“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo” (Prestalibro, 2026)
Cuando se silencian los rumores de la heladería contigua y cesa el tráfico en la ruta Interbalnearia, se escuchan murmullos en la biblioteca comunitaria que un vecino del lugar, viudo, gran lector y de ascendencia armenia, instaló en un punto neurálgico de Solana (Uruguay) donde bulle el turismo, pues allí nomás está la célebre Punta Ballena y la playa que se continúa en un extenso arco hasta donde se pone el sol.
Todo comenzó cuando Rafael –pues así se llama el mecenas– resolvió crearla en recuerdo de Mariela, su novia, esposa, compañera y artista, a partir de las pilas de libros que acumulaba su amiga Selva, resultado de ventas de casas cuyos dueños no quisieron llevar y cuyos compradores tampoco conservar. Fue entonces cuando la idea se convirtió en realidad. Para empezar, el propio Rafael la bautizó con el nombre de “Prestalibro”, un calambur improvisado que no pudo ser más acertado.
Quien escribe estas líneas, designado “curador”, volcó la primera caja sobre el piso hace un año y, en cuatro patas, comenzó a clasificar la catarata de títulos, autores, tapas y contratapas conforme a los temas que se iban develando. Novelas por aquí, biografías por allá; poesía, infantiles, historia, autoayuda, física y filosofía. Ahora tiene casi 4000 títulos.
Borges imaginaba el Paraíso como una biblioteca y todos sabemos que cada ejemplar contiene voces silenciadas que quieren contarnos sus historias, sus recuerdos y sus emociones, pero deben mantener las bocas cerradas a la espera de que alguien los elija. De ello podría escribir bastante Irene Vallejo, cuya maravillosa obra El Infinito en un Junco se encuentra presente en varios ejemplares.
A diferencia de una librería convencional donde las obras esperan salir en forma definitiva, aquí son una población estable que siempre aumenta y nunca disminuye. Cuando alguien las selecciona, saben que solo saldrán de paseo. Al ser comunitaria y no especializada, está abierta a los cuatro vientos y por su puerta entra tanto el pampero como el zonda, el mistral como el siroco.
Barajar lo impredecible y escuchar lo sorprendente es el rol de Clara, la joven madre de trenza rubia que la atiende, para que esos vientos amainen y fluyan como brisas serenas y lectoras. Sin las premuras de la factura y el código QR, el tiempo se prolonga en hojeos (con y sin hache) y mirares. Sacar y toquetear son parte del ritual esperado, pues el uso es la forma en que Prestalibro pone en práctica su nombre.
La magia del lugar convoca a personajes curiosos y sorprendidos que encuentran, en ese ámbito silencioso, filas de lomos coloreados cuando afuera todo son trajines de turismo. Algunas almas solitarias buscan compañía en autores clásicos o de best sellers que llevan, como nuevos amigos, a sus mesitas de luz. Lo más simpático es que Clara se ha convertido, fuera de su protocolo laboral, en receptora de historias personales, quizás más interesantes y conmovedoras que las que contienen los estantes que la rodean. Y así se instalan como tradición oral de la biblioteca y son contadas a otros, como en esta columna.
Al colocar los libros ha encontrado mensajes de quienes eran sus dueños y los olvidaron allí como los náufragos en botellas. Un día cayó una pequeña llave de una caja fuerte ignorada. Y allí está, colgada de un clavito pues “hay una cerradura que me espera, una sola” (Borges, “Una llave en East Lansing”). Un joven lector, subyugado por la frase, se ha prometido encontrarla y llevarla al poeta a su tumba ginebrina. Clara conserva una “ajada violeta”, quizá “monumento de una tarde inolvidable y ya olvidada” que también evocó JLB en “Las cosas” y que ella salva del olvido.
Emocionada, nos cuenta de aquel “gurí” muy modesto que se acercó buscando una biografía que lo inspirase en su afán de progreso y eligió la vida de Elon Musk. Al tiempo, volvió compungido porque vivía en una carpa y su perro había roto el libro. Pero la magia de Prestalibro vino a su rescate: al día siguiente, en otra caja donada, apareció exactamente el mismo ejemplar, tan nuevo como el primero.
