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Cuando a Milei se le queman los manuales

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La motosierra es una pieza del museo de la revolución libertaria. Representa la épica del ajuste que aportó orden en medio de la destrucción de un régimen económico decadente. Javier Milei se aferra a ese símbolo como a un talismán que lo devuelve a los tiempos en que su prédica contracultural y los resultados marchaban al mismo paso.

Cuando clama en un discurso “la motosierra no para” expresa una forma de nostalgia. Los instrumentos que le sirvieron en la fase de ruptura se revelan insuficientes para el desafío que ahora enfrenta el Gobierno: cómo pasar de la estabilización al crecimiento. Responder, en definitiva, qué viene después del dolor.

Milei experimenta la ansiedad de una transformación. El índice de precios de marzo, con una suba del 3,4%, lo puso frente a un dato que le pareció “repugnante” y que puertas adentro de la Casa Rosada se interpretó como un momento de quiebre. El ansiado “exterminio de la inflación” no ocurrirá en los plazos que imaginó el Presidente.

El Indec también registró un período de seis meses de deterioro de los salarios, que le da contexto a las cifras de actividad económica. Se mantiene el vigor de la energía, el agro y la minería, mientras persiste la caída de sectores intensivos en mano de obra como la industria, la construcción y el comercio.

En ese panorama el dogmatismo es un lujo. La lógica del recorte cueste lo que cueste amplifica el riesgo político en semanas en las que casi todas las consultoras de opinión pública registran un descontento social en ascenso.

Dentro del Gobierno sostienen que de a poco Milei y su equipo económico se ubican en una misma sintonía. En línea con lo que alguien podría llamar “gradualismo” si esa palabra no estuviera prohibida en el diccionario libertario. “Lo importante es el sendero de reducción de la inflación, no tanto la velocidad”, señala un funcionario del alto mando oficialista.

Kristalina Georgieva, con el ministro Caputo

El Fondo Monetario Internacional (FMI) recalculó el pronóstico de inflación anual al 30,4%, casi el doble de su previsión original. El presupuesto 2026 la establecía en 10,1%, casi lo mismo que se acumuló en el primer trimestre. Los argentinos conviven desde hace años con esos niveles de desequilibrio. Recurrieron a Milei cuando el descalabro de la gestión Alberto Fernández-Cristina Kirchner-Sergio Massa colocó el índice de precios arriba del 100%. El reto del actual gobierno es evitar que la tasa siga escalando y, al mismo tiempo, sortear una recesión. Eso tampoco lo perdonan las mayorías que definirán el año que viene al próximo presidente.

La tasa de abril se estima que será mejor, en el orden del 2,5%. A juicio del FMI y de buena parte de los analistas, será un nuevo techo desde el que bajará muy de a poco si no hay accidentes. En el Gobierno prevén que en el segundo trimestre los salarios empiecen a recuperar lo perdido. El Banco Central sigue tomando medidas para incentivar el crédito, aunque todavía el sistema financiero tiene que digerir la morosidad que arrastra.

Se necesitan pesos en la calle, sin que eso agite la inflación. El dólar quieto ayuda a anclar los precios, aunque la apreciación cambiaria puede ser un inconveniente en el segundo semestre del año.

Milei sobreactúa dogmatismo para que no se interprete un ligero giro heterodoxo como una claudicación. El martes se describió como un héroe de la mitología griega asediado por fuerzas del mal que lo tientan a traicionar sus principios. No va a devaluar ni a emitir, juró. Magnificó la más mínima objeción como si fuera la prueba de una conjura para derrocarlo. Rogó otra vez “paciencia” como el predicador de una fe edificada en teorías económicas que proclama infalibles.

El dibujo que reprodujo Milei, en el que se imagina como Ulises atado al mástil del barco

Luis Caputo lo secundó con su anuncio de que vienen “los 18 mejores meses de las últimas décadas”. Él insiste siempre que puede con la idea de que lo importante es el rumbo de desinflación y no los plazos. Hay esbozos de una nueva narrativa del esfuerzo y la perseverancia antes que la urgencia del milagro.

