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Una noticia inesperada a poco de dar el sí y decidir enfrentar lo desconocido: “Si no querés casarte, te entiendo, sos libre”

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A simple vista, Cynthia Confalonieri es una joven médica de 30 años que reparte sus días entre las guardias de adultos, los tratamientos de medicina estética y sus clases de baile y yoga. Nada en su sonrisa ni en su energía cotidiana delata las batallas silenciosas que lleva marcadas en el cuerpo.

Nacida en Federal, Entre Ríos —la reconocida capital nacional del chamamé—, su vida es un testimonio real de cómo el amor incondicional, la resiliencia y la empatía pueden torcerle el brazo a múltiples adversidades.

Criada en el seno de una familia de campo, Cynthia siempre tuvo la certeza de que su destino estaba más allá de los límites de su pueblo. Sin antecedentes de médicos en la familia ni un camino allanado, eligió cruzar de provincia para estudiar Medicina en la Universidad Nacional del Litoral, en la ciudad de Santa Fe.

Junto a sus padres.

Primer golpe

El primer intento de ingreso fue un traspié doloroso: no logró entrar y tuvo que procesar la frustración de ver postergado su sueño. Sin embargo, lejos de bajar los brazos, redobló el esfuerzo, rindió al año siguiente y aprobó. La celebración fue a puro festejo en la casa de su abuela materna.

Los primeros años universitarios demandaron una adaptación compleja a la soledad, a la administración personal y a las exigencias académicas, hasta que en Tercer Año logró afianzarse por completo. Pero fue justo en ese momento, cuando la carrera parecía encarrilarse, cuando el destino le dio el primer gran golpe.

En 2018, a mitad de la carrera, su padre enfermó de gravedad. La familia decidió trasladarlo a Santa Fe para su atención médica y Cynthia, con apenas 22 años y una experiencia hospitalaria incipiente, debió asumir un rol de sostén emocional para el que ningún libro de texto la había preparado.

– ¿Cómo fue ponerte al frente de la salud de tu familia siendo tan joven y aún estudiante?

– Fue durísimo porque era muy chica y para mi familia yo era “la que entendía” por estar en la facultad, cuando en realidad apenas estaba empezando a ver pacientes reales en las prácticas. Me hice cargo de un montón de decisiones complejas en medio de una angustia total. Mi papá falleció en julio de 2018 y, a los pocos días, también murió mi abuela materna. Mi mamá se turnaba para cuidar a ambos en un contexto de caos absoluto. Apenas una semana después del entierro de papá, me presenté a rendir Pediatría y aprobé. Hasta hoy no sé cómo logré preparar una materia semejante; creo que aferrarme al estudio fue mi único mecanismo de defensa para no caer en un pozo depresivo.

La tregua duró poco. A los pocos meses de despedir a su padre y a su abuela, a su madre le diagnosticaron cáncer de colon con indicación de cirugía inmediata. Otra vez Santa Fe, otra vez internaciones y otra vez Cynthia coordinando la logística médica entre guardias, apuntes y exámenes. La intervención fue un éxito, su madre se recuperó y, tras años de remar contra la corriente, en abril de 2021 Cynthia logró jurar como médica con la satisfacción del deber cumplido, aunque con una pesada mochila de duelos acumulados.

Cynthia y Lucas, su gran amor.

Su gran amor

En medio de aquel torbellino inicial de 2018 había aparecido en su vida Lucas. Se conocieron a través de Instagram y construyeron un vínculo basado en la complicidad, el compañerismo y el apoyo mutuo. Con el título en mano y una propuesta laboral para él, decidieron mudarse a Mar del Plata para iniciar una nueva etapa. Allí, Cynthia ingresó a la residencia de Clínica Médica, pero la sobrecarga asistencial, sumada al desgaste emocional previo, desencadenó episodios severos de ataques de pánico y angustia constante. Priorizando su salud mental, renunció al año y medio y comenzó a desempeñarse de forma independiente en diversas instituciones de la costa atlántica.

La pareja se consolidó y, mientras disfrutaban de su estadía en Mar del Plata, comenzaron a planificar su casamiento a distancia. Todo marchaba según lo soñado, hasta que el cuerpo de Cynthia empezó a manifestar señales de alarma que no podían pasarse por alto.

En una de las internaciones.

Síntomas preocupantes

Durante años había convivido con síntomas dispersos a los que nunca atribuyó un origen neurológico: episodios de insomnio, fatiga extrema que a veces la dejaba postrada, mareos, dolores corporales atípicos y cefaleas. Pero a semanas de la boda, un dolor de cabeza persistente e inmune a los analgésicos comunes, sumado al susto por el ACV reciente de una amiga íntima, la llevaron a consultar con una neuróloga. Aunque el examen físico de rutina fue normal, la especialista le indicó una resonancia magnética preventiva.

