirar el reloj”, finaliza.

En Mendiolaza la gastronomía parece haber encontrado el mismo ritmo que las sierras que la rodean. Entre hornos de barro, patios con sombra, cocinas a fuego y casas recuperadas, el destino construyó una identidad propia que invita a hacer algo cada vez más difícil: viajar unos pocos kilómetros, sentarse a la mesa y olvidarse por un rato del reloj.

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