Luz conoció a Manu en una convención de Recursos Humanos, allá por el 2006, y se enamoró perdidamente. Él venía de Rosario y ella era una típica chica palermitana fan de Babasónicos, o, mejor dicho, una típica chica de Zona Norte del Gran Buenos Aires que había elegido en su vida adulta (y corporativa) Palermo para vivir.
Él regresaba a la capital seguido, y primero se reencontraban con excusas, hasta que más tarde, con la pasión encendida, extendieron sus encuentros a desayunos, almuerzos, cenas y a quedarse a dormir en lo de ella de manera premeditada. Pero, finalmente, cuando la primera efervescencia dio paso al deseo de ambos de bajar las revoluciones y sentar cabeza, Luz se animó a tomar una decisión que cambió su vida para siempre: mudarse con Manu a Rosario.

Tal vez, si dejáramos la historia acá, podríamos decir que estamos ante un final feliz, pero, lo cierto, es que nada de lo que siguió fue un cuento de hadas.
Una nueva vida en Rosario
Luz encontró trabajo, amigas y una rutina que aprendió a amar en una Rosario llena de claroscuros, donde uno de los puntos oscuros reposaba en Manu, que parecía un día ser el ser humano más atento y amoroso del mundo, y al siguiente, una piedra fría y distante: “Esto comenzó a afectarme psicológicamente”, admite Luz. “Cuando sacaba su costado más feo pensaba en irme, pero después todo cambiaba, y era tan lindo, que tenía la ilusión de que iba a permanecer así”.

Las cosas cambiaron de tono cuando fueron padres, tiempos donde el comportamiento confuso de Manu se acentuó. Sin embargo, aún muy enamorada y dispuesta a comprender a Manuel (un chico atormentado por su pasado), Luz decidió que lucharía por la familia a capa y espada. Así, los años pasaron, hasta que un nuevo trabajo apareció en puerta y, con él, otra puerta se abrió para Luz.
El empleo era en una reconocida empresa donde ella pudo desplegar su talento creativo. Cada mañana, Luz llegaba feliz, dispuesta a entregar lo mejor y a explorar cada desafío que se presentara ante ella. Sin embargo, hubo un desafío que la tomó por sorpresa: Diego, un hombre apenas tres años más grande, viudo, y con un trato y una energía a su alrededor totalmente diferente a lo que Luz vivía hacía ya muchos años.
“Con Diego nos reíamos mucho. Él no solo era caballero, sino que era un padre presente con sus hijos, una persona muy querida por sus amigos y un tipo de esos que lo que ves es lo que es. Sin estrategias, sin tensiones”, explica Luz.
Una confesión y una decisión drástica
Con Diego se hicieron muy amigos y Luz, en contra de su voluntad, comenzó a sentir cosas que la hicieron sentir culpable. Luchó contra sus emociones, creyó que era capaz de dominarlas, hasta que un día de mucho calor, su compañero de trabajo le confesó que se había enamorado de ella. En un mismo instante, Luz sintió que tocaba el cielo y que su mundo se venía abajo.
“Decidí renunciar y dejar de verlo”, revela. “En esos tiempos estaba tan enfocada en lo correcto, que hasta me convencí de que lo que yo sentía no era real. Para mí lo más sensato era dejar un trabajo increíble de lado, no verlo más y seguir luchando por mantener en pie una familia que era evidente que se caía a pedazos”.

Y así, Luz regresó a sus proyectos freelance, a su universo amoroso de altos y bajos, y a una vida adormecida, donde su hijo y su hija comenzaron a sufrir las consecuencias: llamadas de la directora, berrinches extremos, llantos descontrolados y una madre desbordada que prefería no ver.
Un hijo que despabila y el reencuentro: “Ahí entendí todo”
Más años pasaron, la distancia entre Luz y Manu creció, y la angustia se hizo presente. Fue la hija mayor la que despertó a su madre, cuando cierto día, ya con 14 años, le preguntó por qué seguía con papá y por qué no hacía algo para ser feliz.
Mucha agua había corrido bajo el puente, cuando Luz decidió por fin separarse. No fue fácil, Manu era un hombre de apariencias, pero pronto él encontró una novia y ella comenzó a recuperar el brillo en sus ojos. Su trabajó despegó, sus hijos hallaron serenidad, y ella comenzó a visitar a su familia y amigos más seguido en Buenos Aires.
Y otro buen día, un viejo conocido le puso un `me gusta´ en una foto de Instagram. Era Diego, comenzaron a hablar, y él le contó que ahora vivía en CABA. Fue así que en uno de sus regresos se reencontraron. Primero de manera muy tímida, charla de amigos, muchas cosas habían pasado en su vida, y ambos querían cuidar sus pasos y sus corazones.

En otro viaje hacia la capital, la timidez menguó. Ni Luz ni Diego estaban dispuestos a abrir las compuertas del todo, pero algo se había aflojado, y, por fin, en una noche helada palermitana, llegó el primer beso: “Ahí entendí todo”.
El cuento de hadas
Desde su primer beso, pasaron un año y medio. Diego viaja hacia Rosario y Luz lo visita en Buenos Aires. La timidez se esfumó junto al miedo. Hace poco se declararon oficialmente novios. Él sigue igual de atento y transparente como en otros tiempos. No hay estrategias y Luz siente que puede descansar en paz sobre su hombro.
Hoy, Luz está organizando su regreso definitivo a Buenos Aires, su lugar de origen, la ciudad que siente su verdadero hogar y donde quiere pasar el siguiente tramo de su vida. Piensa en su historia, en el largo recorrido que tuvo que hacer hasta reconocer y encontrar a su verdadero amor y, de pronto, suelta: “Tal vez sí es un cuento de hadas”.
*
Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a [email protected]


