ROSARIO.- Lo que hace apenas unos años aparecía como una alternativa incipiente para diversificar las rotaciones hoy comienza a consolidarse como una nueva herramienta productiva para el agro argentino. La incorporación de colza, cártamo y camelina gana terreno campaña tras campaña y ya permitió alcanzar en 2026 unas 160.000 hectáreas certificadas dentro del programa que impulsa Bunge, una estrategia que busca intensificar el uso del suelo, generar nuevos ingresos para los productores y responder a la creciente demanda internacional de materias primas con menor huella de carbono.
El avance de estos cultivos de invierno fue uno de los ejes de una charla técnica organizada por la compañía durante el Congreso de Aapresid, donde productores, asesores y especialistas compartieron experiencias sobre el manejo agronómico de estas oleaginosas y analizaron las oportunidades comerciales que comienzan a abrirse para el sector.
Según explicaron, el crecimiento registrado en los últimos años responde a una combinación de factores: la necesidad de aprovechar períodos tradicionalmente destinados al barbecho, mejorar la salud del suelo, diversificar los sistemas productivos y abastecer mercados que exigen materias primas cada vez más sustentables.

Al abrir la jornada, Jorge Bassi, director de Marketing y Nuevos Negocios de Bunge Argentina, destacó que cualquier transformación productiva solo puede construirse junto a quienes producen.
“Lanzamos planes y programas, pero quien está en el campo y arriesga el capital es el productor. Por eso, todo lo que hacemos parte de trabajar junto a ellos y generar herramientas que permitan producir más y, al mismo tiempo, hacerlo de una manera cada vez más sustentable”, afirmó.
Según explicó, la empresa comenzó hace cuatro años a desarrollar un programa basado en la incorporación de oleaginosas de invierno con un doble objetivo: incrementar la productividad y mejorar los indicadores ambientales de los sistemas agrícolas.
“Intensificar la agricultura nos permite generar un doble impacto: reemplazar un período de barbecho por un cultivo que genera renta y, al mismo tiempo, dejar más carbono en el suelo, cuidando su estructura”, sostuvo.
Bassi señaló que esta estrategia forma parte de una agenda más amplia vinculada con la descarbonización de la producción agropecuaria y la transición energética, donde la agricultura tiene un papel cada vez más relevante como proveedora de materias primas para los biocombustibles. “La agricultura también es parte de la transición del transporte, porque puede ser una fuente de materias primas para los biocombustibles y ayudar al transporte a reducir sus emisiones”, indicó.
En ese contexto, destacó el crecimiento que viene mostrando el mercado del Sustainable Aviation Fuel (SAF), el combustible sostenible para aviación, cuya expansión demandará aceites con una huella de carbono cada vez menor.
“La demanda de aceites para la industria de SAF está creciendo y, para estas empresas, la certificación es fundamental, ya que el principal factor es la huella de carbono de la materia prima y cómo fue producida”, explicó.
Para el directivo, ese escenario obliga a pensar la producción desde una lógica diferente. Ya no alcanza con producir más, sino que también será necesario demostrar cómo fue producido cada cultivo y bajo qué estándares ambientales.
En ese sentido destacó que la estrategia impulsada por la compañía ya alcanzó durante 2026 unas 160.000 hectáreas certificadas entre colza, cártamo y camelina, una superficie que refleja el crecimiento que tuvieron estas alternativas dentro de los planteos agrícolas: “Es una manera de producir más, pero también de responder a una demanda que cada vez va a exigir materias primas con una menor huella de carbono”.
Para Bassi, la Argentina cuenta además con una ventaja diferencial respecto de otros países productores: la posibilidad de aprovechar inviernos que permiten incorporar estos cultivos sin reemplazar necesariamente a los tradicionales, sino ocupando períodos del año que antes permanecían improductivos.
Uno de los casos expuestos fue el del cártamo, un cultivo que comenzó a ganar espacio luego de las sucesivas campañas afectadas por la sequía. Miguel Kolar, asesor técnico de Agro Cotton Grupo Linke, contó que la decisión de incorporarlo surgió a partir de la necesidad de replantear el sistema productivo: “Tuvimos que replantearnos nuestro modelo productivo y buscar alternativas que nos permitieran hacer una agricultura más resiliente”.
Según relató, la primera experiencia fue en 2024 y, desde entonces, el cultivo fue ocupando un lugar cada vez más importante dentro del esquema agrícola. Hoy el grupo siembra unas 15.000 hectáreas de cártamo sobre un total de 20.000 hectáreas, una superficie que refleja el crecimiento alcanzado: “Es una superficie muy significativa para nosotros y demuestra la importancia que fue adquiriendo este cultivo dentro de nuestro modelo productivo”. Kolar destacó además que el cártamo permitió mantener al maíz dentro de la rotación y realizar un uso más eficiente de los recursos al complementar ambos cultivos.
La experiencia con colza también mostró resultados alentadores. Matías Taravella, asesor técnico de Jakas SA, explicó que comenzaron a trabajar con este cultivo hace tres años en una región caracterizada por largos períodos de barbecho: “Hemos logrado lotes de hasta 30 quintales por hectárea con cosecha directa, lo que demuestra que es un cultivo que tiene un muy buen potencial productivo para nuestra región”.
Más allá de los rindes, destacó el impacto positivo sobre el suelo. Explicó que, luego de la cosecha, la colza deja una estructura más mullida que favorece la infiltración del agua y mejora las condiciones para los cultivos siguientes: “La incorporación de cultivos de invierno nos permite pensar en un sistema más intensivo, en el que podamos hacer más cultivos durante el año y aprovechar mejor los recursos que tenemos disponibles”.
Otra de las experiencias compartidas correspondió al sudeste bonaerense, donde el agrónomo Pablo Calviño expuso los resultados obtenidos con camelina y colza. Explicó que el principal aporte de estos cultivos consiste en ocupar un período del año que antes permanecía sin producción, sin desplazar necesariamente a los cultivos tradicionales.
Y destacó que la soja de segunda implantada sobre camelina logra rindes muy similares a los de una soja de primera y que el costo de implantar este cultivo resulta prácticamente equivalente al de mantener un barbecho, con la diferencia de que el lote genera producción, ingresos y mejora el funcionamiento del sistema agrícola: “Lo interesante de estos cultivos es que no necesariamente vienen a reemplazar a los cultivos tradicionales, sino a ocupar un período que antes estaba vacío. Eso nos permite intensificar la producción y aprovechar mucho mejor cada hectárea”.
Más allá de las diferencias entre regiones y planteos productivos, las experiencias coincidieron en una conclusión: la incorporación de colza, cártamo y camelina deja de ser una alternativa experimental para convertirse en una herramienta que permite aumentar la intensidad de uso del suelo, mejorar la sustentabilidad de los sistemas y abrir nuevas oportunidades comerciales.


