Concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Director: Kirill Petrenko. Programa: Edward Elgar: Variaciones “Enigma”, op.36; Piotr Ilich Chaikovsky: Sinfonía Nº4 en fa menor, op.36. Teatro Colón. Nuestra opinión: Excelente
En la música clásica, como en las manifestaciones culturales en general, no existe el calificativo el mejor de todos. Las mediciones, los controles, los cálculos son parámetros aplicables a otras actividades humanas. Pero en la valoración del hecho musical intervienen, indefectiblemente, la subjetividad, los estados emocionales del músico y del oyente y las infinitas interpretaciones individuales, todas ellas indiscutibles. Pero si se hiciera una compulsa para escoger, por ejemplo, cuáles son las tres mejores orquestas sinfónicas del mundo, seguramente todos incluirían en esa terna superior a la Filarmónica de Berlín. Las otras dos podrían variar, pero sería harto extraño que no apareciera ahí esta orquesta, la misma que anoche, con un programa altamente revelador, ofreció un concierto extraordinario en el Teatro Colón.
Precisar las virtudes colectivas de este organismo parece ocioso. En lo estrictamente técnico -la afinación, la precisión rítmica, la exactitud de los ataques, etc.-, la perfección campea invicta y abrumadora. Menester es señalar que, en este terreno, hay otras orquestas con el mismo altísimo nivel. Pero la unicidad y la admiración por la orquesta de Berlín comienzan a revelarse cuando la apreciación se detiene en la consideración del sonido, las texturas, la interpretación y el estilo. Y acá es necesario entender que este organismo de un centenar de músicos notables es conducido por un director, Kirill Petrenko, que lejos está de las luminarias de sus antecesores inmediatos (Karajan, Abbado, Rattle), pero que se plantó en el podio del Colón con una autoridad y una seguridad absolutas, firmísimo en sus convencimientos estéticos y largamente capacitado para hacer funcionar de maravillas a esta orquesta fenomenal.

Sutilezas
Los comienzos de las dos obras presentadas en este concierto podrían oficiar de testimonio categórico sobre las capacidades y talentos de la orquesta y de su director. Las Variaciones “Enigma”, de Elgar se abren con seis compases que están a cargo exclusivamente de las cuerdas. En ese medio minuto, la música sonó envolvente, cautivante, con respiraciones, fraseos y sutilezas tan mínimas como intensas. No podría haber habido una apertura más inspiradora para lo que habría de venir en la media hora que le continuó. Chaikovsky, en las antípodas de las delicadezas inaugurales de la obra de Elgar, abre su Sinfonía Nº4 con un fortísimo estruendo, también de unos treinta segundos, en el que participan solo los bronces, con la suma generosa de los fagotes. Y con una afinación impecable, ahí emergieron pujantes y hercúleas la contundencia, la sonoridad maciza y la majestuosidad de los cornos, las trompetas, los trombones y la tuba. El pasaje concluyó con un furibundo acorde de toda la orquesta y un mínimo silencio posterior también impactante. Con solo esas dos “oberturas” ya se pudo tener la certeza de que la orquesta que estaba sobre el escenario es extraordinaria. De todos modos, la corroboración de tales cualidades quedó largamente confirmada con las dos interpretaciones sobresalientes que Petrenko y los berlineses hicieron de ambas piezas.
A lo largo de la obra de Elgar, según las circunstancias y las peculiaridades de cada variación, la orquesta ofreció infinitos colores, distintos matices y transparentó las texturas extrayendo contrapuntos hasta hacerlos visibles/audibles. De acuerdo a los dictados de la partitura y de las facultades y capacidades de Petrenko, la Filarmónica de Berlín fue sedosa, opulenta, aterciopelada o maciza. Puestos a destacar momentos puntuales de una obra que sonó estupenda de principio a fin, ahí estuvo “Nimrod”, la novena variación, un cuasi himno que, luego de un crescendo magistralmente llevado adelante desde lo casi impalpable, alcanzó, victoriosa, esa mezcla elgariana de sobriedad y majestuosidad. También se pudieron admirar el sonido camarístico de la orquesta en “W.N.”, la variación Nº8, y la mejor poesía y toda la dulzura que irrumpieron desde el solo de chelo en “B.G.N.”, la variación Nº12. La primera gran ovación de la noche inundó al teatro tras el acorde final.

Más allá de las formas propias de una sinfonía romántica en cuatro movimientos, Petrenko, a su manera, transformó a la Sinfonía Nº4 de Chaikovsky en un drama sonoro que fue avanzando en episodios sucesivos a lo largo de cuatro actos de una ópera sinfónica. A pura redundancia, la orquesta sonó ajustada, llamativamente potente y también íntima, lírica y amistosa. En tren de destacar instantes, no se puede dejar de elogiar el solo de oboe del segundo movimiento, interpretado con respiración circular, arte y musicalidad por Albrecht Mayer, un oboísta legendario. Del mismo modo, sonó brillante el tercer movimiento en el cual, sin los arcos en sus manos, los cuerdistas de la orquesta trabajaron a puro pizzicato. En el cuarto movimiento, Petrenko, a las exactitudes y solvencias musicales, le agregó una cierta estridencia. con una sonoridad excesivamente incisiva, más propia de las orquestas estadounidenses que de las europeas.
Con el público de pie aplaudiendo a rabiar y sostenidamente, Petrenko se retiró y regresó varias veces del escenario hasta que finalmente volvió al podio. En solo un minuto, la orquesta ofreció una versión más rotunda que bailable de la “Danza rusa”, de El cascanueces de Chaikovsky. Y no hubo más. Sonriente y un tanto circunspecto, por último, arrojó unos muy educados besos al público del Colón e invitó a los músicos a abandonar el escenario. La pieza fuera de programa fue apenas una atención, un pequeño gesto de cortesía. Lo verdaderamente importante fue el concierto sobresaliente e inolvidable que Petrenko y la Filarmónica de Berlín ofrecieron generosamente y con el mejor arte.
5 stars


