Buenos Aires, 21 septiembre (NA) – El pintor argentino Carlos Alonso, una de las figuras fundamentales del arte nacional del siglo XX, murió a los 97 años en su casa de Unquillo, Córdoba, donde vivía desde hacía décadas y había encontrado en el paisaje serrano uno de los motivos de su producción de los últimos años.
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Alonso desarrolló una obra atravesada por el expresionismo y por una mirada crítica sobre la realidad argentina. La pobreza, la violencia, las desigualdades y los conflictos políticos aparecieron reiteradamente en sus pinturas, dibujos y grabados.
Su formación comenzó en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se trasladó a Tucumán para sumarse al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, una experiencia decisiva en su desarrollo artístico.
Tres años más tarde viajó a Europa y tomó contacto directo con la obra de maestros como Diego Velázquez y Vincent van Gogh, cuyas influencias reaparecerían posteriormente en numerosos trabajos. En 1957 obtuvo el primer premio de un concurso para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, mientras que en 1968 se instaló temporalmente en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia, de Dante Alighieri.
A fines de los años 60 comenzó su serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, en la que profundizó una preocupación que sería central en su producción: la violencia ejercida sobre los cuerpos y su relación con el poder. Esa búsqueda también quedó plasmada en sus trabajos vinculados con El matadero, de Esteban Echeverría, donde estableció asociaciones entre el cuerpo humano, la carne y el sacrificio.
La última dictadura militar argentina marcó de manera dramática su vida y su obra. Alonso debió exiliarse y vivió primero en Italia y luego en España. En 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada y permanece desaparecida, una tragedia que provocó un profundo cambio en su producción artística.
Regresó a la Argentina en 1980 y se instaló en Unquillo, donde años después participó en la creación del Museo de Arte Contemporáneo de esa localidad. Allí realizó en 2025 su última exposición, dedicada a una faceta menos difundida de su producción: su relación con el paisaje cordobés.
Entre sus trabajos más reconocidos se encuentra Manos anónimas, serie en la que abordó el terrorismo de Estado y la violencia política. Su trayectoria recibió numerosos reconocimientos, entre ellos los premios Konex de Platino de 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición que revisó su producción y su diálogo con la tradición pictórica.
Sus obras integran las colecciones de importantes instituciones argentinas, entre ellas el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
Con más de siete décadas de producción, Alonso construyó una obra en la que la tradición de los grandes maestros convivió con las heridas de la historia argentina. El cuerpo, la violencia, el poder, la memoria y, en sus últimos años, el paisaje fueron algunos de los territorios desde los que desarrolló una de las miradas más reconocibles del arte argentino contemporáneo.
Agencia NA


