Jorge Ignacio García Cuerva conoce de cerca las realidades más vulnerables de la Argentina. Antes de convertirse en arzobispo de Buenos Aires, pasó buena parte de su vida sacerdotal en barrios populares, especialmente en la villa La Cava, donde construyó una mirada de la fe marcada por el encuentro con los más necesitados. Abogado y teólogo, fue elegido por el papa Francisco para ocupar uno de los cargos más importantes de la Iglesia argentina y hoy enfrenta un nuevo desafío: preparar la llegada de León XIV al país.
El arzobispo reflexionó sobre el legado de Francisco, compartió recuerdos de sus encuentros personales con él y reveló cómo nació su vocación religiosa. También habló sobre la polarización política, la intolerancia y la violencia en el discurso público, y explicó por qué prefiere hablar de una “herida” antes que de una “grieta” entre los argentinos. De cara a la visita papal, expresó su esperanza de que el encuentro contribuya a recuperar el diálogo, la fraternidad y la capacidad de construir acuerdos más allá de las diferencias.
La llegada de León XIV y el desafío de la Iglesia argentina
-Recibir al papa León XIV representa un desafío enorme para la Iglesia argentina. ¿Cómo se están preparando para su llegada?
-Indudablemente. Es la Argentina la que recibe a su pastor, al pastor universal, al sucesor de Pedro. Todo el pueblo argentino está movilizado y preparándose para su llegada. Córdoba, Luján, Claypole, el Cottolengo Don Orione y la ciudad de Buenos Aires serán los lugares concretos donde el Papa estará con la gente. Eso implica una gran responsabilidad, toda la Iglesia argentina la que está movilizada. Creo que va a ser una verdadera fiesta.
-Más allá de la convocatoria multitudinaria y de la organización que requiere una visita de esta magnitud, ¿qué puede cambiar espiritualmente en nosotros?
-Yo creo que la visita del papa León XIV tiene tres etapas. La primera es la pre-visita, que estamos viviendo ahora. Tiene que ver con la organización, que exige mucha responsabilidad y nos tiene a todos un poco nerviosos. Pero también está dando frutos positivos, porque genera diálogo, acuerdos y consensos entre la Iglesia, los gobiernos locales y el Gobierno nacional, que tiene a su cargo, por ejemplo, la seguridad. Después vendrán los días de la visita, que serán de enorme emoción y alegría, con los distintos encuentros que tendremos con el Papa.
Y finalmente llegará la post-visita, que creo que será la etapa más extensa y desafiante. Ahí tendremos que llevar a la práctica lo que diga León XIV, concretar su mensaje en nuestra realidad argentina. Nos va a quedar mucha tarea para el hogar. la peregrinación a Luján fue un anticipo de lo que puede provocar la visita del Papa. Vi más gente que nunca. Se movilizaron más de dos millones de personas. Personalmente, tengo muchas expectativas.
-Usted conoció a Robert Prevost antes de que se convirtiera en León XIV, cuando ambos integraban el Dicasterio de los Obispos. ¿Cómo lo describiría? ¿Reconoce en el Papa los mismos rasgos que conoció entonces?
-Es un hombre muy humilde, sencillo, lúcido y preciso. Escucha muchísimo, hace silencio y después es muy directo y agudo en sus reflexiones. Esa es la misma personalidad que estoy viendo ahora. En mis primeros encuentros privados con él como Papa volví a encontrarme con ese hombre que presta mucha atención, escucha y después interviene con enorme inteligencia y claridad.
-¿Encuentra coincidencias entre León XIV y Francisco?
-Sin lugar a dudas. Tienen personalidades distintas, pero comparten muchos temas y acentos pastorales. El magisterio de la Iglesia es uno, pero cada Papa pone énfasis en determinadas cuestiones. Y hay acentos pastorales de León XIV que están muy en línea con lo que nos decía Francisco.
-¿La visita de León XIV podría convertirse en algo mucho más profundo que un encuentro multitudinario?
-Hace poco estuve con el embajador de Francia en la Argentina y me contaba lo impresionado que estaba por la movilización del pueblo francés durante una visita papal. Francia es un Estado laico, donde la Iglesia no tiene un protagonismo tan fuerte. Sin embargo, según me explicaba el embajador, mucha gente salió a la calle movida por la necesidad de reconstruir la sociedad desde valores como la paz, el diálogo y la fraternidad. Había una búsqueda de trascendencia que iba más allá del credo de cada persona. Creo que podemos vivir algo parecido con León XIV en la Argentina.
-Usted habla muchas veces de una Iglesia en la calle, cercana a la gente, una Iglesia fecunda. ¿Qué significa concretamente?
-El papa Francisco hablaba de una Iglesia en salida y lo sintetizaba con una frase: prefería una Iglesia accidentada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por permanecer encerrada en la sacristía.
