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“Hay más consultas”: el trastorno que hace sufrir por supuestos defectos que nadie más ve

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En 2021, la actriz Megan Fox contó que sufría dismorfia corporal y puso el tema en la agenda mundial. Sin embargo, cinco años después, sigue siendo un trastorno poco conocido y muchos pacientes llegan al diagnóstico casi por casualidad.

Teresa Esparza Baigorri, licenciada en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctora en Medicina por la Universidad de Zaragoza, habló con LA NACION sobre este tema. “Nos llegan más consultas”, advirtió.

Es especialista en trastornos de ansiedad, duelo, depresión y estrés postraumático, y trabaja con pacientes con dismorfia en el Centro de Ansiedad y Trastornos Relacionados (CEAN). Explicó cómo vive una persona con esta patología, cuál es el tratamiento indicado y qué impacto tienen las redes sociales sobre la imagen corporal, entre otros temas.

Teresa Esparza Baigorri es especialista en trastornos de ansiedad, duelo, depresión y estrés postraumático

−¿Qué es exactamente la dismorfia corporal? ¿Cómo vive una persona con dismorfia?

−Es una preocupación obsesiva o exagerada por uno o más defectos percibidos en la apariencia física que generalmente no son visibles para los demás o que, si existen, la persona percibe como mucho más importantes de lo que realmente son.

Esto tiene dos grupos de síntomas. Por un lado, la preocupación. A una persona puede llevarle entre tres y ocho horas por día pensar en esto. Las áreas más habituales de preocupación suelen ser la cara, la piel, las pecas, los granos, el color de la piel, el pelo, la nariz o la boca. Todas las personas tenemos cierta disconformidad con algún aspecto físico. Uno puede mirarse al espejo y pensar: “No me gusta tanto mi nariz”, pero después sigue con su vida. La persona que tiene dismorfia no.

Y ahí aparece el segundo grupo de síntomas, que son los comportamientos compulsivos, rituales o conductas de reaseguro: las cosas que esa persona hace para intentar disimular, ocultar o corregir su apariencia. Esto también les lleva muchísimo tiempo. Puede ser mirarse excesivamente al espejo, grabarse para ver cómo se percibe desde distintos ángulos, observarse en superficies reflectantes como el tapón de acero de una ducha, un auto o una vidriera, o recurrir al maquillaje.

Hay personas a las que salir para ir a trabajar les puede llevar al menos una hora por todo el proceso de maquillaje y cuidado de la piel. También compararse constantemente, sobre todo en redes sociales, aunque también con otras personas. Tenía una paciente que tardaba dos horas en conectarse a una sesión porque necesitaba encontrar el ángulo desde el cual se veía mejor.

Esparza Baigorri explica que la patología tiene dos grupos de síntomas: por un lado, la preocupación; por el otro, los comportamientos compulsivos

Les lleva muchísimo tiempo hacer este tipo de cosas: buscar información en redes, dormir con tiras en la nariz o con el pelo recogido para intentar modificar la forma de la cara o los ojos. Y, por último, aparece el evitamiento. Evitan ir a dormir a la casa de alguien o ir a la pileta, por ejemplo.

−¿Dentro de qué tipo de trastorno cae la dismorfia?

−Está dentro de los trastornos obsesivos y otros trastornos relacionados. La dismorfia atravesó distintas interpretaciones a lo largo del tiempo. En una época se pensaba que era un trastorno psicótico delirante; en otra, que era una preocupación vinculada a la salud.

Según la clasificación actual del DSM-5, tiene muchas similitudes con el trastorno obsesivo compulsivo (TOC). En el TOC, una persona toca algo y piensa: “¿Y si me pasa algo?”. Entonces tiene que volver a tocarlo para quedarse tranquila, pero al rato necesita repetir la conducta. Ahí aparecen las obsesiones y los rituales.

La dismorfia se incluye hoy dentro de ese grupo de trastornos y el tratamiento también comparte muchos elementos con el del TOC, aunque la preocupación está centrada en la imagen corporal.

−¿Tiene alguna relación con los trastornos de la conducta alimentaria?

−Hay bastante comorbilidad. Aproximadamente el 30% de los pacientes con dismorfia tienen un trastorno de la conducta alimentaria (TCA). Y se cree que cerca del 60% de los pacientes con TCA tienen dismorfia.

La diferencia principal es que quienes tienen TCA suelen focalizarse en el peso. La dismorfia va más allá. Una persona puede tener un peso considerado normal, pero sentir una gran preocupación por la panza, los muslos o los brazos.

Los rituales también se orientan hacia eso. Tengo una paciente que cuando corre en el gimnasio intenta mantenerse completamente erguida porque siente que, si se inclina, se le va a notar un rollo. Eso es más característico de la dismorfia que de un TCA.

Según los expertos que lo han estudiado, afecta a entre el 1,7% y el 3% de la población

−¿Hay más casos en mujeres que en varones?

−Alrededor del 60% son mujeres y el otro 40%, varones. Las mujeres suelen preocuparse más por la cara, el pelo, la panza o los brazos. Los varones, por la alopecia, la musculatura o, a veces, el tamaño del pene.

En general consultan más las mujeres. Pero también es verdad que muchas personas tienen dismorfia y no lo saben. Con frecuencia llegan derivadas por otros profesionales.

−¿Cuándo una preocupación por el aspecto físico deja de ser una inseguridad y se convierte en un trastorno?

−Aunque está relacionado, no es lo mismo que la baja autoestima. Una persona puede tener baja autoestima sin tener obsesiones ni rituales.

