WASHINGTON.– En medio de la creciente tensión en el Golfo, el gobierno de Estados Unidos optó por una mezcla de ironía y ambigüedad frente a una de las versiones más insólitas que circulan sobre el conflicto: el supuesto uso de “delfines kamikazes”.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, evitó desmentir por completo la idea, pero sí fue categórico en un punto: “No puedo confirmar ni negar si nosotros tenemos algunos. Pero puedo confirmar que Irán no los tiene”.
La declaración, realizada durante una conferencia en el Pentágono, llegó después de que el The Wall Street Journal publicara que funcionarios iraníes habrían evaluado reactivar un viejo programa de la Guerra Fría para entrenar delfines capaces de transportar minas hacia buques enemigos en el estrecho de Ormuz.
Consultado sobre esa posibilidad, el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, reaccionó con incredulidad. Entre risas, comparó la idea con un recurso de ficción: “No había oído lo de los delfines kamikaze. Es como los tiburones con rayos láser”, dijo, en alusión a la saga Austin Powers.
Más allá del tono casi burlón, el tema no surge de la nada. Estados Unidos mantiene desde hace décadas un programa de entrenamiento de mamíferos marinos. Durante la guerra de Irak, por ejemplo, delfines entrenados por la Marina fueron desplegados en el Golfo Pérsico para detectar y marcar minas en el puerto de Umm Qasr, aprovechando su capacidad natural de ecolocalización. Es decir, han tenido un rol militar real, aunque siempre en tareas defensivas o de apoyo, no como armas ofensivas.
Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética exploró usos más agresivos de estos animales, lo que alimenta la especulación actual. Según versiones citadas en la prensa, Irán habría adquirido ejemplares provenientes de esos programas en torno al año 2000, aunque no hay evidencia confirmada de que mantenga hoy capacidades operativas de ese tipo.
Expertos militares señalan, además, las limitaciones prácticas de un sistema así. A diferencia de un misil o un dron, un animal no puede ser guiado con precisión en tiempo real una vez desplegado, lo que vuelve extremadamente difícil su uso en ataques coordinados. Esa dificultad se acentúa en un entorno como el estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más transitados del mundo, donde conviven buques comerciales, militares y petroleros en un espacio reducido.
El episodio se inscribe en un contexto más amplio de escalada regional, en el que Teherán ha apostado históricamente por tácticas asimétricas: minas navales, lanchas rápidas, drones y ataques indirectos contra el tráfico marítimo. En ese marco, la idea de los delfines armados aparece más como una hipótesis extrema —o incluso desinformación— que como una amenaza concreta.
Aun así, la respuesta de Washington deja una zona gris deliberada. En tiempos de guerra híbrida y operaciones psicológicas, incluso una broma puede cumplir una función estratégica: sembrar dudas, desviar la atención o evitar dar información precisa sobre capacidades reales. La única certeza que quiso dejar Hegseth es que si existen los delfines kamikaze, no están del lado iraní.
Agencias ANSA y AP



