📍 Buenos Aires 26°C ☀️
Cargando pronóstico...
- Publicidad -spot_img
InicioActualidadLas aspiraciones imperialistas de Erdogan y la estrategia que inquieta cada vez...

Las aspiraciones imperialistas de Erdogan y la estrategia que inquieta cada vez más a Occidente

- Publicidad -spot_img

PARÍS.– Desde el pacto de defensa sellado en La Meca con Riyad e Islamabad hasta su intervención militar directa en Somalia, pasando por su turbio papel como centro logístico para la flota fantasma rusa, Turquía despliega desde principios de 2026 una política exterior de una densidad sin precedentes. Una estrategia que responde a la ambición neoimperial de su líder, Recep Tayyip Erdogan, cuyo sueño es convertir a Ankara en el eje imprescindible entre Europa, Rusia, el Golfo y África.

Un pacto de defensa mutua firmado en La Meca con Arabia Saudita y Pakistán. Cazas F-16 turcos desplegados en suelo somalí contra los al-Shabaab. Un corredor ferroviario hacia el Golfo que esquiva la Siria post-Assad y Jordania. Una flota de petroleros bajo banderas de conveniencia que transitan por el Bósforo para seguir abasteciendo la economía de guerra rusa… En cuestión de meses, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan ha multiplicado gestos que, sumados, dibujan una política exterior tan tentacular como ambigua: la de un país que se niega a elegir bando porque ha convertido esa misma neutralidad en el pilar de su poder.

El príncipe heredero saudita, Mohammed bin Salman, recibe al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en La Meca, Arabia Saudita

Política de Estado cuidadosamente diseñada

Nada de esto es fruto de la improvisación. Desde principios de la década de los 2000, la política exterior turca responde a una matriz teórica precisa, forjada por Ahmet Davutoglu, académico que llegó a ser ministro de Relaciones Exteriores y, posteriormente, primer ministro de Erdogan. En su obra fundacional Stratejik Derinlik (Profundidad estratégica), publicada en 2001, Davutglu sostiene que Turquía, heredera geográfica y civilizatoria del Imperio otomano, posee un potencial de influencia natural sobre los Balcanes, el Cáucaso, Medio Oriente y el norte de África: un espacio que coincide, en mayor o menor medida, con las antiguas fronteras de la Sublime Puerta.

Este marco intelectual terminó transformándose, dos décadas después, en política de Estado. Ya no se trata de una nostalgia imperial difusa sino, como resumió un artículo reciente de La Libre, de “una matriz ideológica llamada a sustituir progresivamente el relato republicano de Atatürk”. El laicismo kemalista ha cedido el paso a una narrativa nacional que concilia el poderío militar, la identidad sunita y la soberanía económica.

Erdogan ofrece una conferencia de prensa tras la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, en Ankara, Turquía

“Esta síntesis permite a Ankara presentarse simultáneamente como aliado de la OTAN, protector de las causas sunitas, socio comercial de Rusia y proveedor de armamento de bajo costo para la mitad de África, sin que estos roles entren, a ojos de los líderes turcos, en contradicción”, analiza el geopolitólogo Frédéric Encel.

Pero el giro más espectacular del verano vino del Golfo. El 7 de agosto de 2026, en La Meca, Erdogan, el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif firmaron un acuerdo de defensa trilateral que incluye una cláusula de seguridad mutua al estilo de la OTAN. Oficialmente, el texto responde al estancamiento del conflicto entre Estados Unidos e Irán, a la incapacidad de Washington para asestar un golpe decisivo a Teherán y a las persistentes amenazas en el estrecho de Ormuz y el mar Rojo.

“Extraoficialmente, el acuerdo consagra el surgimiento de un bloque sunita armado –siendo Turquía y Pakistán las dos únicas potencias nucleares o casi nucleares del eje– capaz de disuadir una escalada israelí contra las infraestructuras sauditas”, precisa Encel.

Erdogan recibe al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, antes de la 36ª cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, en Ankara, Turquía

Ese acuerdo, sin embargo, no surgió de la nada. Fue la culminación de meses de acercamiento construidos pacientemente por Ankara con las tres grandes capitales del Golfo. En junio de 2026, Turquía y Arabia Saudita firmaron dos protocolos para crear un corredor ferroviario que conectaría directamente el reino con el territorio turco a través de la Siria post–Assad y Jordania.

Se trata de una infraestructura presentada como logística, pero cuyo alcance es eminentemente estratégico, ya que ofrece a Riad un acceso terrestre al Mediterráneo que evita tanto a Irak como el estrecho de Ormuz.

El primer ministro británico, Keir Starmer, junto a Erdogan, durante una reunión al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara, Turquía

Pero además, Erdogan aprovechó sus viajes a Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos para invitar a sus líderes a la feria de defensa IDEF en Estambul, donde la industria armamentística turca –con los drones Bayraktar, los blindados Kirpi y los sistemas antiaéreos Hisar– se impone ya como una alternativa creíble a los proveedores occidentales, sin las condiciones políticas que suelen acompañar a estos últimos.

No obstante, esa alianza no está exenta de fragilidades.

Para Gilles Kepel, politólogo especialista del mundo árabe: “Los Emiratos Árabes Unidos e Israel, que se acercaron durante la guerra contra Irán, se muestran cautelosos ante este nuevo bloque, mientras que las persistentes divergencias entre Riyad y Abu Dabi sobre la normalización de relaciones con Israel recuerdan que el bloque sunita sigue siendo, ante todo, una coalición de intereses y no una alianza de valores”.

Los ojos puestos en África

El segundo frente de la expansión turca, más antiguo pero igualmente acelerado, se libra al sur del Mediterráneo. Desde la adopción de una “política africana” estructurada en 2023, el intercambio comercial entre Turquía y el continente pasó de 3000 millones de dólares en 2003 a unos 41.000 millones en 2022, mientras las empresas turcas han ejecutado cerca de 2000 proyectos de infraestructura.

Según el SIPRI, Ankara se ha convertido en el cuarto mayor exportador de armas hacia África, gracias al éxito comercial del dron Bayraktar TB2 –diseñado por Selçuk Bayraktar, yerno del presidente–, que ya equipa a las fuerzas de unos 20 países africanos, desde el Sahel hasta el Cuerno de África.

El papa León XIV junto a Erdogan, en el marco de la visita oficial del pontífice a la Biblioteca Nacional de Turquía, en Ankara

Sin embargo, es en Somalia donde el cambio es más evidente. La presencia turca, basada durante mucho tiempo en la ayuda humanitaria, la reconstrucción y la discreta formación de las fuerzas locales desde 2011, alcanzó un nuevo nivel cualitativo en enero de 2026: Ankara desplegó en Mogadiscio tres aviones caza F–16 y helicópteros de combate, involucrando por primera vez a tropas terrestres en combates directos contra los al-Shabaab.

“De acompañante discreto, Turquía ha pasado a ser un actor militar de pleno derecho en el Cuerno de África, una transformación que recuerda su intervencionismo en Libia en 2020, cuando su apoyo militar directo al gobierno de Unidad Nacional de Trípoli –que incluyó sistemas antiaéreos y ensayos de municiones merodeadoras– alteró el equilibrio de fuerzas frente al mariscal Haftar”, señala Kepel.

Ese savoir-faire libio se está extendiendo ahora hacia el Sahel posfrancés. Tras la retirada de las fuerzas francesas de la región, Ankara firmó en 2025 un acuerdo con Chad para el envío de drones, instructores y técnicos con el fin de asegurar sus fronteras con Libia y Sudán, y contempla el despliegue de asesores militares en Níger.

Erdogan y el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, ofrecen una conferencia de prensa conjunta después de su reunión en el Complejo Presidencial de Ankara, Turquía

Por su parte, la empresa paramilitar privada SADAT, cercana al poder turco, estaría llevando a cabo misiones de formación e incluso de protección cercana hasta en Malí, donde se la vincula con la seguridad del jefe de la junta, Assimi Goïta. Turquía cuenta allí con una ventaja comparativa decisiva frente a la Rusia de los Wagner y, posteriormente, de Africa Corps: ofrece equipamiento llave en mano, sin el estigma de la antigua potencia colonial ni la carga ideológica del Kremlin. Una cumbre Turquía-África, prevista para este año en Trípoli, debía consagrar ese creciente protagonismo.

Se trata, sin duda, del asunto más ambiguo de la diplomacia de Erdogan: el papel que desempeña Turquía, miembro de la OTAN, en la elusión de las sanciones occidentales contra las exportaciones de petróleo ruso. Según datos del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), la mayor parte del crudo ruso enviado por vía marítima se dirige ahora a China, India y Turquía, un desplazamiento que viene acompañado de descuentos comerciales y de cadenas logísticas cada vez más opacas.

De este modo, diversas refinerías turcas que utilizan crudo ruso habrían reexportado productos petrolíferos por valor de cientos de millones de euros hacia países que imponen sanciones.

Erdogan durante una reunión con el presidente interino de Siria, Ahmed al-Sharaa, en el marco de la 80ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York

Más allá del simple refinado, es la propia ubicación de Estambul y el estrecho del Bósforo lo que se ha convertido en un punto de paso obligado para la “flota fantasma”: esos cientos de petroleros envejecidos y sin un seguro adecuado que permiten a Moscú vender su crudo por encima del tope de 60 dólares impuesto por el G7.

Diversos incidentes ocurridos en los últimos meses lo demuestran: un petrolero blanco de un ataque con drones ucranianos en el Mar Negro solicitó asistencia de la guardia costera turca para llegar a sus costas. Otro buque, tras sufrir averías debido a un ataque, encalló frente a la isla turca de Bozcaada.

El presidente chino, Xi Jinping, recibe al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, durante una reunión del Consejo de Jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghái

Según los servicios de inteligencia europeos, citados por el medio especializado Intelligence Online, Ankara se habría convertido en un centro neurálgico del corretaje marítimo vinculado a esta flota de las sombras, junto a los Emiratos Árabes Unidos. Esto ha llegado al punto de que la Unión Europea busca ahora detectar los sospechosos cambios de bandera que transitan por aguas turcas, y a que las operaciones navales europeas IRINI y ATALANTA tengan autorización, desde julio de 2026, para abordar buques sospechosos en el Mediterráneo.

