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En Lourdes, León XIV lanzó un firme rechazo a la eutanasia y recibió a víctimas de abusos

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PARÍS.– En Lourdes, la luz no cae del cielo como en otros lugares. Desciende en cascada desde la gruta de Massabielle, se desliza sobre el agua del manantial y se extiende por la pradera donde, este domingo, 150.000 peregrinos se congregaron desde el amanecer para la misa del Papa.

Tras el bullicio alegre de París y sus avenidas abarrotadas de gente, León XIV encontró en la célebre ciudad del sur de Francia un rostro distinto de la devoción: más íntimo, más reflexivo, pero igual de vibrante.

Papa León XIV (izq.) saludando a las monjas al salir tras una reunión con monjas contemplativas en el Monasterio Carmelita de Lourdes

Una jornada entera dedicada a aquellos que el mundo, a menudo, mira desde la distancia —los enfermos, los heridos del alma, los olvidados— y a una pregunta que en este país resuena cada vez con más fuerza: ¿hasta dónde llega el deber de cuidar una vida que llega a su fin?

Desde la caída de la noche, los autobuses habían comenzado a llegar de toda Francia y de Europa: camilleros con polo azul, enfermeras con capa blanca y familias que venían con sus seres queridos en sillas de ruedas, avanzando entre los senderos de grava.

La ciudad, habituada desde hace más de un siglo y medio a estas mareas de peregrinos, nunca había presenciado un flujo semejante con motivo de la visita de un Sumo Pontífice.

En el extenso prado previsto para la celebración, entre banderas regionales y estandartes parroquiales, ya se entonaban himnos mucho antes de que comenzara la misa, como para reconfortar el alma mientras se esperaba la llegada del Papa.

La jornada comenzó temprano en el hemiciclo Santa Bernadette, donde el Papa se reunió con los obispos de Francia. Antes incluso de pronunciar sus palabras, León XIV se detuvo, en silencio, ante una fotografía expuesta en el santuario desde 2021: “El niño que llora”, símbolo elegido por la Iglesia de Francia para representar a las víctimas de la violencia sexual cometida en su seno.

El gesto, sobrio, decía más que un largo discurso. Acto seguido, León XIV saludó el valor de los obispos que “han tomado medidas valientes para responder mediante la escucha, la búsqueda de la verdad, la justicia, el perdón y la reparación”, al tiempo que los instó a no abandonar nunca el esfuerzo: “Reconocer nuestros propios errores es esencial para nuestro progreso espiritual”, dijo.

El papa León XIV se reúne con el personal y los visitantes del Accueil Notre-Dame y con personas enfermas en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, Francia

Por la tarde, en una reunión a puertas cerradas, recibió por la tarde a siete víctimas de violencia sexual en la Iglesia, un gesto que, para muchos, contará más que cualquier fórmula retórica, pues es la primera vez que un papa recibe personalmente a las víctimas de violencia sexual en la Iglesia.

Después llegó la misa, en la vasta pradera que bordea el Gave, ante un mar de peregrinos entre los que se encontraban unos 7000 enfermos, ubicados en los mejores lugares, como corresponde en Lourdes. León XIV pronunció allí una de las homilías más firmes de su pontificado, que resonó como una respuesta directa a la ley de ayuda a morir recientemente aprobada en Francia.

“Es imposible considerar como algo normal dar la muerte”, lanzó con voz pausada pero tajante. Y advirtió contra “la tentación de dar la muerte bajo el disfraz de una falsa compasión”, la cual debe ser “rechazada con firmeza”.

Después dirigió una clara advertencia a los profesionales de la salud: “¡La medicina nunca puede convertirse en la servidora de la muerte programada!”, les dijo. Retomando un principio muy propio de su pensamiento, recordó que “lo que es legal no es necesariamente moral”, antes de afirmar, con palabras que conmovieron a los presentes: “La persona humana es digna por el mero hecho de existir y de tener la eternidad como horizonte. Su dignidad no se mide ni se negocia”. León XIV insistió en que los enfermos no son una carga, sino “el corazón latente de nuestra humanidad”, y que no merecen una muerte programada, sino cuidados paliativos desarrollados con ternura y constancia.

Una posición firme —y comprensible— que, sin embargo, no hace la unanimidad entre los católicos practicantes de Francia ya que, según los sondeos, 72% de ellos apoyan el derecho a morir.

