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Las elecciones de 2027: obsesión de la política y los mercados

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La política en general y las elecciones en particular son determinantes para las decisiones de consumo e inversión no solo en países emergentes, sino también en las democracias más maduras. Empresas y simples ciudadanos comprendieron que las decisiones de política económica, temas institucionales, cuestiones ideológicas y hasta la geopolítica influyen en la cotidianidad en múltiples dimensiones. Como si no tuviésemos suficientes temas de preocupación, debemos contemplar el cambiante equilibrio de poder en un mundo cada día más caótico, ambiguo e imposible de desentrañar.

Más aún, los gobiernos siempre trataron de influir en nuestras percepciones y orientar nuestras decisiones en contextos electorales con instrumentos de política fiscal y monetaria (recordemos la excelente literatura sobre el ciclo político-económico, en especial de William Nordhous, Alberto Alesina y Thomas Willet). Lo que en nuestro medio se popularizó como “planes platita”, tema que volvió a instalarse en la conversación entre políticos, economistas y empresarios frente a la fatiga y el mal humor social imperante, forma parte de tópicos que desde hace tiempo fueron objeto de análisis sistemáticos por parte de los especialistas. Muchos consideran que es poco y nada lo que los gobiernos pueden hacer, pues los mercados tienden a descontar escenarios y operar en consecuencia. Otros argumentan que la capacidad de los gobiernos de alterar los climas de negocios sigue siendo relevante, aunque no siempre alcancen sus objetivos y con el tiempo deban pagar consecuencias materiales y reputacionales.

Miradas sobre las elecciones de 2027

Así, en estos días tuvimos una evidencia muy significativa de esta obsesión de los gobiernos por influir en la opinión de actores económicos y sociales. Luis “Toto” Caputo opinó en Córdoba que “no hay ninguna chance de retorno del kirchnerismo” para aplacar los temores de reversión de políticas que tanto ruido generan y que se expresan en un riesgo país que se alejó en las últimas jornadas del umbral de los 400 puntos básicos para moverse más cerca de los 500. Al margen de contradecir de manera flagrante la estrategia de polarización que impulsa el Gobierno, se vuelve más interesante cuando escuchamos a su vice, José Luis Daza, en el Pre-Coloquio de IDEA en Rosario: el Gobierno se apresta a acumular unos 10.000 millones de dólares extras en reservas para desalentar la dolarización de carteras, es decir, la corrida cambiaria típica de los años electorales, que en 2025 requirió el auxilio del Tesoro de los EE.UU. “El que apuesta al dólar pierde” es el mensaje de fondo que el Gobierno, una vez más, pretende instalar. ¿Le creerá la sociedad?

Frente a la incertidumbre que generan los comicios de 2027, un debate innecesariamente adelantado por el propio oficialismo, los hermanos Milei comprendieron que era absurdo perder más tiempo y aceleraron las negociaciones con los aliados naturales, comenzando con Pro, para calmar la ansiedad del mercado y otorgar robustez a la oferta electoral “del cambio”. Los últimos traspiés en el Parlamento y un principio de rebelión de los gobernadores aliados (hasta ahora, con posturas dóciles) fueron suficientes para bañar de pragmatismo y borrar las esperanzas de “pureza libertaria” a un gobierno que suele confundir lo permanente con lo transitorio. ¿Estará abierto para enriquecer la narrativa desplegada con condimentos que impliquen dosis, aunque sean homeopáticas, de autocrítica? ¿Será una negociación por cargos, una mera repartija de poder, o habrá predisposición para revisar algunos de los supuestos ideológicos y mensajes que estructuren la propuesta de esta nueva coalición de centroderecha?

