Tarde de lluvia en Punta del Este, ideal para visitar un espacio que afuera tiene una fachada rústica de madera que solo dice en letras pintadas de colorado “Museo del Libro”. Un sendero con copiosa vegetación lleva a sus puertas, que en cuanto se abren revelan un contraste imponente entre el adentro y el afuera. Inaugurado en diciembre de 2024, a un kilómetro del puente de La Barra, se despliega un impactante espacio poblado de galerías vidriadas cerradas, que cuentan con deshumidificadores para proteger los casi 14.000 ejemplares de los hongos, las bacterias, los insectos y, sobre todo, del paso del tiempo. Los libros están dispuestos en estructuras piramidales especialmente pensadas para que la experiencia de observación sea más nítida y amigable. Casi quinientas luces iluminan este museo que recibe al visitante con libros infantiles, juveniles y de aventuras. Y así se inicia un apasionante desplazamiento a lo largo de las vidrieras que los presentan de acuerdo con distintos criterios: por países, por idiomas, por autores, por colecciones o por temáticas, como misterios de la historia, ocultismo, ciencia ficción, terror y demás. Los carteles que van guiando al espectador sobre qué textos tiene ante sus ojos están acompañados al pie de cada vitrina con las biografías de los autores y frases de sus obras especialmente seleccionadas. Los libros no se tocan, no se hojean: solo se miran.
Fue fácil averiguar que todos estos tesoros están allí gracias a Pablo Etchegaray, uruguayo, dueño también del Museo del Mar, frente al del Libro. La fascinación que me produjo el museo me llevó a querer saber quién era ese hombre que con tanta pasión expone sus más preciados tesoros. Y me encontré con un vehemente coleccionista, que ya desde los 3 años juntaba caracoles porque se aburría en la playa durante los veranos. Luego, incursionó en la filatelia, hasta llegar a los libros, a los que pesquisa desde hace 40 años. Su incansable recorrido por una infinita cantidad de librerías, depósitos y ferias de diversos países le permitió hacerse de ejemplares únicos. Después, con la llegada de internet, aprendió a colarse por los intersticios más recónditos del mundo del libro en la web, a los que él asegura que muy pocos saben acceder. Afirma que el secreto radica en observar, una capacidad que no muchos tienen y que le permite saber cómo buscar hasta encontrar aquello que quiere que sea suyo.
Él se define sin titubear como “un artista”. Publicista de profesión, su interés por los libros radica esencialmente en la estética de los diseños de las tapas. El atractivo, la originalidad de las portadas es la clave de la selección, maridada con las historias de sus autores, sus formas particulares de relatar o las estrategias disruptivas a la hora de vender sus obras o de abordar temas transgresores para la época pasada o actual. Asimismo, manifiesta que, si bien pretende que haya cierto equilibrio entre el valor estético de la tapa y el contenido, siempre va a privilegiar la portada, aunque sostiene que son muy pocos los casos en los que un libro muy malo tiene un excelente diseño de tapa. Su meta siempre es hacerse de un objeto que va a poder exponer. Y esta es una de las razones esenciales de la existencia de sus museos: colecciona para exhibir, para compartir: “Me sentiría muy mal si viera lo que colecciono yo solo”.

La idea de la creación del Museo del Libro empezó a rondarle hace 20 años, pero cobró verdadera forma y fuerza hace seis. Etchegaray hace hincapié en el enorme estrés que le produjo la curaduría del museo, que realizó absolutamente solo. Definir las temáticas, cómo organizarlas, qué criterios de diálogo e interacción privilegiar entre autores, idiomas, países, colecciones, distintas ediciones de los mismos ejemplares. Siempre teniendo en cuenta que, como él mismo expresa, todo lo que hace tiene una finalidad. En este caso, nunca perder de vista que lo expuesto debe ser atractivo, dinámico y entretenido para el visitante, objetivo que alcanza con creces. Esa claridad y contundencia en su misión encierra también otro principio rector, un norte del que no se desvía ni un centímetro: el museo no se puede permitir exhibir aquello que se consigue fácilmente en cualquier librería. Su esencia es ofrecer piezas artísticas únicas, diferentes, inhallables, exclusivas. Misión también cumplida.
La intriga final que me surgió después de esta cautivante travesía fue saber cómo era el vínculo de este ávido e incansable cazador con la lectura. Cuántos ha leído de los cerca de 14.000 ejemplares que contiene el museo más otros tantos que guarda en un depósito y que van a formar parte de la ampliación programada para 2027. Admite que el coleccionismo insume la mayor parte de su tiempo; por eso, lo que sabe de los libros es por la lectura de ciertas páginas o partes que selecciona según de qué autor o ejemplar se trate, o por cuestiones puntuales que le interesan. “Son muy pocos los libros que he leído de punta a punta en mi vida”, confiesa. Al salir de ese entorno mágico, deslumbrada por la experiencia y por el relato de su creador, la lluvia había cesado y el sol brillaba como casi quinientas luces.