Algunos autores insisten en que la dismorfia no es baja autoestima ni vanidad. Yo tenía una paciente que era modelo. Objetivamente era una persona muy atractiva, pero tenía dismorfia y sufría muchísimo.

Les decía a sus amigas: “Mirá lo mal que salí en esta foto”. Y ellas le respondían: “Lo hacés para que te digamos lo linda que sos”.

Pero eso no es vanidad. Preguntar constantemente es uno de los rituales más frecuentes. Y ocurre algo importante: el paciente no se cree la respuesta. Aunque le digan que está bien, 10 minutos después vuelve a preguntar. El alivio dura poco y el problema se mantiene.

−¿Cuáles son las causas de la dismorfia?

−No existe una causa única. Es un trastorno multifactorial.

Hay factores genéticos, neurobiológicos, ambientales y de personalidad. Tener familiares con TOC o trastornos de ansiedad puede aumentar la vulnerabilidad.

También hay investigaciones que sugieren que algunas personas procesan su imagen corporal con una especie de efecto lupa o zoom. Su cerebro presta más atención al detalle que al conjunto.

A eso se suman experiencias como el bullying o determinados mensajes familiares. Y también rasgos de personalidad, como el perfeccionismo, la autoexigencia o la sensibilidad al rechazo.

−¿Hay alguna edad más vulnerable que otras?

−La adolescencia es uno de los momentos de mayor riesgo, especialmente entre los 12 y los 13 años, cuando el cuerpo comienza a cambiar.

También vemos casos en mujeres cuando empiezan a notar los efectos del envejecimiento y les cuesta más tolerarlos.

Los estudios no muestran una prevalencia mayor según el nivel socioeconómico. Lo que cambia es el acceso a tratamientos estéticos para intentar corregir los supuestos defectos.

La especialista afirma que los pacientes pueden recuperarse con el tratamiento adecuado

Además, muchas personas no llegan al diagnóstico porque se trata de un trastorno poco reconocido. Suelen iniciar el recorrido en consultas dermatológicas o de cirugía estética. Sabemos que alrededor del 70% de los pacientes se realiza algún procedimiento y sigue insatisfecho.

−O sea que el cruce de la dismorfia a procedimientos estéticos es muy alto.

−Sí, claramente.

−¿Y cómo se trabaja? ¿Cuál es el tratamiento?

−Trabajamos desde la terapia cognitivo-conductual y el tratamiento tiene tres pilares principales.

Uno es la reestructuración cognitiva. Ayudamos al paciente a identificar, cuestionar y modificar pensamientos obsesivos, negativos y catastróficos sobre sí mismo.

Otro es el trabajo sobre los rituales. La idea es que la persona pueda exponerse a situaciones cotidianas sin recurrir a todas esas conductas de camuflaje que utiliza para sentirse segura.

Y el tercero, específico de la dismorfia, es la reestructuración perceptual. Como estos pacientes observan obsesivamente los detalles, pierden la visión global de su cuerpo.

La exposición al espejo busca justamente que aprendan a verse de una manera más amplia, sin hacer foco solo en aquello que les preocupa.

−¿Qué dicen las cifras a nivel mundial?

−Entre el 1,7% y el 3% de la población tiene dismorfia. Es una prevalencia más alta que la del TOC y superior a la de otras patologías como la esquizofrenia.

Pero sigue siendo una enfermedad poco conocida y poco diagnosticada.

−¿Desde la pandemia aumentaron los casos o al menos los detectados?

−En nuestro caso sí vimos un aumento. Las videollamadas, la exposición constante a la imagen propia, el uso del barbijo y luego el retorno a la presencialidad impactaron mucho.

Además, la falta de rutina hizo que algunos jóvenes pasaran horas comparándose en redes sociales o buscando maneras de modificar aspectos de su apariencia.

No sé si hay más casos o si ahora se detectan mejor, pero claramente nos llegan más consultas.

−¿Qué factores actuales pueden estar favoreciendo este trastorno?

−Sin dudas, las redes sociales. Los filtros, los influencers y los ideales de belleza.

Además, ahora aparece una mezcla entre la búsqueda de delgadez y la obsesión por la musculación. Las personas intentan adaptarse permanentemente a lo que está de moda.

Con la inteligencia artificial también se retocan imágenes de manera cada vez más sofisticada. Entonces, nadie tiene celulitis, panza o marcas en la piel. Y eso lleva a creer que esa es la realidad, cuando no lo es.

Solo el 1% o el 2% de la población cumple esos estándares de perfección.

−¿Qué puede hacer un familiar si sospecha que alguien cercano tiene dismorfia?

−Lo primero es promover una consulta profesional. Los familiares suelen intentar ayudar diciendo “estás perfecta”, pero sin querer terminan alimentando el ritual.

Lo que se necesita es un abordaje específico.

Son tratamientos relativamente breves. Si no existe además un trastorno alimentario asociado, pueden durar alrededor de cuatro meses. Son muy estructurados y trabajan directamente sobre el problema. Los pacientes suelen mejorar mucho en pocos meses.

−¿Se puede decir que la dismorfia se cura?

—Probablemente siempre quede alguna preocupación por aspectos de la apariencia, igual que le ocurre a la mayoría de las personas. Casi nadie está completamente satisfecho con su cuerpo.

Pero los pacientes se recuperan. Puede haber recaídas en momentos de estrés o cambios importantes, como un embarazo, pero sí, los pacientes reciben el alta y vuelven a funcionar normalmente.

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