Autores: Bertolt Brecht (libro) y Kurt Weill (música). Dirección general: Gabriel Calderón. Dirección musical: Annunziata Tomaro. Elenco: Roberto Peloni, Alejandro Paker, Laura Silva, Evelyn Basile, Jessica Abouchian, Juan Cottet, Enrique Dumont, Rocío Noziglia y otros. Escenografía: Lucía Tayler. Iluminación: Fabricio Ballarati. Coreografía: Florencia Viterbo. Vestuario: Vanesa Abramovich. Sala: Teatro Alvear (Av. Corrientes 1659). Funciones: de miércoles a sábado a las 20 y los domingos a las 19. Hasta el 9 de septiembre. Duración: 130 minutos. Nuestra opinión: Buena.
Siempre es un evento plausible cualquier reposición de un clásico de Bertolt Brecht en la Argentina. Por la profundidad de sus textos, por la revulsión de sus historias, por su estilo teatral único y por ese humor irónico que lo tiñe todo. Por eso, había mucha expectativa alrededor de la reposición de La ópera de tres centavos, sobre todo porque el proyecto se convierte en la primera producción conjunta entre el Teatro Colón y el Complejo Teatral de Buenos Aires, precisamente en una de las salas de este último: la del Teatro Alvear. Sin dudas, una iniciativa remarcable que ojalá se convierta en costumbre.
Además, La ópera de tres centavos no es una obra más de Brecht, si es que se podría decir que alguna lo es. Es una de sus dos mejores entregas (junto a Madre Coraje), y la que revolucionó el teatro alemán al final de la República de Weimar (previa al nazismo), al conjugar la ópera con el jazz y el cabaret y demostrar que el teatro musical podía convertirse en una herramienta de reflexión política excepcional. Cuando se estrenó en Berlín en 1928 fue un suceso y desde entonces no ha parado de conocer diversas versiones a lo largo del mundo. Ayuda, también, que contenga temas tan populares como “Mark The Knife” y “Pirate Jenny”, que se han convertido en estándares internacionales y fueron grabados por cantantes como Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Robbie Williams, Nina Simone, Ute Lemper y Michael Bublé. Hoy, claramente, La ópera de tres centavos es una de las obras más emblemáticas del teatro mundial. Está inspirada en la ópera The Beggar´s Opera (La ópera del mendigo), escrita por John Gay en 1728. Brecht transformó la cómica trama original (y sin grandes pretensiones) en una feroz sátira política que cambiaría para siempre la manera de hacer teatro. Para algunos entendidos se trata, directamente, de la mayor crítica marxista al mundo capitalista.

La versión de La ópera de tres centavos que se estrenó el jueves en el Teatro Alvear es la cuarta que se realiza en Buenos Aires. La primera fue en 1957, contó con dirección de Onofre Lovero y fue protagonizada por Walter Santa Ana y Haydée Padilla en el Teatro de los Independientes (hoy Teatro Payró); la segunda, en 1988, fue dirigida por Daniel Suárez Marzal, estuvo estelarizada por Susana Rinaldi y Víctor Laplace y ocupó el escenario de la Sala Casacuberta del Teatro San Martín; y la tercera tuvo vida en 2004, en el Teatro Alvear (como ahora), contó con puesta de Betty Gambartes y un elenco encabezado por Diego Peretti, Alejandra Radano y Walter Santa Ana (sí, el mismo de la primera versión y en el mismo personaje de antaño). Es evidente que, a través de los años, ha existido una relación singular entre el público local y la obra. ¿Por qué será? ¿Acaso porque pasan los gobiernos y lo que denuncia Brecht en su texto se mantiene incólume en la escena social local?
La ópera de tres centavos presenta una crítica demoledora a una sociedad atravesada por las desigualdades sociales, donde criminales, empresarios y autoridades forman parte de un mismo engranaje, donde lo legal y lo ilegal, y lo moral y lo amoral conviven sin ningún tipo de culpa. Su historia gira alrededor de Macheath (o Mark El Navaja), un elegante, carismático y astuto bandido de los bajos fondos de Londres. Su ¿mala suerte? comenzará cuando decide casarse en secreto con Polly, la bella hija del inescrupuloso Sr. Peachum, quien maneja a la miseria como a un próspero negocio (reclutando mendigos que den lástima y obteniendo así dinero para seguir acrecentando su riqueza). La batalla entre los dos será hasta el final y en ella participarán criminales variopintos, prostitutas y policías, a cual más corrupto.
En cuanto a lo estrictamente artístico, el espectáculo tiene más sombras que luces. Eso sucede, fundamentalmente, por una errada decisión de puesta. Históricamente, La ópera de tres centavos se ha presentado en todo el mundo en dos formatos distintos: como un espectáculo lírico y como un musical. En la versión que se acaba de estrenar el jueves sus hacedores optaron por una versión mixta. Y ahí radica su mayor error, ya que la mayoría de los actores principales –con background en musicales, y excelentes performances en ellos- no tienen el training lírico (ni el rango vocal necesario, en algunos casos) para acometer la partitura de Kurt Weill como si fuera una ópera. Por lo tanto, lucen forzados. En ese sentido, las anteriores versiones locales de la puesta fueron más efectivas, porque no se les pidió a sus intérpretes algo que no podían ni debían hacer. De todos modos, es justo destacar dos actuaciones que logran sortear (y muy bien) el inconveniente citado: las de Roberto Peloni, en el rol protagónico de Macheath, y Rocío Noziglia, como Lucy.

El dispositivo escénico tampoco ayuda: es aparatoso e impide a los actores desplazarse libremente por los distintos niveles del mismo. El vestuario no es precisamente vistoso (como en otras versiones), pero matchea con la intención de trasladar la historia a la actualidad. Salvo en el cuadro final, las coreografías son solo desplazamientos grupales. La orquesta de 12 músicos (que no es nombrada en el programa de mano, pero que se infiere forma parte de alguna de las tres del Teatro Colón) salva la noche con su gran desempeño.
Digamos, entonces, que la fuerza de esta versión de La ópera de tres centavos radica fundamentalmente en la vigencia de su denuncia, algo que sí el director puso en relieve y hasta maximizó, sumándole al de por sí virulento texto de Brecht (y a su traducción y adaptación originales, de Annie Reney y Onofre Lovero) alusiones bien contemporáneas como “hoy atacan a los pobres, a los discapacitados y a los jubilados”, que –ideologías aparte- tanto resuenan aquí y ahora.
3 stars


