“Estábamos tristes porque deseábamos tener un bebé, y no podíamos lograrlo. A los ocho meses desistí y cuando fui a hacerme los controles anuales me enteré de que estaba embarazada de un mes. Lloramos de felicidad porque íbamos a ser papás. Mía es mi primera hija. Éramos padres primerizos y las personas más felices del mundo”.
Los primeros años de Mía transcurrieron en una dulzura inolvidable. Jugaba con una vitalidad que llenaba la casa de risas, y su primera palabra, “papá”, desató una oleada de celos tiernos en su madre. A los tres años, ingresó al jardín, donde encontró un mundo de alegría: amiguitos con quienes compartía juegos interminables.
En 2022, a los 7 años, Mía era una niña normal con gripes ocasionales que se pasaban rápido. Pero el 20 de julio, todo cambió: empezó con dolores intensos de cabeza y panza por lo que le repetía desesperada a su mamá: “mami, me duele”. En Tolhuin, un pueblo en Tierra del Fuego aislado sin recursos médicos —donde hasta para parir hay que viajar 100 km—, el hospital la mandó a casa diciendo que se le pasaría.


“Gracias a Dios, llegaron a tiempo”
Una semana después, Mía ya no era la misma: se desvanecía, apenas hablaba. Su mamá, Nadia, la llevó de urgencia de nuevo y la derivaron a Río Grande. Allí, una tomografía reveló un tumor pineal en la cabeza que presionaba el cerebro, acumulando líquido cefalorraquídeo. Esa noche le perforaron el cráneo e instalaron un drenaje vital, mientras tramitaban una evacuación de emergencia a Buenos Aires.
“Gracias a Dios, llegaron a tiempo. Si no hubiera insistido en buscar ayuda más allá de Tolhuin, hoy no estaríamos juntas. Es la verdad dolorosa, pero también mi historia de no rendirme por mi hija”, rememora Nadia.

“¿Ma, por qué tengo una nana en la cabeza?”
Recibir el diagnóstico fue como si el mundo se les viniera abajo. Walter, el papá, y Nadia se enteraron en Río Grande tras la tomografía que lo cambió todo: un tumor pineal presionando el cerebro de Mía. El golpe los desarmó por dentro y la mente a mil con preguntas como “¿Y si…?”. Los desgastaba el alma, pero en ese instante solo pensaban en aferrarse a la fe para salir adelante.
Mía, lo vivió como una aventura misteriosa. “¿Ma, qué tengo en la cabeza?, por qué tengo una nana en la cabeza? ¿Por qué a mí?”, les preguntaba a sus padres con ojos curiosos.
Mía enfrentó siete cirugías en total, cinco de ellas en la cabeza, en un proceso agotador pero lleno de avances. Al principio, el equipo médico probó drenajes temporales con una aguja al costado del cerebro para evitar la válvula, pero el tumor acumulaba tanto líquido cefalorraquídeo que generaba dolores intensos. Tras varios intentos fallidos, no quedó otra: le colocaron una válvula permanente para drenar el exceso y permitir la extracción del tumor. Con eso, Mía empezó a mejorar poco a poco.

“Ese fue el regalo más grande”
La quinta operación fue la decisiva: le abrieron toda la nuca, desde la mitad de la cabeza y extrajeron el tumor por completo ese mismo día. Fue un momento de pura alegría. La familia agradece eternamente al equipo del Hospital Italiano —Santiago Portillo, Daniela Massa y todo su staff—, a quienes Mía y su madre saludan con gratitud cada vez que los ven.
Durante la quinta cirugía —abriendo la nuca para extraer todo el tumor—, dañaron un nervio en su cabeza. Eso dejó a Mía con estrabismo severo (ojos desalineados). Las dos operaciones extra lo corrigieron.

Un día, a las 2 o 3 de la tarde, Walter llamó a su esposa, que contestó asustada: “¿Qué pasó?”. Entre risas y emoción, le dijeron: “¡Mamá, mamá, vamos a ir a casa!”. Ella, entre lágrimas, no lo creía: “¡No me jodan con bromas!”. A los 45 minutos, Walter llegaba con Mía caminando, charlando sin parar. Eran las personas más felices del mundo.
“Y yo, su mamá, no lo podía creer. Lloraba de alegría, como lloro ahora al recordarlo. Mi hija, caminando hacia mí, hablando hasta por los codos. Ese fue el regalo más grande”.


“Hago un montón de cosas, tengo muchos amigos”
Tras el alta, los médicos advirtieron que debían quedarse cerca del hospital por el diagnóstico de Mía. La neurocirujana Daniela Massa y la asistente social del Hospital Italiano les recomendaron Casa Ronald McDonald, y ese mismo día ingresaron, escapando de la calle. En ese lugar encontraron la calidez y contención que necesitaban.
Allí, con el alta ambulatoria, Mía se encontró con otros niños con patologías similares: jugaban, conversaban y se ayudaban mutuamente, fortaleciendo su ánimo.
Hoy, a sus 11 años, Mía está súper bien: activa sin parar, inteligente y con una valentía que impresiona. “Yo puedo, yo puedo”, repite como mantra esta guerrera incansable, que no le teme a nada ni deja que obstáculo alguno la detenga.

Va al colegio, le va muy bien académicamente, entiende todo y cuenta con el apoyo enorme de sus profesores. Están remontando juntos una vida nueva: geometría, sociales y naturales son sus favoritas, donde brilla con notas altísimas. Los tres —Mía, papá y mamá— renacieron más fuertes, abrazando un futuro lleno de posibilidades.
“Me siento una niña nueva, me está creciendo el pelo, soy traviesa. Hago hockey, bádminton, atletismo, bici. Yo tenía miedo de andar en bici, porque viste que la bici es alta. Y entonces, ahora, sé andar en bici, voy a la escuela. No me gusta mucho la matemática, solamente me gustan naturales y sociales. Y bueno, hago un montón de cosas, tengo muchos amigos, me cuidan, me protegen en la escuela, mi cabeza, todo”, expresa Mía, con una dulce vocecita.
¿Cuáles son sus deseos como padres para Mía?
Que le siga yendo bien en el futuro, como ahora, y que todo sea positivo. Que ella cumpla su sueño de ser abogada o contadora. A sus 11 años tiene sus sueños, su proyecto, su estudio, todo en la cabecita y yo sé que hasta que no logre su objetivo no lo va a dejar, así que nosotros como padres acompañándola al cien y nunca bajando los brazos.

Esto es un día a la vez, que nada está perdido, siempre con fe y con fuerza, que hay profesionales enormes al lado de sus hijos. Que siempre tengan fuerzas, que nunca bajen los brazos, que tengan esa energía positiva, que digan que esto va a ser un mal recuerdo y nada más. Y cuando estemos bien, ese pasado va a quedar atrás y vamos a seguir en el futuro luchándola cada vez más feliz y más fuertes.


