Desde que ingresó al secundario, Pia atravesó gran parte de sus días en un internado en Perú, su país natal. Allí su vida estaba programada. De siete de la mañana hasta las cinco de la tarde cursaba las materias formales, y en lo que restaba del día, dedicaba las horas a actividades extracurriculares. Los fines de semana regresaba a casa, donde su rutina consistía en pasar su tiempo en familia e ir a la iglesia: “Mi vida antes de llegar a Argentina era bastante monótona y tranquila”, describe Pia hoy, mientras rememora aquellos tiempos.
Pero había algo de ese colegio que estaba lejos de ser monótono: la biblioteca, un salón fabuloso, donde la adolescente dedicaba gran parte de su tiempo libre a leer autores de distintas partes del mundo: “A través de esas lecturas fui descubriendo nuevas ideas y perspectivas, y comencé a darme cuenta de que existían muchos temas sobre los que no podía hablar con libertad en mi entorno”, cuenta.
“Tanto en el colegio como en mi familia predominaba una formación profundamente cristiana, por lo que había numerosos temas considerados tabú. Además, las jerarquías familiares estaban muy marcadas por la edad y el sexo, lo que también influía en la forma en que cada persona podía expresarse o cuestionar determinadas ideas”.

Argentina, un escape hacia el libre pensamiento
La censura que Pia experimentaba en su entorno comenzó a pesar. Si bien sabía que probablemente no todo Perú actuaba desde la misma mentalidad, en la sociedad que a ella la rodeaba, y dentro de la identidad que a ella le había tocado habitar desde la cuna, las tradiciones, patrones culturales y tabúes pesaban demasiado e incluso, por momentos, limitaban su libertad para pensar y cuestionar ciertas ideas.
Pero, por otro lado, la educación que había recibido en el secundario era mucho más alternativa de lo que tal vez su entorno hubiera sospechado, allí se promovía una mentalidad abierta y fue eso mismo lo que despertó en Pia la necesidad de conocer una realidad diferente a la que estaba acostumbrada. Y con esas necesidad, cierto día tras culminar el secundario y con apenas 16 años, la joven decidió que era tiempo de volar lejos. ¿El país elegido? Argentina, Pia estaba impresionada por el reconocimiento y la calidad de la universidad, algo que había escuchado mencionar mucho.
“En mi familia extendida la decisión fue recibida mayormente con desaprobación. Muchos cuestionaban a mis padres por permitirlo y no tardaban en hacérmelo saber con la intención de desanimarme; gran parte de esos comentarios giraban alrededor del hecho de que era mujer y de que viajaría sola a otro país. También percibí cierta decepción por parte de mis padres, ya que, como ocurrió con muchos de mis amigos, nuestras familias habían imaginado desde que éramos pequeños qué carrera estudiaríamos e incluso a qué universidad asistiríamos”, revela Pia.

“Finalmente, la mayoría de mis amigos y compañeros siguieron ese camino programado, eligiendo las carreras con mayor demanda y las mejores universidades a las que podían acceder. Entre mis amigos y conocidos, sentí que la noticia fue recibida con una mezcla de asombro y resignación: muchos evitaban hacer demasiadas preguntas y simplemente se limitaban a desearme lo mejor”.
El impacto de llegar a la Argentina: “Percibí una menor influencia de la religión en la vida cotidiana”
Apenas pisó Buenos Aires, Pia sintió una mezcla de miedo y emoción. En todas las semanas previas no había tenido tiempo de tomar en cuenta la verdadera dimensión de la decisión que había tomado. Recién cuando respiró la nueva atmósfera en otro rincón del mundo, comprendió que ahora estaba sola, siendo apenas una adolescente frente al destino.
En un comienzo se instaló en una residencia estudiantil cerca de Congreso, donde convivía con estudiantes de distintas partes de Sudamérica y de varias provincias de Argentina: “Una de las primeras cosas que me sorprendió fue el ritmo con el que los jóvenes parecían vivir sus vidas”, afirma Pia.