Confiada en que se trataba solo de estrés preboda, Cynthia demoró casi un mes en abrir el archivo. Una noche, a cuatro semanas de dar el “sí”, ingresó al portal de estudios. El informe arrojaba una frase contundente: lesiones desmielinizantes. Como médica, supo al instante lo que significaba: una altísima sospecha de esclerosis múltiple (EM).

!Hola doctora!

-¿Qué se te cruzó por la cabeza al leer ese diagnóstico a días de casarte?

– Sentí que el mundo se me venía abajo por completo. Leía el informe y parecía pertenecerle a otra persona; sentía que ese cerebro no encajaba con mi cuerpo, que no era mío. Enseguida lo senté a Lucas y le hablé desde lo más profundo: ‘Si no querés casarte, te entiendo y lo acepto, porque no sé la que se viene y no quiero cargarte con esto. No quiero que sientas lástima ni que te quedes por obligación. Sos libre’. Y él se quedó, sin dudarlo un solo segundo. Esa noche reafirmamos que éramos un equipo para lo que viniera.

Rubricando su amor.

“A muchos profesionales les sobra teoría, pero les falta empatía y tacto”

La boda se celebró en noviembre de 2023 en un clima agridulce: Lucas con un cabestrillo por un accidente en moto previo y Cynthia con la mente dividida entre la alegría del festejo y la angustia por los estudios pendientes. La luna de miel quedó suspendida. En enero de 2024, una neuritis óptica en el ojo izquierdo le provocó una pérdida temporal de la visión, sellando formalmente el diagnóstico de esclerosis múltiple.

– Como profesional de la salud, ¿cómo viviste la experiencia de pasar al otro lado y convertirte en paciente?

– Fue un choque de realidad enorme. Uno cree que por ser colega las cosas van a ser más sencillas, pero cuando cruzo la puerta del consultorio soy 100% paciente y necesito contención. Pasé por siete u ocho neurólogos hasta encontrar a mis médicas de cabecera. Lamentablemente, a muchos profesionales les sobra teoría, pero les falta empatía y tacto. Una especialista muy reconocida llegó a decirme, mirando las imágenes: ‘Qué hermosa neuritis óptica tuviste’, fascinada por cómo se apreciaba en la pantalla. Sí, se veía perfecta, pero es una observación técnica para discutir en un ateneo médico, jamás para decírsela a la persona que está sufriendo la pérdida de la vista.

Un momento feliz en

A la incertidumbre médica se sumó el laberinto burocrático. Para acceder al tratamiento de anticuerpos monoclonales que debe aplicarse por vía endovenosa cada seis meses, Cynthia tuvo que recurrir a un amparo judicial y visibilizar su caso para que la obra social garantizara la cobertura de su medicación.

Otro durísimo golpe

Cuando el tratamiento comenzaba a ordenarse, la adversidad volvió a golpear: Lucas sufrió un violento accidente en moto que le causó una fractura de cadera, contusión pulmonar y la pérdida de un riñón, dejándolo al borde de la muerte. Cynthia postergó sus propios temores para acompañarlo día y noche en la terapia intensiva y la posterior rehabilitación. Semanas después, cuando intentaban recomponerse con unos días de descanso, su vivienda en Mar del Plata fue asaltada. Aquel episodio fue la señal definitiva para armar las valijas y regresar definitivamente a Santa Fe, en busca del abrazo y la contención de su red familiar y afectiva.

Instalada nuevamente en Santa Fe, Cynthia trabaja en guardias médicas y en medicina estética, dos ámbitos donde vuelca la sensibilidad y la escucha activa que aprendió de sus propias vivencias. Continúa con una rutina diaria de actividad física que incluye musculación, pilates y baile, respetando los días en que la fatiga neurológica le exige descansar.

Durante la despedida de soltera.

– ¿Qué mensaje te deja este recorrido frente a la adversidad cotidiana?

– Aprendí a valorar lo cotidiano: poder ver, caminar, hablar, trabajar de lo que amo y ser independiente, cosas que damos por sentadas hasta que están en riesgo. Todos los días son diferentes y aprendí a escuchar a mi cuerpo sin castigarme. Hoy mis controles están perfectos y la medicación está funcionando. Mi objetivo, además de seguir capacitándome, es humanizar la medicina desde mi lugar y acompañar a otros pacientes con esclerosis múltiple para demostrarles que un diagnóstico no define quién sos ni te impide construir una vida plena.

Cynthia en su consultorio disfrutando de su trabajo.

– Después de todo este camino recorrido, ¿cuáles son tus sueños?

– Mi sueño de toda la vida es ser mamá, y Lucas también lo desea con todo el corazón. Pero entendí que antes tengo que estar bien yo, así que es un anhelo que simplemente está esperando su momento. Hoy, haga lo que haga, mi sueño principal es vivir en paz y tranquila. Pasé por tantas situaciones límite que mi cuerpo me pasó factura y me obligó a bajar un cambio; no quiero volver a ese lugar de sobreexigencia. Mi deseo es poder disfrutar de las cosas simples, de mis amigas, de mi familia, de poder trabajar todos los días de lo que amo y de formar nuestro hogar.

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