📍 Buenos Aires 26°C ☀️
Cargando pronóstico...
- Publicidad -spot_img
InicioActualidadJuan Carlos Dávalos y Ricardo Güiraldes, una amistad sellada en un camino...

Juan Carlos Dávalos y Ricardo Güiraldes, una amistad sellada en un camino polvoriento

- Publicidad -spot_img

La correspondencia suele muchas veces aportarnos valiosos datos para reconstruir la vida de ciertas personas -afortunadamente- como en este caso. Victoria Ocampo, al publicar el primer número de Sur, en el verano de 1931 no se resignaba a no tenerlo a Ricardo Güiraldes como colaborador, y suplió con estas palabras su ausencia física: “Todos los que hacen esta revista fueron amigos de Ricardo Güiraldes. Todos sabemos que él hubiera estado hoy aquí. Sur se honra al reproducir algunas de sus cartas -elegidas expresamente por Adelina del Carril– que forman parte de un epistolario inédito”.

“Es jugar un Mundial”: designaron a un argentino para jurar en una importante competencia en Paraguay

Entre esa correspondencia se encontraba la que Güiraldes, en viaje por las provincias del norte con su mujer Adelina del Carril, le escribió a su madre Dolores Goñi desde Salta el 22 de julio de 1921, adonde había llegado dos días antes, “después de un viaje bastante penoso, pues llegamos a las dos de la mañana, con cinco horas de atraso”. Y agregó: “Esto es muy lindo y Adelina está encantada. Hasta ahora hemos tenido la suerte de no tener más frío que en Tucumán y como poseemos un buen calentador de kerosene el cuarto está siempre agradable”.

Después de recorrer la ciudad, tomó el camino a San Lorenzo, algo decepcionado porque sabía que allí tenía su casa Juan Carlos Dávalos -al que no conocía-, pero que vivía en la ciudad por estar momentáneamente enferma su mujer. La descripción de ese recorrido es una página literaria, el campo de la batalla del 20 de febrero de 1813: “amarillento y las llanuras y lomas del valle cantan en claro dentro del límite azul brumoso de los cerros que los circundan, como un paño a un reñidero de tierra arenosa”. La subidas y bajadas al cerro: “Íbamos haciendo montaña rusa por las lomas mondas; atrás centro del valle, núcleo de los campos, clareaba el caserío de la ciudad e hincaban sus campanarios. A la vera del camino serpentino como un arroyo, algunos espinillos y arbustos achaparrados esperan desnudos la primavera. El aire es claro y sutil”. En el trayecto observa la consabida educación de la gente de campo: “algunos hombres y mujeres montados en mulas, cubiertos de ponchos coloreados, nos cruzan y saludan”.

Salta
 Constanza Gechter - Paula Teller

Hasta que de pronto se cruzan con alguien. “Tal vez el chambergo aludo entrevisto en alguna fotografía, tal vez la silueta alta y fuerte, tal vez un simple aviso del instinto, nos hace reconocer en un jinete a Juan Carlos Dávalos. Adelina me lo dice y nuestro conductor que conoce a todo el mundo nos afirma en nuestro pálpito. A todo esto, hemos pasado de largo y el hombre ha quedado unos metros atrás sufriendo el insulto de la polvareda, que le echamos encima, en saludo poco cortés”.

El visitante bajó del auto y se acercó a Dávalos que “monta un caballo zaino obscuro grande, enjaezado a la moda salteña. Bajo su gran chambergo la cara conserva su tranquilidad impasible y con calma curiosa contesta a mi saludo”. Inmediatamente se disculpó de no haber llevado unas cartas de presentación, más que un amigo le había advertido que si pasaba por allí fuera a verlo en su nombre, y agregó “Soy colega suyo… Güiraldes”.

A lo que le respondió extendiéndole la mano: “Usted es un gran gaucho”. Y así termina “nuestra amistad queda pactada”.

A los pocos meses, le escribió a su amigo el escritor francés Valery Larbaud, desde su estancia “La Porteña”, en San Antonio de Areco, a la que había regresado cuando “me estaba aclimatando a Salta”. Le reconoce que “nuestra estadía ha sido una gloria” y elogia a Dávalos.

Impresionado por “¡la estancia del Rey en la frontera de Salta y Jujuy! Un valle de unas setenta mil hectáreas con cerros altos, llanos, ríos, bosques, vacas, tigres, antas, corzuelas, loros, buitres, tábanos, sachamonos, tastás, osos meleros, gauchos, lazos, guardamontes y otras mil cosas diversas, sin contar el cielo que es de todos, según Jules Laforgue. Hemos pasado doce días, de los cuales tres en las selvas del cerro, durmiendo en nuestros recados, al amparo del fuego que defiende del frío y de los bichos (jaguares)”.

Lo invita a venir y hacer juntos un viaje por Tilcara, Purmamarca, San Antonio de los Cobres, cruzando caravanas de burros llevando sal, comprando un cuerito de chinchilla o negociando un lote de vicuñas.

Juan Carlos Dávalos

Y termina así rescatando un gaucho que merece un lugar en este Rincón: “He traído de mi viaje un hermosísimo quillango de vicuña, un lujoso par de espuelas de plata cincelada, a la manera de los antiguos plateros de Potosí, y me está haciendo un par de lazos el gaucho Isea, rubio como un Cristo, barbudo como un Moisés, que sabe muchos cuentos de Pedro Urdimales, de Magia Negra y Magia Blanca y del tiempo en que los animales hablaban”. Poco después recuperó en un cuento a otro gaucho, Cruz Guíes, de la estancia de Dávalos. Así la estancia salteña llegó a París, vaya como recuerdo en el mes que celebra el aniversario de su fundación.

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
Redes Sociales
16,985FansMe gusta
61,453SeguidoresSeguir
61,453SeguidoresSeguir
2,458SeguidoresSeguir
61,453SuscriptoresSuscribirte
Interesantes
- Publicidad -spot_img
Ultimas Noticias
- Publicidad -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí