Hay personas que encuentran una vocación y otras que parecen necesitar varias para contar quiénes son. Agustín “Rada” Aristarán empezó con la música, descubrió la magia casi por accidente y, con el tiempo, sumó actuación, comedia, canto y baile. Aunque, si tiene que elegir una definición, él lo tiene claro: es actor. “Siendo actor puedo hacer el papel de todos los demás”, dice.
De Bahía Blanca a los grandes escenarios, construyó una carrera atravesada por el juego y una premisa que todavía conserva: tener siempre “mente de principiante”. Hoy atraviesa uno de sus momentos de mayor exposición, entre el teatro, la televisión y nuevos proyectos audiovisuales, pero asegura que su manera de pararse frente al público sigue siendo la misma: “Cada función que yo hago es la mejor función de mi vida”.
En esta nueva edición de Conversaciones, con Pablo Sirvén, Rada habla de su recorrido, el oficio detrás del entretenimiento, su vínculo con su hija Bianca, el amor, el ego, la ansiedad y aquel ataque de pánico que lo obligó a frenar y reordenarse. Una charla sobre lo que sucede cuando el juego se convierte en profesión, sin dejar de ser juego.
-Si hubiera que definirlo con una sola palabra sería entretenedor, pero gran entretenedor. Talentosísimo entretenedor, actor, mago, comediante, standupero, bailarín, cantante. ¿Qué más sos, Agustín Aristarán? Bienvenido a Conversaciones en LA NACION. ¿Cómo estás?
-Un placer estar acá y un honor que me haya convocado. Creo que “el papá de Bianca” es el título que más me gusta, que más me enorgullece. Y, por supuesto, con todos los demás también estoy súper contento. Cuando me dicen entretenedor, yo creo que soy actor. Siendo actor puedo hacer el papel de todos los demás.
-Si te presentás en algún lugar, ¿ponés actor?
-Actor.
-Yo puse mago.
-El mago está dentro. Robert-Houdin, el padre de la magia moderna, decía que el mago era un actor haciendo el papel de un mago. Yo creo lo mismo. Creo que la magia, la técnica, en definitiva, es un 20% de lo que uno tiene que hacer. El secreto es el 20%. Todo lo demás es lo que pasa alrededor de ese truco. Pero sí, sin duda es actor.
-Ahora vamos a retomar seguramente el tema de la magia con más amplitud. Pero contame un poco de tu marca, que fue teniendo distintos cambios: de Radagast a Rada, Soy Rada…Ahora en Otro día perdido siempre decís “soy Rada, pero soy Agustín Aristarán”. ¿Quién querés ser o que recuerde la gente? Rada es una marca ya medio impuesta.
-Creo que ya es Rada. Radagast, yo lo conté muchas veces, era un personaje de un cuento muy famoso, El Señor de los Anillos, y llegamos a un acuerdo legal entre las marcas. Nos tiramos un par de hechizos entre magos y hechiceros y llegamos a un acuerdo en el que yo ya no me llamaba más Radagast, lo cual es algo que también venía buscando.
Cuando tenía 12 años y me transformé en mago, un poco sin quererlo o buscándolo, me puse un nombre artístico porque había que tenerlo. Después me di cuenta de que Agustín Aristarán suena muy de mago. “Tarán, Agustín Aristarán”, estaba muy bien ese nombre. Pero ya tenía ese nombre y ahí quedó. Lo reduje a Rada.
-¿Y te hicieron un favor con el juicio?
-Me hicieron un favor, recontra. Lo dije varias veces. Y después, Agustín Aristarán es mi nombre. Soy eso, soy Agustín Aristarán. Me gusta que me digan Agustín. Cuando alguien me dice Agustín, presto más atención. Rada es el personaje de la calle. Pero cuando alguien me dice Agustín digo: “Ah, mirá. Qué bueno, me conoce”.
-Bueno, Agustín. A pesar de que vos decís que es tan simbiótico ser actor y mago, ¿qué apareció primero en ese chico?
-La música. La música fue lo primero de todo. Tuve una infancia de película porque iba a lo de Tito Piqué, en Bahía Blanca. Un señor que tenía una gran casa, gigantesca, en el centro de la ciudad, donde enseñaba jazz tradicional a niños.
-¿Tenías qué edad?
-Seis o siete. Iba a primer grado o segundo grado. Fue por recomendación de un gran amigo nuestro, Milton Amadeo, ex Mambrú, gran músico, que iba a tocar jazz ahí todas las tardes. En vez de ir a fútbol, vóley o natación, sus padres lo mandaban ahí y mis viejos decidieron copiar esto.
-¿Por pedido tuyo o porque dijeron “al nene hay que mandarlo”?
-Empezó mi hermano. En mi casa no había instrumentos, no existían los instrumentos. Había mucha música porque mi viejo era muy melómano. Lo llevaron al mediodía, lo fueron a buscar a la tardecita y estaba tocando el contrabajo. Tocaba el contrabajo y fue como: “Yo quiero estar acá”.
Había un montón de pibes de mi edad tocando jazz y ese lugar estaba detenido en el tiempo. Tito tenía una forma de enseñar música que era a través del juego, de fábulas y de historias increíbles que pasaban en su casa, con fantasmas y demás. Y a través de eso nos explicaba el jazz tradicional de la década del 20 o 30.
-O sea que antes de mago y de actor fuiste músico.
-Músico. Yo tocaba la batería y aparte era el presentador de la banda, porque tocábamos en festivales de jazz por todo el país. Una cosa muy rara: niños que tocaban jazz. Era medio freak. Éramos pendejitos y jugábamos a la escondida en los teatros mientras estaba sonando la Traditional Jazz Band de Rosario. Nosotros estábamos dando vueltas hasta que llegaba nuestro momento, tocábamos y seguíamos jugando a la escondida. O estábamos en la jam session hasta las siete de la mañana con viejos jazzeros y cada tanto uno de nosotros tocaba la trompeta, la batería… Una locura.
-¿Y qué aparece después? ¿El actor o el mago?
-Después aparece la magia. Como yo era el presentador y tenía una cosa medio histriónica, Tito me había puesto en ese lugar. La magia aparece por mi padrino, que me hacía un solo truco con una miga que desaparecía del dedo, y me regala una caja de magia. Papá Noel se confunde de regalo y eso me cambió.
Yo era muy fanático de los circos, de mirar en mi casa un programa que daban en TV Quality, un canal que ya no existe hace muchos años. Los domingos a las dos de la tarde había un programa que se llamaba Magia y circo y pasaban números. Era una recopilación de números de payasos, de magos, y yo veía ahí la magia y me maravillaba.
Empecé a jugar a que era mago sin serlo, aprendiendo con algún libro que conseguía en la biblioteca de mi ciudad, algún mago que caía a Bahía Blanca y yo lo atormentaba con preguntas, comprando trucos a Buenos Aires por correo. No existía YouTube ni Internet.
Pero, a su vez, empecé a estudiar teatro, canto, baile, danza, malabares, para entender otras cosas de alrededor. Entonces mi formación de mago fue más de todo lo de alrededor que de la magia. La magia era una excusa para hacer todo lo demás. Y creo que me puse el título de mago porque ponerme el título de entretenedor o de payaso era raro.
-¿Cuántos años viviste en Bahía Blanca, además de haber nacido ahí?
-Hasta los 19 años.
-Un montón.
-Sí, un montonazo.
-¿Y vas?
-Voy. Ahora dentro de poquito voy. Siempre que tengo un poquito voy a visitar a mis viejos, mi hermano, mi sobrino y amigos. Voy menos de lo que quisiera, pero voy.
-Hace poquito saliste de las vacaciones de invierno, de una temporada intensa. Ya es la tercera que tenés, con un año intermedio, de comedias musicales…
-Primero Aladín, Matilda, School of Rock y Charlie y la fábrica de chocolate.
-¿Y cómo es esa intensidad? Porque empiezan con funciones normales, pero cuando empieza el período de vacaciones extremo son dos funciones y a veces tres.
-Casi siempre son tres y a veces son dos. Fueron 17 funciones semanales.
-Y además el peso de ser protagonista, que estás prácticamente todo el tiempo en escena. ¿Qué pasa ahí?
-Se frena la vida y entrás en un limbo maravilloso de alegría, cansancio, euforia y amistad. Se genera una cosa muy familiar, sobre todo en este espectáculo. Y aparte el ensamble, el grupo creativo, ya es mi familia. El grupo de productores también. Este ya es el quinto proyecto que hacemos juntos. Chanta también lo hacemos con ellos.
-Hay una gran ventaja porque la letra casi no se olvida más, porque es un ejercicio constante. Pero, por otro lado, hay un desgaste físico extremo.
-Bajé mucho de peso haciendo las funciones. Es el mismo rendimiento que necesita un deportista de alto rendimiento para hacer ese tipo de funciones, tanto para el ensamble como para los actores. Sobre todo mi personaje, Willy Wonka, que estaba mucho en escena y era muy físico. Tiene una energía muy arriba.
Realmente tenía que estar preparado de antes. Yo me preparo mucho porque entreno mucho, me alimento bien y tomo las vitaminas que tengo que tomar.
-¿Y dormís bien?
-Trabajé mucho para poder dormir. De verdad lo entrené para poder dormir las siete horas y media.
-¿Cómo entrenaste? A ver si tirás un consejo para la gente.
-Fui a médicos que me ayudaron a entender. Hace un tiempo que estoy en el mundo de la medicina ortomolecular, que es suplementarte con un montón de vitaminas y demás. Y eso también te ayuda a dormir. En el momento en que hay que bajar, hay que bajar. Hay un montón de cosas que hago.
-Hiciste tres personajes muy distintos: Tronchatoro en Matilda, que además tenías que cargar con una cantidad de maquillaje y peso. Después hiciste al músico echado de una banda de rock que va a dar vuelta una escuela. Y ahora Willy Wonka, el dueño de la fábrica de Charlie. Cuando juntás esos tres, ¿qué te surge?
-Primero, lo que me surge es: qué suerte que tengo de hacer tres personajes tan icónicos, que todo el mundo reconoce, y que encima me den la libertad para poder hacerlo a mi manera. Porque no fueron espectáculos en los que yo fui a imitar a las películas, a Tronchatoro o a Jack Black. Fueron muy personales las formas de hacerlos, pero entendiendo que cuando los vas a ver, los reconocés y son esos.
Y en todos pude encontrar lo que para mí más me convoca del teatro, que es lo que más me apasiona de todo lo que hago. Todo lo que hago, lo hago para poder hacer teatro. Es la posibilidad de jugar con el personaje, desarmarlo y romperlo todo para crear una nueva versión de ese personaje que quiero hacer.
-Hay una explosión evidente de tu figura a partir de Otro día perdido, el programa que hacés con Mario Pergolini y Evelyn Botto. Pero vos tuviste públicos muy intensos desde hace mucho tiempo. En televisión, nada más y nada menos que con Jorge Guinzburg en Mañanas informales, allá lejos, en 2006, 2007…
-2006. Mi hija estaba recién nacida. Hace casi 21 años. Después por Telefe también pasé, en ¿En qué mano está?. Tuve una aparición fugaz conduciendo un programa en el 13. Siempre me gustó la tele, entrar y salir.
Yo creo que lo que pasó con Otro día perdido es que se dieron un montón de variables e hicieron que este programa sea muy interesante para la gente, que lo elijan tanto, lo vean y haga tanto ruido. La vuelta de Mario fue un acontecimiento. Y es un Mario completamente diferente al Mario que conocíamos, con la misma esencia. Entonces eso es espectacular.
-Es interesante esa conducción tripartita. Si bien Pergolini es como el dueño de la orquesta, tiene dos laderos que aportan mucho y distinto.
-Sí. Y eso, por supuesto, sin quitarme mérito ni a mí ni a Evelyn, es responsabilidad de Mario también. Mario te deja la pelota ahí en el medio siempre para hacer el gol. Él arma el juego. Estoy haciendo una analogía con el fútbol, cosa que no es mi palo porque no sé nada de fútbol y no me interesa para nada, pero Mario deja siempre ahí la bocha para que hagamos el gol.
Es un tipo muy generoso y él me lo dijo desde el primer momento cuando me convocó a este proyecto: “A mí me interesa que brillen los que están al lado mío, porque de esa manera también brillo yo”. Entonces, desde ese lugar, Mario, Ale Borenstein, Goebel, Kune, todo el equipo, realmente laburan para que los que estamos ahí adelante brillemos.
-También está el aporte de Borensztein. Es un programa muy libreteado, aunque no lo parezca a veces.
-Sí, pero también hay una parte de mucha libertad en el aire. Nosotros tenemos el libreto, tenemos un teleprompter, aprendimos a laburar con teleprompter, pero hay mucha libertad también para jugar. Y eso está buenísimo.
-¿Y qué cambia, por ejemplo, de Laila Roth el año pasado a Evelyn Botto ahora?.
-Sí, es distinto. Laila tenía el espíritu del stand up, del remate constante, de entender el chiste automáticamente y poder rematar. Evelyn tiene, creo, la carta del histrionismo y otras herramientas para poder encantar a la cámara. Es maravillosa, es gestual, es una metralladora de talento. Entonces es espectacular tenerla ahí.
Laila decidió dar un paso al costado. No hubo ningún problema. Ella quiso ir por otro camino, no le interesaba la popularidad ni que la reconozcan en la calle. Entonces creo que estaba en el lugar menos indicado para eso. Pero creo que fue un gran momento también del programa cuando estaba Laila. Laila es espectacular.
-Y la banda también tiene su aporte.
-Gran banda. Eso también me da mucho orgullo porque es mi banda, son mis músicos de mi proyecto musical. Cuando Mario me convocó me dijo: “También quiero que venga tu banda”. Y eso fue buenísimo. Me dio mucho gusto llamar a Charlie, el director de la banda, y decirle: “Loco, ¿están para subirse a este barco?”.
Y suena cada vez mejor. La gente se copa también con eso. Todo lo que se escucha está en vivo. Entonces eso también es espectacular. Que un programa de TV abierta tenga la posibilidad de tener músicos en vivo, que suenen muy bien y que no solamente los músicos sean muy pro, sino que también el sonidista sea un sonidista pro de bandas, los equipos que se usan… Eso también es el estilo de producción de Boxfish, que hace sentirte que estás en la NBA. Y, en definitiva, estamos en la NBA.
-Es interesante también lo que hacen de la doble entrevista. Tenés una entrevista de mucho impacto, con una figura popular conocida, y después una segunda con alguien que no es tan conocido, pero que quizás tiene un gran aporte a la comunidad, ya sea científico, docente…
-Es muy interesante que esté pasando esto en TV abierta. Me parece súper interesante y que esté siendo visto también.
-¿Es verdad que Mario dijo que no haría una tercera temporada si vos no estás?
-No sé si dijo eso, no tengo ni idea. Yo no lo escuché.
-¿Pero hay tercera temporada?
-No lo sé tampoco. A mí no me convocaron. Me preguntaron cómo era mi año. El año que viene es muy, muy intenso.
-¿Podés adelantar qué cosas tenés?
-Te cuento que voy a estar rodando una peli en el verano y una serie que me voy al exterior a grabar también. Son dos protagónicos muy lindos. A principios de año estoy afuera rodando una serie.
-¿Y teatro? ¿Retomás Chanta?
-Chanta lo retomo ahora, el 17 de septiembre. Es una obra que me tiene muy feliz.
-La vi. Muy buena.
-Es una comedia oscura con libro de Cohn, Duprat y Becerra, con dirección de Marcelo Caballero, y me tiene súper entusiasmado volver a hacerla. Yo la había despedido en Mar del Plata, donde la viste vos. Ya estaba, se terminó. Pero en Mar del Plata me reenamoré de la obra haciéndola y dijimos: “Che, hagámosla dos meses y medio más”. Y realmente después no la puedo hacer más.
-Ahora, qué diferencia. Venís de un ensamble enorme de gente y ahí estás solito.
-Solo, con un gran equipo atrás. Esa obra no se podría hacer si no hubiera muchísima gente atrás. Porque tiene cambios de ropa y de estética. Es la vida de una persona contada al revés, desde el día de su muerte hasta antes de nacer. Entonces paso por una puerta y tengo nueve o diez años menos. Sin ese dispositivo escenográfico y toda la gente que está atrás no lo podría hacer. Pero sí, es muy loco pasar de un equipo de 30 personas en escena a estar solo.
-¿Y teatro el año que viene?
-Hago otra cosa que todavía no te puedo contar. Te lo puedo contar fuera de aire, pero acá todavía no.
-Contame algunos secretos generales o códigos que sí o sí debe tener un buen mago.
-Sí o sí tiene que entretener. Eso no quiere decir hacer reír: entretener. Tiene que ser un buen dialoguista también. Tiene que realmente controlar la atención del público.
-¿Es un encantador?
-Somos mentirosos y somos chantas.
-¿Y hay alguna diferencia entre mago, ilusionista y prestidigitador?
-No, es lo mismo dicho de otra manera. Lo que pasa es que en algún momento se empezó a decir “ilusionista” porque también el mago estaba como muy devaluado. Yo soy orgullosamente mago, pero también puedo ser ilusionista y también puedo ser prestidigitador.
-Cocinero, chef.
-Exacto. Lo que pasa es que cuando se dice “mago” se entiende que es el mago de eventos infantiles, el mago que va por los eventos. Yo lo hice durante muchos años y a mucha honra. Ahí es donde más aprendí, laburando en eventos. Llegué a hacer ocho eventos por noche. Un delirio de cantidad de shows: una comunión, un bar mitzvah y del bar mitzvah a un casamiento, una fiesta, una empresa…
-Y nunca faltó trabajo. ¿Siempre te lo fabricaste?
-Siempre lo busqué. Siempre me sentí en el mejor momento haciendo eventos infantiles. Yo me sentía en mi mejor momento y realmente lo siento así. Hoy estoy en mi mejor momento, y espero que el año que viene diga: “Ahora estoy en mi mejor momento”.
-¿Es difícil hacer magia?
-Sí, la magia es muy compleja. Tiene muchísimas cosas que atender a la hora de hacer magia. No es la velocidad de manos. Eso es mentira, no se necesita velocidad de manos. El claro ejemplo fue René Lavand, de quien tuve la suerte de ser alumno. Encima le faltaba una mano y lo hacía muy lento. Te demostraba que no se podía hacer más lento.
Entonces la magia tiene un montón de puntos de vista a tener en cuenta. Uno de ellos es lo que te decía hoy: entretener. La dignidad escénica. Y la sorpresa funciona igual que el humor: pensás que va a pasar una cosa y termina pasando otra. El cuerpo descarga y por eso se ríe.
-Y además el manejo del cuerpo…
-Entender que para donde yo pongo mi cuerpo, el público va a mirar. Por eso es un arte muy complejo, muy hermoso y es inagotable.
-¿Y qué pasa cuando, como decía el gran Tusam, “puede fallar”?
-Sí. Lo interesante de la magia es que nadie sabe cómo va a terminar el truco. Entonces hay un montón de salidas. De hecho, hay efectos de magia que son muy riesgosos, difíciles, y vos tenés muchas salidas diferentes. Si esta no sale, vamos por la segunda. Hay diferentes finales.
-Estar en pareja con alguien que también está en el mundo del espectáculo y con trabajo intenso, como Fernanda Metilli, que ahora está haciendo Berlín Berlín, a veces con horarios encontrados, superpuestos, con agotamiento físico… Ustedes no conviven. ¿Cómo se lleva esa vida? ¿Cómo hacen?
-Muy bien. La verdad es que no somos una pareja tradicional, por suerte. No convivimos.
-¿Cuánto tiempo llevan?
-Doce años.
-Un montón.
-Una bocha. No convivimos, nos hacemos los tiempos para vernos. Hay momentos en los que realmente nos vemos muy poco. Durante toda mi temporada de Charlie y la fábrica de chocolate yo no vi a nadie. No es que no la veía a ella, no veía gente salvo los que estábamos adentro. Y a todos nos pasaba lo mismo.
-Estabas como en un entrenamiento de la Selección Argentina.
-Obvio. Dormía, teatro; dormía, teatro. Entraba al teatro a las 13 y me iba a las 12 de la noche. Me iba a mi casa a dormir, comía entre funciones y volvía a dormir. Pero se hace. Tenemos una gran relación, por momentos por WhatsApp, pero nos vemos. Comemos mucho juntos después de los teatros. Salimos, nos encontramos a comer. A veces voy a dormir a su casa, a veces viene a mi casa.
-¿Qué te gustaría hacer? ¿Cuáles son tus proyectos a largo plazo?
-La actuación me está convocando mucho. Es lo que estoy haciendo últimamente más. El drama es algo que me gusta, que he hecho poco, pero me copa y creo que estoy mutando para ese lado.
Por supuesto que mi vida como entretenedor y mago sigue estando, aparte de músico también. Pero hoy lo que más estoy haciendo es actuando y es lo que siempre busqué desde que soy muy pibe.
-Y haciendo películas, como decís que tenés pronto. E hiciste casi el trabajo póstumo con Beto Brandoni, Parque Lezama.
-Sí, eso fue una locura absoluta. Cuando me convocó Juan Campanella fue delirante que me llamara él para esa obra, encima ese texto, y llevarlo a la pantalla con Beto y Eduardo Blanco. Fue un delirio.
De hecho, me pasó que en un momento estábamos ensayando en el teatro la escena que íbamos a grabar y me fui. Necesitaba contarle a alguien: “Estoy ensayando una escena con Brandoni y me está dirigiendo Campanella”. Era absurdo, era abstracto todo.
Y grabando en Parque Lezama, propiamente dicho, en la locación, en una escena me quedé en blanco viendo a Brandoni diciéndome el texto. No pude seguir.
-La película tiene ese sabor. Yo la vi antes de que muriera Beto, este verano, y tenía como una cosa de despedida. Cuando él mira a cámara y habla, el discurso de los viejos…
-Totalmente. Lo sentimos el día de la avant-première, que la vimos todos también. Yo sentí una cosa ahí de despedida, de verdad. Y me guardo esa medalla. Si bien la peli son ellos dos, mi escena es bastante larga y haber tenido la posibilidad de laburar con él en una escena tan conmovedora es un regalazo.
-Y a vos además te tocaba el personaje que cuestiona un poco el paso del tiempo, la modernidad…
-Y el que quiebra la situación. La pelea con Menéndez Robert, que es mi personaje, es cuando ellos se empiezan a unir para ir en contra del mal, que vendría a ser yo. Entonces eso fue súper interesante.
-Al principio de esta charla hablaste de Bianca. Hablame de Bianca.
-Soy muy fan de Bianca. Muy fan. Me cae muy bien mi hija. Sí. Podría haber pasado que no. Mirá si no te cae bien un hijo, es un bajón. Mi hija me cae muy bien.
-Pero vos la subiste al escenario ya de muy chiquita.
-De muy chiquita.
-Sí, influiste un poco…
-No sé. Yo también era muy chico. Crecimos juntos con Bianca.
Claro. ¿A qué edad la tuviste?
-A los 21, 22 recién cumplidos. Bianca se crió atrás de un escenario, viajando conmigo. A veces me acompañaba a giras o a eventos. Me acuerdo de que muchas veces se venía a Perú conmigo sola y tenía cuatro o cinco años. Eso hasta el día de hoy lo mantenemos: viajar solos. Inclusive estando juntos con la mamá, nos íbamos solos de viaje con Bianca. Recorrimos gran parte juntos. Es espectacular.
Ella está armando su carrera de actriz muy diferente a cómo armé yo mi carrera de actor, y eso me encanta. Está en un plan académico, estudiando Arte Dramático en la UNA, y me tiene súper orgulloso.
-O sea, se sigue formando. ¿Y música también?
-Toca un poco de piano, pero como hobby. Ella está full actriz, laburando también con sus redes sociales, con sus proyectos de blogs en YouTube y tiene un podcast. Está buscando sus propias herramientas, sus propias datas.
-¿Y aprendés cosas de ella ahora?
-Mucho, un montón. Desde que es muy chica me da mucha data. Me viene con cosas: “Tenés que hacer esto”, “Mirá esto”, “Ahora está pasando esto”. Me corrige cómo me visto. Me ayudó mucho, me actualiza todo el tiempo. A deconstruirme en un montón de cosas. Yo nunca me consideré un tipo machista, pero, por supuesto, estaba en una cultura que está en constante aprendizaje. Y Bianca me decía: “Che, viejo, ¿vos te das cuenta de lo que estás diciendo en este stand up? Esto no está bien”. Me lo analizaba siendo muy chiquita y eso me parece espectacular.
-¿Les complica un poco? Hubo un par de situaciones, para mí nada grave, pero esto que vos decís: a veces la corrección política se pasa, no se pasa. Y con Mario, que es políticamente incorrecto… ¿Han tenido situaciones?
-Sí, algunas situaciones hemos tenido.
-¿Y cómo las manejan? ¿No les dan tanta pelota?
-Las primeras veces a mí me afectó. No estaba acostumbrado a que muchísima gente esté cuestionándome.
-Esa parte fea de la fama. Porque además te interpelan, te reconocen.
-Pero también hay un gran equipo de contención adentro del programa. No es como: “Bueno, es un quilombo, ustedes fíjense”. Se charla mucho, se habla. Las alarmas que hemos tenido nos hicieron también replantear algunas otras cosas que vinieron después.
Pero la verdad es que yo no abro las redes para ver qué están diciendo de mí. Lo aprendí hace poco. Por ejemplo, nunca googleé mi nombre o busqué en Twitter, en la lupita, “Rada”, “Agustín Aristarán”.
-¿Nunca en la vida?
-No, googlearte para ver qué están diciendo, no, eso no lo hice nunca.
-¿Por miedo? ¿No te da curiosidad?
-No, no me da curiosidad porque sé que me voy a encontrar con algo feo y voy a querer explicarle: “Pará, estás diciendo cualquiera. Esto no tiene nada que ver”.
-¿Pero redes tenés?
-Sí, redes tengo un montón.
-¿Y las hacés, las largás y no leés?
-Una cosa es leer los comentarios. Otra cosa es buscar qué están diciendo de vos.
-Porque a veces los comentarios también vienen muy…
-Sí. Y en los momentos en que hubo alguna cosa que no gustó, pasa. A veces yo digo un comentario que está mal. Pero otra cosa es ir a Twitter y buscar al que no te arroba y habla sobre vos. Eso yo no lo hago.
-Eso tiene también que ver con que hay un tema que no sé si es como el colesterol, el colesterol bueno y el colesterol malo, que sería la vanidad. La vanidad en principio es mala, pero yo creo que el artista algo tiene que tener, porque si no te morís de miedo arriba del escenario.
-El artista que te diga que no tiene ego está mal. Yo me subo al escenario para que me aplaudan, para que me griten: “Maestro, genio”.
-Y además vos subís al escenario y decís: “Me voy a devorar esta cancha”.
-Sí, me los meto en el bolsillo a todos. Cada función que yo hago es la mejor función de mi vida.
-Sos el Messi de…
-No, Messi, pero más arriba. No importa qué soy en comparación con otro. Yo realmente, cuando salgo, Pablo, salgo a ganar sí o sí. Necesito ganarme a todo el público porque ese es mi laburo durante esa hora y media, dos horas o lo que dure el espectáculo.
Mi único objetivo es que vos la pases bien, o te interpele, o te angusties, o cual sea el objetivo del espectáculo. Ese es mi laburo. Si fuera cardiólogo y estuviera operando, sería salvar al tipo o a la mina.
-Y ponés todo. No te guardás nada.
-No, obvio.
-Ni aun cuando es la primera de tres funciones.
-Nada, porque ese es mi trabajo. Entonces, si yo veo que en la quinta fila hay uno mirando el teléfono, digo: “Dale, viejo. ¿Qué es eso?”. También puedo pensar: ese tipo tal vez tiene un mal día, no le gustó y está bien. Pero mi objetivo es que la gran mayoría del público que pagó una entrada salga satisfecha y contenta de lo que vivió, o diferente, o conmovida, o lo que tenga que pasar.
-Y es verdad que cada función, cada público, tiene como una personalidad que se vuelve una masa. Después podés tener alguno que otro que desafina. ¿Cómo se mide eso? Esto que dicen a veces de un público más participativo, menos participativo. Vos lo tenés estudiado con tantas funciones.
-Yo soy de los que creen que el público nunca tiene la culpa. Nunca. El que tiene la responsabilidad es el que está arriba del escenario, siempre. Si yo, o el que esté arriba, no logro que la cosa salga como queremos que salga, es responsabilidad mía y de todo el conjunto: de la dirección, de la artística, de todo lo que quieras. Pero los que estamos ahí somos los responsables.
Entonces: “No, el público de hoy era flojo”. No. “Pero eran las tres de la mañana y estaban cansados”. Bueno, vos decidiste hacer un espectáculo a las tres de la mañana con la gente cansada o con la gente borracha en un evento.
Yo en un momento me di cuenta de que no podía actuar después de cierta hora en los shows porque sabía que no iba a andar bien el espectáculo.
Entonces yo también tengo que leer eso y decir: “Ok, yo tengo que cuidar mi producto”. En un momento dejé de trabajar después de cierta hora cuando hacía eventos.
Y en el teatro creo que pasa lo mismo. Si yo sé que el guión es bueno, el equipo está bien, las luces están bien, el sonido está bien, yo ahí tengo que dejar todo para que la cosa funcione. Entonces siento que cuando el público está más abajo es porque pasó algo en el que está ahí arriba que desacomoda un poco el Tetris.
-En Charlie y en las otras comedias también suena la música todo el tiempo. Entonces capaz que es más difícil evaluar, medir. Seguramente en Chanta, que estás vos solo, de frente al público, y hay silencio si no hablás vos, ahí lo advertís mucho más.
-Se advierte siempre. En los musicales también, si el público está conectado o no está conectado. Lo sentís, lo ves, lo percibís. Hay algo interno que entendés qué es lo que está pasando.
-Igual me parece que Chanta, si bien no es de humor…
-Sí, tiene mucho humor. Tiene un humor no feliz. No es una obra feliz.
-Pero produce, por los mismos nervios, a veces, que esperes un poco la reacción. Y esas reacciones no son siempre iguales.
-Lo que pasa es que Chanta tiene un código donde hay chistes a cada rato. Entonces hay una cosa de risa medio constante y hay momentos en los que no hay risa porque no tiene que haber risa.
-Porque es un mazazo lo que está haciendo. Un poco tragando saliva también.
-Claro.
-¿Y es verdad también que el escenario cura? Vos no te habrás subido en todo este tiempo siempre de la misma manera. No sé si tuviste la suerte de tener una salud de hierro, pero capaz te agarra un resfrío, no tenés bien la voz o pasaste una mala noche.
-Sí, yo creo que cura. Es más un… un paracetamol. Un analgésico que ayuda a ver las cosas de otra manera. Sí, en el momento desaparece todo. En ese momento desaparece todo y hay una cosa medio de dopamina, medio de droga. Es hermoso.
-O sea, al revés que el psicoanálisis, que vos llevás todos los problemas ahí. Acá, los dejás en el perchero.
-Yo he hecho funciones con dolores fuertes adentro del alma y de todo, y en el escenario desaparecen. Como también una vez me pasó que me tuve que bajar porque un ataque de pánico se me vino arriba del escenario, en el lugar donde yo creía que tenía todo controlado. Bueno, ahí la mente me dijo: “Acá tampoco lo tenés controlado”.
-¿No fue hace tanto?
-No, el año pasado. Fue después de Matilda.
-¿Y fue fuerte?
-Sí.
-¿En qué espectáculo?
-Revuelto se llamaba, un espectáculo de magia y comedia, en el Tabarís.
-¿Y no te avisó?
-Me venía avisando y yo no me había dado cuenta. También venía negando bastante y arriba del escenario bajó la palanca y dijo: “Hasta acá”.
-Hasta acá llegaste. ¿Qué te pasó? ¿Hiperventilaste?
-Sí, un ataque de pánico hecho y derecho, de libro.
-¿Y cómo lo trabajaste? Porque supongo que debe ser muy bravo decir: “La próxima vez que me subo…”. Eso te da vueltas.
-Ese es otro nuevo ataque de pánico que te da, porque estás teniendo miedo a tener miedo de vuelta.
-Claro. Pero es medio inevitable. Si esto me sorprendió, ¿cómo lo trabajaste?
-Automáticamente llamé a un psiquiatra. No es que dije: “Bueno, voy a esperar a ver si respiro, voy a relajarme”. Yo sabía qué me estaba pasando. Hablé con un psiquiatra y retomé terapia full.
-¿No estabas haciendo terapia?
-No.
-¿Y volviste?
-Volví a terapia.
-¿Y seguís?
-Sí, sigo en terapia. Con tratamiento psiquiátrico ya hace rato que no. Pero sí tuve que tener un momento de entender que había un químico en mi cabeza que me estaba haciendo sufrir. ¿Para qué fui a un psiquiatra? Para que me baje el dolor, la tristeza y la oscuridad con algún remedio. En ese momento era una cuestión de acomodar la nave. Se me había desacomodado.
-Yo tuve un ataque de pánico también hace muchos años. El ataque de ansiedad también es medio parecido en la sociedad actual. Pero con el trabajo que vos tenés, de exposición total… Yo puedo tener un ataque de pánico y digo: “Bueno, la nota la escribo despacito, lloro, me agarro un poco y la sigo escribiendo”. Pero vos estás desnudo.
-Sí, claro. Es complicado.
-¿Y tardaste mucho en volver al escenario?
-No. La semana siguiente. Con un miedo que no entendés, porque tenía miedo de que me vuelva a pasar.
-¿Y te venía el tema mientras estabas actuando? Porque ahí no pudiste dejarlo colgado en el perchero.
-No, ahí no podía. He sufrido muchísimo, mucho, muchísimo. Pablo, no se lo recomiendo a nadie. Es horroroso.
-¿Cuáles fueron los primeros síntomas a los que no les diste bola?
-Ansiedad. Tenía mucha ansiedad. Me costaba dormir. No dormir al cerebro lo destruye. Hay que dormir. Hay que comer y dormir; después, todo lo demás… No soy médico, no voy a dar consejos sobre lo que hay que hacer. Pero sí hay que ir a un médico. Hay que ver a alguien rápido. Alguien tiene que decir: “Vamos a acomodar esto”, para tener la cabeza limpia y ver qué hay que hacer. Te van a decir: “Sí, comprate un hámster, fijate, respirá, poné los pies en el pasto”. Todo sirve, obvio. Pero en el momento de sufrimiento y de desesperación necesitás que venga un profesional y te diga: “Che, te voy a dar un analgésico”, porque los químicos los tenés en cualquiera. Y después sí, ocupate de por qué te está pasando esto.
-Claro. ¿Te había pasado algo puntual?
-Fueron un montón de cosas juntas que tuve que acatar, acomodar y reordenar para que la cosa siga. Son enfermedades que se empezaron a visibilizar más. Son muy silenciosas y son tan tratables como una diabetes o cualquier enfermedad. Y hay que atacarlas. Lo que pasa es que da miedo decir: “Uy, estoy loco. Tengo que ir a un psiquiatra”.
-Bueno, igual no vamos a terminar esta charla con todo esto. Vamos a algo lindo para despedirte. Algo que aconsejes, que recomiendes a los jóvenes que, como vos en Bahía Blanca o en otros lugares, están pensando, les están pasando las cosas que te pasaban a vos de chico o a los 19 años, cuando decidiste venirte a Buenos Aires. ¿Qué les recomendás?
-Pero si se están iniciando en este mundo, que nunca hagan “lo que hay que hacer”. Me parece que ese es el grave error: “Hay que hacerlo porque esto te va a dar más views, más oportunidades, más cosas”. Hay que hacer lo que uno siente realmente que tiene que hacer, por lo menos en la largada, que es el momento de investigación, de ver para qué y por qué lo estoy haciendo.
Realmente no interesa el final de la cuestión. Lo que más me interesa es el viaje, el camino para llegar a un lugar que nunca se sabe cuál va a ser.
-Eso es para los que están en la largada. Ahora, una recomendación quizás para los que ya les está yendo mejor. Debés haber tenido un momento en que decías: “Nadie me llama, no tengo…”. Cuando te va bien, te llaman todos. ¿Y qué hay que hacer ahí?
-Decir que no. No a todos, pero frenar, no volverse loco. Para mí la clave de todo es tener mente de principiante. Cuando vos tenés mente de principiante… Esto me lo dijo una vez mi hermano, a quien admiro mucho, quiero mucho y escucho mucho.
-¿Qué hace tu hermano?
-Es programador, muy groso, egresado del MIT. Músico de jazz.
-Tiene que ir por lo menos a la segunda entrevista de Otro día perdido.
-Mi hermano tendría que ir. Sí. No se anima. Ya le propuse, pero no se anima. Me dice: “No tengo nada de qué hablar”. Le digo: “Tenés un montón de cosas de qué hablar”.
Y él me dijo algo muy importante. Yo era muy pendejo, estaba en un momento muy enloquecido con los japoneses, leía mucho de cultura japonesa, y me dice: “Tenés que tener mente de principiante siempre”.
-¿Qué sería mente de principiante?
-Es el cagazo que tiene un principiante. Nunca creer que sabés. Siempre estar en ese mood: “Tengo que aprender. Tengo que aprender el nuevo proyecto. Tengo que aprender”. El miedo que te da ser un principiante en algo es lo que te hace estar alerta, pendiente de lo que va a pasar, perceptivo y permeable a toda la data que podés recibir.
-Y darte cuenta de si eso que vas a agarrar, aunque sea mucho trabajo, lo vas a poder disfrutar.
-Sí. Y creo que el disfrute es la clave de todo: poder disfrutar de lo que estás haciendo. Y más los que nos dedicamos a esto. A mí me pagan por jugar. Es de película. Yo salgo, me pongo un coso y digo: “Soy Willy Wonka, que tiene una fábrica”. Es un juego. Es ridículo, realmente ridículo.
-¿Soñás con cosas de la actuación? Debe ser una pesadilla entrar a las diez de la mañana, salir a la madrugada y que el sueño de Willy Wonka…
-Sí, recontra. Soñarme y despertar: “Uy, estaba en el teatro. No llegué tarde”. O sea, sueños medio pesadillas.
-Un poquito de ansiedad.
-Un poco de ansiedad hay que tener. Es necesario para estar alerta, para estar pendiente.
-Gracias, Agustín.
-Gracias a vos. La pasé bárbaro. Muchas gracias.