“A diferencia de lo que yo conocía, percibí menos urgencia por terminar una carrera lo antes posible y una mayor libertad para elegir qué estudiar u oficio seguir según los propios intereses, incluso cuando esa elección no parecía ser la más rentable. Cambiarse de carrera, trabajar mientras se estudia o avanzar al ritmo de cada uno, sin pensar constantemente en la competencia, me pareció mucho más común”.
“También me llamó la atención la facilidad con la que las personas expresaban lo que les gustaba o les molestaba, así como la naturalidad con la que se reunían para disfrutar de planes sencillos, como pasar una tarde al sol en una plaza. Me sorprendió ver a muchos varones ocupándose del cuidado de sus hijos, el respeto por el silencio en las calles y el transporte público, y la participación constante de la sociedad en distintas causas sociales”.

“Del mismo modo, percibí una menor influencia de la religión en la vida cotidiana y una forma de relacionarse mucho más horizontal: todos se tuteaban y se hablaban con una confianza que parecía no depender tanto de la edad, el sexo o el grado académico”.
Estudiar Medicina, acceso cultural, menor acoso callejero y calidad de vida: “Sentía que no había temas prohibidos”
Pia siempre había amado aprender y en Perú había sido una estudiante ejemplar, lo que le permitió culminar muy joven sus estudios secundarios. Gran parte de lo que ella entendía como su identidad había sido construida a partir de los valores que se inculcan —o se esperan— de una buena estudiante. Su familia siempre tuvo una gran devoción por la educación, en parte porque había sido la herramienta que les permitió salir de la pobreza.

Ingresó a estudiar en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Medicina, colmada de ilusiones. Al principio, Pia se sentía bastante agobiada, no había dimensionado la inestabilidad que puede atravesar un estudiante migrante al dejar su hogar y comenzar prácticamente desde cero.
“Siento que mi calidad de vida fue mejorando a medida que conocía el país y lograba adaptarme. vivir en una ciudad más ordenada y limpia, contar con un transporte público eficiente, tener acceso a espacios de recreación y esparcimiento gratuitos, educación superior de calidad y gratuita, mayor seguridad social y percibir menor acoso callejero fueron algunas de las cosas que más influyeron positivamente en mi experiencia”, dice.

“En el aspecto humano, mi entorno comenzó a estar compuesto principalmente por mujeres, algo bastante diferente de lo que me ocurría en mi país. Las amigas argentinas que conocí se caracterizaban por la libertad con la que podían hablar de cualquier tema. Los tabúes parecían casi inexistentes y existía una gran facilidad para generar intimidad, compartir experiencias personales y escuchar sin juzgar. Sentía que no había temas prohibidos y que, en lugar de competir constantemente, predominaba una actitud de acompañamiento y ayuda mutua. También me llamó mucho la atención la naturalidad con la que demostraban afecto, algo que hizo que con el tiempo pudiera sentirme más acompañada y contenida”.
Ser parte de una familia argentina y las nuevas formas de vincularse: “Una manera mucho más espontánea y natural”
El agobio menguó casi por completo cuando Pia conoció a su novio, un argentino que la introdujo a su círculo y a su familia, que la aceptó como si fuera una más.
Y así, inmersa en una nueva etapa en su vida, la joven se insertó en la cultura argentina con mayor profundidad. El hecho de interactuar cada vez más con argentinos y las formas de comportarse en familia, le permitió a Pia conocer una nueva manera de vincularse, marcada por una gran confianza, cercanía y afecto: “Desde el primer día en que mi novio me presentó a su familia, no tardaron en hacerme sentir como en casa: me recibieron con mucho cariño, naturalidad y una confianza que rápidamente me hizo sentir parte de la familia”, asegura Pia.
“Esto fue algo que me llamó mucho la atención, porque ciertas formas de cercanía, afecto e intimidad, incluso algo tan cotidiano como tutearse entre los distintos integrantes de la familia, que en mi entorno peruano podían tardar años en construirse, o que incluso solían estar más asociadas a vínculos consolidados después del matrimonio, aquí surgían de una manera mucho más espontánea y natural”, continúa.

