El drama (The Drama, Estados Unidos/2026). Guion y dirección: Kristoffer Borgli. Fotografía: Arseni Khachaturan. Edición: Kristoffer Borgli, Joshua Raymond Lee. Elenco: Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, Hailey Gates. Calificación: No disponible. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 106 minutos. Nuestra opinión: regular.
¿Qué es lo que vamos a ver cuando un afiche nos propone una pareja estelar, un vestido de novia, risas y complicidad compartida? ¿Una comedia romántica que eligió el paradójico título de “El drama” para despistar al espectador? ¿Un verdadero drama bajo el disfraz de una parodia de la comedia romántica? ¿O una ingeniosa mixtura entre el contexto actual de los Estados Unidos y una historia de amor signada por los miedos y las ansiedades del mundo que nos toca vivir?
Quizás el noruego Kristoffer Borgli quiso divertirse a costa de lo que podía especular su espectador promedio y por ello eligió desorientar sobre las verdaderas intenciones de su película, aquellas que sí esconden el comentario social bajo una calculada pátina de ironía. Algo que ya había ensayado en su estudio sobre el narcisismo bautizado Enferma de mí (2022) con suerte y astucia, y con menos justeza en la siguiente, aquella fábula sobre la condena social y los sueños premonitorios llamada El hombre de los sueños (2023) y protagonizada por Nicolas Cage. ¿Qué pasó esta vez? Las cosas no salieron tan bien como se esperaban.
Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson) forman una pareja soñada de jóvenes exitosos, con intereses en la cultura, el arte y la literatura, que se aman con locura, tienen un sexo espectacular y encima se van a casar con una fiesta a todo trapo. En los preliminares de la gran ocasión, corren contra reloj con el tramiterío y la organización que siempre rodea a esos eventos: pruebas de vestuario, cita con la fotógrafa, ensayos de baile, degustación del menú, acuerdos con el DJ para la música. Y, claro está, la escritura de unos votos que serán leídos ese gran día, momento de escrutinio social ante un centenar de invitados. Borgli usa esas primeras escenas para jugar con nuestras expectativas: Charlie escribe como si fuera D. H. Lawrence las aventuras sexuales de la pareja, como Oscar Wilde sobre el encuentro confuso en una cafetería que derivó en el amor, y como Emily Dickinson los atributos contenidos de una pasión arrolladora que terminará en el altar. Será el propio Borgli el que escriba -un poco a la manera de Stephen King- lo que seguirá para esa pareja prometida.

Y esto es: en una degustación de comida y alcohol para la cena nupcial llega el momento de las confesiones compartidas entre Charlie, Emma, y la pareja que forman Mike (Mamoudou Athie), amigo de Charlie, y Rachel (Alana Haim), esposa de Mike y dama de honor de la novia. Lo que comienza como una charla entre amigos borrachos deriva en revelaciones de secretos espesos que sacudirán los mismos cimientos del matrimonio. ¿Puede uno casarse si descubre que su pareja ha tenido un comportamiento reprobable tiempo atrás? ¿Cuán reprobable moralmente debería ser para poder perdonarlo y seguir adelante? Lo que hace Borgli es tirar esos disparadores para la discusión mental del espectador, pero al mismo tiempo lanzar dardos sobre la doble moral que define a todos los que pasan por su lupa. De hecho, el motivo inicial de las confesiones beodas es la condena moral a la DJ de la boda, quien es descubierta drogándose en las calles de Boston con …. ¡heroína! ¿Qué hacer con ese descubrimiento? ¿Despedirla o hacer la vista gorda? ¿Es un acto de su vida privada o la excusa para sacarse de encima a alguien indeseable en ese día de prometida felicidad? Así continúa nuestro viaje.

El problema mayúsculo con esas preguntas y sus inciertas respuestas es que Borgli diseña un andamiaje de ficción para distribuirlas con la mayor incomodidad posible. Es cierto que se desmarca de las expectativas de la comedia al mismo tiempo que del drama convencional, y que utiliza a sus estrellas para sembrar sus ideas sobre este mundo feo e injusto que compartimos, pero lo hace a costa de un relato al que retuerce a su conveniencia, manipulando no solo la construcción de los personajes y el devenir de sus reacciones, sino arrebatando la solvencia narrativa de una película que avanza más por el empuje de sus preconceptos que por la coherencia dramática que esa historia de amor y conflictos que se relega hasta convertirse en excusa.
No hay mucho más para decir. Zendaya y Pattinson hacen lo que pueden a fuerza de gracia y carisma con personajes que tienen un recorrido signado de antemano, más allá de lo que decidan en el transcurso de la película que los mantiene unidos. Y Borgli es un director de ideas concretas y arraigadas, que lograban cierta efectividad en su ópera prima y en ciertos pasajes de su segunda película, pero que aquí renuncian a la carnadura en la historia y la convierten en apenas una vestidura de eso “importante” que quiere decir. ¿Sociedad violenta, doble moral frente a los comportamientos impuros, masculinidad tóxica? Un poco de todas esas consignas y nada de esa historia que nos prometieron contar.