Una Iglesia en salida es aquella que lleva el Evangelio a las distintas realidades de nuestra sociedad. Hay muchas personas que no participan de las celebraciones eucarísticas ni de la vida cotidiana de las parroquias, pero que tienen un deseo profundo de trascendencia. San Agustín decía: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Todos experimentamos, en algún momento, una insatisfacción profunda que solamente Dios puede llenar. Por eso, la Iglesia tiene que acompañar las distintas realidades. La Iglesia en salida es eso: anunciar el Evangelio, acompañar a las personas e iluminar desde la fe las problemáticas sociales que se nos presentan.
-Con León XIV y su continuidad en algunos de los caminos que abrió Francisco, ¿Estamos ante una Iglesia que se adapta más a estos tiempos? ¿Una Iglesia que pone al ser humano en el centro y que, de alguna manera, se ha flexibilizado?
-Sí, claro. Fíjense que la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas tiene toda una parte dedicada a reflexionar sobre la inteligencia artificial.
La Iglesia tiene algo para decir sobre este tema. Reconoce sus aspectos positivos, pero también advierte sobre los peligros que puede implicar. Insiste, por ejemplo, en la importancia de los vínculos físicos y fraternos entre las personas, que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
-Usted conoció personalmente a Francisco y fue él quien lo eligió para estar al frente de la Arquidiócesis de Buenos Aires. ¿Cómo fueron esos encuentros en los que pudieron conocerse más profundamente?
-Mi primer encuentro con él fue en 2014. Yo era párroco en la villa La Cava, en San Isidro, y viajé a Roma para participar de un encuentro organizado por la Secretaría de Estado del Vaticano y el Foro Económico Mundial. En ese encuentro tuvimos nuestra primera reunión, que fue muy graciosa porque había una anécdota de por medio: Francisco conocía a una tía abuela mía. Después, en 2017, llegó mi designación como obispo auxiliar de Lomas de Zamora. Casi inmediatamente, Francisco me propuso integrar el Dicasterio de los Obispos, que es el organismo de la Iglesia encargado de evaluar los perfiles de los candidatos a obispos para las distintas diócesis del mundo. Esa responsabilidad hizo que viajara a Roma con mayor frecuencia y que pudiéramos conversar y conocernos mejor. En Francisco encontré a un padre, un hombre de mucha escucha, de enorme sentido común, profundo y de oración. También a un estadista que terminó convirtiéndose en un líder universal, capaz de instalar temas en la agenda mundial.
La vocación sacerdotal y los años en los barrios populares
-Francisco siempre puso el foco en los más vulnerables, en aquellos a quienes usted también llama “los crucificados”. Y usted viene de ese mismo lugar: fue sacerdote en La Cava durante muchos años y construyó su mirada de la fe desde el contacto con los sectores más necesitados.
-Mi vocación surgió a partir de una experiencia pastoral en un barrio muy pobre, Villa Garrote, también conocido como Almirante Brown, junto al Canal San Fernando, del lado de Tigre. En ese momento estudiaba Abogacía y trabajaba en una escribanía. Un compañero de trabajo insistió mucho para que participara de un retiro espiritual. Yo era un hombre de fe, siempre había creído en Dios, pero no vinculaba su presencia con mi vida cotidiana. Me lo imaginaba observándome, pero no interviniendo en mi historia.
A partir de ese retiro experimenté profundamente la misericordia de Dios y empecé a descubrirlo en mi vida diaria. Lo encontré especialmente en los más pobres, en personas concretas, con nombre y apellido.
Hasta que en algún momento dije: “Quiero dedicar mi vida a esto”. Entonces dejé la facultad y el trabajo, aunque después terminé recibiéndome de abogado. Ya como sacerdote, estuve ocho años como vicario parroquial en la villa La Cava. Después trabajé en los barrios San Pablo y Almirante Brown, en Talar de Pacheco, y más adelante regresé a La Cava como párroco. También fui vicepresidente de Cáritas en San Isidro y capellán de cárceles durante muchos años. Mi experiencia de fe estuvo siempre muy ligada al dolor, a la marginación y al encuentro con Jesús.
-Para seguir esa vocación tuvo que dejar muchas cosas atrás. ¿Sintió desde el principio que ese era su camino o tuvo dudas?
-Por supuesto que tuve dudas. Me preguntaba si realmente era eso lo que Dios quería para mí. Pero también sentía que tenía que animarme a dar el paso.
Francisco siempre les decía a los jóvenes que soñaran en grande, que no se quedaran en vuelos rastreros ni en cosas pequeñas. Que se animaran. Y creo que eso fue lo que hice. Sentía en lo profundo de mi corazón que estaba enamorado de Jesús y me animé a seguir ese camino. Pero después llegaron las sorpresas de Dios. Nunca imaginé que iba a ser obispo y mucho menos arzobispo de Buenos Aires.
-Es una responsabilidad mucho mayor. ¿Extraña a veces esa vida cotidiana en las calles de los barrios, especialmente en La Cava?
