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“Estoy orgulloso de mis orígenes”. Se presenta como “argenchino”, fundó la primera cadena de comida rápida china y llegó al Obelisco

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“Me considero ‘argenchino’. Porque estoy orgulloso de mis raíces chinas, pero nací acá y me siento muy argentino”, explica Tomás Xu. Para argumentar, dice que es fanático del fútbol, amante de los asados y los mates amargos. Tiene 28 años y, como cocinero, busca revolucionar la gastronomía porteña y derribar prejuicios con un modelo de comida rápida que refleja el orgullo por su herencia cultural.

Historias - Tomas Xu, dueño de Shanghai Express. Calle Corrientes, CABA.

Tomás es la primera generación en su familia que nació en la Argentina. Sus padres llegaron al país a finales de los ’80 en busca de oportunidades. “Al año de nacer, mis papás me enviaron a vivir a China para que me criaran mis abuelos maternos, para no perder el idioma y la cultura. Es una costumbre de muchos chinos de acá, porque hay maneras de pensar y de comportarse que no son ni buenas ni malas, simplemente son diferentes. A los 8 años regresé y nunca más volví a pisar Shanghai”, cuenta.

La charla con LA NACION se interrumpe de a ratos. Tomás, que viste una camiseta de la Selección Argentina, está atento al teléfono. Acaba de ser papá. Dice que heredó la pasión por la cocina de sus padres, que fundaron una rotisería de comida china que mudaron varias veces.

-Heredaste la pasión por la cocina de tus padres.

-Mis padres tenían una rotisería familiar llamada Gourmet de Shanghai, que tuvo el primer local en Ramos Mejía. Después estuvo en Recoleta, luego en La Paternal y, más tarde, en Palermo, donde pasé mi infancia. Yo me instalaba en mi mesita, donde estudiaba y también los ayudaba. No nos iba mal, pero tampoco muy bien. Éramos clase media baja. Yo volví a la Argentina sin saber castellano, pero cuando aprendí el idioma, lo básico, empecé a tomar pedidos: “Hola, buenas noches. ¿Cuál es su pedido? Deme su número de teléfono, su dirección…”, así arranqué. A los 10 años era cajero y, a veces, repartidor. Entregaba los pedidos más cercanos.

-¿Cómo comenzaste a cocinar?

-Por casualidad. Un día, cuando tenía diez años, me olvidaron en el local. Quedé encerrado. Y, para colmo, se habían olvidado de darme de comer. Yo, que había pasado dos años mirando cómo cocinaban, pensé que tan difícil no podía ser… ¡Y me mandé a hacer un chao fan! Mal no me fue porque enseguida me enseñaron a cocinar y me enchufaron a trabajar (ríe). Hacía de todo. A los 14 ya era jefe de cocina. En casa no había vacaciones ni existían los francos. Hasta los 20 años sólo tuve medio día libre los lunes para descanso.

-¿Cómo viviste la fusión cultural?

-En el colegio, para mis compañeros yo era “el chino”. Y, como yo nunca fui parte de la colectividad, para los chinos era “el argentino”. Sufrí bullying, me peleaba mucho, quizá por eso empecé a hacer muay thai. Pero todo se acomodó con el tiempo. Ya con el idioma mucho más claro, empecé a hacer amigos. En la Argentina conocí otro mundo: los abrazos, los besos, las expresiones, los sentimientos… Iba a la casa de un compañerito y la mamá me trataba como si fuera un hijo más. Pero yo tenía una diferencia con mis compañeros: a las 19 tenía que estar en el local. Si llegaba 19:05, mi papá me mandaba al baño, apagaba las luces y me cagaba a palos. Era durísimo. Incluso muchos empleados con los que trabajábamos quisieron denunciarlo a la policía. En casa las cosas no eran como en las de mis amiguitos, son culturas muy distintas.

Tomás y sus compañeros de colegio en Palermo.

Abriéndose camino

“Yo era chico y no entendía, y la adolescencia tampoco fue fácil. Mi papá es ludópata, jugaba, y por eso pedía préstamos y ponía los locales en garantía. La cultura china siempre fue más materialista. Abríamos un lugar, lo perdía y teníamos que cerrar. Así pasó con tres o cuatro. Quizá teníamos un buen día en el restaurante y él venía al final del servicio y se llevaba toda la plata de la caja”, recuerda.

Todo cambió cuando sus padres se separaron y Tomás quedó al mando del negocio.

-¿Cómo llegaste a estar a cargo del lugar?

-La salud de mi papá se empezó a deteriorar por el párkinson y ya no pudo cocinar. Mi mamá estaba en crisis, así que cuando terminé el secundario, me dio a elegir: trabajaba para otros o me hacía cargo del local. Y yo, que ya había hecho una pasantía en un banco, que había sido relaciones públicas de un boliche, que había trabajado a los 16 años en un McDonald’s, me decidí por el local. Asumí las deudas. Al final de mes, agarraba la recaudación, restaba los costos, mantenía a mis padres y lo que quedaba era mi sueldo.

Junto a Ailin, su novia del secundario y madre de sus dos hijos

-Recién salías del secundario y te lanzaste al negocio en pandemia, en un momento en el que China estaba en la mira, ¿cómo fue eso?

-Soy un provocador y creo que muchos preconceptos existen porque no conocen. Creía que en el negocio había potencial, así que cuando nos dijeron –a mí y a mi mujer, Ailin, que era mi novia del secundario– si queríamos hacernos cargo, dijimos que sí, pero con otra visión. Aceptamos y nos fue muy bien, llegué a abrir 8 locales. Empecé a invertir, a usar las apps de delivery cuando ningún local de comida china hacía eso.

-Tuviste éxito.

-Sí, mucho. Pero después de la pandemia todo volvió a cambiar y tuve que cerrar 5 locales. Era chico, tenía 22 años y una hija, Valentina. Quedé endeudado. Pensaba: “¡Justo ahora me vengo a fundir!”. Pero creo que con los golpes más duros uno más madura y aprende. Me fui a vivir un tiempo a Paraguay y con una idea en mente: concentrar mi energía en los dos restaurantes que me quedaban, en Palermo y La Paternal, pero sin vivir esclavizado.

-¿Cómo es eso?

-Lo que me traumó de la gastronomía es la esclavitud que genera. Entonces me propuse armar una estructura en donde yo no estuviese atado al local. Pasé por mucho bullying y siempre quise luchar contra los prejuicios que la gente tiene hacia los chinos. Hablar de las cosas buenas que pasan en China, que no todo es malo, darlas a conocer. Y, sin las apps, las redes sociales eran mi única herramienta para generar plata. Así nacieron los videos donde salgo a la calle e invito a la gente a conozca la cultura china través de su comida.

-Tus videos en la calle, a lo Francis Mallmann, se hicieron virales y te llevaron a tener más de un millón de seguidores en Instagram y en Tik Tok.

-De caradura que soy, a mí nunca me costó sociabilizar. Salí con las ollas, el wok, a ofrecer mi comida a la calle. Se que es difícil creerle a este asiático que va con su carrito por la Villa 31, por el Bajo Flores, y hace poco fuimos al barrio Sarmiento, pero creo que todo es parte del proceso. Me gusta provocar y quiero que me conozcan y dejen atrás los prejuicios. No me rindo, creo que si uno se deja convencer porque hay 10 personas que piensan diferente, tiene la mente un poco floja.

Tomás Xu, cocina china por Buenos Aires

Las mil vidas de Tomi Xu

En 2023 creó Shanghai Express, la primera cadena de comida rápida china en Argentina. Su local del centro, sobre la avenida Corrientes, a una cuadra del Obelisco, tiene 550 metros cuadrados, está decorado al estilo Shanghai, los pedidos se hacen a través de máquinas que ofrecen combos y también su versión de la cajita feliz, llamada Kaixin Box.

