Lorena conoció a Juan en 2002, en Camboriú. Ella tenía 20 años y él estaba por cumplir 24. Ella venía con su grupo de amigas de Posadas, Misiones, y él con su grupo de amigos de Santo Tomé, Santa Fe, pero en aquella playa, aquel verano, la distancia se había diluido.
Todo sucedió un día de playa, cuando varios chicos se acercaron a ellas para hablarles. Juan no estaba entre ellos, pero tiempo después se acercó para sumarse a la charla: “Hasta ahí todo bien, solo dos grupos que se conocen. Pasamos la tarde con ellos hablando y nos invitaron a la noche a tomar algo”, rememora Lorena.
Tal como habían acordado, esa noche se vieron todos en el punto de encuentro. Casi de inmediato, Juan se acercó a Lorena y la invitó un trago que ella aceptó con una sonrisa. Caminaron un rato, se hizo tarde, y en algún momento se sentaron en el cordón de la vereda y él lanzó: `Vas a ser la madre de mis hijos´, Lorena lo miró y solo atinó a reírse: “Hasta el día de hoy recuerdo sus palabras…”
Una despedida y una sorpresa impactante: “No podíamos creerlo”
Los siguientes tres días fueron hermosos, días de playa y noches donde bailaban y no pasaba de allí. Al cuarto día, rodeados de ese paisaje encantador, Lorena le anunció a Juan que se iba con sus amigas a pasar una semana a Bombas, otra playa a más de 40 kilómetros de distancia.
Se despidieron con tristeza, se pasaron los teléfonos fijos y se prometieron hablarse cuando regresaran a sus casas, aunque Lorena temía que tan solo fueran falsas promesas.

Lorena llegó a Bombas dispuesta a disfrutar, pero atravesada por una sensación extraña: ¿qué hubiera pasado con aquel chico santafesino si la vida les hubiera dado la oportunidad?
El primer día transcurrió según lo esperado y al segundo día, fueron una vez más a la playa, fue entonces que una de las amigas lo vio, ¡era Juan que se acercaba a ellas!: “No podíamos creerlo ¡estaba caminando buscándonos! fue tal el impacto que no sabía qué hacer. Se caminó tres veces la playa completa buscándome (hoy es motivo de risa) hasta que me encontró”, revela Lorena.
A partir de ese día, cada día Juan se tomaba el primer colectivo que iba a Bombas desde Camboriú para pasar el día con Lorena y volverse en el último servicio: “Así fueron los próximos días, estar juntos entre caminatas y bares a la noche. Amor de verano, pensaba yo, que se iba a terminar cuando cada uno volviera a su casa y su rutina”.

Otra actitud inesperada y cinco años de relación a distancia: “Algo insostenible”
Se despidieron, Lorena volvió a Posadas y Juan se quedó unos días más en Brasil. Apenas llegó, la joven contó que había conocido a un chico de otra provincia, aunque no sabía qué futuro podría tener una relación a distancia. Para su sorpresa, a los pocos días el teléfono sonó, ¡era él! y, a partir de entonces, la llamaba cada vez que podía y le decía que tenía ganas de volver a verla.
El 14 de febrero de 2002, Lorena fue a la terminal de ómnibus a buscar a Juan. Minutos más tarde, él se halló parado frente a la familia de su enamorada: “Mesa larga con parte de mi familia esperándolo, ¡increíble para todos! Pasó por el cuestionario de todos, preguntando qué hacía, si trabajaba, si estudiaba…”, recuerda Lorena entre risas. “Y así se repetían las visitas cada vez que podía, también lo visitaba yo, siempre digo que fue amor de verano eterno”.

Y así, durante los siguientes cinco años, fueron y vinieron, “algo insostenible”, dice Lorena. Tanto para Juan como para ella, implicaba un sacrificio monetario fuerte, entre pasajes, teléfono e internet. Por otro lado, la distancia alimentaba la desconfianza y los celos, algo que ninguno de los dos deseaba experimentar.
Todo cambio un buen día, en Posadas. Juan le pidió a la madre de Lorena el auto prestado, se fueron a recorrer la ruta de Misiones y pararon en cada pueblo hasta Cataratas. En ese viaje comprendieron que deseaban una vida juntos y que seguir así ya no era viable.
Alguien tiene que ceder: “El primer año fue terrible para mí”
Siempre alguien tiene que ceder. Lorena estaba en la facultad, pero Juan ya tenía trabajo estable en Santa Fe. La que resignó su mundo fue ella y no fue un camino sencillo, pero sin dudas fue uno colmado de amor.
Se casaron el 25 de marzo del 2006 en Santo Tomé. Para la fiesta, la familia y los amigos llegaron en dos colectivos alquilados y algunos autos: “Fue una celebración hermosa, amigos y familiares todos juntos, conociéndose”.

“El vivir en otra ciudad el primer año fue terrible para mí, los cambios culturales, la forma de hablar principalmente… la aceptación de la gente, sentirse a veces discriminada. Muchas veces diciéndome paraguaya, como si fuera algo feo, de hecho amo Paraguay, tengo los mejores recuerdos de mi infancia con parientes que viven en Paraguay (primos, tíos). Pedí el cambio a la facultad, comencé a estudiar y a trabajar, con la ayuda de mis suegros teníamos nuestra casa”, revela Lorena.
“Cuando el amor llega no hay kilómetros ni distancia que te separen”
El camino para formar la familia que soñaban no fue sencillo, la vida desafió a Lorena con dos embarazos que se complicaron. Le detectaron trombofilia y Julián, el más chico, llegó con inyecciones de heparina de por medio, y en medio de un duelo profundo por la pérdida del padre de Juan. Su mamá fue y es un sostén importante, su suegra también.

Pero a pesar de las tormentas, hay algo que sostiene su barco. Para Lorena, cuando todo tambalea hay que cerrar a los ojos y volver a los comienzos, que nos recuerdan el origen del amor y las sensaciones más puras, que fortalecen. Ella jamás olvidará aquella noche en Camboriú, sentados en la vereda, cuando Juan le dijo: “Vas a ser la madre de mis hijos”.

Hoy, casi un cuarto de siglo después, ese recuerdo es un ancla que indica que el puerto está en ellos, en el amor que no dejó de crecer desde el primer día. Un recuerdo al que regresan cada vez que pueden, y que les transmiten a sus dos hijos, amados y buscados, con una sonrisa y un `ahí arrancó todo´.
“No fue fácil nada, tuvimos nuestros desencuentros, de hecho siempre hay alguna desavenencia, pero tratamos de salir adelante en cada ocasión”, reflexiona Lorena.
“Sin embargo, mi historia me enseñó que el amor a primera vista existe, que no importa de dónde sos, cuando el amor llega no hay kilómetros ni distancia que te separen, se busca estar con la persona amada. Enfrentando cualquier cosa”, concluye.

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