Apuestas fallidas

La promesa grandilocuente sonó a un consuelo para su jefe, que tuvo que decirle adiós a la ilusión de la tasa de inflación que iba a empezar con 0 en agosto. Milei, en realidad, no suele hacer duelo por pronósticos incumplidos.

Su inquietud de estos días responde al test que soportan sus convicciones. Los manuales en los que cree ciegamente parecen quemarse delante de sus ojos.

Abundan los ejemplos. El mes pasado dictaminó que la inflación minorista estaba destinada a desplomarse: “Inflación mayorista de los últimos doce meses viaja al 26% anual. A su vez, la del bimestre anualizada viaja al 17% mientras que la del mes de febrero anualizada lo hace al 13%. Podrán ponerlo como quieran pero la inflación está bajando y los Precios Mayoristas anticipan lo que viene a futuro en Minoristas”, escribió en redes cuando ese indicador dio 1,7% en febrero. Esta semana hizo silencio cuando el dato de marzo pegó un salto al 3,4%. Si se siguiera su lógica, la inflación estaría “viajando” a casi el 50% anual. Por suerte para él, su tesis parece no corroborarse.

La obsesión por tener razón lo expuso a otro momento incómodo cuando el jueves elogió un comentario periodístico que a su juicio probaba que la inflación es en todo momento un fenómeno monetario. Lo hacía sobre la base de un estudio académico que analizó más de 100 casos de planes de estabilización en el mundo. “Aquí se nota la diferencia entre los que trabajan seriamente, buscando datos y material riguroso y los brutos que opinan sin fundamento alguno”, escribió Milei. Le respondió poco después Fernando Morra, economista y exviceministro de Martín Guzmán: “Estimado Presidente. Como autor del paper, la evidencia muestra algo más complejo que ‘solo monetario’: desinflaciones exitosas combinaron tipo de cambio alto inicial, dinámica externa, políticas de ingresos con aumento de salarios y crecimiento. Quizás valga la pena leerlo”.

El alarde de superioridad técnica ha sido un arma que le resultó eficiente para dominar el debate público, pero empieza a tocar sus límites. El acierto de que con el recorte de gastos se iba a conseguir estabilidad le dio un prestigio que fortaleció un gobierno minoritario durante los primeros dos años. Con la repetición de vaticinios errados se arriesga a desperdiciar ese capital y tentarse con el vicio que más desprecia: la charlatanería. La ciencia del “o sea, digamos”.

El precio del consenso

El año previo a la batalla por la reelección le plantea la necesidad de salir de la emergencia que heredó en 2023. Se enfrenta a una operación política compleja que, además de estabilizar las variables económicas, demanda arbitrar entre intereses diversos y negociar consensos.

Los niveles de confianza que despierta su programa tienen en gran medida una raíz política. Milei ha gestado acuerdos frágiles, específicos, en los que rige el toma y daca circunstancial. La experiencia en el poder no le cura el recelo en los actores del sistema político. Se ofusca cuando el riesgo-país no baja de los 500 puntos y se niega a convalidar esa tasa para volver a los mercados de deuda internacionales. Pero no valida a los ministros, con Caputo a la cabeza, que le piden tejer alianzas duraderas que transmitan la expectativa de un futuro sin cambios drásticos de rumbo.

Para Milei suena a claudicación. Se ha cansado de decir que el “consenso es un crimen” como para terminar al frente de un gobierno de espíritu larretista. El Presidente se reconoce en la rebeldía del outsider. Así como no suelta la motosierra aunque el presente recomiende una pala, se afirma en el relato del hombre común que lucha contra los privilegios.

Devitt, Caputo, Bullrich, Santilli, Karina Milei, Martín Menem, Lule Menem, y Manuel Adorni.

La investigación sobre el patrimonio de Manuel Adorni puso en cortocircuito ese otro pilar de la revolución libertaria. El jefe de Gabinete desistió de explicar cómo hizo para comprarse una camioneta y dos nuevas propiedades desde que es funcionario público ni cómo costeó sus vacaciones premium al exterior con un salario que estuvo dos años congelado en 3,5 millones de pesos.

