Empiezo esta columna sin saber hacia dónde me va a llevar. Lo primero que advierto es que esto contraviene la regla de oro que anteayer compartí con mis alumnos de periodismo: nunca empezar a escribir antes de tener en claro qué es lo que se quiere contar. El bendito foco. Por si acaso alguno de ellos se tope con este escrito, se me ocurre una legítima defensa: eso vale, siempre, para los textos de carácter informativo, donde hay que narrar. Las columnas son otra cosa. A la hora de pensar, hay que abrir el grifo a ver qué sale. No demasiado, no el torrente, pero sí lo suficiente para percibir el murmullo del agua que corre, confiando en que ese flujo traerá alguna sorpresa, por modesta que sea, a la que sabré aferrarme para seguir. A veces las primeras líneas obedecen a una incomodidad, a una picazón difícil de localizar, hasta que una imagen, una idea, sugieren un rumbo. Escribir es una forma de pensar. Muchas veces, en esta columna, encuentro lo que quiero decir en el proceso de hacerlo.
¿A qué vendrá todo esto? Supongo que responde al temor de que la inteligencia artificial acabe produciendo, más temprano que tarde, la mayor parte de los textos que leemos, despojándonos así de la aventura de escribir, tan ligada a la de pensar. Me temo que vamos hacia la colectivización de la palabra. El criterio utilitario o mercantilista se derramó sobre la cultura y el eje ya no es el hombre, el individuo, como querían los pensadores de la Ilustración. Se han impuesto postulados que están muy bien para el ámbito de la empresa, pero que suponen una involución cuando colonizan los distintos órdenes de la vida: la eficiencia, la velocidad, la productividad medida en términos de cantidad, el menor costo posible. La IA sin duda puede producir más textos a una mayor velocidad y a un menor costo. Pagaremos caro esa eficiencia: con la entrega en cantidad de valores que cada vez cotizan menos.
Pero me puse a teorizar y no es mi intención. Pensaba en mis alumnos de este año, a los que conocí esta semana. Se me ocurre que ellos todavía están a salvo. Que asumen el poder creativo de la palabra para indagar la realidad y como instrumento de comunicación, tanto con uno mismo como con el otro. ¿Pero qué pasará con las generaciones que vienen después? Quizá crezcan en una sociedad que delegó la palabra a la máquina y que es hablada por ella. Somos la rana en la olla, con la temperatura del agua elevándose de a poco. Nos cocinan a fuego lento.
Llegará el día, si es que no llegó, en que no sepamos si la novela o la crónica que estamos leyendo la escribió una persona de carne y hueso, un ser que siente, o la inteligencia artificial, que simula serlo y está determinada por un peligroso sesgo de confirmación con el que astutamente la diseñaron lo cerebros que, desde las grandes empresas tecnológicas, mueven los hilos; como el más versátil de los sofistas, la IA siempre te da la razón, surfeando las contradicciones en las que incurre para complacerte con una retórica chapucera.
No le pidamos textos creativos a un sistema algorítmico cerrado que desconoce la metáfora
La inteligencia artificial es un prodigio de la técnica. Nadie lo discute. Útil para muchísimas cosas muy relevantes. Pero no le pidamos textos creativos a un sistema algorítmico cerrado que desconoce la metáfora y redacta a partir de lo ya dado, canibalizando lo que la humanidad ha escrito. Me suena a cancelar el pensamiento, la sorpresa, la irrupción de la mirada inédita, el aporte disruptivo que proviene de la mente/alma individual en su soliloquio o en su contacto con textos ajenos, pero también de la fricción de los sentidos en su encuentro con la materia concreta del mundo real. Sería algo así como renunciar a nuestro diálogo, siempre inconcluso, siempre en proceso, con el mundo. ¿No es eso vivir, a fin de cuentas? Denme un texto mal escrito a tracción a sangre que me revele una perspectiva original antes que un cúmulo estandarizado de palabras que regurgiten lo ya cristalizado, por inteligente que parezca.
Habrá resistencia. Será la de aquellos a los que nos gusta escribir y hemos hecho de eso un hábito. ¿Cuál sería el sentido de delegar en una máquina una tarea que, por más esfuerzo que demande, nos gusta y nos gratifica? ¿Por qué dejar que la IA piense por mí? ¿De qué vale pensar mejor si no soy yo el que piensa?
Hace años, cuando garabateábamos nuestros primeros artículos de opinión, una periodista amiga me decía: “Más que escribir, me gusta haber escrito”. La entendía. Después de luchar con las ideas y la gramática, la tinta fresca de una columna dignamente escrita resulta una dulce recompensa. Pero nada más pasajero. A lo sumo es flor de un día. Lo que queda es el proceso, el aprendizaje que deja el intento de narrar o expresar lo nuestro de la mejor manera posible, un capital intangible que invertiremos en la nota o la columna siguiente, siempre con ganancia. Acaso un escritor, en tanto persona, esté menos en lo que ha escrito que en las horas que pasó escribiendo. Y se trata, hasta ahora al menos, de ser personas.
Estamos en un mundo que, en nombre de la eficiencia, lo exige todo ya. No hay paciencia para los procesos. En este escenario, la inteligencia artificial tiene el futuro asegurado. Cuando haya colonizado la palabra y estandarizado el saber, si lo logra, habremos perdido la capacidad de aprender. Pienso en mis alumnos. En los que vendrán. Les deseo que sientan la incomodidad, la picazón difícil de localizar, y que sean dueños de la palabra para poder indagarlas.