Esta posición ambivalente –aliada de la OTAN por un lado y válvula de escape económica para Moscú por el otro– no resulta contradictoria en la lógica turca.

“Es, por el contrario, la expresión más pura de una diplomacia que ha convertido la equidistancia calculada entre bloques rivales en su principal fuente de influencia”, afirma Encel.

El relato panturanista

El cuarto escenario, de gestación más antigua pero igualmente revelador de las ambiciones de Erdogan, es el del Cáucaso Sur. Tras la victoria militar azerí en Alto Karabaj y el acuerdo de paz firmado el 8 de agosto de 2025 entre Bakú y Ereván, Turquía está presionando activamente para la apertura del corredor de Zangezur –rebautizado bajo el patrocinio estadounidense como “Trump Route for International Peace and Prosperity” (TRIPP)–, el cual conectaría Azerbaiyán, a través del sur de Armenia, con su enclave de Nakhicheván y, desde allí, con territorio turco. El propio presidente turco ya había descartado en 2023 cualquier interpretación estrictamente cultural del proyecto: según sus propias palabras, no se trataba de un “neo-otomanismo romántico”, sino de una política real basada en una nueva visión del orden mundial.

En realidad, lo que está en juego va más allá del trazado de 43 kilómetros. Para Ankara, este corredor abriría un acceso terrestre continuo hacia Azerbaiyán y, posteriormente, hacia la Asia Central de habla turca, lo que supondría la materialización geográfica del relato panturanista que complementa, dentro del programa ideológico de Erdogan, el neo–otomanismo propiamente dicho.

Erdogan junto al ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, y al ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, en Estambul, Turquía

“Panturano” hace referencia al panturquismo o panturanismo, una ideología y un relato geopolítico que postula la existencia de una comunidad de destino entre todos los pueblos denominados “turánicos”. El relato panturano, tal como se estructuró a finales del siglo XIX y principios del XX, sostiene la idea de que los pueblos turcófonos –desde Turquía hasta Asia Central (Uzbekistán, Kazajistán, Azerbaiyán, Kirguistán, Turkmenistán), pasando por las minorías turcas de Rusia, China (uigures) e Irán– comparten un origen étnico, lingüístico y cultural común y que, por ello, deberían conformar un espacio político o civilizatorio unido.

Asimismo, el proyecto de Erdogan consagra el retroceso de la influencia rusa en una región que Moscú consideraba antaño su zona de influencia exclusiva, dado que la guerra en Ucrania ha mermado de forma duradera su capacidad de mediación. Turquía y Azerbaiyán son los principales beneficiarios, en detrimento de Irán, que queda marginado en una región que consideraba estratégica para su continuidad territorial con Armenia.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, con el primer ministro iraquí, Mohammed Shia al-Sudani, en Ankara, Turquía

Tomada en su conjunto, esta secuencia –el pacto de defensa con el Golfo, la intervención militar en África, su ambivalente papel frente a Rusia y su incursión en el Cáucaso– no dibuja tanto un imperio en reconstrucción como una estrategia de “potencia de alternativa”, donde Turquía extrae su fuerza de su capacidad para volverse indispensable ante actores que no se hablan o se enfrentan entre sí. Ankara negocia simultáneamente con Riyad y Doha, vende drones a beligerantes opuestos en el Sahel, sirve de vía de escape para la economía de guerra rusa mientras suministra municiones a Ucrania, y reclama un papel de mediador entre Etiopía y Somalia al tiempo que interviene militarmente junto a Mogadiscio.

El presidente ruso, Vladimir Putin, con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, en el marco de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Astana, Kazajistán

Esta coherencia tiene sin embargo un costo. “Irrita a una parte de los aliados turcos en la OTAN, despierta la desconfianza de Israel y los Emiratos, alimenta las sospechas de evitamiento de embargos de armas en Libia y el Sahel, y sitúa a Ankara en el punto de mira de las sanciones europeas contra la flota fantasma rusa”, señala Encel.

Por último, esa estrategia descansa, estructuralmente, en la figura del propio Erdogan, un hombre dotado de una capacidad de análisis geoestratégico poco común. La mayoría de los analistas coinciden, en efecto, en subrayar el carácter altamente personalizado de las relaciones turco-árabes y turco-africanas, construidas más en torno al contacto directo entre jefes de Estado que mediante alianzas institucionalizadas. Una fragilidad potencial para la era pos–Erdogan, cuya sucesión, a los 71 años de edad, sigue siendo la gran incógnita de este entramado.

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
Redes Sociales
16,985FansMe gusta
61,453SeguidoresSeguir
61,453SeguidoresSeguir
2,458SeguidoresSeguir
61,453SuscriptoresSuscribirte
Interesantes
- Publicidad -spot_img
Ultimas Noticias
- Publicidad -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí