MAUN.- Desde la ventanilla de la pequeña avioneta, la sabana se extiende sin indicios humanos, aunque surcada por ríos que se irradian como venas sobre el cuerpo de la Tierra.
También se distinguen huellas que no fueron trazadas por máquinas, sino por cuerpos en movimiento: son las rutas de las migraciones animales, senderos abiertos por millones de generaciones que cruzan este territorio siguiendo el agua y el alimento.
Estoy en Botswana, sur de África, sobrevolando el delta del Okavango, un gigantesco oasis en medio de la aridez.
Aquí nos invitó Wilderness, una agencia de safaris que cuenta con más de 60 camps en ocho países del continente africano. De pronto, tal como los vería un ave de presa, unos bultos grises irrumpen en el paisaje. Aún no aterricé y tengo mi primer avistaje: una manada de elefantes atraviesa un pantano. Solo una muestra de lo que veré en los próximos días.
Primeros pasos en el reino salvaje
El Cessna 208B Grand Caravan se detiene a metros del lodge en la isla de Hunda. Desde que despegué en Ezeiza hasta ahora, es la primera vez que me establezco en suelo firme.
El recorrido hasta este punto remoto fue largo y me sorprende pensar que, desde Buenos Aires hasta metros de la puerta de mi nueva habitación, el viaje haya sido enteramente aéreo. La compañía aérea de la agencia nos trasladó desde Maun –“capital turística” del Okavango– en una de sus avionetas que funcionan como aerotaxis, conectando distintos puntos del enorme delta.
Delta es también el nombre de nuestro primer guía, quien conduce al reducido grupo de periodistas en el safari inicial. El jeep avanza sobre el suelo arenoso con un vaivén constante, una suerte de samba improvisado que él llama nuestro primer “masaje africano”. No es reconfortante, pero sí divertido.
La ansiedad del debut se disipa rápido. Apenas salimos, dos jirafas aparecen enrollando sus largas lenguas en las hojas del único árbol verde de los alrededores. Delta señala sus vientres: están preñadas, en algún punto de esos extensos 15 a 17 meses de gestación.
Detrás de ellas, la escena empieza a poblarse. Los animales surgen de a poco, como un elenco estable que entra en cuadro sin apuro: los impalas avanzan con calma; más allá, unas cebras se frotan los hocicos junto a un kudú de largos cuernos; un poco más lejos, algunos jabalíes se revuelcan en un charco barroso. Sin compartimentos ni urgencias, conviven en armonía, cada uno en su lugar, sin prestarse demasiada atención. Una versión natural del hakuna matata, al menos durante estos momentos de tregua, mientras ningún depredador altera la tranquilidad.
Todo es de una belleza extraordinaria, pero los primeros conflictos no tardan en aparecer, y no precisamente entre esos vecinos apacibles. Continuamos y, sobre el camino, nos encontramos con elefantes: 20 hembras con sus crías. En esta especie existen estructuras sociales muy fuertes, con grupos liderados por matriarcas, mientras que los machos viven en soledad tras abandonar la manada en la adolescencia. Nos acercamos despacio, pero las corpulentas mamis se sienten amenazadas y nos comunican que no somos bienvenidos. Agitan orejas y trompas en señal de disgusto, barritan y avanzan hacia nosotros.
Delta emprende una veloz marcha atrás y sale disparado por el camino arenoso. Nos quitamos el pequeño estrés de la aventura con unos tragos de Okavango Gin que nos prepara Delta, un ritual que se repetirá cada atardecer.
El sol, como un disco incandescente, se refleja en una laguna y tiñe el horizonte de un naranja flúo. La clásica postal africana me trae a la mente las palabras que Mufasa le dice a Simba en El Rey León: “Todo lo que toca la luz es nuestro reino”. Me pregunto por los leones, aún invisibles, pero cercanos.
Volvemos de noche y Delta nos señala con su linterna unos brillos en los pastizales: son los ojos de una leona con sus crías. La luna nueva deja una oscuridad cerrada. Es la hora de la caza.
Una escena sin filtros
Desde el jeep –sin rejas ni protección– no paramos de hacer fotos y videos. Desde el suelo, a no más de cinco metros, dos leonas, cinco cachorros y un ñu –o, mejor dicho, lo que queda de él– componen la escena. Los hocicos de los pequeños están teñidos de rojo. Mientras clavan los dientes en las entrañas de la presa, las madres los limpian a lengüetazos.
Es una escena de Animal Planet, pero sin pantalla ni vidrio que nos separe. Entre los “clics” de mi cámara oigo los “cracs” de los huesos quebrándose bajo los dientes de los pequeños.
A quienes convivimos con gatos domésticos nos resulta imposible no pensar en ellos: tan parecidos y tan distintos. A pesar del peligro evidente, surge la absurda tentación de rascarles la cabeza, pero sabemos que ni siquiera podemos movernos. El menor gesto en el jeep podría ser malinterpretado y convertirnos en parte del banquete. Sin embargo, en los safaris de Wilderness ningún guía va armado: basta el profesionalismo y el respeto por el entorno para mantener la seguridad y transmitir tranquilidad a los turistas. Después de un rato, el espectáculo se vuelve demasiado crudo y las náuseas indican que es momento de seguir.
Para compensar, la propuesta ahora es de otro tipo: un pacífico paseo en mokoro, la piragua tradicional del delta. Antes eran de madera, pero desde hace alrededor de 25 años se fabrican en fibra de vidrio para preservar los árboles.
Nos internamos por los canales con Isaac, nuestro gondolero, que va de pie y avanza empujando la embarcación con un botador, haciéndonos deslizar suavemente sobre el agua.
El delta del Okavango es una meca para conservacionistas. Situado en el centro-sur de África, en un país mayormente cubierto por el desierto del Kalahari, este humedal es un fenómeno extraordinario: el mayor delta interno del planeta. Recibe agua de lluvias caídas a más de mil kilómetros, en las montañas de Angola, y las concentra en un sistema de lagos, ríos y bañados que sostiene una biodiversidad excepcional en una superficie que supera los 15.000 km2.
La atmósfera es tan tranquila que hasta las ranas que encontramos entre los juncos están dormidas. El sol del atardecer recorta las siluetas de los gondoleros mientras nos acercamos a la orilla, donde nos espera la sorpresa de un cóctel sofisticado. En la penumbra, las palmeras parecen animadas: son los monos que trepan para alimentarse.
La despedida del primer lodge llega con la cena. Bajo las estrellas y alrededor del fuego, los trabajadores comparten cantos tradicionales, con coros y palmas. Cantan en inglés y, sobre todo, en setswana. El idioma oficial del país es el del conquistador, pero la lengua más hablada es esta, la originaria. No entiendo las palabras, pero la potencia de las voces, virtuosas y singulares, llega a conmoverme.
Islas de confort
Nuestra avioneta cruza el delta de oeste a este. Desde el aire, veo búfalos que avanzan como una manifestación. Chitabe, nuestro segundo destino, se encuentra en una península formada por la confluencia de los canales Gomoti y Santantadibe, un paraíso para la observación de fauna durante todo el año.
Aunque se los llame campamentos, son verdaderas islas de confort. El lujo no está solo en la belleza, sino en el acceso a ese bienestar en lugares tan remotos. Wilderness, pionera en proyectos de conservación, elige la madera y la lona como materiales principales, en una convivencia amable con el entorno.
Las habitaciones son amplísimas, con living, escritorio y un gran deck desde donde contemplar el paisaje, recostado en un sillón. Antes de salir, llega un mensaje al grupo: “Ahora, desde mi habitación”, y una foto que muestra una caravana de elefantes cruzando el horizonte. Cada uno sale a su terraza como si tuviera un palco vip en un desfile.
Las pocas habitaciones y los espacios comunes están conectados por pasarelas elevadas que nos mantienen a salvo de serpientes. Por las noches, sin embargo, los cuidados se refuerzan: está estrictamente prohibido salir del cuarto y trasladarse sin compañía del staff. Es momento de caza, y sobre la cama hay una corneta para emergencias que espero no precisar.
En plena noche, un alarido me despierta asustada. Luego otro, y otro más. No sé qué animal es, pero lo siento cerca. En la oscuridad, bajo las sábanas, escribo al grupo. Una compañera me confirma que no lo soñé, pero, divertida por el suceso, me dice entre risas que eso que grita está entre su carpa y la mía. Me esfuerzo por confiar, pensando en la experiencia de los anfitriones. Seguro tienen todo bajo control, pienso. Y vuelvo a dormirme.
El arte de encontrar al leopardo
Entre los espacios comunes hay una biblioteca con libros de naturaleza y una pared cubierta de retratos de leopardos, cada uno con nombre propio: hay más de 50 registrados. La vieja tradición de los cazadores de los “big five” –para referirse a los cinco trofeos más ambicionados– fue heredada por los safaris como las especies más buscadas en los avistajes. Ya vimos al león, al elefante y al búfalo. Nos faltan el rinoceronte y el leopardo.
A este último salimos a buscarlo con Aron, nuestro nuevo guía, a quien un compañero le avisa por handy que un leopardo anda cerca. A diferencia de otros destinos de safari, Botswana se distingue por la estrategia de un turismo que prioriza la conservación a través del lujo y la exclusividad. Al tratarse de reservas con concesiones privadas, reducidas en número de camas y de vehículos, lo que se ofrece es algo que, al igual que algunas especies en el mundo, está en vías de extinción: espacio y tranquilidad.
Esta holgura y falta de apremio hacen que Aron pueda dar vueltas sin cruzarnos con otros turistas. A diferencia de los leones, al leopardo se lo busca también mirando hacia arriba. En la copa de un árbol, primero vemos unas patas de impala colgando; luego, a su depredador: Mogwana, nuestro leopardo, duerme, panza llena, tras haber conseguido su cena. Su belleza majestuosa impone respeto. Pero su poder se desvanece cuando, en el horizonte, percibe a los monos vervet que se acercan. Aron explica que cuando están en grupo pueden atacar a un leopardo para proteger a sus crías. De pronto, un chillido corta el aire. Lo identifico: es el mismo grito que me despertó la noche anterior. Como yo, entonces, el leopardo se asusta, baja del árbol, encorva el lomo, se hace pequeño y desaparece entre los arbustos y los enormes hormigueros de termitas.
El rugido del río
El tercer campamento es Duma Tau, que en setswana significa “rugido del león”. También podría llamarse “hogar de los elefantes”, ya que en esta zona se registra una de las mayores densidades de esta especie en África. Está ubicado en la región de Linyanti, al norte de Botswana, en la frontera con Namibia, donde el río Kwando actúa como límite natural y crea un corredor para la fauna.
No sorprende que haya sido elegido en 2025 como mejor resort de África. Todos son espectaculares y, cada vez que llegamos a uno nuevo, creemos que no podrá superar al anterior. Sin embargo, todos lo logran: cada cual tiene un rasgo que lo vuelve único. En este caso, la relación directa con el río y la vida acuática. Tiene solo ocho suites, con piscina privada y vistas directas al agua. Todo sucede en altura, balconeando al río. Es como estar permanentemente de safari: desde los espacios comunes, entre sillones y con binoculares, se avistan hipopótamos, elefantes y cocodrilos sin moverse del lugar. Los interiores combinan mosaicos artesanales, madera de acacia y textiles locales. Además, cuenta con spa y una gran piscina común, tipo infinity pool, con una vista infinita hacia el río.
Apenas llegamos, un conjunto de elefantes cruza el río. A diferencia de Sudáfrica, aquí está prohibido cazarlos. El país hizo del turismo de naturaleza sostenible una industria y de la conservación, una política de Estado. Su caso es una de las historias de éxito más notables del continente. Antes de la independencia, en 1966, era uno de los países más pobres del mundo. El descubrimiento de diamantes cambió su destino y lo convirtió en una de las repúblicas más prósperas de África. Pero, además, eligió un modelo turístico singular. Frente al crecimiento del sector –el segundo en importancia después de los diamantes–, sus líderes pensaron que el turismo de alta calidad y bajo volumen era la mejor forma de generar empleo y, a su vez, cuidar el entorno.
Los empleados del staff son el único contacto que tenemos con la población local y es a través de ellos que podemos conocer algo de sus modos de vida y tradiciones. Roger es nuestro tercer y último guía. Su inglés es muy cerrado. Tiene tres hijos, con diez años de diferencia entre cada uno, y me cuenta que, aunque en su comunidad los matrimonios aún se pactan entre familias, el suyo fue por enamoramiento.
Su documento dice que tiene 42 años, pero él se calcula unos 45. Cuando nació, no era habitual registrar los nacimientos, y en su generación nadie sabe la fecha exacta de cada uno. En su infancia, la relación con el tiempo era otra; hoy, sus hijos le piden festejar los cumpleaños con torta para llevar a la escuela.
Me llevo una sorpresa cuando veo que uno de los empleados del staff tiene tatuado al Che Guevara en su antebrazo. “Freedom”, responde cuando le pregunto el porqué, y eso abre la puerta a la historia apasionante y novelesca de sir Seretse Khama, artífice de la independencia y primer presidente de Botswana. Su figura también está presente aquí, en una escultura de madera con su busto.
Finalmente, salimos rumbo a nuestra última excursión con Roger y con Porta, del equipo de conservación e impacto de Wilderness. El fuerte de este lugar es la navegación. Salimos en barcaza por el río Linyanti, con una barra fresca de tragos. Pasamos frente al antiguo Duma Tau, hoy desaparecido: una política de la empresa es levantar los campamentos cada 20 años para no dejar huellas permanentes.
Desde el área de conservación también intervienen en los conflictos entre las aldeas de la zona y la fauna, sobre todo con los elefantes, que suelen avanzar sobre las plantaciones y arruinar las cosechas, lo que provoca represalias de los humanos. Porta nos cuenta un proyecto interesante: la producción de miel como estrategia de convivencia.
Aprovechan el miedo que los elefantes tienen a las abejas para proteger los cultivos mediante colmenas que funcionan como disuasivos naturales. Así evitan que los animales destruyan las plantaciones y, a la vez, se generan ingresos para las comunidades locales con la producción de miel orgánica que Wilderness les compra. Una solución que protege tanto a las personas como a los recursos naturales.
La barcaza se desliza lenta, ideal para el avistaje. Navegamos mientras los elefantes beben y se duchan con sus trompas, y aprovechamos para fotografiar sus reflejos en el agua. También están las aves: en la región se registran unas 950 especies. Vemos, entre otras, una pareja de grullas carunculadas en la margen del río, hundiendo sus picos colorados en el barro mientras cae el atardecer. Nosotros seguimos degustando buenos vinos y hacemos durar la escena todo lo que podemos: es la última y no queremos que termine.
Con lo que queda de luz, llegamos a ver las enormes bocas de los hipopótamos que se abren a ras del agua. Bostezan pesados y gruñen fuerte, como si nos avisaran que ya es hora de volver y dejarlos en soledad.
En Botswana, la ecuación entre humanos y animales se invierte. A lo largo del viaje vi muchos más seres de otras especies que personas. La experiencia no consiste solo en observar la vida salvaje, sino en aprender a ocupar un lugar mínimo dentro de ella. A diferencia de un zoológico, aquí los que vamos enjaulados –en camionetas o barcazas– somos nosotros. Dormir, desplazarse y mirar sabiendo que este territorio no nos pertenece: apenas lo visitamos. Acceder a ese respeto, en estos paisajes intactos, es quizás el mayor lujo de todos.
Datos útiles
Cómo llegar
Las mejores conexiones se ofrecen vía South African Airways y Ethiopian Airlines.
Visa y vacunas
Los argentinos no necesitan visa para ingresar a Botswana ni libreta de vacunas. Sin embargo, muchos vuelos operan vía Sudáfrica que sí exige vacuna de la fiebre amarilla aplicada con al menos 10 días de anterioridad al viaje.
Salud
Desde antes de viajar hasta volver a casa, Wilderness posee un eficaz sistema de apoyo y asistencia médica. De todos modos, para ingresar al país hay que sacar seguro médico. Si bien siempre es recomendable consultar a su médico y observar circunstancias propias de cada temporada, en Botswana no es tan usual tomar medicación contra la malaria. Dependiendo de la época incluso casi no hay mosquitos.
Wilderness Air
Es la aerolínea de Wilderness que brinda acceso privado a los huéspedes llevándolos a remotas áreas silvestres de África. Opera en cuatro destinos africanos con sus 29 aeronaves y salas VIP en aeropuertos. Cuando se cotiza el viaje se incluye el costo del vuelo ya que es la única manera de moverse entre campamentos.
Paquetes
www.wildernessdestinations.com
Wilderness ofrece paisajes remotos donde la vida salvaje se observa en exclusividad. Los costos de una experiencia así son elevados y por eso el mejor modo de hacerlo es aprovechando la visita de varios campamentos en el mismo viaje. La empresa tiene más de 40 años de experiencia, opera en ocho países africanos, con más de 60 campamentos de lujo. Si bien se puede cotizar y comprar directamente en la página, se sugiere que sea a través de una agencia de viajes local ya que hay que contemplar muchos detalles (temporadas, conexión de vuelos) y los agentes que conocen el destino pueden asesorar mejor y conseguir mejores tarifas. Los paquetes incluyen alojamiento en lodges 5 estrellas, pensión completa con bebidas alcohólicas incluidas, lavandería diaria, todas las excursiones y todos los traslados en avioneta entre campamentos. Por dar un ejemplo, uno que visita las regiones más salvajes de Botswana, con 8 noches en los campamentos de Chitabe, Mokete y Piscina del Rey, para una persona ronda los u$s 14.300 (dependiendo de la temporada). Un dato importante: por cada adulto, un niño gratis.
Duma Tau
Sus ocho suites tienen piscina privada desde la que se puede observar la fauna silvestre mientras se toma un baño. Posee impresionantes vistas a la laguna Linyanti. En medio de un corredor migratorio, desde los confortables espacios comunes se avistan continuamente elefantes, hipopótamos y cocodrilos. Cuenta con gimnasio, spa y una gran piscina. Ofrece excursiones acuáticas: paseo con desayuno en barcaza, safari en barco y pesca con devolución. Temporada estándar desde u$s 1810 por persona; temporada premium, desde u$s 4330.
Chitabe
Sus tres décadas lo han posicionado como uno de los más extraordinarios destinos de safari, con gran población de leones y leopardos. Recientemente rediseñado de modo sustentable, se abastece por completo de energía solar. Al igual que los demás campamentos, la zona wifi se restringe a las habitaciones. Temporada estándar desde u$s 1710 por persona; temporada premium, desde u$s 3390.