Clara tiene fotos antiguas frente a su escritorio; instantes que, aunque ajenos, le resulta difícil segar para siempre. Hace no mucho, Margara se reconoció a sí misma en esa foto de juventud y la dejó allí, pues era donde el destino quería conservarla. Entre las visitas que le relataron sus vidas, se destaca María Gracia, quien fue muchos años restauradora de arte para el Museo del Louvre y ahora es vecina del lugar.
Otra perla: una lectora llevó Divorcio en Buda y El Último Encuentro de Sándor Márai pero lo que más le gustó fueron las frases subrayadas y notas al margen hechas por su donante. Las mismas marcas que hubiera hecho ella –dijo- si los libros le hubieran pertenecido. Clara no le contó que el donante estaba también allí, en ese momento, sentado y en silencio para no quebrar el cristal de la conexión imaginaria.
Otra vez apareció un texto escrito con perfecta letra cursiva de los años 40, donde una montevideana anotó un “Detalle de cosas que faltan desde hace un tiempo en la casa de Rambla Wilson 471”. La lista parece de Manuel Mujica Láinez: “Un chevalier, engarce en oro, con aguamarina rectangular. Una moneda de oro holandesa con el perfil de la reina Guillermina engarzada en cadenilla de oro, para usar como prendedor. Un par de clips para oreja, en oro, con figura de tres espigas cada uno, unidas por un cintillo de oro. Una cadena antigua de oro en forma de pulsera. Los eslabones son dos alambres de oro trenzados. Un misterio completo de un rosario de cinco misterios, con cuentas de marfil unidas por cadenilla de oro. Un encendedor Dunhill de plata para hombre, de los que tienen la tapa que se abre automáticamente al encender. De forma alargada. Iniciales E G A. Un fotómetro marca Weston No. 9306371 Modelo 735, con estuche de cuero. Además, se nota la falta de cubiertos de plata, sábanas, toallas etc. Posiblemente algo más que aún no se ha notado.
Tres jovencitas santafecinas, que trabajaban “de temporada” en un restaurante próximo, descubrieron Prestalibro camino a la playa. Y optaron por pasar cada tarde, en su hora de descanso, leyendo algún libro tendidas sobre almohadones en el piso y conversando con Clara, en lugar de disfrutar del mar como sus compañeros.
Relata Clara que llegó un señor maduro que no había entrado nunca: “Se quedó dos horas hablando conmigo y me contó que es carnicero, sufre el karma de matar animales y el dolor por sus vínculos familiares. Fue muy lindo que se abriera por estar aquí, en la biblioteca. Al irse, me pidió que lo abrazara y lo hice. Ambos lloramos”.
A veces llegan bandadas de niños a escuchar cuentos, sentados en el suelo, con sus túnicas blancas (no “delantales”) y sus moñas azules (no “moños”). Se abalanzan sobre los infantiles y Clara debe anotar, a los apurones, los libros que se llevan. Ahora Rafael ha instituido un premio para los mejores cuentos de alumnos primarios de las cinco escuelas rurales cercanas. A media voz, ella me pregunta: “¿Cómo podremos juzgarlos si somos adultos? ¿Por emular una escritura madura o por reflejar mejor su imaginación infantil?” Solo María Elena Walsh nos podría guiar.
Cuando Clara sale a buscar a sus niñas a la escuela, termina el horario de Prestalibro. Echa llave a sus puertas y apaga las luces. Pero al oscurecer, cuando el sol se pone sobre el mar de Solís, Platón convoca a su Banquete y allí concurren desde el Principito a Isabel Allende, desde Lin Yutang a Wilbur Smith, desde Jane Austen a Marguerite Yourcenar. Nunca sabremos de qué discurren, pero a la mañana siguiente, al abrir, la joven madre de trenza dorada jura oír sus últimas discusiones.
E se non è vero, è ben trovato.


