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El enigma de los montículos perdidos: las hipótesis de los arqueólogos sobre las construcciones megalíticas

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En las cumbres que marcan el límite natural entre España y Portugal, cientos de estructuras de piedra desafían nuestra comprensión del pasado. Durante milenios, estos montículos “permanecieron” en silencio, ya que simplemente formaban parte de una de las concentraciones de megalitos más densas de Europa. Recientemente, un equipo internacional liderado por Denise Lima e Silva, de la Universidad de Coimbra, y Miguel Carrero-Pazos, de la Universidad de Santiago de Compostela, utilizó tecnología LiDAR y complejos análisis estadísticos para intentar descifrar la razón de su emplazamiento. Sin embargo, lejos de cerrar el caso, la investigación abrió nuevos interrogantes sobre cómo nuestras sociedades ancestrales diseñaron su territorio.

La investigación, publicada en el Journal of Archaeological Science, analizó inicialmente 269 monumentos funerarios en la Sierra del Laboreiro. Tras aplicar tecnología de teledetección para filtrar duplicados y formaciones geológicas naturales, el equipo confirmó la existencia de 178 montículos reales. Al cruzar estos datos con ocho variables ambientales —como altitud, pendiente y visibilidad— mediante 999 simulaciones de Monte Carlo, los expertos detectaron que, aunque factores como la altura y la proximidad a crestas o afloramientos rocosos eran determinantes, no existe una regla única para explicar su distribución.

La ubicación de la Sierra del Laboreiro en la Península Ibérica junto al área de estudio con los monumentos megalíticos

La incertidumbre crece al contrastar los resultados estadísticos con la evidencia arqueológica: mientras que las matemáticas sugieren una preferencia por zonas altas y prominentes, la arqueología del terreno revela una realidad mucho más fragmentada. El fenómeno no es un evento único, sino un proceso diacrónico que abarca miles de años. Según los autores, “los monumentos no están creando una red visual del paisaje, sino demarcando una que ya existía, solo ahora materializada con estas construcciones como marcadores sociales de los territorios vivos”.

Este hallazgo sugiere que las comunidades prehistóricas pudieron utilizar el fuego para limpiar los terrenos antes de erigir los monumentos, un dato respaldado por análisis micromorfológicos en sitios como el Anta 1 do Vale da Laje, donde hallaron capas de ceniza. Cada estructura parece encapsular una sucesión de eventos: construcción, abandono, crecimiento forestal y reutilización. Esto explica por qué el intento de modelar un patrón único falla ante la evidencia de que el sitio, lejos de ser estático, funcionó como un mapa en constante transformación para quienes lo habitaron.

La visibilidad, un factor largamente defendido por arqueólogos como un motor de elección espacial, resultó ser estadísticamente no significativa en este estudio, lo cual contradice teorías previas. Esta discrepancia refuerza la idea de que la agencia humana, sujeta a creencias o necesidades sociales de las que hoy carecemos de registros, pesaba más que las puras restricciones ambientales.

Algunos de los lugares que fueron utilizados para el estudio

La comunidad científica admite que las herramientas digitales actuales, aunque potentes, tienen límites claros al intentar capturar la complejidad social. El hecho de que monumentos en la Sierra de la Aboboreira fueron construidos en distintos momentos desde el cuarto milenio antes de Cristo hasta la Edad del Bronce obliga a tratar cada sitio no como una unidad aislada, sino como parte de un proceso acumulativo. La pregunta sobre si se trata de un culto a los ancestros, una demarcación de tierras de pastoreo o una forma de control territorial sigue sin una respuesta definitiva.

El estudio concluye que, pese al uso de algoritmos avanzados y Sistemas de Información Geográfica, los misterios de la Sierra del Laboreiro persisten. La combinación de tecnología de vanguardia demuestra que, incluso ante la falta de excavaciones directas, es posible identificar que estos montículos son, en realidad, marcadores sociales de territorios vivos. No obstante, qué motivó a esas comunidades a elegir una cumbre específica sobre otra, o por qué algunos fueron construidos en aislamiento total, sigue como el gran enigma que la arqueología aún debe resolver. El futuro de estas investigaciones depende de la integración de nuevos datos cualitativos y la capacidad de entender este paisaje no como un registro inerte, sino como un escenario de constante actividad humana.

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