El blindaje a Adorni no tiene fisuras. Karina Milei no tolera un solo cuestionamiento a su funcionario. Estaba enojadísima con Guillermo Francos por haberlo criticado en televisión, refieren en su cercanía. Anotó también en la lista negra al biógrafo presidencial, Nicolás Márquez, que destrató a Adorni y le exigió renunciar.

Adorni volvió de a poco al terreno de la altanería, donde se mueve con naturalidad. Probó el agua en las redes sociales al responder con ironías a simpatizantes libertarios que minimizaban las denuncias sobre sus bienes. Pero se topó con una avalancha de comentarios insultantes.

Ahora tiene por delante una semana y media para preparar la sesión informativa en la Cámara de Diputados, donde la oposición lo espera con hambre de venganza. Su intención es contraatacar. Ya hay gente en el Gobierno estudiando el patrimonio de los principales voceros del antimileísmo parlamentario. La lógica del “y vos más” nunca falla. ¿O sí?

Guerras virtuales

Las peripecias de Adorni paralizaron la gestión libertaria. Milei está concentrado en encontrar la salida al laberinto de una macroeconomía insumisa a sus convicciones. A su hermana Karina la obsesiona el armado de una hegemonía política que requiere edificar poder permanente, desde candidaturas en todas las provincias a su nuevo hobby: la designación de jueces.

Los dos Milei comparten la inclinación conspirativa. Imaginan traiciones desde el desayuno. Pero ella tiene una fijación que él no comparte: la sospecha de que el asesor Santiago Caputo opera en su contra (y por ende contra los intereses del Gobierno) por ambición de poder.

Sobre ese campo fértil estalló a cielo abierto la interna libertaria cuando Daniel Parisini, alias Gordo Dan, puso su streaming Carajo al servicio de un ataque coordinado al diputado Sebastián Pareja, delegado karinista en la provincia de Buenos Aires. Parisini es íntimo amigo –e instrumento de comunicación- de Santiago Caputo.

Interna libertaria: el “Gordo Dan” le respondió a Lemoine en su programa tras el cruce

La reacción respondió a la noticia de una citación judicial a tuiteros libertarios a raíz de una denuncia de Pareja, presentada durante la campaña bonaerense del año pasado. Los acusa de publicar en redes sociales su número de teléfono, en una acción que interpreta como amenazante. Al mismo tiempo se estaba ejecutando la orden de Karina de remover a Agustín Romo, compinche de Parisini y Caputo, de la jefatura del bloque oficialista en la provincia.

La máquina libertaria no está formateada para el disenso. En uno de los programas de Carajo llegaron a pasar un mensaje denigrante contra Karina Milei, en el habitual tono misógino y soez que caracteriza al canal. A los conductores los embargó el pánico al oírlo.

Lilia Lemoine encaró en redes sociales a Parisini y el duelo pareció salirse de proporciones. Milei se pronunció con un retuit a la diputada. Algunos usuarios de las redes lo compararon irónicamente con el día en que Perón echó a los montoneros de la Plaza de Mayo.

Karina Milei abraza a Lilia Lemoine, delante de Adorni

Dos fuentes de La Libertad Avanza (LLA) anticipan que al ministro Caputo ya le transmitieron la sugerencia de no asistir más a Carajo, el lugar que elige para comunicar las peripecias del plan económico entre aplausos, risas y adulaciones.

Santiago Bausili y Luis Caputo, en Carajo, el canal del Gordo Dan

Esas guerras estridentes pero sin sustancia iluminan el problema en que se enreda Milei en un momento bisagra de su trayectoria: su desafío en 2026 no es ideológico sino de gestión. Necesita aliados y desconfía de casi todos. Precisa cohesión interna y tolera el caos si lo provocan los fanáticos. Se abraza al recuerdo de la motosierra cuando se requieren herramientas para crecer.

Atraviesa su propia transición. De soñarse el líder de una revolución al ejercicio árido de construir un orden liberal que no termine en la próxima frustración argentina.

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