Karina Milei y Mauricio Macri

Buena parte del clima con el que arrancará el ciclo electoral 2027 se definirá en el último trimestre de este año, y no solo por lo que pase en nuestro país, fundamentalmente en materia económica, sino por procesos ajenos a la voluntad de los protagonistas de la vida nacional. En particular, los comicios que se desarrollarán tanto en Brasil, donde está en juego la apuesta más fuerte y polémica que hizo hasta ahora Milei, la candidatura de Flavio Bolsonaro, como en sus dos aliados más importantes, Israel y los EE.UU. (lo que, con una pavorosa simplificación, el oficialismo denomina “Occidente”). De acuerdo con los resultados, tendremos un Milei fortalecido, invariable o debilitado.

Predecir es imposible: apenas debemos contentarnos con la especulación y la elaboración de hipótesis contingentes. ¿Tendrá Lula su cuarto mandato, convirtiéndose en un récord mundial, igualando la performance de Franklin D. Roosevelt (1932, 1936, 1940 y 1944, aunque falleciera al año siguiente, antes de la enmienda 22 de 1951, que estableció un máximo de dos períodos)? Otros líderes que alcanzaron logros similares (Hugo Chávez, Daniel Ortega, Alexander Lukashenko) no lo hicieron a través de procesos electorales libres y justos, o aprovecharon dictaduras con elecciones amañadas, como ocurre en Rusia. Y, en caso contrario, ¿podrá la derecha brasileña consolidar un polo de poder que materialice y potencie los avances logrados en el nivel estadual y local? ¿Cómo procesará la centroizquierda la crisis de liderazgo que atraviesa y que explica en gran medida la perdurabilidad de la influencia del propio Lula?

Lula da Silva y Donald Trump

La situación en Israel no es menos confusa. Los comicios del 27 de octubre encuentran al primer ministro Bibi Netanyahu con un evidente desgaste, pese a lo cual sigue teniendo chances de retener el poder. El actual parlamento (Knesset) será el primero en casi 40 años en completar el período de cuatro años, resultado del contexto que vive ese país luego del ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023. Con una economía en crecimiento a pesar del esfuerzo que implica la guerra en Irán, las operaciones en Gaza, Siria y el Líbano y otras amenazas permanentes, los principales líderes opositores (Yair Lapid, Naftali Bennet y Benny Gant) fueron sorprendidos por la popularidad que adquirió el general Gadi Eisenkot, que parece haberse estancado en las últimas semanas. Con la prudencia que debe predominar en estos casos, los sondeos no permiten determinar un ganador.

Los interrogantes en Estados Unidos no son menos considerables: si se confirman las encuestas que tanto preocupan en la Casa Blanca, ¿se convertirá Trump en un “pato rengo”, con una autoridad limitada y decreciente los últimos dos años de mandato? ¿Entrará el país en una parálisis de gestión, con un enfrentamiento desenfrenado entre los poderes Ejecutivo y Legislativo? ¿Podría eso moderarse si el GOP retiene alguna de las dos cámaras, más probablemente el Senado? ¿Qué impacto tendría en los principales conflictos bélicos que tanta perplejidad generan, en especial en Medio Oriente y en Ucrania, y en la relación con China? ¿Qué pasaría con los principales aliados de Trump en nuestra región, donde amplió su coalición gracias a las victorias de Kast (Chile), Rodrigo Paz (Bolivia), Fujimori (Perú) y De la Espriella (Colombia), que se sumaron a Milei, Novoa (Ecuador) y Peña (Paraguay)? ¿Acotaría un resultado adverso para el magnate su margen de maniobra para respaldar presidentes afines en caso de “necesidad y urgencia”, como ocurrió en nuestro caso hace casi un año?

Las elecciones hacen la diferencia en todas partes. Pero en muy pocos países el resultado implica un cambio tan severo, profundo, complejo y decisivo como en el nuestro, donde a menudo las opciones producen un escenario binario en el marco de una dinámica cortoplacista y de incertidumbre permanente. A más de un año de los próximos comicios, los actores políticos y sociales se enfrascan en especulaciones para, según los escenarios posibles, desplegar estrategias que les permitan acotar riesgos y maximizar ganancias. Llegó la hora del pragmatismo extremo, la flexibilidad y las negociaciones: se resienten los caprichos, la ideología y los prejuicios. La “rosca” en su máxima expresión.

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