La facultad, por otro lado, sigue siendo hasta el día de hoy un hermoso desafío para Pia, quien actualmente tiene 23 años, cursa el último año de Medicina y se pregunta si su futuro laboral estará en Argentina, un lugar que ya siente propio, o en otro rincón del planeta: “Creo que uno de los principales desafíos laborales después de migrar es decidir dónde conviene proyectarse profesionalmente a largo plazo”, reflexiona.
“Una vez que atravesaste una experiencia migratoria, comenzás a comparar con mayor facilidad las oportunidades que podrían ofrecerte otros países, tu lugar de origen o incluso un nuevo destino. Sin embargo, esa decisión no depende únicamente de lo económico, porque con el tiempo también construís vínculos, hábitos, rutinas y un sentido de pertenencia en el lugar donde vivís. De esta manera, aparece una tensión entre buscar mejores oportunidades laborales o económicas y conservar la vida que ya lograste construir”.

¿Irse o quedarse?, un dilema de identidad lleno de interrogantes: “Se me hace mucho más difícil pensar en dejar Argentina de lo que fue dejar Perú”
Lejos quedaron los días de internado, tiempos marcados por los mandatos estrictos donde la identidad esencial de Pia se hallaba ahogada. Y por ello se fue, para desplegar esas alas reprimidas y experimentar la vida desde una dimensión libre. Argentina fue su destino y en ella halló tesoros que jamás imaginó encontrar.
Siete años pasaron desde su llegada y la joven peruana siente que su identidad sufrió una transformación radical, que la llena de interrogantes que se intensificaron hace poco tiempo, cuando a su novio le surgió la idea de emigrar a Francia. Con la idea en mesa, a Pia la atravesó una certeza sorprendente: “A pesar de no tener ningún familiar, se me hace mucho más difícil pensar en dejar Argentina de lo que fue dejar Perú”.
“Esto me sorprende y muestra en lo significativo que Argentina se ha convertido para mí. Aquí formé vínculos, desarrollé mi carrera y construí una parte importante de quien soy. Por eso, la posibilidad de irme me enfrenta nuevamente a la pregunta de qué ocurre con nuestra identidad cuando dejamos un lugar que ya sentimos propio”.

“Hoy siento que mi vida y mi personalidad están profundamente formadas e impregnadas de Argentina. Sin embargo, el hecho de no haber tenido demasiado tiempo para experimentar y convivir con Perú más allá de las aulas, las normas de mi casa y la iglesia, me hace preguntarme si, en busca de cierta libertad, en algún momento perdí mi identidad o si alguna vez tuve realmente la oportunidad de construirla plenamente”.
“Por ello, con esta experiencia, aprendí cuánto puede influir una sociedad, una cultura o una religión en la forma en que una persona piensa, vive y proyecta su futuro. Cambié mi forma de ver muchos aspectos de la vida cotidiana. Entendí que una paternidad presente y responsable no debería considerarse algo extraordinario, sino lo mínimo esperable; que el acoso callejero no es un problema menor, porque condiciona profundamente la libertad con la que una mujer puede moverse por el espacio público; y que hablar de sexualidad no debería ser un tema tabú. Sobre todo, aprendí a disfrutar más del presente, a valorar las pequeñas cosas y a reconocer la importancia de crear espacios de confianza e intimidad con las personas que forman parte de mi vida”.
“También comprendí la importancia de preguntarse qué es lo que uno realmente desea hacer, más allá de las limitaciones o expectativas del lugar en el que nació. Aprendí a expresar con mayor libertad aquello con lo que estoy de acuerdo y aquello con lo que no, y a entender que la edad o los grados académicos no deberían imponer jerarquías entre las personas”, concluye.
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