Las maquinitas para tomar los pedidos.

-¿La clave de tu éxito?

-Lo pensé como un Mc, con cinco o seis platos clásicos (chao fan, chao mien, arrolladitos primavera) porque el argentino todavía es muy ignorante con la cultura china y no la puedo insertar así de una. Es ahí cuando uno lucha con el ego del chef… ¡y eso que el ego del chef es alto! Porque capaz no es el pollo con almendras original, pero sí es cómo gusta acá. Como en los locales de comida rápida, los ingredientes ya porcionados, se cocinan en el momento, sin secretos. Todo se trata de estructura.

-“Comida rápida”, ¿eso te hace menos chef?

-El chef en realidad no es la persona que tiene el estudio ni que haya hecho una carrera, chef es la persona que ejecuta y que maneja una cocina, así que soy chef. Aunque trato de mantener el equilibrio y siento que estoy más en una etapa empresarial. Cuando uno quiere expandirse, el potencial solo no sirve: también tenés que tener un poco de suerte y contactos. Mi padrastro, que es chino, me acompañó mucho: con su apoyo en diciembre de 2023 abrí el segundo local en Mercat Villa Crespo y este año sumamos Ituzaingó, y Belgrano, a una cuadra del Barrio Chino.

-¿Por qué ahí y no en medio del barrio Chino?

-En un polo gastronómico llegás a tener 200 propuestas diferentes y ahí nadie se fija en vos, pero por Avenida del Libertador y Juramento pasás todo el tiempo. Yo pienso mucho en la ubicación, así llegó este local del Obelisco, que abrí hace dos meses.

-¿Cuánto tienen que ver tu hija y tu hijo (Zeus) que acaba de nacer en tus proyectos?

-Yo le apunto siempre al público joven, porque para mí esta generación nueva va a ir cambiando el paladar argentino, porque se anima a otras cosas. Y también hago lo que hago porque no me gustaría que ellos pasaran por la misma experiencia de bullying que yo, así que por eso sigo difundiendo.

Salgo a la calle y las acerco estos platos a las personas. Les pregunto: Su propia cajita feliz.

-La gente ya te reconoce por la calle, te piden fotos, ¿qué te falta?

-A mí, por ejemplo, no me gusta que me digan “chino” si no me conocen. Simplemente porque tengo un nombre, pero los argentinos somos así, ponemos apodos. Y realmente no sé si todos son así, no hay un estereotipo, pero yo me he criado entre muchos, y la argentina es una cultura respetuosa. Por eso sigo luchando con la difusión, porque creo en respetar la cultura del otro. Mis viejos, por ejemplo, asiáticos: estaban a full trabajando y lo que menos te iban a preguntar era “Che, ¿cómo estás?, ¿cómo te sentís? o ¿qué te pasó?”. No transmitían el orgullo que vos deberías sentir por la cultura a la que pertenecés, eso yo lo fui adoptando después, de grande.

Porque pensá que yo en China, a mi edad sabía multiplicar, me sabía las tablas, sabía dividir, un lujo, pero nadie te respalda eso, nadie te lo valida. ¡Tenés ocho años y ya aprendiste dos idiomas! Así uno se va sintiendo cada vez más inseguro, porque te cargan, te hacen chistes y vos, en vez de sentirte orgulloso porque tenés dos culturas, lo escondés. A mí me daba vergüenza hablar en chino adelante de amigos. Todo eso vos se lo transmitís a tus hijos. Hoy le cuento a la gente que mis raíces no me hacen menos argentino, y que estoy muy orgulloso de mis orígenes.

El nacimiento de su hijo Zeus trajo mucho bajo el brazo: a los locales de La Paternal, Villa Crespo, Palermo, Ituzaingó, Belgrano y la Av. Corrientes pronto se sumarán Plaza Oeste Shopping y Unicenter

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