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Un accidente en el mar a los 17 años cambió su vida para siempre, pero nunca se rindió

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14 de agosto de 1988. Massimo Lorusso nunca va a olvidar aquella tarde de verano en Rímini. Parecía perfecta: el cielo estaba despejado y la temperatura superaba los 30 grados. Disfrutaba de un día de playa con amigos cuando decidió saltar al mar desde un viejo muelle de madera. Lo hacían todos a su alrededor, ¿qué podía salir mal? Tomó una breve carrera y, luego de “picar” en una baranda, se lanzó al Adriático.

Tenía 17 años y, en ese instante, su vida cambió para siempre. La zambullida no salió como esperaba: su cabeza contra algo duro, nunca supo contra qué. No sintió dolor. “En aquel instante mi cuerpo dejó por completo de responder a mis órdenes”, escribió Massimo años más tarde en su autobiografía, a la que llamó La voz del silencio: lo que las palabras no dicen.

A partir de ese accidente, perdió movilidad en gran parte de su cuerpo. Se volvió una persona dependiente, que no puede vivir sin asistencia. Comenzó un recorrido difícil, lleno de esfuerzos y dolores, pero donde también destaca gestos de amor, humanidad y esperanza.

A hora, a sus 55 años, en charla con LA NACION, Massimo Lorusso revive su historia. “El valor de una persona no coincide con su autosuficiencia. Una dificultad puede cerrar determinadas posibilidades sin cerrar todas las demás. Esa pequeña diferencia puede cambiar una vida”, comienza.

Massimo Lorusso tenía 17 años cuando un accidente en el mar le cambió la vida

“Mi cuerpo no respondía”

—Massimo, ¿podría hacer una breve presentación suya?

—Claro. Cuando me presento prefiero empezar por mi nombre, no por mi condición física. Soy Massimo. Necesito ayuda para muchas actividades cotidianas, pero sigo siendo yo quien quiere decidir cómo organizar mi vida. A los 17 años, después de un salto al mar en Rímini, mi cuerpo cambió radicalmente. Mi identidad, en cambio, siguió desarrollándose. He sido hijo, hermano, padre, marido, amigo, creyente y autor. Ninguna de estas palabras, tomada por separado, consigue definirme por completo.

—¿Cómo recuerda su vida antes de ese salto al mar en Rimini?

—La recuerdo llena de movimiento. Empecé a trabajar como barista cuando tenía 12 años. Mis primeros ingresos representaban la satisfacción de poder contribuir a una familia numerosa en la que había aprendido muy pronto el valor del trabajo y de la responsabilidad. A los 16 años me apasionaba el gimnasio. Era fuerte, sociable y tenía muchos proyectos.

La voz del silencio, la autobiografía de Massimo Lorusso

—¿Qué pasó ese 14 de agosto de 1988?

—Era una mañana luminosa de vacaciones. El mar estaba tranquilo y nada hacía pensar que estuviera a punto de ocurrir algo extraordinario. Llegamos a un muelle de madera desde el que otros muchachos se lanzaban al agua. Tomé una pequeña carrera y me tiré de cabeza. Esperaba sentir el agua. Sentí, en cambio, un golpe violentísimo en la cabeza. Intenté mover los brazos. Nada. Después las piernas. Nada. Bastaron unos segundos para que mi vida tomara una dirección completamente distinta.

—¿Qué pasó inmediatamente después del golpe?

—Estaba consciente debajo del agua. Comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo, pero mi cuerpo no respondía. Esa separación entre una mente que ordenaba moverse y un cuerpo que permanecía inmóvil produjo un miedo difícil de describir. Por dentro gritaba; afuera había silencio. Algunas personas comprendieron que no volvía a la superficie y me sacaron del agua. En la ambulancia seguía intentando mover un dedo, una mano, un pie… Pregunté a un socorrista si volvería a caminar. No podía responderme. Entonces recé.

Massimo Lorusso en la boda de su hermano Claudio y su cuñada Noemí

—¿Cómo fueron los primeros tiempos tras el accidente?

—Al principio todo se redujo a una enorme incertidumbre. Hospitales, médicos, tratamientos, operaciones y preguntas sobre lo que podría recuperar. Yo tenía 17 años. Hasta pocos días antes trabajaba, hacía deporte y pensaba en el futuro con la seguridad típica de esa edad. De pronto tuve que enfrentar una posibilidad que me parecía inconcebible: que mi cuerpo no volviera a ser como antes.

—¿Cómo reaccionó frente a esa posibilidad?

—Durante aproximadamente un año hubo muchas lágrimas y muchas preguntas. Lo que fui comprendiendo lentamente es que aceptar una realidad no significa considerarla justa ni dejar de desear algo diferente. Significa reconocer desde dónde hay que empezar a vivir.

Angela, hermana de Massimo, Rosa, la madre, su cuñado Walter, su hermana Caterina, su hermano Pasquale, su padre Michele, su hermana Rosanna, Massimo, su hermano Claudio y su hermano Paolo en una postal familiar previa al accidente

—¿Tuvo alguna vez ese pensamiento de “por qué a mí”? ¿Cuál era la respuesta en ese caso?

—Sí. Durante un largo período me preguntaba: “¿Por qué justamente a mí?”. No encontré una respuesta que explicara todo. Lo que cambió fue la pregunta. Con el tiempo empecé a pensar: “¿Qué puedo hacer con la vida que todavía tengo delante?”. Eso me ayudó a dejar de concentrar todas mis energías en un pasado imposible de modificar. Años después, frente a nuevas pruebas, la pregunta volvió a cambiar: “¿Qué puedo aprender también de esto?”. Para mí, crecer ha significado también aprender a formular preguntas diferentes.

“La esperanza no siempre tiene forma grandiosa”

—¿Quién estuvo con usted en esos momentos tan duros?

—Mi familia. Mi madre fue una presencia constante. Una vez le dije que me sentía culpable por todo lo que tenía que hacer por mí. Me respondió: “Vos no sos una carga. Sos mi hijo.” Nunca olvidé esas palabras. Mi padre expresaba mucho menos sus sentimientos, pero estaba presente de una forma concreta y silenciosa. También encontré profesionales capaces de gran humanidad. Cuando uno depende físicamente de otros, ser llamado por su nombre, ser escuchado o recibir una explicación antes de una intervención puede tener un valor enorme.

—¿A qué se aferraba en las instancias más difíciles del proceso?

—No existió una única fuente de fuerza. En distintos momentos fueron mi familia, Sara, la fe, una amistad o simplemente un pequeño objetivo cotidiano. Aprendí que la esperanza no siempre tiene una forma grandiosa. A veces consiste en esperar una visita. Resolver un problema. Poder salir. Recibir una llamada. Llegar al final de un día difícil sabiendo que habrá otro mañana. Dejé de exigir que cada jornada resolviera toda mi vida.

Massimo siempre recibió el apoyo y el amor de su madre, Rosa y su padre, Michelle

—¿Alguna vez pensó en darse por vencido?

—Tuve miedo, lloré y atravesé momentos de gran desaliento. No quiero presentar mi historia como una sucesión de victorias porque sería falsa. Sin embargo, llegó un momento en que decidí que no quería definirme como una víctima. Comprendí también algo importante: aceptar una limitación no equivale a rendirse. Rendirse habría sido dejar que aquello que ya no podía hacer decidiera también cuánto valía yo y qué podía seguir construyendo.

—¿Qué rol jugó la fe en su largo proceso?

—Fue transformándose. En la ambulancia pedí a Dios que me hiciera volver a caminar. Con los años mi oración se volvió diferente. Ya no se trataba únicamente de pedir que desapareciera el problema, sino de pedir fuerza y dirección para vivir dentro de una realidad que quizá no cambiaría. Pasé de preguntarme “¿Por qué no cambias esta situación?” a decir “Ayudame a mantenerme íntegro dentro de esta situación.”

