A los 12 o 13 años, mientras sufría bullying en la escuela, Valentín Martínez sentía que los adultos sabían lo que estaba pasando. Alguna vez se acercaron y le preguntaron. Pero él recuerda que faltó algo más.
Hoy tiene 22 años, estudia Psicología y, cuando le preguntan qué hubiese necesitado de los adultos aquel adolescente que sufría en el aula, no duda: “Personas que se acerquen, que me escuchen y también que intervengan”.
“Estos chicos me decían todas esas cosas en el aula y los adultos sabían, pero todo seguía como si nada”, recordó. Él mismo intentaba convencerse de que aquello no lo afectaba tanto. Pero sí lo hacía.
A su lado, Milagros Patiño (18 años, estudiante de Relaciones Internacionales) y Paz Juárez (19, estudiante de Abogacía) escuchaban. Las experiencias de los tres son distintas, pero a lo largo de la conversación apareció una idea común: los adolescentes no esperan que los adultos tengan todas las respuestas. Esperan que estén. Que escuchen sin juzgar. Que se interesen por entender un mundo que muchas veces les resulta ajeno. Y, cuando hace falta, que actúen.
Milagros lo resumió de otra manera: frente a fenómenos nuevos como los deepfakes, las redes sociales o las distintas formas de violencia digital, muchos padres sienten que deberían saber qué hacer y se paralizan porque no lo saben. “Pero nadie les está pidiendo que sepan controlarlo perfectamente, sino visibilizarlo, estudiarlo y entenderlo juntos”, aseguró.
Los tres adolescentes integran el programa Altavoz, una iniciativa federal en la que jóvenes de distintas provincias se capacitan para, a partir de sus propias experiencias e investigaciones, llevar a escuelas y otros espacios conversaciones sobre salud mental.
Días atrás, los jóvenes participaron de “Estamos a tiempo. Cómo cuidar y acompañar la salud mental de niños, niñas y adolescentes frente a los desafíos de hoy”, un encuentro organizado por Fundación LA NACION con el apoyo de Unicef Argentina. Allí, la propuesta fue invertir una pregunta que suele responder el mundo adulto: ¿qué dicen los propios jóvenes que necesitan cuando algo no está bien?
En una consulta realizada por U-Report, la plataforma de participación de Unicef, entre más de 5600 jóvenes argentinos de 13 a 24 años, cerca de la mitad dijo que recurre a sus amigos cuando se siente angustiado y solo el 20% busca apoyo en su familia.
Sobre este punto, Milagros señaló: “Pasa mucho en las familias que de la nada se intenta imponer un tema o preguntar sobre algo de lo que nunca se habló, por ejemplo, sexualidad o salud mental”.
Para ella, una de las claves está en construir desde edades tempranas un vínculo en el que determinados temas puedan circular con naturalidad, para que cuando sea necesario hablar ya exista un espacio de confianza.
Escuchar, pero también intervenir
Valentín recordó cómo, en el caso del bullying que sufrió, el hostigamiento era conocido en la institución, pero la vida escolar continuaba. Su planteo introduce una diferencia importante: estar disponible para escuchar no siempre alcanza. Hay situaciones en las que el adolescente necesita, además, que el adulto actúe.
En esa línea, Milagros agregó que todos los adultos pueden ocupar un lugar en el acompañamiento de un chico, incluso cuando no sean sus padres. “Sobre todo docentes y en las escuelas”, sostuvo. “Es importante no perder la humanidad, no perder el cuidado, estar atentos todos y realmente sentir que están cumpliendo ese rol”.
Deepfakes, inteligencia artificial, redes sociales que impactan sobre la imagen corporal, nuevas formas de violencia digital. ¿Qué puede hacer un adulto frente a fenómenos que muchas veces no comprende?
Paz sumó otro ejemplo a partir de la inteligencia artificial. Frente a los jóvenes que recurren a un chatbot para hacer preguntas personales, propuso no quedarse únicamente mirando o controlando qué hacen con esa herramienta, sino preguntarse qué puede estar faltando fuera de ella.
“Creo que hay que mirar cuáles son las variables que no se están dando en la vida real como para que terminemos recurriendo a la IA”, sostuvo. Y agregó: “El acompañamiento no es tanto mirar lo que está haciendo el joven con la IA, sino cómo podemos enseñarle a utilizarla de otra manera”.
Para Paz, el compromiso de los propios jóvenes con problemáticas como la salud mental pone en discusión otra etiqueta frecuente: la supuesta apatía juvenil. En la primera edición de Altavoz se presentaron 173 chicos y chicas de distintas partes del país, de los cuales fueron seleccionados 15, que ya realizaron 33 charlas en escuelas.
“No hay que pensar en la apatía, sino hay que pensar a qué son apáticos y desde qué vínculos se torna apática la conversación con un joven”, señaló. Tal vez, planteó, el problema no sea que los jóvenes no quieran involucrarse, sino que no siempre encuentran espacios de transformación e interés que los convoquen.
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Los adultos como “andamios”
Javier Quesada, especialista en Desarrollo Infantil Temprano y Salud de Unicef Argentina, recogió esas demandas desde la mirada adulta y señaló algo central: cuando un adolescente atraviesa un padecimiento de salud mental, muchas veces su primera puerta no es un consultorio.
“Los chicos y las chicas no van frente a un padecimiento de la salud mental a pedir un turno en un hospital. Lo hablan con un profe, lo hablan con el entrenador”, afirmó. Por eso, sostuvo, escuelas, clubes y otros ámbitos comunitarios pueden convertirse en redes fundamentales de contención.
Eso no significa que un profesor o un entrenador deba “jugar al psicólogo”, aclaró. Su función puede ser otra: registrar señales de alerta, escuchar y ayudar a que ese adolescente llegue a la ayuda que necesita.
Quesada lo ejemplificó con esos profesores que recuerdan el nombre de un alumno, registran que faltó o se animan a decirle: “No te vi tan bien la semana pasada”. “Ese otro puede marcar la diferencia”, sostuvo.
También advirtió sobre respuestas adultas que pueden levantar una pared justo cuando un adolescente consiguió animarse a hablar: minimizar —“esto es propio de la adolescencia, a mí también me pasó”—, culpabilizar o estigmatizar.
“Vos, con todo lo que te costó, te abriste a contarme”, ejemplificó. Si la respuesta corre al adolescente del centro de la escena, puede interpretar que ese adulto no está disponible para alojar lo que le pasa.
“Los chicos nos dicen que el mundo adulto con estas características se presenta muy hostil y no les da ganas. No encuentran esta disposición al diálogo muchas veces dentro de la familia”, afirmó.
Por eso, para Quesada, tan importante como escuchar es generar pertenencia. Familia, escuela, clubes, amigos y otros espacios pueden funcionar como redes que mantengan a los chicos vinculados y acompañados. “No tener un proyecto, no tener un horizonte, es un factor de riesgo muy importante”, señaló.
Para explicar cuál debería ser el lugar de los adultos, utilizó una imagen: la de los andamios. “La pared la construís vos porque es tu propia vida, porque es tu propio proyecto y nosotros brindamos andamios para que te puedas apoyar”, explicó. Los adultos, agregó, tienen que aprender muchas veces a correrse del lugar de quienes dirigen el camino y “dejarnos sorprender por los chicos”.
En definitiva, las miradas de Paz, Milagros, Valentín y Quesada confluyeron en una misma idea: no se trata necesariamente de saber qué decir frente a cada problema. A veces, el primer paso es que del otro lado haya alguien dispuesto a quedarse, escuchar y tratar de entenderlo juntos.
Hablemos de Todo
Esta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.