-Sí, la extraño. Y me emociona recordarla porque allí tuve una experiencia de Dios muy profunda, que sigue siendo parte de mi vida. Hoy Dios me regala muchas cosas nuevas como arzobispo de Buenos Aires, pero también hay grandes responsabilidades, desafíos y presiones. A veces me gustaría ser un poco más anónimo. De todos modos, trato de mantener el contacto con la vida cotidiana. No vivo en la Curia, frente a Plaza de Mayo, sino en Flores. Voy y vengo, casi siempre en subte, y cuando tengo tiempo camino hasta las parroquias. Creo que ningún dirigente o referente, ya sea eclesiástico, empresarial, económico o político, puede perder el termómetro de lo que le pasa a la gente. Por eso me hace bien ir al supermercado chino y hacer las compras.
El legado de Francisco y el llamado de León XIV a la paz
-Francisco lo eligió para ocupar este lugar y, de alguna manera, también le dejó la responsabilidad de continuar algunas de las ideas y los caminos que abrió dentro de la Iglesia. ¿Cuáles considera que son los principales temas de su legado que todavía debemos desarrollar?
-Creo que son varios. Pero hay un documento fundamental: su primera exhortación apostólica, La alegría del Evangelio. Es un compendio de intuiciones brillantes que, como Iglesia y como sociedad, todavía tenemos pendientes. La primera es la alegría. Francisco decía que la alegría es la respiración del cristiano. No podemos anunciar el Evangelio sin transmitir la alegría de la Resurrección. También advertía sobre lo que llamaba la “psicología de la tumba” y el riesgo de convertirnos, dentro de la Iglesia, en “momias de museo”. Otro de los grandes temas que planteó Francisco está en su encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad humana. Allí insiste en la necesidad del reencuentro entre las personas, de buscar puntos de acuerdo más allá de nuestras diferencias de ideas y creencias. Francisco nos abrió muchos caminos. También buscó que más personas se sintieran parte de la Iglesia. Creo que Francisco dejó una marca para siempre.
Hoy León XIV también está poniendo el acento en cuestiones fundamentales, como la paz. Desde su primer saludo en el balcón de San Pedro, cuando dijo “La paz sea con ustedes”, viene insistiendo en ese mensaje. A principios de este año habló de una paz desarmada y desarmante. Una paz desarmada, que significa no generar conflictos y resolver las diferencias mediante el diálogo. Y una paz desarmante, que busca destrabar los conflictos existentes. Nos está invitando a bajar un cambio, como decimos habitualmente. A reducir los niveles de agresividad, violencia e insultos.
La intolerancia y la violencia en el discurso público
-Cuando habla de desarmar las palabras, recuerdo una homilía suya en la que se refirió a la descalificación de quienes piensan distinto, a la intolerancia y a la crueldad que puede ejercerse desde una posición de poder hacia los más débiles. ¿El mensaje es que esas palabras pueden terminar convirtiéndose en acciones?
-Sí, creo que es así. Cuando quienes tenemos responsabilidades institucionales, en cualquier ámbito, habilitamos el destrato, la descalificación y el insulto, estamos permitiendo que esas conductas se reproduzcan en los vínculos cotidianos. Creo que estamos viviendo una época de muchísima intolerancia, y no es algo exclusivo de la Argentina. Es un fenómeno internacional que después se refleja en nuestras relaciones cotidianas. Pero, como dice León XIV, la guerra empieza en el propio corazón y la paz también empieza allí. En ese sentido, tenemos una deuda importante.
De la grieta a la herida: una reflexión sobre la Argentina
-En otra entrevista lo escuché contar una historia muy interesante sobre una grieta que había en el patio de su casa. A partir de esa experiencia, usted reflexionaba sobre la grieta que divide a los argentinos. ¿Cómo era esa historia?
-Cuando vivía en La Cava teníamos un patio con macetas. A mí me gustan mucho las plantas y también los animales. Como en el barrio las napas están muy altas, se producen movimientos de tierra que a veces provocan inundaciones. En nuestro patio se abría una grieta. Venían a arreglarla, hacían un encadenado, pero tarde o temprano volvía a aparecer.
Cuando empezó a utilizarse la palabra grieta para describir la realidad social argentina, pensé que teníamos que buscar una expresión superadora.
Porque una grieta, ya sea en el piso o en una pared, no sabemos si alguna vez termina de cerrarse. Yo prefiero hablar de una herida. Primero, porque las heridas duelen. Y creo que esta división, esta descalificación constante de quien piensa distinto, duele profundamente en las entrañas de nuestro pueblo. Pero, además, la palabra herida me da esperanza, porque las heridas pueden cicatrizar.
-¿Cree que esa herida entre los argentinos puede cicatrizar?
-Sí, pienso que la herida que existe entre los argentinos puede cicatrizar, con la dulzura de la ternura, del buen trato, de la cordialidad y del perdón. Tengo muchas expectativas puestas en el mensaje y en la presencia del papa León XIV. Creo que su visita puede ser una hermosa oportunidad para avanzar en ese camino.



