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Enrique Battaglini: un hombre cabal que contagiaba alegría y conocía los secretos de la City

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“Siempre hay que tener un proyecto en la vida”. Parece una frase hecha, pero para Enrique Battaglini, nuestro colega y compañero del diario durante muchos años que falleció este miércoles a los 97 años, era mucho más que eso. Era acción, y así se lo transmitió a sus dos hijos y sus tres nietos. Había estudiado en la Escuela de Aviación Militar, en Córdoba, pero no terminó la carrera. Él ya tenía otro destino.

A los tres años del inicio volvió a Buenos Aires y rápidamente abrazó el oficio periodístico en el diario El Mundo. Trabajó allí hasta el cierre, y en 1967 ingresó a LA NACION, donde estaría por treinta años en la sección Economía. El Banco Central, la Bolsa, todos los rincones de la City lo vieron transitar calles, oficinas y bancos en los tiempos en que, sin celulares y sin internet, era obligatorio buscar la información en cada lugar.

Su profesionalismo, pero sobre todo su don de gentes, hacían que fuera una persona respetada por todos, desde presidentes de bancos hasta los directivos menores. Quienes lo conocieron entonces recuerdan que figuras como Enrique García Vázquez, José Luis Machinea o Pedro Pou, cada uno en su etapa en la cúspide del Banco Central, lo tenían como un interlocutor válido, al igual que todos los ejecutivos del mundo financiero. “Si Batta (o el Battón, como lo conocíamos los más cercanos) tenía una información, había que atenderlo”.

En tiempos del intendente Osvaldo Cacciatore (a fines de los 70), trabajó en el área de Prensa de la Municipalidad de Buenos Aires, aprovechando el contra turno con los horarios del diario.

Trabajó en redacciones al fragor de las Olivetti, y le tocó ver la llegada de las computadoras a LA NACION. Con cada cambio de sistema operativo mostró su capacidad de adaptación, que iba de la mano con su constante ánimo de integración con compañeros de otras generaciones. “Era una persona que ayudaba a darle un clima alegre a la jornada de trabajo”, recuerda una periodista que ingresó a la redacción cuando él estaba entre los veteranos.

El buen humor era una constante en Enrique, “un dandy, una de esas personas irrepetibles”, como lo recuerda un colega que compartió con él muchas “excursiones” por los mercados del microcentro. Un caballero gentil y “piropeador” con el público femenino, en tiempos en que ese era un gesto de amabilidad y cortesía. Siempre atildado, de traje y corbata, sólo se lo podía ver algo desprolijo en las noches de la redacción, en pleno cierre, cuando había que apurarse porque “¡se van los camiones!”. La economía argentina, siempre con alguna crisis en ciernes, era el territorio que tantas noches lo obligaban a estar trabajando hasta altas horas. “Nena, vos llevá la ‘corbata’ a Info (por Infografía)”, instruía a una compañera de la sección con la que armaban los gráficos de la Bolsa y que lo recuerda con muchísimo cariño. En nuestra jerga, la “corbata” era una pieza vertical en la portada de la sección Economía que resumía, en pequeños gráficos, lo más destacado de la jornada en materia financiera.

Ya cerca de su retiro, en 1997 dejó LA NACION para encarar un nuevo desafío: fue parte del equipo fundacional de BAE Buenos Aires Económico, un diario que se proponía competir como medio especializado en economía, finanzas y negocios. Estuvo allí hasta 2001, cuando decidió que su “pequeña gran familia”, como solía nombrarla, ocuparía todo su tiempo. El periodismo y su familia eran sus pasiones, a las que sumaba su fervor boquense.

Su esposa Dora (66 años juntos), sus hijos María Laura y Enrique y sus nietos, Luli, Florencia y Gonzalo, lo recordarán por siempre. Como todos nosotros.

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