Por la tarde, el Papa se dirigió a la llamada Recepción Notre-Dame, donde cada día se reúnen los peregrinos enfermos y sus acompañantes, en una atmósfera muy distinta al fervor ruidoso del exterior: allí se habla bajo, se toma el tiempo, se escucha. León XIV se tomó el tiempo de detenerse ante cada silla, cada camilla, cada mano tendida, dedicando a veces varios minutos a intercambiar unas palabras con un enfermo o su acompañante, sin mostrar jamás la más mínima prisa a pesar de su apretada agenda.

El papa León XIV en Francia

“Qué alegría estar juntos”, le habría susurrado a uno de los voluntarios, resumiendo por sí solo el espíritu de esta etapa: no hay jerarquía entre el pontífice y el peregrino sufriente, solo una presencia compartida. Algunas religiosas de las Hospitalarias presentes contaron haber visto en la mirada del Sumo Pontífice la misma atención que se le brinda a un viejo amigo, y no la actitud protocolaria que se reserva a un jefe de Estado. Al final de la tarde, León XIV retiró al monasterio del Carmelo para un encuentro privado con las religiosas contemplativas, un momento de silencio y oración compartida, lejos de los reflectores, antes del gran fervor de la noche.

Ya que el punto culminante de la jornada aún estaba por llegar. Al caer la noche, Lourdes se encendió con miles de llamas para la tradicional procesión de las antorchas en la explanada del Rosario.

Y aquí, León XIV tomó una decisión inédita: a diferencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, que habían asistido a la procesión sin participar en ella, el actual Papa había comunicado, a través del rector del santuario, el padre Michel Daubanes, que “tenía la firme intención de realizar la procesión”. Y así fue como se le vio, a pie, detrás de la imagen de la Virgen portada por los camilleros, avanzando entre los peregrinos, rodeado de luces que titilaban y cantos que se elevaban en la noche.

El rector había anunciado, incluso antes de que comenzara la marcha, un ambiente de “profunda alegría” y “serenidad innegable”. La escena, una vez vivida, superó todas las expectativas. En la explanada, familias enteras, niños sobre los hombros y enfermos en silla de ruedas en primera fila, rezaron juntos el rosario, antes de que el Papa tomara la palabra por última vez en el día, pidiendo a cada uno que llevara a su parroquia y a su familia un poco de la luz de Lourdes.

El papa León XIV en Francia

Tanto en las redes sociales como en la explanada, una palabra se repetía constantemente en boca de los peregrinos consultados: “Conmovedor”. Muchos nunca habían visto a un Papa caminar así, entre ellos, sin estrado ni distancia protocolaria. Para las familias que venían con un ser querido gravemente enfermo, esa cercanía física valía más que todas las homilías: decía, mejor que las palabras, que su sufrimiento no era ocultado ni evitado, sino acogido en el corazón mismo del santuario.

Desde el hemiciclo Santa Bernadette hasta la explanada iluminada, esta jornada en Lourdes mantuvo, al igual que la anterior en París, un mismo hilo conductor: la defensa de aquellos que la sociedad a veces deja de lado.

A las víctimas de ayer, un gesto de verdad y escucha. A los enfermos y moribundos de hoy, un recordatorio vibrante de que su vida no se negocia. A los peregrinos que simplemente llegaron en busca de consuelo, la presencia física y caminante de un Papa que ha elegido mezclarse con la multitud en lugar de observarla desde lo alto.

Pero León XIV también es un fino político, capaz de utilizar, cuando lo cree necesario, mensajes de una firmeza sorprendente.

“Concede a Francia dirigentes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio personal, capaces de afrontar los desafíos y con voluntad de servir al bien común”, pidió el Sumo Pontífice este jueves a la Virgen en el santuario de Lourdes, precisamente en momentos en que el país se prepara para acudir a las urnas en abril y mayo para las elecciones presidenciales. Una clara advertencia al avance de los extremos en las intenciones de voto.

Tras estas tres jornadas de comunión y gravedad, León XIV partirá este lunes 28 de septiembre hacia Metz, última etapa de su estancia en Francia. El programa incluye un encuentro interreligioso en el Centro de Congresos Robert-Schuman, un discurso muy esperado sobre las raíces espirituales y políticas de Europa —ante líderes del continente invitados por Emmanuel Macron—, y posteriormente una misa en la catedral de Saint-Étienne, antes de regresar a Roma por la noche. Tras las multitudes de la Concordia y el recogimiento de Lourdes, toda Europa contendrá el aliento ante esta última etapa, donde el mensaje del pontífice estadounidense, que ha venido a abrazar a Francia entre el júbilo popular y la solemnidad espiritual, adquirirá un tono decididamente político.

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