Habían pasado las tres de la madrugada del 17 de julio de 1999 cuando Russell Webster, el capitán de la Guardia Costera, recibió la llamada que puso en alerta a los Estados Unidos: el avión de John Kennedy Jr. no había llegado a destino. Con él, viajaban su esposa, Carolyn Bessette, y su cuñada, Lauren. Webster debía poner en marcha la búsqueda en las aguas que rodeaban Martha’s Vineyard. Todavía había esperanzas de encontrarlos con vida. Así comenzó una misión que duró cinco días y tuvo el peor de los desenlaces.
Veintisiete años después, Webster, el encargado de coordinar la búsqueda, cuenta qué ocurrió esos días en The Last Flight (El último vuelo), el libro que escribió junto a su esposa la historiadora marítima Theresa Mitchell Webster, publicado en octubre de 2026. People difundió un adelanto de la obra, que reúne testimonios inéditos de buzos, rescatistas y otros participantes de la operación. Sus recuerdos permiten conocer qué ocurría mientras el mundo esperaba noticias.

Un avión que no llegó
La noche anterior, John despegó de Nueva Jersey al mando de su Piper Saratoga. El avión tenía capacidad para seis personas, pero solo iban tres a bordo. Habían salido más tarde de lo previsto rumbo a Massachusetts. El plan era dejar a Lauren en Martha’s Vineyard y continuar con Carolyn hacia Hyannis, donde al día siguiente asistirían a la boda de su prima Rory Kennedy.
Cerca de las 20.40 levantaron vuelo. Después de sobrevolar tierra y bordear parte de la costa, se internaron sobre el agua. A las 21.40 se registró la última señal de radar. El avión cayó al Atlántico.
John tenía 38 años. Era el hijo del presidente asesinado en 1963 y Jacqueline Kennedy, el chico que conmovió al mundo al despedir el féretro de su padre con un saludo militar. La prensa lo había bautizado “John-John”, aunque su familia lo llamaba simplemente John.
Su esposa, Carolyn Bessette, tenía 33 años, había trabajado en relaciones públicas para Calvin Klein y por su elegancia era una de las mujeres más fotografiadas del momento. Se habían casado en 1996. Lauren, la hermana mayor de Carolyn, tenía 34 años y trabajaba en Morgan Stanley.

En el aeropuerto de Martha’s Vineyard, los amigos de Lauren la esperaban desde las 20.30. Pasada esa hora, como el avión no llegaba, comenzaron a preocuparse. Adam Budd, un pasante que trabajaba allí, llamó a la Administración Federal de Aviación (FAA) para consultar por la demora.
A las dos de la madrugada, la Guardia Costera recibió la alerta. Según el relato publicado por People, fue Carole Radziwill (esposa de Anthony, primo de John) quien los llamó para pedir ayuda.
Al mismo tiempo, el senador Ted Kennedy (tío de John-John) llamó a su amiga Jane Garvey, titular de la FAA, en busca de respuestas. Sin embargo, aún confiaba en que su sobrino hubiera cambiado de planes a último momento, sin avisar.


Con el correr de las horas, la posibilidad de que el avión hubiese caída al agua se volvió más latente. Y si sus tres ocupantes habían sobrevivido, debían encontrarlos enseguida. Según los cálculos que Webster recuerda en el libro, una persona en esas aguas, sin traje de neoprén ni balsa salvavidas, podía sobrevivir como máximo unas cuarenta horas.
La noticia llegó hasta la Casa Blanca. Alrededor de las siete de la mañana el jefe de gabinete, John Podesta, informó al presidente Bill Clinton, que estaba en Camp David, que el avión seguía desaparecido. El mandatario pidió que hicieran todo lo posible por encontrarlos.

Durante los días siguientes, aviones, barcos y equipos especializados rastrearon la zona. Webster describe la operación como “la mayor búsqueda marítima de un particular tras un accidente de avioneta en la historia de Estados Unidos”.
Lo que mostraron las cámaras
Los primeros restos que encontraron en el agua volvieron difícil sostener la esperanza. Según la reconstrucción del libro, el comandante de la Guardia Costera James McPherson vio una puerta plegable, un neumático, la documentación de registro del avión y un frasco de medicamentos. Eran indicios de la violencia del impacto. Pero todavía faltaba localizar la aeronave.
La búsqueda continuó debajo de la superficie. A unos 35 metros de profundidad, la escasa visibilidad complicaba el trabajo. La noche del martes 20 de julio, una cámara operada a distancia permitió reconocer los restos.

Uno de los testimonios que reúne el libro es el del comandante Jeffrey Pauls, buzo de la Armada. En una entrevista realizada en 2021, recordó haber visto a John en una breve grabación submarina, a unos tres metros del aparato. Carolyn y Lauren permanecían dentro del fuselaje. Las imágenes confirmaban que habían encontrado a los tres. Su recuerdo difiere de lo informado entonces: algunas crónicas de 1999 habían situado a John dentro de la cabina. Pauls lo ubica fuera del avión.
Sin el techo, el fuselaje parecía una bañadera sobre el fondo del mar. Pauls distinguió que entre los restos vio dos zapatos que se tocaban, uno de Carolyn y otro de Lauren. Los cuerpos de las hermanas permanecían dentro de la estructura. Kennedy estaba “fuera del avión y lejos”.
El tiempo también apremiaba bajo el agua. En una entrevista con el New York Post, Webster explicó que, al estar fuera del avión, el cuerpo de John podía haber sido arrastrado por la corriente si hubiera pasado otro día.
El miércoles 21, Ted Kennedy llegó al USS Grasp con sus hijos Ted y Patrick. Según cuentan los Webster, el senador pidió a los buzos que llevaran los tres cuerpos a la superficie al mismo tiempo. Quería evitar que su sobrino recibiera un trato diferente al de las hermanas Bessette.
Los buzos colocaron los cuerpos en bolsas y los aseguraron en una cesta de salvamento para izarlos hasta el buque. Allí, ante la mirada de los Kennedy, el equipo los colocó en ataúdes de aluminio. El capellán de la Armada, James Mac New, realizó la unción y el senador pidió a la tripulación rezar junto a su familia.
En el puerto esperaban los coches fúnebres que para trasladar los cuerpos a las autopsias. A lo largo del recorrido hasta el hospital donde realizarían las autopsias, cientos de personas salieron a las calles para despedirlos.
La autopsia y despedida
Las autopsias se realizaron en el Hospital del Condado de Barnstable. Estuvieron presentes un patólogo, un fotógrafo de la Policía Estatal de Massachusetts y Frank Ciaccio, de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB). Los exámenes determinaron que los tres habían muerto en el acto por las múltiples lesiones sufridas en el impacto. Los análisis toxicológicos de John no detectaron alcohol ni drogas.
Otro extracto del libro, difundido por el Daily Mai, recoge detalles de la recuperación y las autopsias. Los cuerpos de Carolyn y Lauren estaban completos, aunque presentaban lesiones graves. Ciaccio recordó que sus rostros eran irreconocibles. Los rescatistas las habían distinguido por el color del pelo: Lauren era morocha; Carolyn, rubia.

La obra también reúne versiones contrapuestas sobre el estado en que se encontró el cuerpo de John. El buzo Josh Benjamins dijo que le habían informado que solo se había recuperado la parte superior del cuerpo de John, sin embargo, Ciaccio rechazó esta versión y explicó que el impacto había comprimido gravemente el cuerpo, pero no lo había seccionado. Eric Anderson, comandante del USS Grasp, dio una explicación coincidente con Ciaccio, “El informe que recibí indicaba que había quedado atascado, comprimido por el impacto. Pero todo estaba allí. Simplemente estaba aplastado”.
A última hora del miércoles 21 de julio, los tres fueron cremados. A la mañana siguiente, las familias Kennedy y Bessette llegaron a Woods Hole y embarcaron en el USS Briscoe para despedirlos en el mar. Anthony Radziwill, primo de John y enfermo de cáncer en etapa terminal que murió unas semanas después, fue llevado a bordo en una silla de ruedas.

Ted Kennedy se dirigió al puente de mando e indicó dónde quería que esparcieran las cenizas: en el mar, en línea recta con la puerta trasera de Red Gate Farm, la casa de Jacqueline Kennedy en Martha’s Vineyard.
Caroline depositó las cenizas de su hermano. Lisa Bessette, la única de las tres hermanas que sobrevivía, hizo lo mismo con las de su gemela, Lauren. Ann Freeman se encargó de las de su hija Carolyn. La banda de la Armada interpretó “The Navy Hymn”. Después de cinco días de búsqueda, las dos familias les dieron el último adiós.



