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Desconfiar hasta de uno mismo: el 70% de la población cree al menos una afirmación errónea sobre salud

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¿Tomar leche cruda es más saludable que consumirla pasteurizada ¿El flúor en el agua protege los dientes o puede ser perjudicial? ¿Las vacunas infantiles implican más riesgos que beneficios? ¿Un medicamento de uso habitual durante el embarazo puede causar autismo?

Estas preguntas —que circulan con frecuencia en redes sociales, grupos de WhatsApp, foros y buscadores— no surgen solo de teorías marginales ni de espacios alternativos. Forman parte de un caudal de información fragmentada, muchas veces contradictoria, que convive hoy con recomendaciones médicas, estudios científicos y mensajes oficiales. En ese escenario, decidir qué creer y cómo actuar se volvió, para muchas personas, una tarea cada vez más difícil.

Nunca hubo tanta información disponible sobre salud, pero nunca resultó tan difícil decidir qué creer. Entre recomendaciones médicas, posteos en redes, consejos de conocidos y respuestas automáticas de la inteligencia artificial, una escena se repite en distintos países: frente a una duda concreta, cada vez más personas sienten que no saben en quién confiar ni cómo tomar una decisión informada.

El estado de desorientación que describen esas preguntas aparece reflejado con claridad en el Edelman Trust Barometer – Special Report: Trust and Health 2026, un estudio global que analiza cómo las personas procesan hoy la información vinculada a la salud y de qué fuentes se nutren para tomar decisiones. Uno de sus hallazgos centrales es la fuerte caída de la confianza en la propia capacidad para decidir: a nivel global, ese indicador retrocedió 10 puntos en solo un año, una variación abrupta que los autores consideran una señal de alarma.

El relevamiento se realizó sobre la base de 16.000 encuestas online en 16 países: Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Japón, México, Singapur, Sudáfrica, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido y Estados Unidos. No incluyó a la Argentina. Según la metodología difundida, cada país aportó alrededor de 1000 casos representativos de la población general adulta.

En ese marco, el informe señala que el 70% de los encuestados cree al menos una afirmación falsa o no comprobada sobre salud, una proporción que se mantiene relativamente estable entre países con realidades políticas, culturales y sistemas sanitarios muy distintos. Entre las afirmaciones evaluadas aparecen, por ejemplo, que los riesgos asociados a las vacunas infantiles superan sus beneficios, que la leche cruda es más saludable que la pasteurizada, que el flúor en el agua resulta perjudicial o que el uso de paracetamol durante el embarazo puede causar autismo.

Uno de los puntos que más resaltan los investigadores es que este tipo de creencias no se concentra en grupos marginales ni poco informados. Los datos muestran que atraviesan niveles educativos, edades e identidades políticas. De hecho, quienes creen más afirmaciones controvertidas tienden a consumir más información sobre salud, no menos, y a consultar fuentes variadas, desde medios tradicionales hasta redes sociales y plataformas digitales.

Lejos de describir un rechazo frontal a la ciencia, el informe retrata un escenario de confusión estructural. Muchas personas declaran confiar todavía en médicos y expertos, pero al mismo tiempo reconocen dificultades crecientes para distinguir entre información confiable, opiniones, experiencias personales y contenidos de dudosa validez. En paralelo, aumenta la percepción de que hay “demasiada información disponible” y de que los mensajes suelen ser contradictorios o cambiantes.

El informe advierte que la sobreabundancia de información y la multiplicación de fuentes dificultan la toma de decisiones en salud

Ese contexto se refleja también en la forma en que se distribuye hoy la confianza. Según el relevamiento, los médicos siguen siendo la fuente más confiable para cuestiones de salud, pero ya no actúan como árbitros exclusivos. Amigos, familiares, personas con experiencias similares, creadores de contenido y plataformas digitales aparecen cada vez más como referencias legítimas, especialmente cuando se trata de temas preventivos, bienestar general o decisiones cotidianas que no implican una consulta urgente.

La inteligencia artificial ocupa un lugar destacado dentro de ese ecosistema fragmentado. El informe indica que más de un tercio de los encuestados utiliza herramientas de IA para gestionar aspectos vinculados a su salud, desde buscar respuestas rápidas a preguntas generales hasta interpretar síntomas, evaluar tratamientos, obtener segundas opiniones o hablar de problemas personales y emociones. Entre los usuarios más intensivos, una proporción significativa considera que alguien entrenado en el uso de IA puede igualar o incluso superar a un profesional de la salud en determinadas tareas.

Los motivos que explican ese uso no están asociados únicamente a la tecnología en sí, sino a las características del entorno. Las plataformas de IA son percibidas como accesibles, disponibles de manera permanente, fáciles de entender y menos juzgadoras que otras instancias. En contextos donde el acceso al sistema de salud es limitado o donde las consultas médicas resultan breves y costosas, estas herramientas aparecen como un complemento inmediato, aunque no necesariamente confiable.

El informe también muestra que, a mayor cantidad de creencias controvertidas, mayor es la cantidad de voces que una persona considera influyentes a la hora de decidir. En lugar de un esquema jerárquico, en el que la autoridad médica ordenaba la información, emergen lógicas horizontales, donde distintas fuentes compiten —o conviven— sin una referencia clara que funcione como filtro.

En ese escenario, los autores evitan poner el foco exclusivamente en la desinformación y destacan un fenómeno más amplio: la salud se convirtió en un terreno atravesado por debates constantes, mensajes cruzados y disputas simbólicas sobre qué es verdadero, qué es creíble y a quién escuchar. La consecuencia, señalan, no es solo la circulación de afirmaciones falsas, sino un debilitamiento de la capacidad de decisión individual en un área sensible de la vida cotidiana.

El informe completo

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