El silencio duraba poco en la Gran Malvina, que fue blanco de bombardeos navales y aéreos británicos durante la guerra de Malvinas que empezó aquel 2 de abril de 1982. Apenas lo suficiente para que Rodolfo Barboza, con 19 años recién cumplidos, se acomodara en la trinchera y mirara el cielo oscuro, antes de que el estruendo volviera a romper los hilos de paz que calmaba los nervios de su pelotón. A 44 años de ese momento que cambió el destino de miles de jóvenes, su historia es la de muchos que encontraron en el campo un refugio para olvidar los momentos de tristeza y dolor por quienes no volvieron al continente.
“Casi todas las noches teníamos que ir a las trincheras y esperar que no nos cayera ninguna bomba cerca”, relata Barboza. Entonces no había mucho que hacer: esperar, apretar los dientes y pensar en su familia, allá lejos, en un paraje correntino donde había nacido y crecido, Tapebicuá. Su propósito al frente de la batalla también consistía en “esperar y seguir vivo”, como él mismo narra.
La historia de Barboza es como la de tantos jóvenes que, sin buscarlo, quedaron atravesados por aquel conflicto bélico. Había hecho el servicio militar obligatorio en 1981, en la Compañía de Ingenieros 3 de Monte Caseros. A fines de ese año recibió la baja, pero pocos meses después lo llamaron y esta vez era para defender la patria con su destreza y humanidad. “Los días previos fueron muy tensos. Fue muy duro despedirse de la familia. Todos nos decían que la guerra es algo cruel”, recuerda.
El viaje hacia la guerra fue, en sí mismo, un mundo desconocido, según recuerda. Viajó en tren desde Monte Caseros hasta Paraná, por avión a Comodoro Rivadavia y, desde allí, otro vuelo hacia las islas. Para un joven que apenas conocía más allá de su entorno rural, todo era nuevo: el frío, las distancias, la dimensión de un lugar que hasta entonces le resultaba ajeno. Todo era nuevo.

En Malvinas, su rol era ayudante de un lanzacohetes dentro de una unidad especializada en la construcción y destrucción de campos minados. El destino de muchos jóvenes de esa zona como él era acompañar al Regimiento 5 de Infantería de Paso de los Libres, el 12 de Mercedes o el 4 de Monte Caseros. “Nos tocó, por suerte, ir a apoyar al Regimiento 5 de Infantería de Paso de los Libres en Gran Malvina [RI5], una isla extensa pero sin la infraestructura estratégica de Puerto Argentino. Primero estuvimos unos días en Puerto Argentino“, relata.
En Gran Malvina, lejos de los grandes frentes de combate terrestre, la guerra se vivía de otra manera: sin combate cuerpo a cuerpo, pero bajo el asedio constante de los bombardeos navales británicos, con un poder de fuego que duplicaba el alcance argentino. Gran Malvina, que es la isla más grande, en ese momento no tenía grandes instalaciones, aeropuerto ni puerto importante.
“El Regimiento 5 tenía cañones y morteros, pero la gran diferencia era que los ingleses nos atacaban desde fragatas, con cañones de mucho mayor alcance, de unos 20 kilómetros. Los nuestros tendrían unos 7 kilómetros, así que no podíamos competir”, explica. La diferencia era abismal y la supervivencia dependía más de resistir que de avanzar.

—En combate, ¿tuvo que tomar decisiones rápidas?
—Sí, varias veces. Estábamos en primera línea y existía la posibilidad de un desembarco inglés. Hubiera sido muy crítico. Gracias a Dios nunca tuvimos combate cara a cara. Hubo muchos bombardeos y ataques aéreos, que fueron los que más bajas nos causaron. Fueron alrededor de siete bajas, la mayoría de clase 62.
En las noches de bombardeo, cuenta que se aferraba a lo único que tenía a mano: los recuerdos con los suyos. La vida en el campo, la escuela rural y la familia. “Fui a la escuela rural, hice hasta séptimo grado, que en ese momento era suficiente. Ir a Malvinas fue un cambio enorme, porque yo no conocía mucho del país. Ir a Corrientes capital ya era difícil, y ni hablar de Buenos Aires. En Comodoro Rivadavia o Malvinas el clima frío, todo distinto para nosotros. Fue muy difícil, pero éramos jóvenes y uno se adapta”, resume. Para él, así como para muchos, la juventud, y quizás “cierta inconsciencia”, ayudaba a sobrellevar lo imposible.
El 20 de junio de 1982, día de su cumpleaños, volvió al continente. Cumplía 20 años. “Fue el mejor regalo”, sintetiza con mucha sencillez. La guerra no terminó con el regreso. Para muchos, recién empezaba otra batalla. “Fue algo muy duro el regreso. Muchos veteranos después se quitaron la vida. Necesitábamos contención que no siempre tuvimos. Tenemos un ingreso, pero falta atención médica. Muchos compañeros sufren mucho y no tienen la contención necesaria”, dice. Su refugio fue volver al origen: el campo, los animales y el trabajo, que lo ayudaron a salir adelante.

Hoy se dedica a la producción ganadera en pequeña escala y ovina en Tapebicuá, en el departamento Paso de los Libres, al sur de Corrientes. Está luchando con los caminos en mal estado y la falta de energía eléctrica. Sin embargo, allí encontró una forma de reconstruirse y seguir adelante. Pero con el tiempo también llegó la necesidad de contar lo vivido, pese a que evita recordar esos momentos de soledad. Explica que lo hace no desde la épica, sino desde la experiencia. “Trato de ser ejemplo, aunque sea con pocas palabras”, afirma.
Ese 20 de junio cuando pisó tierra correntina también está en la memoria de una amiga de la familia: María Marta Batalla, que tenía apenas cinco años, acompañó a su madre a la estación de tren a recibir a los soldados que volvían de la guerra. Lo recuerda bajando del tren en Monte Caseros, en medio de una multitud que mezclaba ansiedad, alivio y lágrimas. Desorientado, Barboza se acercó a su madre y le preguntó: “¿Es usted la señora de Batalla? ¿Me permite que la abrace? Es la primera conocida que encuentro”. Aquel abrazo, desesperado y humano, quedó grabado en la memoria de todos.
Hoy, Barboza sigue reuniéndose cada 10 de junio con sus compañeros y amigos que hizo durante la guerra. En esa fecha se conmemora el Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico.
También pertenece al Centro de Veteranos de Paso de los Libres, donde tienen un museo. En camaradería comparten recuerdos, silencios y una marca que no se borra. Cuando mira hacia atrás, no se define por la guerra, pero reconoce lo que dejó en todos ellos: “Somos personas especiales, no por haber ido, sino porque nos tocó”.

A los jóvenes les deja un mensaje claro, despojado de cualquier romanticismo: “La guerra no es buena. Hay que apostar a la paz. Hoy no querría que ningún chico tenga que ir a una guerra”. Y resume que si pudiera hablar con aquel joven de 19 años que se metía en una trinchera bajo las bombas, le diría algo simple: “Que ojalá no tenga que pasar por lo mismo”.