Tres hermanos Lorusso: Claudio, Massimo y Paolo

Una hija llamada Sara

Otro capítulo importante y también con visos dramáticos en la vida de Massimo Lorusso tiene que ver con su paternidad.

Antes de su accidente, él tuvo un romance adolescente con una joven llamada Elisabetta. De esa relación nació Sara. El problema fue que la chica le ocultó y luego negó a Massimo que estuviera embarazada y poco después se separaron.

Unos meses más tarde, al joven le llegó información de que Elisabetta había sido mamá. Entonces se dirigió a la casa de su ex y allí conoció, efectivamente, a su hija Sara. El destino quiso que esto ocurriera muy poco tiempo antes de la trágica zambullida en Rimini.

—¿Puede contarme la historia de Sara y los encuentros y desencuentros que tuvieron?

—Conocí a Sara cuando era una bebé, el 12 de agosto de 1988. Dos días después ocurrió el salto al mar. Tras mi regreso comenzaron años difíciles. Hubo encuentros esporádicos y después perdí prácticamente el contacto. Empecé una búsqueda que me llevó a recurrir a personas, servicios sociales, cartas, viajes y, finalmente, a medios de comunicación.

Sara, la hija que Massimo tuvo antes de su accidente y a quien reencontró después de buscarla por muchos años

—¿Y qué pasó?

—Años después descubrí algo especialmente doloroso: Sara había crecido creyendo que yo estaba muerto. Cuando finalmente pudimos reencontrarnos, le pedí permiso para abrazarla. Entonces me preguntó: “¿Pero vos dónde estabas?”. Le expliqué que nunca había dejado de buscarla. Ella contestó: “Yo no sabía nada.”

—¿Cómo está hoy su relación con ella?

—Seguimos en contacto y tenemos una buena relación. Después de tantos años en los que incluso conseguir hablar con ella era difícil, poder hacerlo con naturalidad tiene para mí un valor enorme. No intento recuperar el pasado. Prefiero cuidar el presente. Una llamada, un mensaje o simplemente saber cómo está pueden parecer cosas pequeñas. Para mí no lo son. Sara es mi hija y ese vínculo sigue vivo.

Un “nosotros” decisivo

Mássimo pasó muchos años de tratamientos en dos centros residenciales para discapacitados (CRD). Primero, en uno llamado Ca’Luiggi, en las afueras de Milán. Y luego, en otro en Milán llamado Mater Gratie, lugar que abandonó definitivamente en enero de 2019 para casarse con Sonia.

—¿Cómo fue la historia de amor con Sonia?

—La conocí en la Mater Gratiae. Una amiga vino a visitarme acompañada por ella. Les ofrecí un café de la máquina y después pasamos un rato conversando en la biblioteca. Antes de despedirnos intercambiamos los números. Días después recibí un mensaje: “Hola, soy Sonia.” Respondí: “Hola, soy Massimo.” Ella contestó: “¡Tonto!”. Nuestra confianza empezó con una broma.

Massimo y Sonia el día de su casamiento, acompañados de Michelle, el padre del novio

—Ese fue el principio, ¿qué pasó después?

—Después llegaron conversaciones cada vez más profundas. Sonia veía mi realidad con claridad. Cuando nuestra relación se hizo seria le expliqué que antes de casarnos tendría que conseguir salir de la estructura (así llama Massimo a las residencias). Respondió: “Y lo conseguiremos.” Ese “nosotros” fue decisivo. Sonia no llegó para salvarme. Llegó para construir conmigo.

—Usted cuenta en el libro que el día que conoció a Sonia la recibió con una sonrisa, que a ella le llamó la atención porque se preguntó cuál era el motivo de ese gesto en medio de circunstancias difíciles. Le hago esa pregunta yo ahora: ¿por qué la sonrisa?

—Porque mi sonrisa nunca quiso decir que todo estuviera bien. Quería decir que el sufrimiento no iba a decidir también cómo debía tratar a quienes estaban delante de mí.

—Ustedes viven juntos desde 2019. ¿Qué cosas resalta de esa convivencia?

—Tiempo después de conocerla le confesé a Sonia que durante años había temido que una mujer, al compartir su vida conmigo, perdiera su serenidad. Le dije: “Cuando te miro y te veo serena, eso para mí vale más que cualquier otra cosa.” Ella respondió: “Massimo, la serenidad no me la estás quitando. Me la estás regalando.” Aquella frase cambió mi manera de mirar nuestra relación.

Massimo Lorusso y Sonia durante un viaje en París

No sentirse invisible

—En estos 38 años luego del accidente usted también sufrió otros golpes en su vida, pérdidas importantes, ¿cómo se sobrepone uno a todo eso?

—Yo no creo que de algunas pérdidas se salga completamente. Se aprende a vivir llevándolas de otra manera. En 2008 murió mi hermana Angela. Años después tuve que ver a mi madre perder lentamente sus recuerdos por el Alzheimer. Murió el 4 de agosto de 2019. Después contraje Covid y hubo momentos en los que incluso respirar dejó de ser algo que podía dar por descontado. No tengo una fórmula contra la tristeza. Lo que intento es no permitir que una pérdida se lleve también todo lo que todavía permanece. Se puede llorar por alguien y, al mismo tiempo, sentir una enorme gratitud por haberlo tenido en nuestra vida.

—Usted también dice en su libro que nadie, en una situación similar a la suya, debería sentirse invisible ni ser considerado una carga, ¿cómo se puede evitar que eso ocurra?

—Devolviendo a cada persona un lugar real en las decisiones que afectan su vida. Sentirse invisible no significa necesariamente estar solo. Puede ocurrir cuando todos hablan de vos, pero nadie habla con vos. Cuando alguien decide tus horarios sin preguntarte. Cuando solamente se habla de tus necesidades y nunca de tus deseos. Cuando te convertís en un problema que hay que gestionar. Por eso quise contar mis años en las estructuras “con el profundo deseo de que nadie vuelva a sentirse invisible”. La asistencia debería permitir a una persona vivir más plenamente, no reducir su derecho a elegir.

Sonia y Massimo se conocieron por una amiga en común y pronto comenzaron con un vínculo que continua hasta el día de hoy

—¿Cómo nació la idea de escribir el libro?

—Fue una decisión que maduró lentamente. Durante muchos años pensé que mi historia era simplemente mi vida y que no tenía que convertirla en un libro. Después comprendí que algunos recuerdos necesitaban encontrar un lugar.

—¿Qué mensaje quiso dejar al escribirlo?

—Que el valor de una persona no coincide con su autosuficiencia. Antes del salto yo relacionaba naturalmente la independencia con hacer cosas por mí mismo. Después necesité ayuda para muchísimas actividades. Si hubiera considerado que depender físicamente de otros disminuía mi valor, habría terminado creyendo algo que no era cierto. Somos mucho más que lo que nuestro cuerpo puede hacer.

—¿Hay algo más que quiera decir?

—Sí. No quisiera que mi historia se redujera a la frase “un hombre que nunca se rindió”. Puede parecer positiva, pero corre el riesgo de borrar todos los momentos de miedo, cansancio y vulnerabilidad que también forman parte de una vida real. La dignidad no exige ser invencible.

Massimo Lorusso durante el encuentro motivacional “Mai arrendersi”
(“Nunca rendirse”), realizado en Civitanova Marche, Italia, ante
aproximadamente 150 personas

—¿Por qué le interesa que su historia se conozca en la Argentina?

—Mi libro La voz del silencio, lo que las palabras no dicen, hoy existe en italiano, español, inglés y francés. Lo que me interesa de esta difusión internacional es comprobar que las preguntas que contiene son universales: ¿Cómo seguir tomando decisiones cuando dependemos de otros? ¿Cómo ayudar sin sustituir? ¿Cómo seguir construyendo después de una pérdida? El libro tiene una última página. Mi vida todavía no. Y después de todo lo que he vivido, aprendí algo: una puerta cerrada no significa necesariamente que todas las demás también lo estén.

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