La vecindad de las fechas, el 2 de abril, apenas una semana después del 24 de marzo, es una coincidencia que cada año recuerda a los argentinos el principio y el verdadero final de la dictadura.
Ese acto de generar un golpe de efecto que mantuviera a los militares en el poder terminó convertido en el desenlace del gobierno de Leopoldo Galtieri. Usaron un consenso nacional genuino, alejaron al país de la recuperación de las islas y se fueron sin lograr condicionar la restauración de la democracia.
Después de 44 años, poco o muy poco ha variado respecto de los reclamos argentinos, pero mucho, demasiado, se ha modificado en la realidad económica y social de las islas
La retirada definitiva del partido militar ocurrió en el mismo momento en el que el gobernador Mario Menéndez firmó un acta en la que fue tachada con su firma y la del general Jeremy Moore la palabra “unconditional” (incondicional). Quedó escrito “surrender” (rendición).
La crudeza de lo fáctico, una derrota militar, está oculta en la Argentina por el crecimiento de un sentimiento que, si ya era insoslayable antes de 1982, se convirtió en parte de las pasiones del país. Los veteranos, ocultados por sus jefes a su regreso de las islas e ignorados por el Estado durante años, fueron sin embargo siempre abrazados por la gente.
Después de 44 años, poco o muy poco ha variado respecto de los reclamos argentinos. Pero mucho, demasiado, se ha modificado en la realidad económica y social de las islas.
Desde que Javier Milei trabó una relación de extrema cercanía con Donald Trump empezó a insinuarse bajo la forma de versiones y rumores la creencia de que el presidente de los Estados Unidos impulsaría un cambio que rompería la inercia diplomática impuesta por el Reino Unido.
¿Será un cambio a partir de la nueva doctrina Monroe, ahora rebautizada “Donroe”? En un acto que parece más defensivo que una regresión histórica, Trump se propone blindar América de la influencia de China. Por ahora no cuenta con los dos grandes del continente, Brasil y México. Su principal aliado por ahora resulta ser la Argentina libertaria.
El nuevo reino del caos global hace creíbles palabras y situaciones que hubiesen resultado inverosímiles antes del regreso de Trump a la Casa Blanca.
El cambio de época hacia lo indescifrable es más real luego de la inclinación de Estados Unidos en favor de Rusia en la guerra de Ucrania y de la soledad en la que los europeos dejaron a Washington en la decisión de destruir el régimen iraní. Eso alienta los rumores de que Trump pueda hacer algún planteo al gobierno de Londres en favor de la posición argentina.
El nuevo reino del caos hace creíbles palabras y situaciones que hubiesen resultado inverosímiles antes del regreso de Trump y alienta rumores de que Trump pueda hacer algún planteo a Londres en favor de la posición argentina
En ese contexto, el gobierno de Israel también dejó flotando la posibilidad de participar en el levantamiento del bloqueo de armas que la Argentina sufre por parte de Gran Bretaña desde después de la guerra. Israel podría volver a ser un proveedor de armamento a la Argentina y a la vez abogar por una negociación seria entre argentinos y británicos.
Por ahora, son ilusiones fundadas en la posibilidad de que Estados Unidos rompa la vieja alianza con su madre patria y redescubra el valor estratégico del Atlántico Sur y la Antártida.
En la otra vereda, en las últimas cuatro décadas ocurrieron hechos muy significativos a partir de la ventaja británica de imponer condiciones por la fuerza luego de la guerra. La derrota argentina abortó un proceso de decadencia de las islas y de los isleños, y cortó el enorme costo que significaba a Londres su manutención.
Apenas cuatro años después del conflicto, los isleños fueron autorizados a vender licencias de pesca en aguas vedadas por la fuerza al acceso argentino. Esos ingresos representan hoy casi el 60 por ciento de la economía isleña y convierten a su población (unos 3700 habitantes sin contar al personal militar) en la más rica per cápita del continente.
En total, suman unos 106.000 dólares anuales por persona, aunque ese número no significa que cada isleño gane esa suma. El sueldo básico es de unos 1300 dólares mensuales, entre los más altos del continente. Son pocos habitantes, aunque después de la guerra se revirtió el despoblamiento y pueden hasta darse el lujo de importar trabajadores para las tareas menos agradables.
Malvinas antes de la guerra era un tema para resolver por nuestra política exterior. Hoy es una cuestión sagrada sobre la que nadie se atreve a hablar en términos prácticos
La novedad más importante que le da un valor extra a las islas está consumándose en estos años. Cada vez parece más cercano el comienzo de la explotación de petróleo en plataformas ubicadas en Sea Lion, una pequeña isla ubicada al norte del archipiélago.
Las protestas argentinas no frenan las fuertes inversiones de varias empresas. La firma israelí Navitas Petroleum y la inglesa Rockhopper Exploration lideran esta primera etapa en la que esperan abrir once pozos para producir, se estima, unos 170 millones de barriles al comienzo de la producción. El petróleo llevó la inversión más grande de la historia de Malvinas, unos 2000 mil millones de dólares en infraestructura.
El aislamiento que la Argentina pretendió imponer con la solidaridad de los países de la región siempre fue relativo. Las islas siempre estuvieron conectadas con Punta Arenas, Chile, por aire y por mar y las relaciones comerciales con Uruguay son cada vez más intensas, en especial en la provisión de asistencia logística para barcos y alimentos perecederos.
Con la excepción de la confianza en los impensados aportes de Trump, el gobierno de Milei no parece tener estrategia alguna para forzar una negociación. Por inédita que resulte, la alternativa de una ocurrencia favorable a nuestro país del gran aliado es una novedad al final de un largo camino de fracasos.
El kirchnerismo usó Malvinas para hacer política interna especulando con el sentimiento en favor de la recuperación. Mauricio Macri trató de restablecer la política de seducción del menemismo, cuando la Argentina y Gran Bretaña restablecieron sus relaciones y dejaron el reclamo de la soberanía bajo un paraguas.
No tenemos mucho más, aparte del reclamo de rutina en los foros internacionales. En ellos reclamamos tácitamente que se ignoren las causas y consecuencias de la guerra y que retomemos el tema donde lo habíamos dejado en marzo de 1982.
Malvinas antes de la guerra era un tema para resolver por nuestra política exterior. Hoy es una cuestión sagrada sobre la que nadie se atreve a hablar en términos prácticos. El temor a ofender a los veteranos o a los sectores nacionalistas más extremos -en otras palabras, a perder votos- nos mantiene paralizados hace 44 años, impotentes a la hora de pensar alternativas de negociación. Peor aún, rechazando la mera idea de una negociación, por lo que la misma palabra implica.
Malvinas a todo o nada seguirá siendo nada.


